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Por Antonio Caballero
Imágenes de Susana Carrié
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Antonio Caballero (Bogotá, 1945). Vivió su niñez y juventud entre España, Colombia y Francia, en donde realizó estudios de ciencias políticas. Ha sido columnista y caricaturista de numerosos diarios y revistas colombianos y extranjeros. Autor de la novela Sin remedio y del libro sobre arte Paisaje con figuras. Aficionado y conocedor de la tauromaquia, escribió los ensayos Toros, toreros y público, y Los siete pilares del toreo. Ganó el Premio Planeta de Periodismo (1999) con No es por aguar la fiesta, libro que recoge sus principales notas políticas publicadas en la década de los noventa. Es columnista de la revista Semana. |
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Se preguntarán ustedes, como me pregunto yo mismo, qué pinto yo aquí, si no soy cirujano, ni tampoco profesor de estética en una facultad de filosofía. De manera que creo que debo presentarme. |
Fíjense ustedes que en los cuentos de hadas, en los cuentos infantiles, que son los mismos en los países del sur de Europa, en la Europa latina, que en los del norte, en la Europa sajona y escandinava, las heroínas son siempre rubias y tienen los ojos azules. Sólo existe una heroína morena, quiero decir, de pelo oscuro, en toda la literatura infantil de Occidente: es Blancanieves. Y aunque su pelo era negro su piel era, como su nombre lo indica, blanca como la nieve. La blancura de la piel es una condición fundamental de la belleza, y eso es así desde el principio de la civilización occidental. En el «Cantar de los cantares» de la Biblia, la bella Sulamita se tiene que disculpar ante las hijas de Jerusalén diciendo: «Morena soy, porque el sol me miró». Esa es, en efecto, la única disculpa: el sol. No tanto ahora mismo, cuando florecen tanto las distintas modalidades del cáncer de piel. Pero en los últimos treinta o cuarenta años ha formado parte de la belleza el bronceado de la piel, lo cual, sin embargo, se debe más a que indica que se tiene tiempo y dinero para ir a la playa o a la piscina que al bronceado mismo. Ser moreno sigue siendo cosa de pobres, o de negros: de personas consideradas inferiores por nuestra civilización actual, así los códigos y las leyes digan otra cosa. Por eso podemos ver fenómenos extremos como el del cantante Michael Jackson, un hombre negro que a fuerza de operaciones y de decoloraciones ha conseguido convertirse en un engendro andrógino del color de la tiza y con las facciones de Diana Ross. Quiero decir: de una Diana Ross ya debidamente blanqueada y operada ella misma. No sucede sólo con los negros. En buena parte del continente asiático, en Indonesia y en la India, en Filipinas, en Taiwán, en el Japón, hasta en la propia China continental, las multinacionales farmacéuticas han podido imponer la moda del blanqueamiento, tanto de las pieles morenas como de las amarillas. Y las cremas blanqueadoras se anuncian —en inglés, por supuesto— proponiendo este dilema: «White or wrong», o sea «blanco o falso», que juega fonéticamente con el dilema de «right or wrong», «cierto o falso»: una especie de parodia monstruosa de la equivalencia aristotélica entre lo bello y lo verdadero. Pero es de suponer que mañana, quiero decir, dentro de unos pocos años, cuando terminen de cambiar los arquetipos que tan rápidamente están cambiando, el modelo de la belleza humana habrá que ir a buscarlo en la China. Y aparecerán entonces cremas cosméticas amarilladoras, y los cientos de miles de japonesas y de japoneses que se han hecho operar los ojos para tenerlos redondos, como los occidentales, se los volverán a operar al revés para volverlos a tener rasgados. Y el bronceado volverá a ser considerado atractivo, aunque dé cáncer, como cuando servía como símbolo de estatus económico y social porque revelaba que se tenían vacaciones. Pero no importa quién decide cuál es la belleza, cuál es el modelo de la perfección estética corporal. Los cánones cambian. A veces se imponen modelos de índole biológica, como en esas estatuillas del neolítico que se llaman «venus esteatopigias», y a veces modelos dictados por consideraciones estéticas, como ese que, justamente, se llamó el «canon» por excelencia, la estatua del Diadumeno, del escultor griego Policleto. Y a veces esas consideraciones son puramente mentales, matemáticas, basadas en principios como el de la proporción áurea, y a veces, al revés, copian lo que da naturalmente la naturaleza, si puedo decir eso; como en la anécdota de otro escultor griego, Praxiteles, que diseñó su copa para beber el vino sobre el molde del seno de su amante. imperante de belleza, femenina o masculina, viene de la dieta. Pero digo que no importa de dónde viene, ni quién lo dice: lo importante es cómo se copia ese modelo. Y es ahí donde entran ustedes, los cirujanos plásticos, los cirujanos estéticos. Porque antes, como dije hace un rato, no existían más opciones de embellecimiento que el maquillaje o la peluquería, o la ropa. Con el desarrollo de la cirugía estética se ha alcanzado, han alcanzado ustedes, un poder que a lo largo de la historia de la humanidad se consideró propio de Dios, o del diablo: el poder de fabricar a voluntad seres humanos hermosos. O que parecen hermosos, o que se creen hermosos. Han alcanzado el poder de manipular a su antojo la belleza. Podría pensarse que se trata de algo superficial y frívolo: la mera apariencia. Liposucciones, tetas, culos, narices. Pero es justamente lo contrario, lo que tiene más hondas repercusiones vitales y filosóficas: se trata nada menos que de saber quién somos. Mencioné antes el viejo adagio según el cual el rostro es el espejo del alma. Nuestra apariencia física, que es nuestra superficie más inmediata, es lo que tenemos de más profundo. Ese es el tema, que todo el mundo conoce aunque no haya leído el libro, de la novela en apariencia frívola pero profundamente trágica que se titula El retrato de Dorian Gray, de Oscar Wilde: la historia de un hombre que, aunque se entrega a todas las pasiones, mantiene incólume ante el paso de los años el rostro de su juventud, de belleza arcangélica. Pero entre tanto, guardado en un desván, va transformándose y convirtiéndose en un monstruo horripilante el retrato al óleo que le había hecho un pintor. Ustedes tienen en su bisturí el pincel del retratista de Dorian Gray. |
Esa es una responsabilidad considerable: ustedes pueden hacer de una persona otra distinta: convertirla en alguien que no es. Hace pocos meses fue noticia en el mundo entero el caso del transplante de cara que le hicieron a una francesa a quien un perro le había devorado la suya. Los cirujanos no se la reconstruyeron, sino que le transplantaron ya hecha la de otra mujer, la de una donante supongo que difunta. Se la transplantaron como se transplanta un riñón, o un hígado, pero con la diferencia de que no se trata de un órgano interno, sino del más externo, del más visible de todos los órganos. Todavía es pronto para que se conozcan las consecuencias psicológicas que esa operación haya tenido sobre la paciente. Pero no creo que se hayan limitado simplemente a «mejorar su autoestima», como suele decirse. Porque recuerdo el caso de otro transplantado, hace ya varios años. Un hombre que había perdido accidentalmente la mano, a quien le pusieron la mano de un cadáver. Con el paso del tiempo fue incapaz de soportarlo. No porque el organismo mostrara una reacción de rechazo a la mano ajena, sino precisamente porque era ajena: el paciente empezó a sentir, o a creer, que tenía vida propia: que no obedecía a su voluntad, sino a la voluntad del muerto. Y finalmente se la hizo quitar otra vez: prefirió quedarse manco, pero seguir siendo él mismo.
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