En la edición 2 de revista Número (septiembre de 1993) publicamos «Cinco inéditos de Borges», amena crónica y poemas enviados por Harold Alvarado Tenorio. La nueva novela de Héctor Abad Faciolince se llama El olvido que seremos, título tomado del poema que Héctor Abad encontró en el bolsillo de su padre el día en que fue asesinado, el 25 de agosto de 1987, en Medellín. Harold sostiene que los inéditos de Borges los escribió él (como el prólogo del cual trata el texto que publicamos a continuación). Pero ¿cómo estaba uno de esos poemas en el bolsillo de Héctor Abad Gómez, seis años antes? ¿Por qué no aparece en ninguna de las antologías de Borges? Veamos en este texto uno de esos juegos de creación.
Por Harold Alvarado Tenorio
Fotografía archivo personal
Vivía en Coahuila 60 cuando uno de los policías nicaragüenses que entraban y salían de la casa me trajo una carta, en la que madre anunciaba que en la Universidad del Valle acababan de crear un programa de estudios literarios. Siguiendo los consejos de la almohada, abandoné mis cursos para actor con Héctor Azar y Alejandro Jodorowsky para regresar a Colombia en un veterano Volkswagen, haciendo compañía a un canadiense, un jajuaiano y un mexicano durante tres meses por las atormentadas tierras de Centroamérica, hasta las mismas islas de los indios cunas, donde fui el ranchero del mejor mecenas que he tenido: un albañil cartagenero, que me daba de comer carne salada y arroz con coco, en un mundo que sólo conocía el ñame y el banano. En la isla del Tigre supe lo que era tener hambre por primera y última vez.
La Universidad del Valle, creada por una gilda de católicos militantes liderados por el poeta Mario Carvajal, había sido elegida por las grandes fundaciones norteamericanas para financiar un programa de estudios a imagen y semejanza de los colleges americanos, remplazando los rígidos esquemas curriculares dictados por el Vaticano con cursos a elección de los estudiantes y graduaciones mediante acumulaciones de créditos. Pero no contaban con la historia: la guerra del Vietnam, las agitaciones estudiantiles europeas, el rechazo a la presencia de los Cuerpos de Paz, el Plan Laso (Latin American Security Operation) y la ruina de la educación universitaria por la negativa de los gobiernos del Frente Nacional a incrementar los presupuestos para la educación pública.
A esa aventura del ministro de Educación y Gobierno Pedro Gómez Valderrama (1962-1966), y a las fundaciones yanquis, debemos agradecer el perfeccionamiento de nuestras segundas lenguas, pues como muchos de los profesores contratados venían de universidades norteamericanas o europeas, los más jóvenes aprendíamos más rápido francés o inglés que los viejos profesores importados. Otra de las primicias eran los cursos extracurriculares para señoras ricas. Había iniciaciones a la ópera, al teatro, a la danza, secretariado de alta gerencia, o natación y voleibol. Mientras en las mañanas la mayoría de nosotros éramos estudiantes pobres y de clase media, por las tardes la Facultad de Humanidades se poblaba de chicas bien y señoras culifruncidas que llegaban en sus coches último modelo y desfilaban con la moda a cuestas.
Un día apareció, entre ese ramillete de frescura que eran las damas de las tardes, una muchacha llamada Ligia. Era una mulata no muy agraciada, pero a quien el hábito hacía monje. Iba vestida de Christian Dior de la cabeza a los pies, y tanto sus zapatos, como sus medias veladas y su pava, eran de la misma tela y el mismo color. Conducía un Maserati Mistral Spider rojo, descapotable, y una cartera de mano del tamaño de una canasta de navidad en cuero de novilla. Parecía una chica sacada de una novela de Corín Tellado. Ligia, que tenía veintidós años, era hija de Victoria Lozano, una mujer de la vida alegre, nacida en mi pueblo, que regentaba un lupanar llamado Menga, y medio hermana de un disminuido, nacido con una deformación de los dedos de ambas manos, que malvivía de alquilar equipos de sonido para fiestas sobre una vetusta bicicleta Monark, y de otro, una suerte de seminarista con la cara atrofiada por el acné, que enseñaba filosofía en establecimientos de enseñanza superior con una cartilla del padre Farías.
Ligia era la amante de uno de los más prestigiosos criadores de reses bravas de entonces y gozaba de una inteligencia natural que envidiaban las hijas bien nacidas que con ella tomaban cursos de teatro con un experto en las tragedias de Shakespeare, donde recitaba largos parlamentos, en especial de lady Macbeth, a quien admiraba desde la noche en que junto a su curtido amante había asistido, en el Teatro Real de la Plaza de Oriente, a un Macbeth de Verdi.
Ligia era un prodigio declamando, con la música de la ópera de Shostakóvich al fondo, los parlamentos de la perversa dama, pero lo que más me parecía asombroso era la polifonía que creaba cuando interpretaba a las brujas del primer acto:
—¿Cuándo volveremos a encontrarnos las tres en el trueno, los relámpagos o la lluvia?
—Cuando finalice el estruendo, cuando la batalla esté ganada y perdida.
—Lo hermoso es feo y lo feo hermoso. ¡Revoloteemos entre la niebla y el aire impuro!
Tomás Quintero y Guillermo Helvecio Ruiz fueron los primeros en conocer a Ligia. Una noche de esas, luego de que ella viniese a las oficinas de la Federación de Estudiantes, nos llevó en su Maserati hasta la tienda donde bebíamos los fines de semana y estuvo con nosotros hasta cuando se nos acabaron los fondos. Ya entonados con el alcohol, la convencimos de ir hasta un bailadero de salsa que regentaban unos negros de Guapi y allí tuvimos la primera revelación de la genialidad de Ligia. Como no teníamos dinero ni ella tampoco llevaba metálico, o eso al menos decía, decidió sacar de su inmenso bolso ocho botellitas de perfumes y nos invitó a ingerirlos con gaseosa, diciendo que nada era tan excitante como un Nina Richie, un Marcel Rochas, un Givenchy o un Coco Chanel en las rocas.
Fue en esos meses cuando di a Ligia una copia de mis poemas de entonces, impresos en mimeógrafo, que ella guardó por varios años. Ligia vivía en una gran casa de esos barrios emergentes que estaban sobre la avenida de la Circunvalación, y tenía un taller de corte, confección y venta de trajes de marca. En la sala de esa casa recitamos más de una vez a Kaváfis, Neruda, Borges, Paz, y no pocas curdas ganamos bien entradas las mañanas. Memo Ruiz, que moriría comandando la toma del Palacio de Justicia durante la presidencia del poeta de derechas Belisario Betancur, adoraba a Ligia y fue él quien la apodó Ligeia Alliluyeva, en honor de un personaje de Poe y de los comunistas rusos que tanto admiraba.
Los viajes más baratos a Europa en esos años los hacían compañías que no pagaban impuestos Iata, remontándose hasta el mismo Polo Norte y pernoctando una noche en la capital islandesa para luego recalar en Luxemburgo, desde donde uno tomaba o los trenes o los autobuses a destino. Reikiavik, que significa «bahía de humo», era en realidad un pueblito de no más de setenta mil habitantes. Y fue allí, en uno de esos viajes y en uno de esos hoteles de la calle Laugavegur, donde vi por primera vez a Borges.
Habíamos llegado a Islandia a eso de las seis de la tarde y cuando estaba llenando el formulario de registro en el hostal donde pasaríamos la noche, leí el nombre del argentino en un periódico; pensando que anunciaban su muerte, pregunté al conserje qué decía la noticia y respondió que el famoso escritor iba camino de Israel a recibir un premio. Le dije entonces si podíamos saber dónde se hospedaba y me respondió que la rueda de prensa se había realizado en un hotel que estaba a cuadra y media del mío. Dejé mis pertenencias y preguntando el nombre del hotel fui caminando hasta el sitio, y cuál no sería mi sorpresa al encontrarme, en el lobby, a Borges, solo e íngrimo. Me le acerqué, le dije que era colombiano, que lo admiraba y leía desde niño y que si me permitía hacer una foto con él. En esas estaba cuando apareció Norman Thomas di Giovanni, su secretario norteamericano, quien hizo la única foto que tengo con Borges, con una obsoleta Bilora Boy. Di Giovanni dijo que tenían que irse. Me disponía a despedirme cuando se acercó a ellos María Kodama, que ya llevaba el pelo pintado de gris con vetas marrones y esas piernas que ni el paso del tiempo ha logrado arruinar.
Llevaba ya varios meses en Berlín, asistiendo religiosamente a la biblioteca del Iberoamerikanisches Institut para recopilar materiales sobre la obra de J.L.B., cuando a mi buhardilla de la Uhlandstraße 99 llegó una carta de Ligia en la que contaba que se había casado con un aristócrata medio arruinado, que vivía junto a su madre en una destartalada habitación del Hotel Alférez Real, y cuyo único propósito en la vida era la difusión del pensamiento de Durruti y la inoculación masiva, entre las masas, del jugo de papaya, que, según él, curaba todos los males del cuerpo y el alma. Para tal fin, crearon la Editorial Piraña y procedieron a establecer diversas colecciones temáticas, entre ellas una de poesía, que deseaban inaugurar con mis versos.
Ligia y el doctor José María Borrero Navia de la Rada y Pujol, que así se llamaba su nueva adquisición, me conminaron a conseguir un prólogo de poeta importante para mis poemas, titulados ya Pensamientos de un hombre llegado el invierno. El doctor Borrero era un hombre de mediana estatura, abundantes cabellos lacios y barba hirsuta, vestido de lino alejandrino con paltó de ocho botones en cruz, pero calzando unas sandalias franciscanas, sin calcetines, que dejaban ver sus prominentes uñas, urgidas de lubricación y limpieza.
Al no poder presentar los exámenes de alemán para ingresar a la universidad, con la mayor tristeza del mundo dejé, a finales de ese año, Berlín oeste y mis aventuras en el este, donde el poco dinero de que disponía se convertía por arte de la guerra fría en una fortuna, que gastaba casi siempre en compañía del negro Augusto Díaz Saldaña y Freddy Téllez, dos becados del comunismo internacional que estudiaban marxismo y leninismo en la vieja Leipzig, y que seguían, con cierta displicencia, las indicaciones teóricas y doctrinarias de ese fanático de toda laya llamado Carlos Rincón, un bogotano que había llegado a ocupar el honroso cargo de amanuense de un tal Werner Krauss, el horrendo actor nazi de El gabinete del Dr. Caligari.
La vida en Madrid transcurría, entonces, en medio de algunas dificultades, pues había dejado mi trabajo semanal de panadero en Berlín y me sostenía en exclusivo con las pocas pesetas que me habían dado a cambio de mis ahorros en marcos, la moneda más dura de aquellos años. En Madrid podía uno llevar una vida de bohemia con apenas 150 dólares mensuales, un dineral para cualquier español de entonces, cuya mayor diversión consistía en pasearse entre Cibeles y Moncloa por las calles de Princesa y Gran Vía hasta bien entrada la madrugada, excepto en los fríos días del invierno y el otoño. Cientos de personas mayores permanecían en las terrazas de esas calles para ver pasar al respetable. En uno de esos lugares, al lado de la boca del metro de Callao, me encontré una noche con don Roberto Lañas, un hombre de cara sonrosada, que había sido secretario de la Universidad del Valle durante los años de rectoría de Mario Carvajal y que ahora, como su antiguo jefe, vivía en el Madrid de la abundancia y el doble empleo de los años finales del franquismo.
Roberto Lañas, vine a saber después, murió en una cartuja española, y a pesar de su imagen de hombre santo, había estado preso en Nueva York acusado de colaborador nazi durante la segunda guerra mundial. Sin embargo, pese a cargar ya con el sambenito de rebelde y problemático, me recibió con cariño y afecto, gracias, creo ahora, a que yo me mostraba condescendiente con sus repetidas invitaciones a orar a la Virgen del Pilar y a acompañarlo en los rosarios que hacía en su honor los fines de semana. Fue él quien me presentó, en una de las suites del Hotel Europa, a don Mario Carvajal, y fue él también quien me introdujo en la legación de Colombia para presentarme a una viejecita barranquillera, doña Amira de la Rosa, quien desde el primer momento decidió invitarme a comer a su casa todos los días.
Amira de la Rosa, cuyo verdadero apellido era Arrieta McGregor, había estudiado a comienzos del siglo pasado con María Montessori en Barcelona, donde conoció a Gabriela Mistral, con quien estableció amistad y a quien, en verdad, imitaba como escritora. Vivió más de media vida en Madrid y Sevilla, sirviendo en los consulados y embajadas de Colombia. Cuando la conocí era ya muy mayor y le gustaba invitarme a su oficina de Martínez Campos, donde me interrogaba sobre la vida colombiana y sobre mis estudios madrileños. Fue ella quien me presentó a Alonso Zamora Vicente, entonces secretario perpetuo de la Real Academia Española, y a Rosi Villacastín, la nieta de Francisca Sánchez del Pozo, que transcribió mi tesis de grado. Amira de la Rosa me regaló también su colección completa de la revista Sur, que luego tuve que vender a un librero de viejo porque me era imposible traerla a Colombia.
Leyendo en esas Sur encontré varios de los comentarios ocasionales que J.L.B. había redactado para congraciarse con sus amigas y enamoradas porteñas. Uno de ellos, dedicado, creo, a Silvina Ocampo, la mujer de Bioy, me sirvió de arquetipo para confeccionar el prólogo que envié a Ligia González y José María Borrero.
Pensamientos de un hombre llegado el invierno se publicó en Cali en 1972, y fue promocionado con el prólogo apócrifo de Borges, aun cuando nunca formó parte del cuerpo del libro. Los editores, a sabiendas de que era falso, hicieron unas hojas sueltas con él, y fue tanto su éxito que el día de la presentación se vendieron setenta prólogos y apenas doce libros. Según me contaron, Ligia y José María habían contratado a una pareja de ancianos para que fungiesen de Borges y su madre durante el evento, que se llevó a cabo en un conventillo, de propiedad de un devoto sexual de las indias cotacachis. Hizo uso de la palabra un retórico que con el tiempo militaría, con contradictorias lealtades, en partidos de izquierda y, por último, en la derecha misma, y que al verse informado sobre la eventual falsedad del prólogo exclamó, pensando en su futuro: «Ahora no falta sino que los poemas también sean falsos».
La envidia hizo que la diversión local, inventada por los editores, trascendiera las fronteras. Un periodista de vieja data, que vivía en Buenos Aires, donde ocupaba un cargo diplomático, con el fin de burlarse de otro de sus colegas que alardeaba de ser amigo y admirador de J.L.B., escribió en el diario municipal una nota en la que decía que ya podía darse por enterado de cómo un ignorado muchacho de su mismo pueblo había sido prologado por el más grande escritor vivo de la lengua. A lo cual el aludido respondió que era imposible tal cosa, porque como podía enterarse, era muy sospechoso que los editores hubiesen rechazado poner el prólogo en el cuerpo del volumen, para lo cual había procedido a contactarse con su amigo Tomás Eloy Martínez, director de la revista Panorama, para que enviase a un periodista a visitar a J.L.B. en la biblioteca de la calle México y le interrogase sobre el asunto.
Panorama publicó la crónica de la visita en su edición del 28 de septiembre (número 283) de 1972, cuya carátula tiene una foto de Perón entrando al puerto de Buenos Aires, haciendo alusión al posible regreso del caudillo. Borges firmó para Jorge di Paola, el periodista de Panorama, una declaración en la que sostiene que: «Los pareceres y el estilo [del prólogo] concuerdan con lo que yo hubiera podido escribir. Asimismo, las autoridades que alega. El texto corresponden a mis preferencias. (…) También es raro que mi memoria haya dejado caer un nombre tan singular como Harold Alvarado Tenorio, pero a los 73 años el olvido es harto accesible. Pienso que el “prólogo” es una afortunada parodia, que debo agradecer». Desde entonces, soy el único colombiano a quien prologó Jorge Luis Borges.
La historia del prólogo concluiría años más tarde, cuando durante una visita de J.L.B. a Madrid con el propósito de grabar unas entrevistas para RTV, lo llamé al Ritz y María Kodama lo puso al aparato. «Con quién hablo», dijo Borges. «Habla con Harold Alvarado Tenorio», respondí. Y Borges: «¿El del prólogo?». «Sí». Borges me indicó que fuera al hotel, que quería conversar conmigo.
Recuerdo que J.M. González Martel, un canario que había conocido en los cursos de doctorado de la Complutense, admirador y entendido en la obra de Borges, autoridad por lo demás en las vanguardias americanas, me acercó hasta el lujoso Ritz, y queriendo conocer al viejo, nos esperó en el vestíbulo. González Martel le dijo a Borges que en España poco se le quería entre académicos, a lo que éste respondió con un mohín de desdén, mientras lo interrogaba sobre los naturales de su país, y nos acercaba, en su espléndido BMW, a Plaza Mayor.
Luego de almorzar, mejor será decir, tomar la sopa de petit pois en una de las tascas del Arco de Cuchilleros, pasamos la tarde conversando y caminando por los alrededores. Borges preguntó cómo había hecho el prólogo; le dije que con sus frases y usando el arquetipo de algunas de sus reseñas a libros de poemas aparecidas en Sur. Dijo entonces que eso era como hacer un centón y recitó a Lope:
«Las cartas, ya sabéis que son centones,
capítulos de cosas diferentes,
donde apenas se engañan las razones».
Recuerde además, dijo, la posdata que puse a El inmortal en 1950: «Entre los comentarios que ha despertado la publicación anterior, el más curioso, ya que no el más urbano, bíblicamente se titula A Coat of Many Colours (Manchester, 1948) y es obra de la tenacísima pluma del doctor Nahum Cordovero. Abarca unas cien páginas. Habla de los centones griegos, de los centones de la baja latinidad, de Ben Jonson, que definió a sus contemporáneos con retazos de Séneca, del Virgilius evangelizans de Alexander Ross, de los artificios de George Moore y de Eliot y, finalmente, de “la narración atribuida al anticuario Joseph Cartaphilus”. Denuncia, en el primer capítulo, breves interpolaciones de Plinio (Historia naturalis, V. 8), en el segundo, de Thomas de Quincey (Writings, III, 439); en el tercero, de una epístola de Descartes al embajador Pierre Chanut; en el cuarto, de Bernard Shaw (Back to Methuselah, V). Infiere de esas intrusiones, o hurtos, que todo el documento es apócrifo». Y añadió: «Usted, Alvarado, debería leer aquel artículo de Juan Valera sobre la originalidad y el plagio que publicó en la Revista Contemporánea en 1876».
Le pregunté si quería caminar, como solía hacer en Buenos Aires. Respondió que sí, que descendiéramos hasta Gran Vía y luego por el Paseo del Prado. Casi cuarenta minutos caminé con Borges, llevándolo del brazo, sin que nadie lo reconociera. El prólogo apócrifo me había deparado la más hermosa y memorable tarde de mi vida.
Al llegar al hotel, alcancé a ver a Manuel Mujica Laínez que conversaba con algunos periodistas. Se lo dije a Borges. Me preguntó la hora. «Son las ocho», respondí. «Entonces déjeme en la habitación». Así lo hice. Al entrar, indicó que lo sentara en la cama que daba hacia la pared, que pusiera su bastón sobre la otra, que me marchara y cerrara la puerta con un golpe seco. Le tomé la mano. Y la besé. «Es usted un pesado, Alvarado, sólo faltaba esto».
HAROLD ALVARADO TENORIO es doctor en letras de la Universidad Complutense de Madrid, profesor titular de la Universidad Nacional de Colombia y director de la revista de poesía colombiana Arquitrave [www.arquitrave.com]. Entre sus libros figuran Summa del cuerpo (2002), Fragmentos y despojos (2002), Literaturas de América Latina (1995), Ensayos (1994), Poemas chinos de amor (1992), La poesía de T.S. Eliot (1988), Espejo de máscaras (1987), Una generación desencantada: los poetas colombianos de los años setenta (1985), Kaváfis (1984) y Cinco poetas españoles de la Generación del Cincuenta (1980). Ha recibido, entre otros, el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar y el Internacional de Poesía Arcipreste de Hita. Su obra se ha publicado en inglés, francés, italiano, griego, chino, alemán, rumano y portugués.