Por Carol Ann Figueroa
Ilustraciones de Edilberto Sierra

Carol Ann Figueroa (Bogotá, 1978). Periodista de profesión, escritora por necesidad, guionista por mutación, redactora de libros de investigación y del desaparecido periódico cultural Suburbia; ha colaborado en varias publicaciones, entre las que se destacan el «Magazín Dominical» de El Espectador y la revista Kinetoscopio

 


    Los miles y miles de perros que habitan la bella Buenos Aires son el pretexto para esta nota de una colombiana que se asoma a mirar la ciudad y su pasado reciente.

    Recostada sobre la grama del parque Las Heras, finalizaba una tarde de primavera en Buenos Aires rodeada de porteños sin camisa que tomaban los últimos rayos de sol.
    No contaré lo que sucedió sino lo que recuerdo.
    Transpiraba los sudores de un calor inclemente, más similar al asfixiante verano que a la sensual primavera, mientras la brisa helada del Río de la Plata ondeaba de vez en cuando un mechón de pelo justo en el espacio vacío entre el cielo y una rama sacudida por el viento.
    Qué ciudad tan maravillosa me resultaba Buenos Aires, donde el ocio parece ser la norma establecida de comportamiento.
    
Una ciudad en la que la literatura es absorbida por voraces ojos que la saborean página tras página atravesando los intestinos del subte, o dejando que el sol termine de agacharse frente a la ventana de un viejo café; álgidas conversaciones destinadas a determinar si los piqueteros protestan por convicción o sólo porque les pagan, o si Maradona, a pesar de ser Dios, debe o no debe ser el director técnico de la selección, son interrumpidas por el sorber del mate caliente, cuyas boquillas intercambian las salivas del círculo de amigos sentados en el parque, mientras un lienzo pintado de azul es recortado por las siluetas de cenefas, cúpulas, columnas y gárgolas que desde los soberbios edificios contemplan la inmutable vida urbana.
    
Algo vibraba en mi pecho mientras miraba la ciudad, hasta que el sonido de lejanas campanitas y acalorados jadeos me llegó a los oídos.
    Un musculoso mastín napolitano luchaba por montar a una esquiva labrador retriever, sin conseguir más que destrozar varias secciones de mi periódico aún inexploradas por mí. A la faena se unió un desubicado schnauzer miniatura, que de alguna manera pretendía llegar a ser más efectivo que su oponente.
    Me estiré intentando salvar la hoja del periódico correspondiente a la programación de teatro, pero una naricita húmeda toqueteando las suelas de mis zapatos me llamó la atención.
    La oscura silueta aterciopelada de un rottweiler —simpática raza publicitada como «el guardián ideal, siempre que lo sepa adiestrar»— registraba milimétricamente el camino que conducía a mi entrepierna.
    
La situación por poco me parecía una suerte de suicidio.
    
«¿Me habré recostado en una enorme torta fecal?» —pensé mientras la bestia de las mandíbulas mortales terminaba de requisarme las nalgas, entrepierna y cabeza, saliendo éstos por fortuna vírgenes. Una voz varonil, proveniente de una dama, gritó: «Mini, vení que mamá tiene que volver a casa» y la enorme bestia respondió a su ridículo nombre alejándose de mí.
    Después de recuperar el ritmo normal de mi respiración, recordé las masas tibias y deformes que se adherían a mis suelas cada dos esquinas, y las cifras de los diarios que hablaban sobre los 240 mil litros de orina y 136 mil kilos de materia fecal que depositan los 450 mil perros que habitan la capital de Argentina, ya sabemos dónde. En este caso, la esquina lateral, inferior, de mi nalga derecha.
    La ciudad pareció transformarse ante mis ojos.
    Un ladrido lanzado aquí fue correspondido por un aullido allá; una varita de madera que viajaba segura en la mandíbula de un can fue abandonada en el suelo; un disco lanzado jamás retornó y la sinfonía canina trepó las copas más altas, saltó luego a las celosías, pasó por alto la propiedad privada, el derecho a la intimidad y todo lo demás, e irrumpió en un enorme apartamento donde hasta entonces un estilizado golden y un tímido dálmata miraban tristes el horizonte con el hocico entre las patas.
    En menos de lo que canta un gallo —que de esos, pocos se ven allí— el parque, la avenida y sus alrededores fueron invadidos por una extraña pero álgida disertación canina. Maradona ya no era Dios y los piqueteros no existían.
    La sensación de ser superados en cantidad y capacidad por las hordas enfurecidas comenzó a invadirme y agucé la vista: por cada cinco bípedos que leen, matean, piensan o toman el sol en el parque, hay un cuadrúpedo melenudo correteando, meando, baboseando por ahí.
    Uno pertenece a dos niños que jugarán con él hasta ser adolescentes y olvidarlo; otro permanece aristocráticamente sentado junto a una aristocrática vieja, incapaz de reunir fuerzas suficientes para mirarlo siquiera, y otros más permanecen, en manada de diez o doce, atados a alguna silla junto a su tranquilo paseador.
    El paseador de perros, como el Obelisco, forma parte del imaginario porteño y es imposible no toparse con él. Trátase de un joven de reconocible look posmoderno —semihippie, semirrasta, semipunk y todos los demás semi que permita una gran ciudad— que dedica entre tres y seis horas de su día a recorrer mínimo diez cuadras y un parque, rodeado de al menos diez perros, pasando por alto que la reglamentación vigente permite un máximo de ocho.
    Bolas de pelos atraviesan las empedradas veredas halando con sus collares la alargada y casi siempre desgarbada figura juvenil, cuyo andar y mirada desinteresada hacen saber al animal que los collares que lo atan no delimitan realmente su libertad.
    Consciente de esto, uno de los animales frena en seco y aferra las garras al pavimento, justo en la mitad de una calle cuyo semáforo acaba de dar luz verde a los automóviles. El paseador intenta avanzar pero el collar se tensiona, y aunque la fuerza casi le arranca la cabeza, el perro se abre de patas, acerca las nalgas al suelo y deposita una monumental cagada en medio de la calzada. El paseador mira la luz roja pasar a verde, escucha los motores de los carros reanudando la marcha frente a él, ahora amo y señor de la vía, y viendo que la cagada de su cliente aún no finaliza, aprovecha la pausa para fumarse un cigarro.
    ¿Qué le puede molestar? Si esto es parte de su trabajo y por cada perro que lleva colgado al cinto gana cien dólares al mes. Como él, hay 600 más que se han registrado como paseadores profesionales y otros 1.200 que no lo han hecho para ahorrarse los 400 pesos del procedimiento.

   No se trata sólo de que las oportunidades laborales hayan cambiado en la Argentina, pues en tiempos del uno a uno cada paseador podía ganar mensualmente 3.000 pesos, que se convertían en 3.000 dólares. Con la crisis, la cifra se convirtió en mil dólares mensuales que, sin embargo, no deja de ser una buena ganancia si consideramos el nivel de complejidad que implica pasear un perro.
    Un relámpago financiero cruzó por mi mente: una de cada cinco familias en Buenos Aires destina cien dólares mensuales a la «necesidad básica» de que una persona diferente de ellos pasee a su perro.
    Extraña estadística para una economía que se ha declarado en crisis y como prueba de ésta exhibe las cifras de su deuda externa, la aparición de la mendicidad y la introducción de las palabras secuestro, robo y asalto en sus primeras planas.
    Crisis que se desarrolla paralelamente a un desproporcionado crecimiento demográfico canino que a su vez ha generado una industria en la que todos los años los porteños invierten unos 906 millones de pesos argentinos, es decir, 302 millones de dólares.
    ¿De dónde surge esta descontrolada fiebre canina?
    «Cuanto más conozco al hombre, más quiero a mi perro», dicen por ahí. Sí, está bien. Pero ¿por qué justamente en Buenos Aires quieren tanto a los perros? ¿Habrá que pensar que «mientras más conozco al porteño más me gusta mi perro»?
    Una encuesta realizada en Capital Federal y el Gran Buenos Aires reveló que el 94% de los propietarios de perros considera al animal un miembro de la familia, el 95% suele hablarle en varios momentos durante el día, el 47% comparte la comida con su animal, el 39% duerme junto a él en la cama y el 29% le celebra el cumpleaños.
    ¿Cómo justificar esta conducta sin aproximarse al desequilibrio mental?
    Sigmund Freud afirmó alguna vez en un reportaje que él prefería la compañía de los animales a la de las personas, pues le resultaban mucho más sencillos que los seres humanos dado que no tenían una personalidad dividida.
    Los perros no sufren de la desintegración del ego como consecuencia del intento de adaptarse a cánones de civilización demasiado altos para sus capacidades. Según Freud, los hábitos e idiosincrasias más desagradables del hombre, su falsedad, su cobardía y su falta de respeto, son el resultado del conflicto entre los instintos y la cultura, situación en la que no se ven involucrados los animales ya que su existencia es mucho menos compleja.
    Sin ánimo para hilar demasiado fino la trama de mis pensamientos, pero prestando detallada atención a cada uno de ellos, desde el psicoanálisis, la terapia y la psicología, todo parecía tener sentido.
    La tradición canina de Buenos Aires se remonta treinta años atrás y es por poco la hermana mayor de su cultura del psicoanálisis, cuya efervescente génesis durante los años setenta hizo que se reconociera la psicología como profesión en 1985, y desembocó en un boom según el cual el 80% de los porteños asiste a terapia al menos dos veces por semana, durante un promedio de veinte años.
    ¿Qué ha pasado en los últimos treinta años?
    En 1976, cuando Diego Armando Maradona debutó en primera división a los quince años, el general Jorge Rafael Videla derrocó a María Estela Martínez de Perón e instauró el Proceso de Reorganización Nacional, es decir, una década de dictaduras militares caracterizadas por el terrorismo de Estado.
    En 1978, mientras se celebraba en Buenos Aires la final del Mundial de Fútbol, los gritos de gol silenciaban el terror de las más de quinientas prisioneras políticas que veían impotentes cómo sus bebés nacidos en cautiverio eran robados por sus verdugos para adoptarlos ilegalmente. Mientras Mario Kempes, número 10 de la selección argentina, levantaba la copa que los hacía campeones del mundo, treinta mil familias veían cómo desaparecían, torturaban y fusilaban a sus jóvenes idealistas.
    En 1982, mientras los militares convocaban al pueblo a unirse en torno a la soberanía nacional para maquillar las atrocidades del régimen, 1.500 jóvenes mal preparados, dotados de armamento desactualizado y alimentación insuficiente, enfrentaban a las tropas británicas en las islas Malvinas, en una guerra perdida de antemano.
    En 1989, Carlos Menem asumía la segunda presidencia democrática posterior al régimen militar, y simultáneamente decretaba el indulto a los militares condenados y procesados por crímenes y torturas. Ante el espanto de las madres de la plaza de Mayo, fue reelegido y en 1992 implementó una rimbombante ley de convertibilidad, según la cual un peso valía lo que un dólar y la clase media argentina podía conquistar el mundo como turistas de primera clase, ignorando la fuga de capitales a paraísos fiscales por cuenta de la privatización de las empresas de servicios públicos.
    A finales del año 2001 el país nadaba en celulares, centros comerciales y cuentas bancarias «dolarizadas», cuando el entonces ministro de Economía Domingo Cavallo (mismo ministro de Menem) comunicó a los argentinos que sus dólares ahora eran pesos y que sólo podrían retirarlos en «dosis» de 250 pesos semanales, so pretexto de «producir un blanqueo general de la economía» y contrarrestar los efectos del cierre definitivo de créditos al país.
    Una vez más, el pueblo pagaba las deudas de sus gobernantes.
    Los niños y adolescentes de 1976, adultos del 2006, crecieron bajo la cultura del terror y el cinismo estatal. Siempre al tanto de lo que sucedía pero incapaces de expresarse al respecto, a riesgo de ser silenciados sistemáticamente o tratados como locos. La ejemplar clase media de 1976 se convirtió en la estafada tercera edad del nuevo milenio, que del mismo modo en que vio desaparecer a sus jóvenes sin poder señalar culpables, vio convertir los ahorros de toda su vida, miles de dólares, en unos cientos de pesos argentinos.
    Al final del corredor de una típica casa estilo italiano durante una noche de invierno, pude ver a un hombre mayor recostado junto a la calefacción con la mirada perdida y una sonrisa leve, casi imperceptible, al sentir la cabeza peluda de su perro deslizándose entre sus dedos. Y por ese mísero esbozo de felicidad, la mascota le lamía la mano y le batía la cola.
    Por un instante, en esa pequeña esquina de la casa, no hay para el hombre temor de relacionarse, hermetismo para compartir sus sentimientos. Hay reciprocidad sin reservas, y por un momento desaparece la soledad de horas, días, semanas enteras cruzándose con potenciales oponentes en la calle.
    ¿Deliraba? Probablemente.
    Y sin embargo no dejaba de sentir la piel de gallina mientras observaba a los amos tomando fotos digitales al hocico de sus mascotas, hablando entusiasmados al recibir una ramita en las manos, sonriendo mientras los perros se toqueteaban entre sí.
    
Amos y amos, sentados solos, unos lejos de los otros, intercambiaban sonrisas a través del can, halaban del cuello a sus mejores amigos asegurándose de no perderlos, dándoles órdenes, determinando el límite de las libertades, ejerciendo poder. Reivindicando su capacidad para dominar y, por contraposición, evitar ser dominado.
    El purpúreo atardecer que me rodeaba se había convertido en aterciopelado ébano. Los carros de la avenida eran apenas haces de luz que cortaban la noche, mientras que los porteños se dispersaban absorbidos por las canaletas que los succionaban hacia las viseras del subte.
    Buenos Aires, primavera: diez minutos y treinta años empañaban mi gesto.
    Desde un oscuro rincón del parque, curveada cual gárgola enmudecida, el oprimido estruendo de la ciudad me invadía y Buenos Aires, magnífica ciudad de rimbombante arquitectura, monumentales avenidas y agitada efervescencia cultural, moría lentamente ante mis ojos. Nostálgica, ultrajada y envilecida.

 

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