Julio Paredes (Bogotá, 1957). Ha publicado tres libros de cuentos: Salón Júpiter y otros cuentos (1994), Guía para extraviados (1997) y Asuntos familiares (2000); dos novelas: La celda sumergida (2003) y Cinco tardes con Simenon (2003), y una biografía, Eugène Delacroix, El artista de la Libertad (2005). Algunos de sus cuentos se han publicado en antologías nacionales e internacionales. Ha traducido varios libros de ficción y ensayo con editoriales en Colombia, Estados Unidos y España. Actualmente prepara un nuevo libro de cuentos y trabaja en la traducción de la biografía de Primo Levi.
Hace unos días avanzaba entretenido en la lectura de un libro sobre Bombay del escritor y periodista indio Suketu Mehta, titulado La ciudad máxima, una memoria sobre su reencuentro con la ciudad natal después de varios años en las ciudades occidentales, cuando me crucé con el dato fantástico de que en Bombay central hay lugares donde la densidad de la población alcanza la cifra inadmisible del millón de personas por milla cuadrada. En el primer momento, el dato me pareció un error editorial o una exageración deliberada del autor para imprimirle dramatismo y un giro posmoderno a esta especie de biografía. La reacción inmediata, natural supongo para cualquier lector, fue volver a leer el párrafo. La incredulidad aumentó, pues el autor hacía además un contraste con la ciudad más poblada de Europa, Berlín, donde la densidad no pasaba de 1.200 personas por milla cuadrada. Según la fecha de publicación del libro, 2004, los datos eran recientes.
Intenté imaginar, sin éxito, el entorno para ese aglutinamiento que me sonaba imposible. Era como darle forma a un territorio sobrenatural y, por simple ignorancia, concluí que en la proporción se desafiaban las leyes no sólo de la física sino también de la geometría y que, por tanto, se trataba de un límite donde se abolían los principios del espacio. Supuse que la pretendida secuencia lógica de lo que podemos entender como el mundo práctico, la tan mentada cotidianidad, avanzaría ahí como en un vértigo. Todos los acontecimientos sucediendo de manera simultánea, las fiestas, las muertes, los nacimientos, los matrimonios, las comidas, y todo ahí, a un lado, yuxtapuesto, en el mismo decorado y al mismo tiempo. Con seguridad, la vida privada es una sucesión constante de intercambio con desconocidos que no paran de cruzarse y aparecer.
Por lo que siguió contando el autor, la verdad, lo verosímil, más allá de lo anecdótico y lo circunstancial, o del sentimentalismo sociológico, es el ejemplo de otro desenlace humano, bajo una pobreza urbana hacinada, sin recursos para comprar espacio y replicada de un metro a otro, asumida con una resignación sin pausa, donde las dos terceras partes de la población ocupan sólo el 5% del espacio habitable, arquetipo que enmarca y remite a las ciudades donde estamos nosotros, pero que nos sugieren, al mismo tiempo, el decorado de nuestros distintos propósitos literarios, como escritores o como lectores.
Así, cuando pensé que la cifra inverosímil que Suketu Mehta registraba en su libro desafiaba también las reglas de los inventos literarios, caí en cuenta de que alguien hace años en Buenos Aires, precisamente en el mundo simultáneo de la ficción, había conseguido ver en la densidad aún más vertiginosa y extrema de una esfera tornasolada, escondida en la parte inferior de un escalón, a la derecha, y de un fulgor casi intolerable, todos los actos posibles de los hombres ocupando un solo punto.
Inventar una ciudad
En un libro sobre la ciudad de Sydney, el escritor australiano Peter Carey afirma que si uno habla con suficiencia y confianza total sobre una ciudad, sin duda lo hace sólo de un fragmento, como si en realidad hablara de un pueblo, pues las ciudades son, por definición y hoy más que nunca, inagotables y, en consecuencia, inabarcables, repletas de lugares desconocidos y siempre por descubrir. Es probable que exista la rareza de un habitante viajero que haya frecuentado y reconozca íntimamente los rincones completos de una ciudad; con todos los pobladores y escenarios posibles, con las perspectivas dispares, mentales y físicas que dan los barrios según su ubicación en el mapa, el punto cardinal que, por necesidad, diseño, improvisación o azar inmobiliarios, le haya correspondido. El portento suena atractivo, envidiable, pero también irreal. Las crónicas o reflexiones urbanas asumen, por lo general, esta pretensión de abarcarlo todo, de llegar a la su
Si uno acepta la simple y lúcida propuesta de Carey, podría atreverse también a decir que una visión individual sobre la ciudad, se trate del territorio natal o de adopción, se acercaría peligrosamente al modelo que diseña un turista, sediento y en pos de los centros emblemáticos, de las supuestas encarnaciones del espíritu de una ciudad que le dicta su guía, y de donde se desprende la convicción de que si uno se toma una foto o un video a los alrededores de la torre Eiffel está o estuvo en París. De las poquísimas certezas que tengo sobre Bogotá una es que sé que hay y habrá lugares por los que nunca no sólo no voy a pasar sino en los que nunca voy a vivir. Son territorios lejanos también por la implacable presencia del espacio disgregado que mencionaba Carey. Aunque en apariencia la seguridad transmite un sesgo social, las razones son múltiples, innecesarias de enumerar para no caer en una confesión.
Otra de las falacias que se derivan de la condición turística es la creencia en que uno puede descifrar la identidad de una ciudad si descifra, por encima de todo, el espacio arquitectónico de sus monumentos, de las construcciones que ninguna de las condiciones del paso del tiempo destruye. No se puede negar, en todo caso, que una de las pruebas más emocionantes para el recién llegado a una ciudad es, para decirlo en palabras de un arquitecto, experimentar el espacio arquitectónico, los secretos del volumen, la trama sobre la que están trazadas sus calles y que pueden ofrecer uno que otro laberinto inesperado y con sorpresas. Sin embargo, uno no puede olvidar que sobre ese espejismo de la ciudad intacta, eterna, sin individuos, se inspirarían, por ejemplo, los diseñadores nazis y fascistas, convencidos también de construir un mundo nuevo desde una intención racional y una lógica desquiciada pero supuestamente superior.
El engaño parece aún más claro si uno piensa en el panorama, exclusivamente físico, de las nuevas ciudades latinoamericanas. En Bogotá, la fe en las teorías de la planificación hacia el futuro, en los diseños urbanos pluralistas, sin habitantes excluidos, en una retórica que no parece poder desprenderse de las creencias utópicas, resulta incongruente con el crecimiento desaforado, la construcción improvisada y a media obra de una gran parte de la población asentada a la brava y sin opción sobre terrenos baldíos, erosionados, negociados fraudulentamente. Otra manera, si se puede decir así, de configuración arquitectónica, y donde se termina por construir y componer el espacio de una ciudad real que se sostiene y avanza sin esperar las emociones estéticas de un espectador, ni de una reflexión enfática ni de léxico trascendente.
Si en este instante uno diera el salto a la literatura, la fragmentación sería aún más extrema y borrosa. No sólo porque parece cada vez más cierta la pasmosa probabilidad de que va a llegar el momento en el que habrá más escritores que lectores, como decía un amigo, sino porque la literatura (y no sé si decir aquí mejor la publicación de libros) es un territorio donde uno puede acabar más extraviado y confundido que en los recovecos desconocidos de una ciudad. Entonces, así como es una invención creerse un habitante con un panorama completo de la ciudad donde vive, mayor sería la impostura de creer en un libro que representa a una ciudad y, en consecuencia, creer por tanto en el escritor emblemático y escogido de la misma. Lo que uno como lector sabe y agradece, sin embargo, es que gracias a ciertos libros puede ser testigo de la maravillosa y paulatina creación de una ciudad particular, única, distinta de todas las demás; una ciudad con calles, jardines, patios, montañas, ríos, subterráneos, ruinas, clima, donde también suceden el amor, la felicidad, la muerte, la nostalgia, la crueldad o los sueños, y que por el azar sorprendente de la ficción coincide con el nombre y las coordenadas de una ciudad que uno llama real y encuentra en los atlas y las fotografías, o puede, si la fortuna es más amplia, visitar y, como decía antes, experimentar su espacio.
Resulta inevitable que uno termine por nombrar aquí otra de esas listas personales de ciudades literarias que en su lectura, o en el recuerdo que tiene de esa lectura, le han permitido un desplazamiento más vívido que el del mentado brochure turístico. He escogido una lista muy breve, pues si me rigiera por la voluntad juiciosa de cualquier lector la lista terminaría siendo no interminable, pero sí tediosa. Pienso en dos ejemplos inolvidables de París, como el de Céline en Viaje al fin de la noche y el de Julio Cortázar en Rayuela, así como en el de Lisboa de Antonio Tabucchi en Sostiene Pereira, o el Río de Janeiro de Rubem Fonseca en Diario de un libertino. Hace un par de meses se me cruzó la lectura de Una mujer en Berlín, de autora anónima, la crónica del desmoronamiento creciente y sin misericordia de una ciudad, en una especie de desastre físico y supervivencia entre los escombros, que ilustraría como ninguno la idea de la historia de la destrucción natural de las cosas propuesta por el autor alemán W.G. Sebald. La relectura también reciente de algunas historias de Las mil y una noches, con la ciudad de Bagdad como un portento sobrenatural y por tanto incomparable, que dejaba sin aliento y sin palabras a los viajeros o narradores que intentaban describirla, y que podían sólo limitarse a llamarla, en una inspiración súbita, la «Mansión de la paz», un apelativo que suena ahora como la parodia cruel y triste de esa otra ciudad aplastada y que uno apenas alcanza a vislumbrar atónito en el nuevo espectáculo televisivo de la guerra.
Sin embargo, quisiera mencionar dos títulos que me han ilustrado no sólo como lector testigo de la magnífica experiencia de asistir a la invención eficaz de una ciudad, sino también como simple aprendiz de escritor. Se trata de dos novelas publicadas casi simultáneamente: El sueño de los héroes, de Adolfo Bioy Casares, y La vida breve, de Juan Carlos Onetti. Por la manera nítida, legible y rigurosamente articulada bajo la que avanzaba la trama, por el destino sentimental, casi envidiable, del joven protagonista en su recorrido fantástico y doble entre barrios y arrabales nocturnos, ilusorios y con habitantes fantasmas, por la certidumbre de poder entrar a un espacio físico nacido de la ficción, paralelo y simultáneo a la geografía o la topografía reales, la lectura de El sueño de los héroes me suscitó y dejó una nostalgia profunda por una ciudad de Buenos Aires a la que de otra forma habría sido imposible visitar.
Con La vida breve, la experiencia estética y técnica pareció dar una vuelta de tuerca. En el sopor y el desaliento cotidianos en las ciudades reales de Buenos Aires y Montevideo, Onetti creaba un personaje, Brausen, estancado durante días en la invención de un personaje y, sobre todo, en la invención de una ciudad, un territorio llamado Santa María del Buen Aire, nombre que hacía referencia a una de las fundaciones de Buenos Aires y con la naturaleza insólita de acoger a posteriori no sólo al mismo Brausen, su fundador, sino a los personajes centrales de toda la narrativa de Onetti. No se trataba de un argumento nuevo, el lector puede recordar a Don Quijote leyendo indignado la versión apócrifa, no autorizada, de su biografía escrita por un tal Avellaneda, pero sí era innovador el proceso de la invención y la construcción de un lugar, el enunciado de una geografía, con su río y una insólita colonia de suizos que, con el tiempo, se convertiría en mítica para la literatura escrita en castellano. Con La vida breve, uno terminaba por creer como una verdad sin réplica, desde el oficio de lector o de escritor, esa especie de aforismo que dictaba Brausen en alguna de sus páginas finales: «La palabra todo lo puede».
El giro, ineludible en esta charla, a la idea de Bogotá como una ciudad también inventada siempre me ha sonado como adentrarse a aguas más profundas y revueltas. Semejante al anacronismo bucólico de ver este país como un territorio exuberante, con ríos de un caudal indomable y selvas y montañas pobladas de una fauna y una flora primordiales, estenografía paradisíaca que representa una pretendida manera de ser colombiana, tal vez, imagino, porque oculta también un territorio sembrado de fosas comunes, tenebroso lugar común que nos estremece cada vez menos, Bogotá ha estado cifrada por la mitificación mediática de la violencia, y por uno de sus derivados, la violencia de los submundos urbanos, por lo general nocturnos y de parias sociales. Las tentativas de una simulación urbana como reflejo inmediato, supuestamente fiel y conforme a la realidad nacional es continua, y bromeando un poco, uno podría llegar a concluir que a esta ciudad le h
Con seguridad me equivoco al sospechar que Bogotá aún no ha conseguido, para usar un término medio antipático, el estatus de ciudad inventada, a pesar de los múltiples y cada vez más numerosos intentos por inmortalizar una ciudad de ficción, más allá de las parodias del color local o los artificios impuestos por la opresiva violencia política y social, por imprimirle la sustancia de una ciudad simbólica, como Londres o México o Nueva York, y sin aspiraciones premeditadas, crear finalmente una metáfora que inspire en un lector lejano, extranjero e inesperado una nostalgia auténtica, el anhelo por visitar una y otra vez sus paisajes, o la perplejidad al presenciar, en el avance de una página escrita, un hecho irrepetible, un espectro que sólo pertenece a sus calles. Imagino, para seguir con esta especulación elemental, que habrá una que otra causa en el hecho de que este emplazamiento no se fundó sobre las ruinas de un imperio ob
Paradójicamente, y para terminar, encontré hace varios años una de las mixtificaciones más desconcertantes y precisas sobre Bogotá, o sobre un lugar que decidí que era Bogotá, en un cuento del escritor inglés H.G. Wells, titulado «El país de los ciegos». Un hombre, después de sobrevivir a la caída de un precipicio y atravesar desfiladeros y abruptas rocas, vislumbra finalmente un valle donde se levantan unas construcciones recubiertas con una especie de yeso de una irregularidad asombrosa en los tonos, tan dispares y excéntricos que el explorador concluye que quien hizo el enlucido estaba «más ciego que un murciélago». En efecto, el hombre ha llegado al mítico país de los ciegos. Más adelante, cuando los habitantes le preguntan de dónde viene, él responde que de Bogotá, al otro lado de las cumbres de las montañas. La respuesta confirma la sospecha de los ciegos de que se encuentran frente a un salvaje, que s_Bogotá, nombre con el que empiezan a llamarlo de ahí en adelante y con sorna. Persuadido de la engañosa fortaleza que le trae la sentencia que en «el país de los ciegos el tuerto es rey», pretende dominar a los otros. Sucumbe, claro está, y en una desolación creciente cree también encontrar consuelo en el amor, sobrecogedor pero al mismo tiempo escalofriante, de una de esas muchachas de cuencas vacías que escucha en su voz un tono dulce. Entonces, al borde de un final trágico, Núñez piensa en las cosas que va a perder para siempre, en la geografía de las lejanas pendientes y en Bogotá, un lugar de belleza multitudinaria y agitada, una gloria de día y un luminoso misterio de noche, un lugar de palacios y fuentes y estatuas y casas blancas, y piensa que desde ahí, por la corriente imparable de un río, internándose por desiertos y bosques, podría llegar al mar.