Separata de Revista Número
La ciudad que yo escribo


De la Bogotá de sus novelas a la Bogotá
actual es de lo que habla el escritor
Gonzalo Mallarino en este texto.

Por Gonzalo Mallarino Flórez

 

Gonzalo Mallarino Flórez (Bogotá, 1958). Ha publicado, entre otros, los libros de poemas Cármina (1986), Los llantos (1988), La ventana profunda (1995) y La tarde, las tardes (2000), así como las novelas Según la costumbre (2003) y Delante de ellas (2005).

En 1899 fallecieron en Bogotá todas las madres que había en la maternidad del hospital San Juan de Dios. Yo imaginé una médica que se enfrentó a las fiebres puerperales que las mataron. Las madres murieron víctimas de las infecciones producidas por los estafilococos, en un mundo que estaba todavía a muchos años de la penicilina.
    Bogotá tenía entonces cuatrocientos mil habitantes. No era sólo una ciudad atormentada por la pobreza, sino la capital oscura de un país en el que ya se habían establecido secularmente la desigualdad y la inhumanidad. Las condiciones generales de salubridad eran lamentables y, en el caso de las mujeres pobres, proverbialmente malas. En relación con los servicios de maternidad para las mujeres del pueblo, el hospital San Juan de Dios era casi lo único que tenían, lo único que representaba para ellas alguna esperanza. Aun así se morían allí por centenares, infectadas, mutiladas, humilladas. Las tasas de mortalidad llegaron a cifras superiores al 40% del total de parturientas atendidas por el hospital.
    En 1925 el hospital San Juan de Dios se trasladó al terreno de los Molinos de la Hortúa, donde se encuentra hoy en día cerrado a la comunidad. Del pabellón de maternidad de ese hospital, en esos años, nacería un tiempo después el Instituto Materno Infantil, razón por la cual las dos instituciones se confunden en una sola. Todavía, y esperemos que por mucho tiempo, cuando a una mujer la llevan allí los bogotanos decimos simplemente, «a María la llevaron para la Hortúa», y todos sabemos dónde está. Sin embargo, en los últimos meses el gobierno ha tratado insistentemente de cerrar el Instituto Materno Infantil, tal como hizo con el hospital San Juan de Dios, porque como dicen ellos, «no es viable financieramente».
    Por esa razón regresé al Instituto Materno Infantil, el lugar donde había ocurrido mi novela. No fui a buscar, como hace cuatro años, los materiales para dibujar el carácter de mi heroína. Esta vez fui a buscar a mi heroína directamente, para poder reconstruir la realidad de ahora. Esta realidad envilecida que no podemos entender. Desde la puerta sobre la carrera décima, miré hacia el hospital San Juan de Dios. «Ahí está todavía la gente viviendo», me dijo uno de los celadores del Instituto, «ahí se van a quedar hasta que les resuelvan». Pues es que no les han pagado ni siquiera las liquidaciones cabalmente. Les deben plata por años y años de servicio. Cerraron el hospital y dejaron a mucha gente sin trabajo y sin esperanzas de recibir lo que legalmente les corresponde. En las viejas salas y en los consultorios se están derruyendo y pudriendo equipos médicos sofisticados, que costaron mucho
    Entré por fin al edificio del Instituto Materno Infantil. La vez anterior había ido para averiguar la respuesta a unas preguntas que me obsesionaban: ¿cómo era el servicio de maternidad para las madres pobres de esta ciudad? ¿Qué lugar ocupaban en la vida comunitaria las parteras? ¿Cuáles eran las técnicas quirúrgicas y cómo era el instrumental médico? ¿Cómo hablaban los médicos? ¿Cómo hablaría mi médica si estuviera allí viéndolo todo? ¿Sintiendo todo ese dolor? ¿Era muy lejos ir hasta la plaza de Bolívar? ¿Cómo llegaban las mujeres? ¿Cuántas camas había? ¿Cómo era la comida? ¿Había agua caliente? ¿Hacía mucho frío? ¿Las mujeres podían abortar los hijos que no querían? Y otras no menos importantes, en el terreno de la ciencia médica: ¿cómo llegaban las infecciones? ¿Cómo se metían en la salas de partos y lograban implantarse en el vientre de las muje
    Pero ahora que volví no estaba escribiendo una novela. No estaba componiendo unas hipótesis. Estaba de veras ahí en el Instituto Materno Infantil. Y ahí estaban los médicos y todo el personal trabajando. A pesar de los ataques, a pesar de las amenazas, a pesar del atraso de cerca de nueve meses en el pago de sus salarios. Ahí estaban. Ahí están en este minuto. Y sobre todo ahí están las pacientes. En las piezas, en las salas de partos y de cuidados intensivos, frente a las incubadoras en la sección de neonatos, en los corredores, mirando por los ventanales; tendidas, durmiendo, llorando, riendo, callando con tristeza, hablando con los jóvenes médicos de la universidad; despertando en sus camas, preguntando por sus niños, tomando una sopa, desnudando los brazos y las venas para recibir un medicamento. En fin, respirando una y otra vez las gotas de aire que necesitan para salvarse y para proteger a sus hijos.
    Regresé al Instituto Materno Infantil y esa es la ciudad que yo he escrito. He escrito sobre ella porque ha sido vil con la gente que la vive. Muchas veces. Pero las preguntas no pueden estar referidas solamente al ámbito de unas novelas. A ese ámbito histórico que me obsesiona y al que acudo para tratar de reconstruir, para tratar de entender. Como escritor, como colombiano, yo sigo preguntándome.
    En la Facultad de Economía nos decían que el tránsito de la población de un país, del campo a la ciudad, es un indicador de desarrollo y progreso. Nos mostraron los modelos econométricos que acompañaban tales afirmaciones y era posible ver cómo desde finales del siglo diecinueve, ya Francia, Inglaterra y Estados Unidos, por ejemplo, tenían en las ciudades más del 50% de su población total. Y de muchos otros países se podía predicar lo mismo, de manera que mediando el siglo veinte, la distribución era más o menos la que todos conocemos hoy en día, en la que la gran mayoría de las personas de una nación vive en la ciudad y sólo una minoría en el campo.
    ¿Es eso verdad en el caso de Colombia? ¿Qué debe pensar de esto un escritor colombiano? ¿Un escritor bogotano?
    Ahora no pienso en el pasado. Pienso en el «ahora» y trato de contestar otras preguntas, acaso más verdaderas. Muchas familias pobres aquí en Bogotá dan de comer a sus hijos bolitas de periódico. Las remojan en agua de panela y se las dan a los niños para que se puedan acostar y dormirse. O para que se puedan poner a trabajar o ir a la escuela por las mañanas. La sensación de llenura es casi real. El hambre se espanta. Y además, dicen, el papel periódico así ingerido no es tan dañino, o no es del todo dañino.
    ¿Qué me importa a mí, viendo esto, que Henry James haya construido un Londres pulimentado, Joyce una Dublín sugestiva, Proust un París tan vivaz? ¿Qué me importa a mí todo eso?
    Aún más, ¿puedo yo seguir hablando aquí de la literatura y la ciudad, como si la ciudad fuera una creación mágica? Como si se tratara de una gran abstracción para intelectuales. De un fetiche, de un juguete, de una creación con vida propia. Yo, en ese caso, sería de la opinión de que nos devolviéramos. En contra de lo que dice la econometría, volvámonos a los campos. No tengamos teléfonos celulares, ni centros comerciales, ni pasarelas, ni carreras de autos. Volvámonos. Volvámonos para el campo a buscar un mundo más halagüeño, más digno, más a escala humana.
    Las ciudades no son malas ni buenas. Las ciudades no son nada sin los hombres. No existen. No son bellas ni feas. Son sólo hierro y cemento. Sin los hombres no son nada. Botaderos de basura, vertederos de desechos, melancolía de bardas y potreros y tapias y edificios. Ruidos, asperezas del viento que nadie oye, que nadie registra. Los hombres somos los malos, los malignos, los ignominiosos.
    La literatura y la ciudad, la ciudad que yo escribo. «No nos une el amor sino el espanto, será por eso que la quiero tanto».

 

 

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