Separata de Revista Número
Cuento
Historia familiar


Por Julio Paredes

Tomado del libro Asuntos familiares, Alfaguara, 2000

«Tuvo una fugaz visión de su madre saludando desde una ventana de arriba,
y aquel ademán nuevo lo perturbó, como si fuese una misteriosa despedida».
Habla, memoria
—Vladimir Nabokov

 

 

Nunca imaginó que pudiera sudar tanto. Sintió las palmas de las manos pegajosas y en la espalda un hilillo frío y permanente, como si la camisa, que casi nunca se ponía, chorreara agua entre las costuras. Supuso que se trataba del sol que calentaba el techo del carro y del tráfico, desordenado, ruidoso. Hacía mucho tiempo que no iba al centro de la ciudad y desconoció casi todas las calles por donde avanzaban. Su padre, sin soltar el timón, maldecía en voz baja. Creyó que estaría también nervioso, confundido como él. Para calmarse, trató de concentrar la mirada en los ocupantes de los otros carros pero no vio nada interesante. Además, no podía dejar de pensar en cómo estaría su madre. Calculó, sin estar del todo seguro, que habían pasado más de tres años desde la última vez que se vio con ella. Eso había afirmado su padre, sin embargo. La noche anterior había repasado en la
    —Llegamos —dijo su padre, estacionando de pronto frente a la puerta de un hotel pequeño. Dejó el motor encendido.
    —¿Vas a entrar? —preguntó, la respiración entrecortada.
    Su padre pensó un par de segundos antes de contestar.
    —Ahora no. Cuando vuelva a recogerte.
   Preguntó por ella en la recepción y esperó en uno de los sillones de la sala. Diez minutos más tarde apareció su madre. Llevaba un vestido negro de dos piezas, el pelo corto, un tanto pelirrojo, la cara sin maquillaje, recién bañada. La abrazó con timidez pero sintió su mejilla suave y cálida. Cuando se separaron, descubrió que ella cargaba un paquete rectangular envuelto en papel morado, con un lazo en cinta dorada y un moño verde, hecho con hojas secas, que cubría parte de una tarjeta.
    —Podemos almorzar aquí —propuso su madre, tomándolo del brazo.
    Se dejó llevar sin oponer resistencia, temeroso de que ella percibiera algún olor desagradable en el sudor de su camisa. Aunque sólo la había visto de frente por un par de segundos, supo que era increíblemente hermosa, mucho más que en cualquiera de las fotografías que había recibido con sus breves cartas. Algunas, misteriosos mensajes de amor.
    Cuando se sentaron, ella le entregó el paquete.
    —Un regalo de cumpleaños. Atrasado, claro.
    Había hablado sonriendo, como si en realidad no se tratara de una disculpa. Le dio las gracias y descubrió que le temblaban las manos. El sudor no desaparecía. Sintió, con afán creciente, que se le formaban gotas gruesas sobre la frente. Dentro de una hermosísima caja tallada encontró un ajedrez. Las fichas, del mismo material de la caja, llevaban en la base un trozo de paño verde. Pudo ver, sin saber qué decir, que un alfil sostenía una especie de lanza y en las figuras de los caballos, con las patas delanteras levantadas casi hasta la jeta, había un diminuto y serio jinete. Las fichas negras brillaban como espejos.
    —Tu padre me contó que eres un fiel aficionado.
    —Sí —dijo, sin soltar la dama blanca. Una belleza nunca vista, como su madre, pensó.
    Sin hambre, se decidió por una hamburguesa y una gaseosa. Su madre ordenó una ensalada. En el silencio que siguió quiso preguntarle si no quería quedarse unos días más en Bogotá pero se arrepintió. Le gustó ver que el comedor se encontraba vacío.
    —Estás hecho un hermoso joven —dijo ella, tomándolo de la mano.
    Miró la mano de su madre, con las venas marcadas, las uñas cortas, un anillo con una piedra negra en el dedo del centro, cubriendo la suya, y por primera vez escuchó con claridad los golpes de su corazón. Quería mirarla a la cara, sonreír y decirle que se sentía feliz de volver a estar ahí, tan cerca de su voz.
    —¿Qué piensas estudiar? —preguntó ella de repente.
    —No sé todavía.
    —¿No te gusta nada en especial?
    —No.
    Cuando terminaron de comer ella volvió a tomarlo de la mano y le pidió que la mirara. Le costó trabajo sostener su mirada, los ojos castaño claro que apenas parpadeaban. Ella apretó suavemente sus dedos antes de preguntar:
    —Si regreso a esta ciudad, ¿vivirías conmigo?
    —Sí —dijo, sin dudarlo. Aunque era verdad, por lo menos en ese momento, la inmediata afirmación lo tomó por sorpresa. Ella miró hacia un lado, hacia una ventana. Quiso saber entonces a dónde iba después de Bogotá.
    —Esta noche salgo para Buenos Aires. Me ofrecen un papel en una película. Paré en Bogotá sólo para verte
    —respondió ella sin soltarle la mano.
    Hablaron otro rato. Él contó algo sobre el grado en el colegio y se rió cuando ella le preguntó si tenía novia. Entonces, su padre apareció y la saludó contento, con un breve beso en la boca. Entendió que los dos ya habían conversado y acordado que su padre la llevara hasta el aeropuerto. Les aseguró que no había ningún problema en que él pidiera un taxi para volver al apartamento. Ella lo acompañó hasta la puerta de salida y, tomándole la cara con las manos, lo besó con suavidad en cada mejilla. Creyó ver un repentino brillo en sus ojos.
    Una semana más tarde, después de leer la postal que ella les había enviado desde Argentina, le preguntó a su padre si él creía que su madre volvería para quedarse. —A esta ciudad, no creo —contestó él sin tristeza.

 

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