Separata de Revista Número
La dimensión de la cultura en un proceso de paz


Martha Senn

 

«Sólo a través de los lenguajes creadores
es posible avanzar en el diálogo, en la reconciliación,
en la siembra de una paz duradera y fecunda».
William Ospin
a

Buscar la paz es el único camino para salir de una sociedad extenuada por el derramamiento incesante de sangre de colombianos que se matan entre sí.
    Buscar la paz es el único camino para salir de una sociedad en la que unos pocos colombianos privan a tantos otros de la esencia misma de su ser: la libertad personal.
    Buscar la paz es el único camino para salir de una sociedad en la que algunos colombianos, atentos a los impulsos violentos que los dominan, privan a miles de familias colombianas de su hogar, de los ambientes que les son propios, de las condiciones que favorezcan su calidad de vida y de sus sueños.
    Pero, por supuesto, para que un proceso de paz no perezca en el intento, sus objetivos, dinámicas, dimensiones y lineamientos de política pública, según los expertos, deben ser tan comprensibles y precisos como las reglas de un juego. En este caso, valga la metáfora, en el juego de la paz, en el que todos los habitantes del país, sin excepción, participamos, y en el que no hay vencedores ni vencidos, ya que el resultado es ganancia para todas y todos. Sí, la ganancia de llegar por fin, desde la paz bien concertada, al punto de partida de otro proceso nuevo: el del ejercicio democrático pleno, que hace posible garantizar en Colombia la vida y los demás derechos fundamentales de toda la población.
    La cultura, en la Bogotá sin Indiferencia que gobierna a los capitalinos, además de ser un factor determinante en la construcción de una ciudad reconciliada, incluyente y participativa, se reconoce como un componente fundamental de la vida social, política y económica del Distrito, lo que justifica el predicado de una cultura para la inclusión social.
    Proponemos así una cultura para la ciudadanía activa, donde los principios de autorregulación son una cara de la moneda, mientras que la otra se orienta hacia el ejercicio de los derechos. Una unidad inseparable. Por nuestra parte, los servidores públicos debemos tener clara la misión de generar oportunidades para que los derechos ciudadanos puedan verse materializados, y también restablecidos cuando se han violado; y es en función de esas garantías como tenemos que llevar a cabo todas nuestras ejecuciones.

LA DIMENSIÓN DE LO CULTURAL EN UN PROCESO DE PAZ DEBE CONSIDERARSE CON EL MISMO GRADO DE IMPORTANCIA QUE LAS DIMENSIONES DE LO POLÍTICO, LO MILITAR Y LO ECONÓMICO
Es imposible que un proceso de paz se abra camino sin cultura, tanto más en Colombia, donde el conflicto nace de la desesperación y se reproduce por la incapacidad de comunicación de tantos sectores para expresar lo que el país es o debe ser.
    Para consolidar la paz se necesitan cambios culturales fundamentales. La cultura y la educación nos permiten apropiarnos de conocimientos, transformar percepciones sobre otros y sobre nosotros mismos, y modificar nuestros hábitos de intolerancia y exclusión. Quienes proponen que la paz se encuentra utilizando la fuerza están coartando el diálogo, imponiendo la cultura del silencio y profundizando la violencia misma: están contribuyendo a que nos continuemos alimentando de la angustia.
    No se puede llegar a la paz sino por los caminos del entendimiento y las expresiones de naturaleza creativa son las que lo facilitan. Aparece entonces como misión adicional y fundamental de quienes trabajan de veras un proceso de paz, proponer como zonas de distensión los espacios para la expresividad, para la creatividad, para que a cada colombiano le sea posible convertir su relato en un capítulo de un relato de nación y se abra desde allí a una lectura y a un diálogo. Porque paz es lo mismo que diálogo. No cabe la menor duda. Los únicos espacios de convergencia donde se neutralizan las polarizaciones son los lenguajes creativos.

SE HACE INDISPENSABLE DARLE UNA DIMENSIÓN CULTURAL A LA SOLUCIÓN DE LA GUERRA
Como ya grandes pensadores lo han propuesto, cultura es comunicación y comunicación es lenguaje en todas sus expresiones: la palabra, el arte, la música, los gestos, el ritmo, el mito, los símbolos, los ritos, la tecnología, y todos los demás posibles, salvo aquellos que conducen a la aniquilación del ser humano y de su entorno. Pero no basta con que se entienda el lenguaje, debe sentirse, y desde la dimensión de lo cultural, se fortalecen los denominadores comunes de la sensibilidad.
    La cultura es también ética individual y colectiva, así como valores de convivencia y estética, porque la sensibilidad hacia lo bello es patrimonio de la humanidad. Y, por supuesto, es así mismo conocimiento y garantía de su acceso. Pero como la cultura es también alegría, todo lo dicho se ubica dentro de una realidad felizmente imaginada, mas no fantasiosa, hacia la cual tiene que apuntar un proceso de paz que sea en verdad conducente a una realidad felizmente vivida.
    Los políticos, con contadas excepciones, se han acercado poco a la cultura y los intelectuales y los artistas tendemos a mirar lo político con indiferencia y hasta con rechazo. Y, sin embargo, la política es el arte de gobernar. Hay que recuperar esa esencia creativa de la política que trazaron los griegos para que, como el arte mismo, se ubique donde pertenece: en el territorio de la cultura.
    El alcalde Lucho Garzón, en coherencia con su política de reconciliación, ha invitado al gobernador del Valle del Cauca, Angelino Garzón, y al alcalde de Medellín, Sergio Fajardo, tres gobernantes con propuestas alternativas para la democracia en Colombia, a compartir una tarea. Se trata de tejer una red de afectos junto con la sociedad civil, que acoja y acompañe a las víctimas del secuestro y a sus familias, desde la que se dé la bienvenida al acuerdo humanitario para la liberación de los secuestrados en Colombia. Es así como también desde esta iniciativa, nuestra Bogotá sin Indiferencia continúa con el propósito de contribuir a fortalecer el tejido social en la ciudad y en el país con la perspectiva de una política de reconciliación.

¿QUÉ PUEDE HACER LA CULTURA DENTRO DE UNA POLÍTICA DE RECONCILIACIÓN?
Esta respuesta no la tiene exclusivamente la administración distrital o el Estado. Les corresponde también a los actores de la cultura aportar insumos para construir estrategias culturales que contribuyan no sólo a facilitar y humanizar el proceso de paz, sino también a construir una política cultural que permita modificar los hábitos para fortalecer la convivencia democrática.
    En el Foro Permanente de Cultura, abierto desde diciembre de 2004, y en otros espacios donde pensadores, intelectuales y artistas se reúnen a pensar sobre el país, se gesta la gran tarea de consolidar estrategias culturales que contribuyan a una mejor comprensión y realización de los procesos de paz y, ante todo, al desarrollo de una cultura posconflicto, en la que la divergencia sea camino de encuentros entre diferentes y la transgresión sea fuente de transformación creativa.

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