Separata de Revista Número
Cuento Al lado de Clint Eastwood


Por Roberto Rubiano Vargas
Tomado de Necesitaba una historia de amor y otros cuentos
de Bogotá, Villegas Editores, 2006.

 

La voz de Clint Eastwood llegaba como un eco. El sonido era opaco y la atmósfera del teatro era puro humo de cigarrillo y olor a urinario. Además ya había visto la película. Cuando salí era de noche y no quería volver a casa.
    La calle era una sucesión de escombros, autos estacionados y sombras que tropezaban conmigo en el andén. Guardé las manos en los bolsillos y caminé por la avenida séptima. Necesitaba una nena. Busqué un teléfono y llamé a Mendoza. Un poco de movimiento me sentaría bien.
    —Quiubo mano.
    —Quiubo loco.
    —Voy p’allá.
    —Véngase.
    —Clic.
     Mendoza es un viejo amigo del colegio, lo expulsaron antes de la graduación. Por eso va a ser rico antes de los treinta.
    Luego llamé a casa para reportarme con mamá. El teléfono timbró varias veces. Imaginé los pasos arrastrados de mamá acercándose a la mesa con la carpeta de hilo y el teléfono Ericsson negro sacudiéndose a cada timbrazo.
     Al fin contestó.
    —Buenas noches, madre.
    —Buenas noches, mijo, qué son estas horas de llamar.
    —Es que acabo de salir de clase, tuvimos horas extras.
    Ella permaneció silenciosa al otro lado de la línea.
    —Por eso la llamo. Para pedirle permiso para ir donde un amigo a estudiar. Tenemos que ponernos al día.
    Alcancé a oír su carraspeo en la bocina antes de que respondiera.
    —He estado enferma todo el día. Voy a ver si me tomo unas pepitas y me acuesto. Como no tengo a nadie que me cuide...
    Esta vez fui yo el que permanecí en silencio. El tipo que estaba detrás de mí en la cola hacía saltar las monedas en la palma de la mano, con impaciencia.
    —Pero es que es necesario... —dije.
    —Bueno —dijo ella al fin—, pero vuelva antes de medianoche.
    —Seguro madre. Gracias. Nos vemos.
    Ella murmuró algo acerca de sus achaques y se despidió.
    Cuando colgué sentí rabia. Miré al tipo de las monedas. Me hubiera gustado cogerlo de las solapas y ponerle un Magnum en la jeta y, como Clint Eastwood en Harry el Sucio, decirle qué pasa gusano. Por qué me miras así. ¿Hoy es tu día de suerte? Piénsalo antes de que apriete el gatillo. Pero el tipo no se dio por enterado.
    El apartamento de Mendoza es en el norte. Subí a una buseta que venía medio vacía, como un submarino en medio del anochecer; los pasajeros parecían tontos y así se lo comenté a Clint, pero él no dijo nada, seguro porque entre los pasajeros y yo no había ninguna diferencia.
    Después de un buen rato de navegar en el océano de neón algo me hizo levantar la cabeza. Era el sonido de una navaja automática al abrirse. Dos tipos nos asaltaban. Le pusieron al chofer una pistola en la cabeza y gritaron.
    —Todo el mundo con los bolsillos al revés.
    A mí sólo me quedaban veinte pesos y no me importó que me robaran. Cuando llegara donde Mendoza podría pedirle que me diera plata para un taxi. Cuando el ladrón se acercó y me agarró por el suéter, me sentí protegido. Clint Eastwood estaba sentado a mi lado, pero con él no se metieron. Dejé que el ladrón buscara en mis bolsillos sin mirarle la cara. Luego revisó mis libros de la universidad: no le interesaron y los dejó caer al piso.
    Cuando terminaron se despidieron con amabilidad.
    —Bueno, señores, deseándoles una feliz noche.
    Cuando desaparecieron entre la gente que llenaba los andenes, los pasajeros de la buseta comentaron el suceso. Esto es el colmo, así a dónde vamos a llegar. Clint y yo guardamos silencio con dignidad, como si allí no hubiera pasado nada.
    Me bajé en la quince. Era viernes y todo el mundo andaba alborotado en la rumba. Yo estaba un poco mareado después del asalto. Decidí caminar un poco antes de llegar al apartamento. Había buenos autos parqueados en los andenes, pero lo mejor era lo que estaba adentro: mujeres caras, con gustos caros. Seguro Mendoza tendría unas cuantas de esas en el armario.
    Había un grupo de peladas cerca de los autos. Cuando me acerqué, una de ellas me miró y echó a andar en la misma dirección. Pensé que estaba de suerte. Podría demostrarle a Mendoza que yo también tenía éxito con las mujeres. Así que apreté el paso y cuando la tuve cerca le dije:
    —Entonces qué, mamita, para dónde va tan apurada.
    La mujer volteó la cabeza durante una fracción de segundo. Me pareció que sonreía, así que insistí.
    —Si está libre, yo también.
    De pronto se detuvo y me clavó una mirada profunda debajo de sus pestañas postizas.
    —Seguro que sí, pelado —dijo con voz de vendedor de lotería. Entonces me di cuenta de que no era más que un marico disfrazado de mujer.
    —No, fresco —le dije—, me equivoqué.
    —Vení pacá, no seás tan retrechero.
    —No, gracias —dije, y salí corriendo sin soltar mis libros.
    El edificio de Mendoza está en una calle tranquila cerca del caño de la 87. Hasta tiene celador en la puerta, con cachucha y escopeta. Timbré en el portero eléctrico y contestó una tipa. Le di mi nombre pero se demoró en abrir la puerta. Debe ser nueva. No sabe quién soy yo, claro.
    Subí los tres pisos a saltos. La tipa del citófono me abrió la puerta. Tenía el aspecto de no haber dormido desde que hizo la primera comunión. Se vestía igual que Madonna, llena de trapos y perendengues en el pelo.
    —Quiubo loco —saludó Mendoza con un teléfono inalámbrico en la mano—. Esperate cierro un negocio que tengo con unos manes que venden telas de segunda.
    —Fresco —le dije y me fui al bar a servirme un trago de aguardiente. Me soplé la copa de un sorbo, como los machos. Para sacarme de encima el mal sabor del robo en la buseta y el encuentro con el travesti. Me quemó la garganta y tuve que ir a la cocina a tomar agua para no toser. No quería darle el gusto a la Madonna, que no me quitaba el ojo de encima, como si me fuera a robar algo. Dejé mis libros encima del equipo de sonido y busqué un disco de Police. Mientras trataba de hacer funcionar el equipo, la Madonna sacó de alguno de los bolsillos de su falda un frasquito lleno de basuco. Cogió una botella con la base recortada, una lata de Nescafé y le metió candela en la estufa. Ahí la dejé aspirando humo como un murciélago. Mendoza terminó su negocio telefónico y se acercó caminando con dificultad. Fumaba, jadeaba y tosía, todo al mismo tiempo. Cada día está más gordo ese hombre. Antes de los treinta o se vuelve rico o le da un ataque cardíaco. —Estamos en guerra contra la pobreza —dijo frotándose las manos. —Chévere. —Y cómo va esa “u” —preguntó—. Recuerde que usted estudia por mí también, que me quedé bruto desde que los curas me echaron del colegio. —Ahí voy, clavado preparando exámenes —respondí mientras pensaba en la película de Clint Eastwood. —Así es mi hermano, al que estudia en este país le dicen doctor y gana buen billete. En cambio a los comemierdas como yo nos toca jodernos toda la vida para ganarnos la yuca. Observé el apartamento de Mendoza. Con la mitad de los objetos que había allí yo pagaba mi jubilación. —Y en qué anda —preguntó. —Buscando rumba —dije. —¿Y su mamá sí le dio permiso? —Más o menos. —Cómo jode esa veterana, todavía me acuerdo del día que fue al colegio a darle palo delante de todo el curso. Traté de encajar el recuerdo sin darle importancia. —¿Todavía le casca? —insistió el hombre como si fuera el gran chiste. —No, qué va, eso era antes. Ahora ya soy grande. Ni pendejo que fuera. —¿Y qué quiere hacer esta noche? —No sé, a ver qué sucede. —Claro, es viernes. De pronto nos reventamos el coco. Lo que pasa es que tengo otro bisnes pendiente. Si quiere viene conmigo. —Okey. La Madonna seguía en la cocina aspirando basuco. —¿Y esa pelada? —pregunté. —Ni idea. Está aquí desde el miércoles. No sé ni cómo se llama —dijo Mendoza—. Vino con una mercancía que le negocié al paisa de Rionegro y se me instaló. —Pero chévere para usted —dije. —Qué va, lo único que ha hecho es fumar base como puta detenida. El timbre del teléfono que tenía en la mano comenzó a sonar. —¿Sí? Ah, quiubo hermanito... Sí, sí, ya salgo para allá... Chao... Sí, seguro... Bueno, nos vemos —tiró el teléfono encima de un cojín y caminó con dificultad hasta el bar en el otro extremo del salón. —Bueno, camarada, tomémonos uno y salimos. —Okey —dije, pero en realidad todavía tenía el otro aguardiente atravesado en la garganta. Mendoza se sirvió medio vaso que bajó como limonada por su garganta. Yo me tragué el mío a sorbitos, como si fuera laxante. —Bueno, primor —dijo a la Madonna—, nos cuida el palacio hasta que volvamos. La tipa aspiró de su botella un par de basucazos más antes de mover la cabeza para indicar que había escuchado. En la calle esperé hasta que Mendoza indicara cuál de los que estaban estacionados frente al edificio era su auto. Cada semana cambia de carro y nunca se sabe en qué armatoste lo va a montar a uno. Esta vez era un viejo Ford con aros deportivos y lleno de antenas. El motor sonaba como un fórmula uno. —Se lo compré a un jíbaro que atiende discotecas en la cientoveintisiete. —Está uva —dije por halagarlo—. ¿Y el Mazda? —Lo cambié por neveras de contrabando. Cogimos por toda la quince hacia el norte. Doblamos por la noventa y dos y subimos hasta coger la circunvalar. Mendoza manejaba con el estómago apoyado en el aro del volante. El carro tenía caja de cuatro al piso y en realidad corría como un fórmula uno. La calle era una mancha de luz y sentía sangre en la boca. —Este es el mejor carro del mundo, el Ford 56. Mi papá tuvo como seis de estos —dijo Mendoza empujando el acelerador hasta el fondo. —Sí, son chéveres —dije yo mientras me agarraba al asiento. La ciudad abajo se veía enorme, llena de bombillitas de diversa intensidad. Unas calles más adelante había una patrulla de la Policía revisando un carro. Pasamos levantando polvo. —Ojo con los feos, no me los quiero encontrar hoy —dijo Mendoza. —¿Anda cargado? —pregunté. —No, qué va. Es la paranoia de costumbre nada más. Cuando llegamos al centro, Mendoza comenzó a buscar una dirección. Bajamos por toda la avenida sexta hasta que llegamos a un barrio nuevo, de esos a los que hasta ahora se les está cayendo la primera capa de pintura. Me sentía como en una película. Pensé que Mendoza debía tener un Magnum bajo el asiento del carro. —Es en uno de estos ranchos. Observé las casas de la urbanización; cualquiera era más bonita que la casa de mi mamá, pero no comenté nada. Al fin se detuvo frente a una de ellas. Tenía las cortinas corridas. Todo estaba en silencio. Por estos lados la gente no gasta plata los viernes por la noche. Se quedan encerrados viendo televisión. Timbramos. Al rato salió un anciano en bata, con unas pantuflas descosidas y gafas de lectura colgando del cuello con una cadenita. —Ah, Mendoza —saludó—. Mi hijo está esperándolo. Me sentí defraudado, esperaba un gángster y me salió Papá Noel. Entramos a una casa que era la copia al carbón del apartamento de Mendoza: llena de cajas de electrodomésticos, mesas de plancha, bicicletas y muebles de otra época, muy usados. —A qué venimos —pregunté. —Es que este man tiene un lote de sardinas enlatadas, europeas. Me las negocia contra unos betamax con los que estoy más encartado que el carajo. A ver si con la lata me va mejor. —Oiga, Mendoza, ¿es que usted nunca se cansa? —Hombre, estamos en guerra y en la guerra hay que hacer negocios. Si no, mire los gringos cómo se pararon en las dos guerras mundiales. —Cuál guerra, este país no ve una guerra desde el tiempo de Bolívar. —Ah, sí, descuídese y verá que lo dejan como pan tajado. Entonces pensé en el par de fulanos que nos esquilmaron en la buseta y pensé que sí, hombre, que Mendoza tenía razón. Esta vida no da emociones. Pensé que si hubiera tenido un revólver, esos tipos no me robaban los veinte pesos. Claro que si tuviera revólver no andaría en buseta, en fin. En esas el anciano salió otra vez con sus gafas colgando del cuello. —Javier ya sale, es que está ocupado... en el teléfono. —Tranquilo, señor Hernández —dijo Mendoza con unos modales que le desconocía. Estuvimos esperando más de veinte minutos. Entonces apareció el amigo de Mendoza. Era igual al padre, con una bata deshilachada y unas pantuflas idénticas, como si las usaran por turnos. Tenía un bigote de Fumanchú y patillas de camionero, como las que estaban de moda hace diez años. —Perdóneme, hermano, pero es que llegó a la hora de la telenovela, está buenísima, ¿no la está siguiendo? Mendoza se encogió de hombros. —Con esta vida que lleva uno, para que más telenovelas. Entonces los escuché discutiendo sobre betamax, precios en dólares y pesos. Ambos sacaron calculadoras transparentes. Hicieron cuentas y cuando terminaron se dieron la mano. —Mañana le mando sus betamases y de una recojo los pescados. —Listo calixto —dijo el otro. Cuando subimos de nuevo al Ford yo estaba haciendo cuentas. —Óigame hermanito. Por qué no me deja trabajar con usted. —No, loco, yo no le quiero hacer ese daño. Usted tiene que estudiar para doctor. —Es que doctor sin billete, no vale. Por ejemplo, ahora no tengo ni para la buseta. Es que esta noche me atracaron. —¿Ah sí? No joda. Es que este pueblo se ha dañado mucho. Ya le dije, si sale solo a la calle lo fetecúan, mi hermano. Pero fresco, más tarde le ruedo unos billetes. Pero eso sí, tiene que seguir estudiando, déle duro mijo que el equipo gana. Camine nos tomamos unos guaros. —Eso —dije yo entusiasmado—, llámese unas viejas y nos vamos de discoteca. —No a esos sitios ni puel carajo. De pronto nos van es dando candela sin saber por qué. Más bien camine recogemos unas brujas nos las llevamos para la casa y nos dedicamos al elvis pelvis. —Bueno, allá ya tenemos una. —No mijo, a esa jeva no le gusta tirar, ella con el basuco tiene. El regreso fue similar. Mendoza manejaba como si se le estuviera quemando la tapicería. Nos detuvimos en un bar del centro. Mendoza bajó y yo me quedé aguardando en el auto. Diez minutos después volvió con dos putas. —Buenas noches —dije, pero ellas venían riéndose de algo que había sucedido adentro. Mendoza también se divertía. Así que también reí un poco, para no desentonar. Las mujeres tenían sobre los ojos una pasta gruesa que parecía suficiente para maquillar un internado de señoritas. Una tenía el pelo negro y la otra rubio con las raíces oscuras. Usaban minifaldas y chaquetas de cuero ordinario. El auto parecía un escaparate de perfumes baratos. Cuando llegamos a la casa, Madonna seguía chupando la botella. En el equipo de sonido gritaba Nina Hagen. —Cambie esa música y póngase unos merengues —pidió Mendoza. Puse uno de Wilfrido Vargas y comenzamos a azotar entablado. Yo me agarré a la rubia y me la amacicé de una. A la mujercita como que le gustó, así que comencé a manosearla por todos lados a ver si la entusiasmaba, pero nada, la tipa como si la estuviera saludando con la mano. Después de bailar medio long play me aburrí y me senté en el sofá a tomar aguardiente a sorbitos. Cada vez entraba mejor. La rubia que bailaba conmigo prefirió mirar portadas de discos. Tenía con qué entretenerse la noche entera, porque Mendoza compra todos los discos que salen, seguro negocia con ellos también. Clint Eastwood apareció sobre el equipo de sonido a señalarme el reloj. Ya era más de medianoche. Busqué a Mendoza para que me regalara plata para tomar un taxi. Pero nada, el hombre estaba encerrado en su alcoba sobre la cama de agua y tenía su estéreo privado a todo volumen. Ni siquiera escuchó mis golpes en la puerta. El hombre estaba dedicado al elvis pelvis. Thunderbolt and Lightfoot. El anciano es buena nota con los jóvenes. Me sentía seguro, pero me dolía la cabeza por culpa del aguardiente. A mitad de camino me detuvieron en una requisa de la Policía. Debía estar pasando algo grueso porque las motos iban y venían y las luces rojas de las patrullas giraban a lo loco. Me hicieron esperar más de media hora sentado en el andén con las manos en la nuca. Clint fumaba un cigarrito negro a mi lado. Me extrañó que nadie se fijara en él. Menos mal porque el hombre carga un Magnum bajo la chaqueta y si se lo llegan a pedir les mete su plomazo. Cuando me dejaron ir estaba resfriado. Tuve que caminar demasiadas cuadras estornudando. En la esquina de mi casa me despedí de Clint. El hombre levantó su dedo pulgar y desapareció en la neblina de la madrugada. Entré a la casa sin hacer ruido. Mamá no me esperaba. Subí al segundo piso y abrí la puerta de su habitación. Estaba dormida, abrazada a un álbum de fotografías. Ni siquiera a ella yo le importaba mucho.

 

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