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Prólogo

CRÓNICA DE UNA CRÓNICA
DE UNA CRÓNICA


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El viernes 28 de septiembre del 2007 recibí este mensaje:

«Álvaro, después de tantos malentendidos e inconvenientes que tuvimos por la publicación de tu artículo, déjame adelantarte que con él te has ganado el Premio Simón Bolívar de Periodismo en reportaje. Abrazo y felicitaciones, Fidel».

Estupefacto, desconcertado, incrédulo… casi avergonzado… ¿Yo? ¿Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar? Leí y releí el e-mail de Fidel Cano, director de El Espectador, decenas de veces antes de digerirlo y entenderlo en toda su magnitud. Finalmente, me decidí a llamar a mis seres más próximos para comunicarles con cautela la noticia. A pesar de la alegría instantánea, también ellos expresaron su estupor e incredulidad… «¿Estás seguro? ¿Ya te enviaron una comunicación oficial? ¿En qué consiste el premio? ¿Cuánta plata es? ¿Cuándo se anuncia en los medios…?». No faltó quien me advirtiera con sorna: «Cuidado… no vaya a ser una pega de un sancarlista…». De inmediato recordé las pegas que hacíamos con mis hermanas cuando éramos niños: llamábamos a un pobre cristiano que escogíamos al azar del directorio telefónico y le anunciábamos, en nombre de Almacenes Tía, que ya estaba en camino la remesa de los diez mil muñecos Tomasito que nos había solicitado… que no habíamos podido conseguir las Meluchas, pero que los Tomasitos sí y que en cualquier momento le estarían llegando. Pero si yo no he ordenado nada, debe ser un error. ¿No es acaso usted el señor Mengano Rodríguez, que vive en la dirección tal por cual? Sí, soy yo… Pues le confirmamos su pedido y le advertimos que somos una empresa seria y que debe cancelarlos al momento de la entrega… etc…, etc.


Recordé también una de las pegas que el finado Jorge Child me refirió que perpetraba en su juventud y que a mí me pareció de una crueldad proverbialmente colombiana («Este país da pa’ mucho», decía muerto de la risa): por teléfono llamaba a
amigos y enemigos suyos para invitarlos, de parte del presidente de la república, a un almuerzo el domingo siguiente en Hatogrande. Con sus secuaces se parqueaba estratégicamente cerca de la entrada de la hacienda presidencial a desatornillarse de la risa cuando los ilusos convidados llegaban elegantísimos ataviados de blazer, bufanda, sastre y pava, y eran devueltos por los guardias presidenciales en medio de la humillación y la rabia.

ImagePero regresemos al premio: el lunes siguiente recibí una llamada de Ivonne Nicholls, directora del Simón Bolívar, para confirmar la noticia… Sí, mi artículo «Llora et labora», publicado el 24 de febrero en El Espectador, sobre mis once años de pesadilla en el Colegio San Carlos de Bogotá, había ganado el reconocimiento a mejor crónica o reportaje de prensa del 2007… La publicación de este texto, que era originalmente para la revista Número, anfitriona habitual de mis escritos, estuvo llena de accidentes, malentendidos y sinsabores:

Por primera vez habían aceptado mis amigos Guillo González y Ana Cristina Mejía, de Número, publicar un artículo tan largo (catorce páginas). Esta crónica, escrita con sangre, fue parida en seis meses —aunque estuve gestándola en mi mente, en mi espíritu y mi cuerpo durante muchos años—. Nunca dejaré de lamentar la «brillante» idea que tuve al proponerle a Guillo y a Ana Cristina —idea que ellos aceptaron— que un fragmento o avance del texto apareciera en un medio masivo para crear mayor expectativa, avivar la polémica y atraer más lectores hacia Número. A varios amigos escritores les había enviado mi exorcismo para que me dieran su opinión y me ayudaran a corregir el estilo… Uno de ellos, la bella y aguda Marianne Ponsford, conmovida con el texto, me ofreció presentárselo a Fidel Cano para ver si a El Espectador le interesaba publicar el avance… Por un malentendido, por fortuna ya superado, Fidel, decidió no sólo acogerlo en sus páginas, sino que procedió a editarlo y a publicar una versión libre en una página entera, bellamente diagramada, con todo y mis ilustraciones. Para mi sorpresa —y perplejidad de la revista Número— un 70% del texto fue dado a conocer al público. Me enteré de la publicación por una llamada de Mauricio Pombo, columnista de El Tiempo y exsancarlista, quien había sido también uno de los primeros y más perspicaces lectores de mi crónica.

Él estaba feliz por el despliegue dado al texto y yo angustiado por haber traicionado, sin querer, a mis amigos de Número. Éstos, al verse chiviados, decidieron cancelar la publicación en papel a pesar de que estaba ya literalmente en el horno. Inútiles fueron todos mis malabares y súplicas para que se enderezaran los caminos… —disculpas van, disculpas vienen— y yo me resigné a que mi texto se quedara sin publicar en su versión integral.


Varias semanas más tarde, Guillo me llamó para decirme que finalmente habían decidido colgarlo en su página web. Esto me alivió en parte, pues de alguna manera sellaba mi reconciliación con
Número… Desde entonces, mi testimonio ha estado viviendo en el ciberespacio hasta el día en que Fidel me anunció el premio…

No, no era una pega… Allí estuve yo el 9 de octubre en el auditorio de la Tadeo , como mosca en leche, sentado entre las vacas sagradas del periodismo colombiano, esperando mi diploma, mi medalla y… mi chequecito. Muchos me miraban con curiosidad, preguntándose quién era ese y cómo había hecho para colarse en el rancho. Expectante, hasta que anunciaron mi nombre, examinaba con curiosidad a los otros premiados para ver si les entregaban, además de las condecoraciones, el talón anunciado con los siete milloncetes… ¡pero nada! Poco a poco se me fue formando un nudo de desconsuelo en la garganta y cuando me llamaron a la tarima me levanté tembloroso, con los ojos encharcados, esperando quizás una rechifla o al menos un silencio glacial. Mi amigo Óscar Collazos, ganador del premio en varias ocasiones, me tranquilizó después, diciéndome que la platica acostumbraban mandarla días más tarde…

ImageMientras esperaba mi premio, sentado en segunda fila, recordé otra condecoración que recibí un día y que podría dar pie para otra crónica que llamaría «Diez minutos de gloria». La resumo en pocas líneas: año 2000, marzo 9, lunes, 7 a.m., Getsemaní, Cartagena de Indias: tocan a la puerta de mi casa: recién despertado, en pijama, abro la puerta y tres hombres ancianos preguntan si ésta es «la casa del maestro Restrepo, el director de la escuela del cuerpo». Se presentan como miembros de la junta directiva de la Asociación de Peloteros de Bolívar y anuncian que me traen una condecoración como reconocimiento a mis «ejecutorias en pro de los jóvenes de los sectores más desfavorecidos». Sin poderlo evitar, los ancianos se cuelan en la casa y se acomodan en la sala: uno de ellos se pone de pie y del bolsillo de la camisa saca una medalla con una cinta del tricolor nacional. Cuando ya casi estoy despierto del todo, me percato de que pende de mi cuello la presea y de que los tres hombres están aplaudiéndome y felicitándome. Acto seguido, uno de ellos me anuncia sin pudor que la Asociación está pasando por un difícil momento económico, pero que están seguros de que con mi ayuda podrán salir adelante: con urgencia se necesitan recursos para comprar nuevos bates, manillas, cachuchas, uniformes, etc. Aún aturdido, pero ya consciente de la encerrona, les digo que yo también estoy atravesando una difícil situación y que no puedo ayudarlos. Como tres resortes se ponen de pie y el mismo anciano que me había condecorado, me retira disgustado la medalla, diciéndome que regresarán otro día a verme, al tiempo que me reiteran sus felicitaciones y respetos, mientras se dirigen raudos hacia la puerta. Me quedo mirándolos alejarse por la calle, preguntándome si no fue un mal sueño todo esto y entendiendo por primera vez a cabalidad por qué se dice que Gabo es, más que un fabulador de talento, ante todo un cronista extraordinario…

Hoy respiro agradecido por haber llevado a buen puerto —un año más tarde— la publicación integral de este texto, con las reacciones más reveladoras que llegaron a los correos de Número, El Espectador y al mío propio). A Seguros Bolívar va también mi gratitud, por el diploma, la medalla y el chequecito (¡que finalmente llegó!); a mi amigo Luis Carlos (Chiqui) Valenzuela —cómplice de preguntas y dolores de vieja data— por haber cofinanciado este inserto… y gracias, claro está, a las puertas siempre abiertas de Número

Cartagena de Indias, 20 de noviembre de 2007
SEPARATA ESPECIAL DE LA REVISTA NÚMERO: LLORA ET LABORA
 
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