Por Darío Villegas
Ilustraciones de Jaime Pérez

Darío Villegas Ossa (Bello, Antioquia, 1961). Artista plástico, ilustrador y docente. Ha realizado exposiciones individuales y colectivas desde 1982. Ha publicado los libros de poemas Círculo hechizado y El ángel sitiado y otros poemas.

 


I. Ocaso del imperio
Me gustan los nombres griegos. Apolo, Hefestos, Dioniso. Lo mejor del mundo que se hundió llevaba el sello de su pensamiento. Leo libros antiguos para apaciguar el insomnio, también cuando las operaciones de la planificación y la guerra lo permiten. Más que a los arabescos de la lírica, soy sensible a la poesía épica. Homero es lo más grande, antes y después del ocaso de los ídolos. Puedo trazar un paralelo de sublimidad entre el saqueo de Troya y la destrucción de los últimos neutrales. Yo fui Aquiles, arrastrando el cadáver del valiente Héctor alrededor de las murallas, y ahora soy Ulises, sin ninguna Ítaca a la cual regresar.
    He quedado solo, como ángel caído en una charca inmunda, rodeado de bestias. Mirando al cielo del que fui expulsado y sin otra opción que continuar al mando de una pesadilla.
    Represento los saberes más altos de la humanidad tardía. El imperio nos produjo como su último gran invento. Una réplica viviente ensamblada con objetos que podía controlar a distancia durante operaciones imposibles. Alguien a quien nunca vi me atiborraba de órdenes y drogas, desde una pantalla lejana, para hacerme actuar en su guerra de fantasía.
    Después las cosas se complicaron. Me gusta comparar lo que ocurrió con alguna escena cinematográfica en que los jugadores de una mesa de póker descubren, de súbito, que todos han estado haciendo trampa y se matan entre sí.
    Volaba un avión y conseguía realizar acrobacias insuperables en la guerra celeste. Arrojé toneladas de bombas, en jornadas de cinco y siete días, contra toda clase de fuego enemigo. Hacía las cosas sin tener idea de las consecuencias. Durante las operaciones, grababan películas de mis representaciones mentales.
    
De súbito se apagaron sus voces, de modo que no supe al principio lo que había pasado. Un silencio de órdenes, unas vacaciones. La incertidumbre de pensar por cuenta propia y darme explicaciones frente a un desastre para el que no estaba preparado. Conocí el miedo.
    No hay que engañarse, estamos aquí porque las cosas salieron mal. Éramos conscientes, más allá de donde nos esculcaban la mente, de que una vez abierta para los humanos la posibilidad de intervenir en sus cuerpos mediante una ingeniería, programarse saltos funcionales a la carta, quienes pudieran permitírselo habrían pagado cualquier precio por implantarse baterías que les permitieran vivir más tiempo, regenerar órganos y seleccionar características para sus descendientes. Se abrirían brechas evolutivas en la especie humana. Fuimos el primer ensayo de superhombre.
    No necesitamos sueño, envejecemos lentamente, somos superiores en todo; si perdemos un brazo, éste brota de nuevo, pero no podemos reproducirnos. Fue una omisión calculada para que el juego no se saliera de las manos de quienes manejaban los hilos. Cualquiera que sea nuestra duración, no tenemos esperanzas de dejar descendencia sobre la Tierra. Todo acabará el día en que muera el último de nosotros.
    Los humanos son esclavos haraganes, soldados cobardes y un ganado pobre. Sobreviven como alimañas. Ya no cuentan. Sin nosotros, no podrán resistir a los que viven abajo y terminarán siendo eliminados o absorbidos. Mientras todos estábamos ocupados en una guerra para poner en orden el planeta, aquellas gentes se escondieron bajo tierra a tramar cómo quedarse con los restos al final. Sin embargo, les debemos desde la técnica para el cultivo de los hongos, hasta recetas de cocina en las que el hortelano es el plato principal.
    No quisieron escuchar cuando los convocamos a rendir las cuentas del hombre. Estaban armados y resistieron desde sus cuevas. Se las han ingeniado para crear pasadizos por los que se mueven, sin dejar rastro, con sus hembras y sus críos. Disparan una bala cada vez, son peligrosos y dañinos. Forman una confederación religiosa llamada por ellos mismos «hermandad», con ramificaciones hasta los confines de nuestros asociados, y más allá. Son los culpables de que Utopía no haya echado a andar. Hemos despilfarrado demasiados recursos haciéndoles la guerra, y ellos han pasado, con el tiempo, a la ofensiva.
    Utopía fue el mejor concepto de ingeniería social después de la caída humana. Cuando nos agrupamos para tomar el control, encontramos por todas partes miserables dispersos, tratando de sobrevivir en bandas dedicadas al pillaje. Mirando atentamente, distinguimos aquel rasgo de culpabilidad que iguala al más despiadado y al más débil en el mismo sueño de concordia. Decidimos aprovecharlo.
    El propósito trazado era el más simple. Dejar todo como estaba antes de la guerra aunque debiéramos tardar una eternidad. Para conseguirlo, dividimos la sociedad en guardianes del pacto y sujetos al pacto. Aquellos que por su condición no pudieran ayudar a llevar a cabo la tarea fueron llamados a entregarnos sus cuerpos en forma de alimento, de modo que actuaran a través de nosotros.

    Fuimos acogidos como unos salvadores o unos dioses. Pusimos en cintura las bandas dispersas y creamos ejércitos, pero empezamos a chocar entre nosotros. Cada grupo llevaba aventuras de las que no daba cuenta a nadie y, a sabiendas o no, terminaba atacando intereses protegidos por otro. En la práctica, esto significaba saquear una colonia de esclavos, una bodega, entrar a un territorio ajeno o, simplemente, la traición. Todos queríamos ser los caudillos de Utopía. Nos dividimos en feudos y cada cual negoció su participación en alguno.
    Mal que bien, hemos establecido nuestros centros en las ciudades, desde donde controlamos sus alrededores inhóspitos. Tenemos colonias agrícolas bajo tierra que producen los hongos. Albergues de gestación y de parto, donde las hembras son atendidas y recién nacidos clasificados de acuerdo con su nivel de competencia. Aquellos ciegos, o con deformidades —una parte importante del total—, son despachados a la sección instantánea.
    Niños con alguna vivacidad son casos especiales que merecen atención, y debemos intervenir para escogerlos, puesto que además de esclavos y soldados necesitamos mecánicos. Los implementos abandonados por los antiguos habitantes funcionan. El mundo, después de la guerra, era un supermercado vacío con una oferta infinita de objetos para escoger. Por supuesto, hubo despilfarro. Ahora toca cuidar y reparar manualmente cada cosa. No hay suficientes personas preparadas para poner a andar las fábricas. Regresamos a la producción artesanal de piezas para cada objeto que tenemos en uso. Así que un esclavo ilustrado que sepa reparar un generador de electricidad no sólo es una pieza indispensable del mismo, sino un bien canjeable por otros con nuestros semejantes. Todavía conduzco un automóvil varias cuadras para ir a una fiesta o enciendo una lámpara en la noche.
    Los nuestros son los últimos estertores de un colosal fracaso. Nada de lo que hacemos sobrevivirá para mañana ni habrá a quién entregárselo. En un panorama tan inhóspito, hemos mirado toda fuente de placer disponible y adoptado diversos tratos con la juventud. Nuestra paideia. Formamos técnicos, pero también músicos y bailarines. ¿Cómo sobrevivir al tedio sin el arte?
    Algo semejante al impulso sexual se instala en mi cuerpo mediante la música y la contemplación de la danza. Sin poder evitarlo, aparece en la imaginación aquel aferrarse furioso de los cuerpos humanos, como sacudidos por todos los matices de una pregunta incontestable. El obsceno encuentro entre dos insensateces, que avanzan en direcciones opuestas, resuelto en voracidad instantánea, y que en vez de ser ofensa deja los rescoldos de un diálogo apacible.
    No estoy hecho para encontrar aquello entre mis semejantes, y mi pasión se resuelve en ira. Una especie de frenesí que culmina con el sacrificio de algún condenado.
    A veces imagino llegar a ser el último de nosotros, despojado de todo deseo. Abandonado en una cueva y esperando sin ningún arma a los que vienen contra mí. Me detengo en los rostros que avanzan. Su gesto de sorpresa inicial… y la ira, que los emparenta conmigo.

II. El mundo subterráneo
La mayoría de los relatos coincide en señalar que se presentaron signos en el cielo. No sé si lo de las torres derribadas por aviones fue antes o después de que decidieran acabar con las aves para detener la peste. Recuerdo una estampa pequeñita, bastante realista, que contemplé cuando niño en alguno de tantos refugios. Representaba una bandada de aves migratorias ardiendo en pleno vuelo. Luego, una catástrofe tras otra condujeron a la guerra de todos contra todos.
    Resulta increíble pensar que alguna vez la vida no estuvo confinada bajo tierra y que también hubiera seres vivientes que pudieran volar. Después, he visto muchos otros libros y pinturas que representan todo tipo de paisajes habitados por personas aparentemente felices y libres. He imaginado la cosa extraordinaria que deben haber sido los árboles, esas grandes sombrillas vivientes. Las innumerables flores tapizando las montañas verdes. Aquello que se hundió fue un mundo de una desmesurada abundancia. Me entregaría de buena gana a la tristeza, si la desesperación no fuera una ofensa grave contra la hermandad.
    Primero exterminaron los pájaros, los incineraban en el cielo desde aviones, los mataban a tiros o los enviaban a crematorios que trabajaban día y noche. Intentaron de manera inútil acabar con los insectos y las ratas, después continuaron con los animales de ganado. Todos empezaron a transmitir la peste. Los sabios señalaban cada día una nueva amenaza.
    Para nosotros, es prohibido arriesgar interpretaciones de la voluntad de lo «Eterno que sueña». Prestarle voz propia para que diga lo que queremos oírle decir, puesto que puede confundir a quienes nos escuchan; pero coincidimos en que la peste fue una voz de alerta, un aviso. Aun podría haberse hecho algo para cambiar un modo de vida que había llegado al límite. Sin embargo, los hombres de aquel tiempo habían cultivado la insolidaridad a tal extremo, que se hacían cálculos de cuánta gente tenía que desaparecer para que los sobrevivientes pudieran vivir de manera confortable.
    Mucha gente vio lo que se venía encima y desarrolló técnicas para cavar túneles, purificar el aire y producir alimentos bajo tierra. Era normal en aquel tiempo que la gente construyera túneles. Fue más tarde cuando se reveló en aquella actividad un propósito más allá del interés y las capacidades individuales. De todos lados confluyeron los fundadores de la hermandad, sintieron el llamado.
    Nuestras historias no han querido conservar sus nombres, sólo sus hazañas. Los nombres propios están prohibidos. En las crónicas sólo aparecen las palabras y los actos memorables. Muchos de los nuestros han perdido sus vidas defendiendo la fuga de los más jóvenes. Se les distingue por medio de alusiones: «la gitana», «el manco rojo», «paloma incendiada».
    Sin duda, la fundación de la hermandad fue un acto inspirado por un más allá de lo humano corriente. Unos cuantos principios incuestionables gobiernan nuestras vidas. El más importante es la entrega del aliento a la comunidad. La renuncia a todo motivo egoísta. La segunda, la economía de los nombres. La hermandad es el pacto que nos permite sobrevivir.
    Lo que sostiene cualquier propósito arriba es una cacería contra nosotros, desatada por cosas que no son humanas. Cuando consiguen atraparnos vivos, nos someten a prolongadas torturas. Multiplican nuestras agonías con altavoces en las bocas de los túneles. Al final, participan en un banquete caníbal. En Utopía todos comen carne humana. La entregaban como salario a los esclavos, en latas marcadas con una X; hoy la secan en tiras al sol.   

    

    Aquellos engendros no son dioses —como se hacen proclamar de sus bandas— sino cosas inmundas que aparecieron al final de la última guerra. Son bastante grandes. Ni varones ni hembras. Muertos y fuera de sus trajes, su piel acuosa permite ver sus órganos y los demás objetos que llevan implantados en el cuerpo. Tienen rostro de bebé.
    La hermandad supo a qué atenerse cuando rehusó atender su llamado. Hemos sido perseguidos durante varias generaciones, pero sería un error pensar que perdemos terreno. Cavamos túneles, redes de túneles. Actuamos como células, cualquiera que sea el tamaño del grupo que formemos y cualquiera que sea el objetivo. Compartimos alimento y objetos materiales. En el tiempo de mis abuelos, las hordas dirigidas por los híbridos eran mucho más poderosas y abundantes. Tenían centros y fábricas que hemos saboteado y reducido. La lucha por las cuevas es implacable. Se abren y se cierran túneles, se tienden emboscadas. Hay armas almacenadas para las próximas diez generaciones. Son el legado de la sociedad de la felicidad y la abundancia.
    Es necesario afrontar el hecho de que la hermandad nos ha permitido adaptarnos mejor que el enemigo a las condiciones en que sobrevivimos y que, en algún momento, la balanza de los acontecimientos se inclinará de nuestro lado. ¿Qué ocurrirá ese día? ¿Pasaremos de la defensa al exterminio de solitarios hombres bestia? ¿Regresará el individualismo cuando salgamos de las cuevas?
    La cohesión de la hermandad tiene que ver con el interés defensivo y el terror, pero también se trata de motivos religiosos conjugados en ella. Nuestros padres y fundadores establecieron que lo sagrado había muerto en los sobrevivientes y en los hombres del pasado, principalmente a causa del interés personal. Su mundo se quedó sin resistencias frente a la voracidad de todos contra todos, que culminó con la llegada de la oscuridad y el dominio de lo no humano. Ellos, en su sabiduría, edificaron nuestro vínculo sobre un compromiso sagrado y prohibieron darle nombre directo, excepto el de hermandad, entendiendo que si entre personas de muy diversa procedencia alguna identificación predominaba sobre otras, la consecuencia sería la división y la creación de partidos. Sólo se puede aludir a lo sagrado por medio de metáforas, y en ello cada cual pone su propio ingrediente. No son infinitas las variaciones pero conmueven: Sueño del jardín a tu lado/estrella limite del mundo de abajo/Hilo de luz y a traves de los cuerpos / y otros.


    Cada nombre comunica una suerte de vivencia interior y aparece por intuición, concebida generalmente en el arte y el rito colectivo del Ulular. Ulular es la voz sin el idioma. Se basa en tonalidades y cadencias espontáneas. Una coral de voces o murmullos que crea un orden propio, conjugando la deriva de los participantes. En el silencio de la marcha por los túneles, puntuado por el Ulular, puede sentirse el amor más allá del miedo, más allá del cansancio o el hambre.
    Lo propiamente esotérico del Ulular es que prepara las mentes para conjugarse en una mente colectiva, que nos permite movernos por las cuevas sin tropezar, sin extraviarnos, a veces sólo guiados por señales mínimas en las paredes, o entre nosotros con los dedos. Dispone la intuición para la defensa y el ataque, la capacidad de actuar sin vacilar, y el estar preparados, en el momento adecuado, sin ninguna orden.
    El lenguaje de los dedos, transmitido sobre la piel, nos permitió adueñarnos de los túneles moviéndonos en forma silenciosa y ordenada. Así sostenemos el sentido y la confianza, mientras nos desplazamos en un medio tan difícil. Preguntar por qué las cosas llegaron a este extremo no resuelve nada, es la lección que todo hermano debe tener presente para saber a qué atenerse.


    La desesperación es una ofensa grave contra el grupo. Se interpreta como una caída en el aspecto más vergonzoso del interés personal. Nos sostenemos de un estado anímico, coloreado por la disposición de cada miembro.
    Por supuesto, están el dolor de las heridas y el de las pérdidas. Nadie está situado más lejos del centro de la hermandad para recibir el consuelo que se le debe. Ninguno puede considerarse a sí mismo indispensable para la supervivencia del grupo, aunque sea el más experto o el más sabio. Ninguno es superfluo. Así lo pactaron nuestros padres, y así lo hemos aceptado, conscientes de que toda distinción es origen de contagio.
    Los niños aprenden pronto el valor del silencio, el lenguaje del tacto, y el Ulular. No sólo pertenecen a sus madres, pertenecen a la hermandad. Esto significa que los adultos que los rodean se hacen responsables por ellos. La tarea moral de cada miembro de la hermandad consiste en enunciar lo sagrado en cada semejante y guardarlo como garantía. De modo que lo sagrado en sí es siempre lo sagrado que reconoce en el otro.
    Nuestras crónicas, escritas en cuadernos que se abandonan en los salones de paso, son voces lanzadas por los hombres viejos a los profundos túneles del tiempo donde los no nacidos aguardan. Compartir juntos el día de hoy nos permite conservar el grato sueño de que ellos mañana, sin dejar de ser una hermandad, conseguirán regresar a la superficie y hacer crecer las semillas que se guardan congeladas en lo más profundo de nuestro secreto.
    La tarea de sobrevivir a cada día sin desesperación prepara para ellos el sendero en la oscuridad de nuestros laberintos. La hermandad nos enseña que después de la anunciada muerte de Dios ha venido el final del hombre. Que el hombre sólo se sostiene por un sueño que crea con otros. Que en la soledad este hombre solo apenas es lo que le dicen sus propios fantasmas o apetitos. Oye sus voces e imagina que es su propia voz. Cree tener la voz de un alma cuando ninguno tiene un alma sin los demás, es decir, ninguno tiene el alma que no construye con otros.

 

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