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Separata de Revista Número |
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Fragmento Los Otros y Adelaida
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Tercer capítulo de Los Otros y Adelaida, tercera novela de la
trilogía «Bogotá» (las anteriores fueron Según la costumbre
y Delante de ellas), del escritor Gonzalo Mallarino Flórez, que Editorial Alfaguara presentará el 25 de octubre en el
Gimnasio Moderno de Bogotá.
Por Gonzalo Mallarino Flórez
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Durante toda la semana pensé en el niño ciego. La manera como habla. Tan firme. Como si fuera mayor. Y los ojos abiertos y quietos siempre. Unos ojos negros y grandes que no ven pero lo miran a uno. Hoy es sábado. El jueves pasado volví al palacio. Así lo llaman. El Palacio del Estudiante. Le dije a la señora que le había traído algo al niño. Era una cajita de esas que al abrir suena música. De madera con incrustaciones pequeñitas de marfil. De taracea. Me la regalaron cuando nació María Paula. La música que toca es un vals triste. Yo se la mostré a la mamá del niño. «Siga», me dijo ella, «venga lo buscamos». «Milton, Milton», lo llamamos pero no aparecía. «Deje voy hasta la pieza», dijo ella, «a ver si es que se quedó dormido». Después volvió y dijo que no estaba en la pieza y nos pusimos a mirar por todas partes. Primero en la cocina, que era enorme. Con Estaba lloviendo y yo corría por la Plaza de Bolívar bajo el aguacero. Atravesaba toda la plaza enorme corriendo sobre las losas amarillas y resplandecientes. Me daba mucho miedo caerme. Irme a resbalar. Seguía lloviendo pero yo tenía que correr porque tenía que llegar a la casa y asegurarme de que Milton y el ángel estaban bien. Que seguían allí. Entonces un hombre horrible se me atravesó y me cogió y no me dejaba pasar. «¿A dónde va, mona?», me preguntó, «¿a dónde va, monita?». Y no me dejaba pasar. Le corría el agua ennegrecida por la cara. Y olía. Le olía la ropa y de la boca le salía un vaho caliente. «Por favor, déjeme pasar», le decía yo, «déjeme que tengo que llegar a la casa». «Muestre la toco un poco», me decía, «deje le meto la mano por entre los calzones». «No, no», le decía yo, «quítese, por el amor de Dios». El mendigo se «Sí, doctor, le prometo», le contesté yo, «voy a tomarme las vitaminas con jugo de tomate de árbol». Eso dije. Quién sabe por qué. Empecé a correr otra vez y por fin llegué al Palacio del Estudiante y entré y subí a toda prisa hasta el tercer piso. Abrí la puerta del cuarto del ángel y estaba todo claro. La luz entraba por las ventanas abiertas. No había la oscuridad de siempre y Milton y el ángel de yeso estaban riéndose. Se quedaron callados cuando me vieron. Yo me acerqué y me senté con ellos. «Está emparamada», dijo el ángel con una voz, «la mamá de la niña está emparamada». Y movió los párpados pesados de piedra y las alas de la espalda. Después me miró con los ojos blancos y fríos pero era muy bonito y no me dio miedo. La cara era tan bella. La boquita hablándome. «¿Por qué no estaban ayer?», les pregunté, «¿a dónde se fueron cuando los buscamos?».
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