Roberto Rubiano Vargas (Bogotá, 1952). Narrador, fotógrafo y documentalista. Ha publicado El anarquista jubilado (2001), Vamos a matar al dragoneante Peláez (1999), El informe de Gálvez (1993), Gentecita del montón (1981), Una aventura en el papel (1988 - 1999), En la ciudad de los monstruos perdidos (2005), Fotografía colombiana contemporánea (1978), Crónica de la fotografía en Colombia (1983), Robert Capa. Imágenes de guerra (2005), Alquimia de escritor (2006) y Necesitaba una historia de amor (2006).
En el encuentro «Literatura y ciudad», una de las preguntas recurrentes por parte de los escritores y hacia los escritores fue ¿cómo es la ciudad que se encuentran construyendo en su literatura? Una pregunta que me hice una y otra vez mientras preparaba la antología Un beso frío y otros cuentos de Bogotá, editada en la colección «Libro al viento», del Instituto Distrital de Cultura y Turismo (IDCT).
¿Puede hablarse de una literatura y en particular de un cuento de Bogotá? Los defensores de la literatura modélica dirían que no. Que la literatura es una sola y se ocupa de los elevados asuntos del espíritu, y eso basta, lo cual no deja de ser cierto. Podrían añadir que las literaturas nacionales son un invento del romanticismo, cuyos rezagos seguimos arrastrando; que toda literatura habla del corazón del ser humano y éste es universal (o parte de una estadística, diría algún escéptico). Sin embargo, todo escritor escribe desde una perspectiva de nacimiento. Desde un origen cierto, una cultura, una lengua (que es la verdadera patria del escritor, según Mircea Eliade) y una experiencia personal. Esas son sus señas de identidad.
Bogotá no es, ni mucho menos, una de las ciudades latinoamericanas más escritas, descritas o noveladas. O por lo menos no tanto como Buenos Aires, que tiene entre sus narradores a Jorge Luis Borges o Julio Cortázar, y más recientemente a César Aira o Alan Pauls. Bogotá tuvo a Osorio Lizarazo o Hernando Téllez, y sus más recientes narradores forman una enorme tribu. Pero todavía no se puede hablar de una literatura bogotana consolidada, sino más bien de una literatura en construcción.
Un conglomerado de habitantes tan grande como el de esta ciudad genera una cantidad enorme de experiencias humanas. Muchos de los habitantes de Bogotá que escriben sobre ella han nacido en otras regiones, en otras ciudades e incluso en pueblos pequeños, extraviados en la geografía nacional. Al mismo tiempo, los escritores nacidos en Bogotá, que provienen (por ejemplo) de una cuadra de Chapinero o una manzana del Santa Lucía o de un rincón de Suba, son como habitantes de pequeños pueblos perdidos en la soledad de esta gran urbe. Todos ellos están contribuyendo a la creación de esa posible literatura bogotana. No importa qué experiencia aporta cada uno, todos arrastramos una pequeña geografía emocional diferente de la del otro. La imagen literaria de Bogotá está compuesta por la minuciosa observación de pequeñas catástrofes de barrio.
Julio Paredes, uno de los escritores incluidos en esta antología, señalaba en una de las charlas de este encuentro que no existe un autor emblemático de Bogotá. Que todos los escritores, así como todos los habitantes de la ciudad, tienen un mapa personal de su experiencia y sobre ese mapa vital escriben. Luis Fayad, que desde hace más de veinticinco años ha vivido en diversas ciudades europeas, señalaba que una buena razón para escribir sobre Bogotá es que puede criticar sus costumbres o burlarse de sus vecinos. Cosa que no se siente cómodo al hacerlo sobre las ciudades que lo han acogido. En otra charla de este encuentro, la novelista española Luisa Castro decía que la ciudad ideal para el escritor es una ciudad pequeña, con servicios básicos y aeropuerto.
Bogotá comparte un poco de todo eso. Es una ciudad que sus escritores observan críticamente por lo deshumanizada y bárbara, pero por otro lado sus barrios son como pueblos pequeños, con servicios y aeropuerto. En cierta forma, ciudades ideales en las que los escritores indagan. Espacios que no por conocidos y públicos carecen de intimidad. Sobre Bogotá hay un imaginario vulgar que reduce la ciudad a un paisaje de violencia recortado contra el cerro de Monserrate. No obstante, sus escritores profundizan de manera incesante en la construcción de ese lugar imaginario que tiene mucho que ver con el alma de sus habitantes con historias pueblerinas (o barriales) de mapas personales acotados al centímetro.
Si las ciudades se han hecho tan inabarcables que es casi imposible para un solo libro o un solo autor reflejarla de un modo absoluto, el cuento —que es un género que por sus características se ocupa de asuntos menos vastos que los de una novela—, sólo puede dar la visión específica de algún detalle.
Los cuentos sobre Bogotá ofrecen una multitud de voces, variadas y personales. Sin embargo, el cuento, con esa gracia propia de la brevedad, hace cada voz aún más contundente.
Un beso frío y otros cuentos bogotanos es una muestra de esas voces; voces escogidas bajo tres parámetros básicos: que fueran autores nacidos en Bogotá, que hubieran hecho de ese espacio geográfico y de su condición de nacimiento un factor determinante en sus gustos narrativos, y que tuvieran una obra en progreso y que la extensión de sus relatos permitiera incluirlos en una publicación de modestas proporciones como es «Libro al viento» (120 páginas en promedio).
Al aplicar esos parámetros, surgió la primera sorpresa. Una vez descartados los autores provenientes de otras regiones y ciudades, la lista se redujo dramáticamente. Eran poco más o menos los escogidos y unos pocos nombres más. Con todo, algunos de esos autores bogotanos no escribían cuentos, otros los escribían muy largos o simplemente nunca habían escrito cuentos sobre Bogotá. Algunos más no pudieron estar debido a compromisos legales con sus agentes literarios o sus editoriales, y entre los que quedaron hice esta antología, que como toda selección tiene algo de arbitrario y mucho de gusto personal. No obstante, cada cuento escogido tiene una pequeña historia detrás, que habla un poco de mi propia relación con la literatura de esta ciudad: la de un lector asiduo al trabajo de los escritores de su vecindario.
Hace muchos años, algo así como en 1971, leí en las antiguas «Lecturas Dominicales» del diario El Tiempo, que en aquel entonces eran del mismo tamaño del periódico, un largo cuento que hablaba sobre estudiantes de colegio que se lanzaban tiza y que incendiaban los pinos del campo de deporte. Mi propio universo colegial era aún reciente y el autor, Mauricio Reyes Posada me hablaba de algo que pertenecía a mis recuerdos más cercanos. Sin embargo, la anécdota no era tan importante como la forma de su escritura. «Casimiro mire Casimiro» fue un cuento que en aquel entonces me sorprendió, y todavía me sigue sorprendiendo por su rigor técnico. Estaba escrito en cinco párrafos, sin puntos seguidos ni comas, utilizando sólo el punto aparte en cinco ocasiones, con una construcción muy novedosa que posteriormente Gabriel García Márquez en El otoño del patriarca y Germán Espinosa en La tejedora de coronas llevarían a sus últimas consecuencias, aunque estos dos maestros de la novela sí utilizaron comas y puntos seguidos. Como todo cuento excepcional, éste de Reyes Posada mantiene su frescura después de más de treinta años de ser escrito. Su ámbito era el estrecho mundo de un colegio privado regentado por curas, pero transmitía toda la atmósfera de una ciudad encerrada en el espesor de sus muros de adobe.
En una literatura como la colombiana, tan poco dada a la experimentación, la exigua obra de Mauricio Reyes (una sola colección de cuentos) es un caso raro y destacable.
En aquel tiempo de formación literaria y estudios universitarios también leí a Nicolás Suescún, un autor que comenzaba a dibujar las calles y los secretos humanos de los bogotanos y a acotar una mirada moderna sobre la ciudad con un libro muy nostálgico titulado El retorno a casa. Fue un texto notable, que se sigue reeditando periódicamente, aunque no con la frecuencia y generosidad que merecería. «El amigo de Mario», el cuento que forma parte de esta antología, ocurre en un lugar estrecho, un par de habitaciones, la oscuridad de un cine. Espacios que uno reconoce no porque el autor mencione las calles donde quedan sino por la atmósfera que respiran sus protagonistas, una asfixiante atmósfera bogotana de los años sesenta. Decía Horacio Quiroga en su conocido decálogo sobre el cuento: «Cuenta como si el relato no tuviera interés más que para el pequeño ambiente de tus personajes, de los que pudiste haber sido uno». Esa es una gracia que tienen todos los cuentos de esta antología: son observaciones a pequeñas catástrofes de barrio.
Otro autor que leí un poco después de los dos que acabo de mencionar es Luis Fayad, quien comenzó su relación literaria con la ciudad de Bogotá con unos cuentos realistas que hablaban de montallantas, ferreterías y atracos de esquina. En una entrevista, Fayad dijo: mis primeros cuentos transcurren en pueblos. Alguien me dijo: «Bueno, sí, es un pueblo, pero en realidad es un cuento de ciudad porque ese pueblo parece más un barrio de Bogotá». Con esos relatos y con su novela Los parientes de Ester, Fayad hizo un acercamiento intimista a la diversidad social de la ciudad antes de marcharse a un exilio voluntario desde el cual sigue examinando y recreando a Bogotá a través del filtro de la nostalgia.
Estos autores representan a una generación posterior a la de Mito, que comienzan a desarrollar una narrativa moderna con los ojos puestos en la ciudad. Ellos fueron parte de aquellos escritores que se encargaron de dejar atrás el modelo rural que imperó en los años sesenta y setenta. Con su obra abrieron el espacio para narradores de definitiva vocación urbana, como Evelio José Rosero y Julio Paredes.
Desde hace años, Evelio José Rosero es un narrador identificado con nuestra ciudad. Sus cuentos son experiencias vívidas, golpes certeros que de un tajo abren una mirada hacia los intercisos de esta realidad que todos tratamos de acotar y de entender. él lo consigue con gran sapiencia narrativa, como lo demuestra en «Un beso frío». Un cuento de personajes tristes, familia rota y desesperanza.
«La cantidad de aldeas y pueblos, además, que viven y sobreviven dentro de ella —dice Evelio explicando su oficio como escritor de Bogotá—, y que seguramente no conocemos aún en su totalidad, pero que sospechamos en cualquiera de sus calles más concurridas, ya en la plenitud de la noche o al mediodía, todo ese maremágnum humano, resultado de culturas contrapuestas, pero que se complementan y enriquecen, hacen de cada uno de los rincones bogotanos un mundo distinto, disonante, que, unido, constituye el paisaje global de la ciudad y le da su identidad. Es natural que semejante discurrir humano sea causa definitiva a la hora de la creación literaria, si quienes abordan esta creación, por supuesto, son sus moradores, sus sentidores, día por día».
Julio Paredes es uno de los cuentistas más notables de la ciudad y del país. Tres sólidos libros de cuento son la prueba de ello. El cuento que forma parte de esta antología recoge todas las características de la narrativa de Julio: el tono contenido, la historia sencilla bajo la cual corre un torrente subterráneo de pasiones antiguas, de desamores y temores. La forma como estos dos cuentistas hacen maravillosas maquinarias de relojería narrativa nos recuerda que todo buen cuento, como señala Truman Capote, es absoluto y definitivo: «Del mismo modo que una naranja es definitiva, algo que la naturaleza ha hecho de la manera precisamente correcta».
Entre el grupo de autores más recientes, con gran aceptación entre los lectores, se destacan Santiago Gamboa y Ricardo Silva. Son escritores que han asumido su oficio con gran profesionalismo. Aunque son más novelistas que cuentistas, su presencia en esta antología contribuye a redondear un posible panorama de la narrativa bogotana.
Santiago Gamboa recurre a su experiencia como periodista en «La vida está llena de cosas así», para contarnos una especie de road movie urbano. A partir de una noticia de prensa, construye un ágil relato que roza con el absurdo cotidiano y con el humor negro. En este caso, los escenarios no son intimistas sino son las calles de la ciudad nombradas una por una, a medida que el relato se desgrana como las desgracias sobre su protagonista. Es el mismo humor negro que también caracteriza el breve relato de Ricardo Silva, autor de tres novelas y un libro de cuentos. En «Querida señora», Silva nos recuerda que otra de sus grandes pasiones es el cine, en este caso ligada de una manera humorística a uno de los sucesos más recurrentes en la narrativa sobre Bogotá: el 9 de abril.
En lo que respecta a mi cuento, «Un editor pirata», incluido en esta antología, lo único que puedo hacer es proponer su lectura, pues como escribió Franz Kafka alguna vez, «no resulta fino ni discreto hablar de los escarabajos de la propia familia».