I. Ocaso del imperio
Me gustan los nombres griegos. Apolo, Hefestos, Dioniso. Lo mejor del mundo que se hundió llevaba el sello de su pensamiento. Leo libros antiguos para apaciguar el insomnio, también cuando las operaciones de la planificación y la guerra lo permiten. Más que a los arabescos de la lírica, soy sensible a la poesía épica. Homero es lo más grande, antes y después del ocaso de los ídolos. Puedo trazar un paralelo de sublimidad entre el saqueo de Troya y la destrucción de los últimos neutrales. Yo fui Aquiles, arrastrando el cadáver del valiente Héctor alrededor de las murallas, y ahora soy Ulises, sin ninguna Ítaca a la cual regresar.
He quedado solo, como ángel caído en una charca inmunda, rodeado de bestias. Mirando al cielo del que fui expulsado y sin otra opción que continuar al mando de una pesadilla.
Represento los saberes más altos de la humanidad tardía. El imperio nos produjo como su último gran invento. Una réplica viviente ensamblada con objetos que podía controlar a distancia durante operaciones imposibles. Alguien a quien nunca vi me atiborraba de órdenes y drogas, desde una pantalla lejana, para hacerme actuar en su guerra de fantasía.
Después las cosas se complicaron. Me gusta comparar lo que ocurrió con alguna escena cinematográfica en que los jugadores de una mesa de póker descubren, de súbito, que todos han estado haciendo trampa y se matan entre sí.
Volaba un avión y conseguía realizar acrobacias insuperables en la guerra celeste. Arrojé toneladas de bombas, en jornadas de cinco y siete días, contra toda clase de fuego enemigo. Hacía las cosas sin tener idea de las consecuencias. Durante las operaciones, grababan películas de mis representaciones mentales.
De súbito se apagaron sus voces, de modo que no supe al principio lo que había pasado. Un silencio de órdenes, unas vacaciones. La incertidumbre de pensar por cuenta propia y darme explicaciones frente a un desastre para el que no estaba preparado. Conocí el miedo.
No hay que engañarse, estamos aquí porque las cosas salieron mal. Éramos conscientes, más allá de donde nos esculcaban la mente, de que una vez abierta para los humanos la posibilidad de intervenir en sus cuerpos mediante una ingeniería, programarse saltos funcionales a la carta, quienes pudieran permitírselo habrían pagado cualquier precio por implantarse baterías que les permitieran vivir más tiempo, regenerar órganos y seleccionar características para sus descendientes. Se abrirían brechas evolutivas en la especie humana. Fuimos el primer ensayo de superhombre.
No necesitamos sueño, envejecemos lentamente, somos superiores en todo; si perdemos un brazo, éste brota de nuevo, pero no podemos reproducirnos. Fue una omisión calculada para que el juego no se saliera de las manos de quienes manejaban los hilos. Cualquiera que sea nuestra duración, no tenemos esperanzas de dejar descendencia sobre la Tierra. Todo acabará el día en que muera el último de nosotros.
Los humanos son esclavos haraganes, soldados cobardes y un ganado pobre. Sobreviven como alimañas. Ya no cuentan. Sin nosotros, no podrán resistir a los que viven abajo y terminarán siendo eliminados o absorbidos. Mientras todos estábamos ocupados en una guerra para poner en orden el planeta, aquellas gentes se escondieron bajo tierra a tramar cómo quedarse con los restos al final. Sin embargo, les debemos desde la técnica para el cultivo de los hongos, hasta recetas de cocina en las que el hortelano es el plato principal.
No quisieron escuchar cuando los convocamos a rendir las cuentas del hombre. Estaban armados y resistieron desde sus cuevas. Se las han ingeniado para crear pasadizos por los que se mueven, sin dejar rastro, con sus hembras y sus críos. Disparan una bala cada vez, son peligrosos y dañinos. Forman una confederación religiosa llamada por ellos mismos «hermandad», con ramificaciones hasta los confines de nuestros asociados, y más allá. Son los culpables de que Utopía no haya echado a andar. Hemos despilfarrado demasiados recursos haciéndoles la guerra, y ellos han pasado, con el tiempo, a la ofensiva.
Utopía fue el mejor concepto de ingeniería social después de la caída humana. Cuando nos agrupamos para tomar el control, encontramos por todas partes miserables dispersos, tratando de sobrevivir en bandas dedicadas al pillaje. Mirando atentamente, distinguimos aquel rasgo de culpabilidad que iguala al más despiadado y al más débil en el mismo sueño de concordia. Decidimos aprovecharlo.
El propósito trazado era el más simple. Dejar todo como estaba antes de la guerra aunque debiéramos tardar una eternidad. Para conseguirlo, dividimos la sociedad en guardianes del pacto y sujetos al pacto. Aquellos que por su condición no pudieran ayudar a llevar a cabo la tarea fueron llamados a entregarnos sus cuerpos en forma de alimento, de modo que actuaran a través de nosotros.
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Fuimos acogidos como unos salvadores o unos dioses. Pusimos en cintura las bandas dispersas y creamos ejércitos, pero empezamos a chocar entre nosotros. Cada grupo llevaba aventuras de las que no daba cuenta a nadie y, a sabiendas o no, terminaba atacando intereses protegidos por otro. En la práctica, esto significaba saquear una colonia de esclavos, una bodega, entrar a un territorio ajeno o, simplemente, la traición. Todos queríamos ser los caudillos de Utopía. Nos dividimos en feudos y cada cual negoció su participación en alguno.
Mal que bien, hemos establecido nuestros centros en las ciudades, desde donde controlamos sus alrededores inhóspitos. Tenemos colonias agrícolas bajo tierra que producen los hongos. Albergues de gestación y de parto, donde las hembras son atendidas y recién nacidos clasificados de acuerdo con su nivel de competencia. Aquellos ciegos, o con deformidades —una parte importante del total—, son despachados a la sección instantánea.
Niños con alguna vivacidad son casos especiales que merecen atención, y debemos intervenir para escogerlos, puesto que además de esclavos y soldados necesitamos mecánicos. Los implementos abandonados por los antiguos habitantes funcionan. El mundo, después de la guerra, era un supermercado vacío con una oferta infinita de objetos para escoger. Por supuesto, hubo despilfarro. Ahora toca cuidar y reparar manualmente cada cosa. No hay suficientes personas preparadas para poner a andar las fábricas. Regresamos a la producción artesanal de piezas para cada objeto que tenemos en uso. Así que un esclavo ilustrado que sepa reparar un generador de electricidad no sólo es una pieza indispensable del mismo, sino un bien canjeable por otros con nuestros semejantes. Todavía conduzco un automóvil varias cuadras para ir a una fiesta o enciendo una lámpara en la noche.
Los nuestros son los últimos estertores de un colosal fracaso. Nada de lo que hacemos sobrevivirá para mañana ni habrá a quién entregárselo. En un panorama tan inhóspito, hemos mirado toda fuente de placer disponible y adoptado diversos tratos con la juventud. Nuestra paideia. Formamos técnicos, pero también músicos y bailarines. ¿Cómo sobrevivir al tedio sin el arte?
Algo semejante al impulso sexual se instala en mi cuerpo mediante la música y la contemplación de la danza. Sin poder evitarlo, aparece en la imaginación aquel aferrarse furioso de los cuerpos humanos, como sacudidos por todos los matices de una pregunta incontestable. El obsceno encuentro entre dos insensateces, que avanzan en direcciones opuestas, resuelto en voracidad instantánea, y que en vez de ser ofensa deja los rescoldos de un diálogo apacible.
No estoy hecho para encontrar aquello entre mis semejantes, y mi pasión se resuelve en ira. Una especie de frenesí que culmina con el sacrificio de algún condenado.
A veces imagino llegar a ser el último de nosotros, despojado de todo deseo. Abandonado en una cueva y esperando sin ningún arma a los que vienen contra mí. Me detengo en los rostros que avanzan. Su gesto de sorpresa inicial… y la ira, que los emparenta conmigo.
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