Separata de Revista Número
La gran cicatriz


Diego García Moreno

 

Nací y he vivido siempre en un país en guerra», dice el narrador de mi último documental, El corazón, un personaje que vino al mundo a mediados del siglo XX, que usa mi voz y trata de atar cabos entre el pasado y el presente de la historia de un país que por allá en 1902, tras la guerra de los Mil Días —que era una guerra más después de otras muchas guerras—, fue consagrado al Sagrado Corazón para que cesaran sus males y desgracias.
    Esa misma voz cuenta que 50 años después el presidente Laureano Gómez, en plena violencia de tan cruenta década, encomendó que le bordaran en la banda presidencial, en lugar muy escondido, un «detente», un Sagrado Corazón que le impidiera al demonio entrar a tomar posesión de tan piadoso gobernante. Y, más tarde, nos dice que en el 2005 el presidente Uribe, en medio de una guerra que él afirma que no existe —óiganlo bien: ¡no hay guerra!—, subrepticiamente, vuelve a consagrar el país al Sagrado Corazón con el fin de contrarrestar ante el mundo exterior la imagen de Colombia como un país que sólo produce guerras e ignominia. Y como estandarte utiliza un logo, una marca de exportación, que consiste en un corazón con dos llamitas sobre el angulito superior: el tan publicitado «Colombia es pasión». Es decir, con una gráfica semejante a la que bordó a escondidas Laureano 50 años atrás en su banda presidencial. Ahora, el arte de la publicidad creativa llega a tiempo para colmar el vacío que dejó la declaración de país laico asignada a Colombia a raíz de la nueva Constitución de 1991. La sangre derramada en el conflicto, y el conflicto mismo, se han purificado en nuestro país en las llagas del corazón sangrante del Señor.
    El difunto artista plástico Juan Camilo Uribe, quien encontró en la estampa religiosa la esencia para su creación artística, afirmaba que Colombia no estaba consagrada a un santo sino a una lámina. A lo mejor trataba de hacernos comprender que nuestros conflictos siempre han estado enmarcados en un plano artístico al haber encontrado una representación abierta en un corazón cargado de llamas y chorreando sangre; un símbolo capaz de apaciguar nuestros dolores y mantener en alto nuestras esperanzas. Ese narrador se supone que soy yo, el creador de la citada película documental, quien hoy hace parte de esta mesa de reflexión en torno al tema de la creación en medio de la crisis.

    Pues sí, durante toda mi vida mi país ha estado en guerra, y tampoco me ha tocado vivir un instante en que no haya guerra en algún rincón del planeta. Me encantaría hablar de cuál sería la diferencia de la creación artistica en un mundo en paz a partir de mi experiencia, pero no lo puedo hacer. He vivido siempre en medio del conflicto, en un país surtido con diversos tipos de guerra. Aunque nunca he morado en una trinchera, he pasado períodos de terror encerrado en mi casa; ni, aparte de soportarlo en los sueños, tampoco el techo de mi casa ha caído sobre los cuartos donde dormimos mis padres, mis hermanos, mi esposa o mi hijo; aunque no he tenido que agarrar una bolsita plástica en la noche y salir corriendo entre cañadas huyéndoles a las balas, sí me ha tocado salir del país y padecer un penoso exilio porque el pánico se apoderó de mi familia; a pesar de que tampoco he tenido que acampar meses y meses en un estadio o en un campo de refugiados en Urabá o en el Atrato Medio, sí he visitado con mi cámara sus desoladas poblaciones para testimoniar su tristeza ante los ojos de los otros. El destino me ha mantenido en los suburbios del estruendo. Y aunque hago parte de lo que podríamos llamar la pequeña burguesía que se ahorra la guerra, soy una víctima periférica de ella, así como otros millones de colombianos aparentemente acostumbrados a convivir con sus aullidos.
    El bombardeo de los relatos, las imágenes, los sonidos, los acontecimientos han penetrado mis ojos, mi piel, mi vida. Mi pensamiento cotidiano, mis sueños, mi trabajo, «mi vida», repito, es decir, mis dudas y alegrías, mis reflexiones, se han dirigido a la creación de un relato fílmico que da cuenta del conflicto, a la fabricación de un «universito» creativo forjado en el despelote, al amparo del eco de las balas y la explosión de las minas antipersonales. Mi propio corazón, «el habitáculo del entendimiento, de la sabiduría, de las pasiones, el músculo de la creación», como diría el doctor Frank Nager, se ha moldeado con el infierno resplandeciente de la guerra.
    Recuerdo que cuando la guerra del narcotráfico se tomó a Medellín y convirtió a nuestras madres paisas en sabias filósofas del dolor, se me ocurrió hacer una película llamada La arepa, en la cual utilizaba ese producto religioso de consumo diario para entrar en todas las casas y conocer el tono de la vida de esa comunidad generadora de intolerancia. Acababa de participar en una película francesa sobre el periódico El Espectador, tras la explosión que destruyó gran parte de sus instalaciones, y sentía que la instantaneidad de la guerra filmada cegaba la lectura de lo que somos, que los destrozos de las bombas y las imagines de cadáveres y metales retorcidos, columnas resquebrajadas y adobes destartalados, borran las historias largas de quienes padecen el terror y llenan el presente con manto de incomprensión. «Tengo que entender el mundo sin la premura de la guerra», me dije; hay que buscar trazos de la permanencia partiendo de los objetos del diario, aquellos con los que nos relacionamos en la cotidianidad y cumplen funciones metafóricas.
    Quince años después, luego de haber trajinado con símbolos que pretendían darnos a entender más a Colombia, como trompos, corbatas, camas, hamacas, castañuelas y ataúdes, llegué a un meollo mayor: contar a Colombia desde el corazón. Para ello, me concentré en dos personajes: un paciente del corazón y un médico cirujano especialista en el corazón. Quise armar un trío entre ellos y yo, el espectador colombianito que ubica la historia en el territorio del Sagrado Corazón. El paciente es un soldado a quien le explotó una mina quiebrapatas y las esquirlas no le amputaron los brazos, ni las piernas, como la lógica determinaba; sino que, gracias a las habilidades saltarinas de esos artefactos, brincaron hasta su pecho y se le incrustaron en el corazón. Este hombre lleva para siempre en su pecho una enorme marca que, para mí, es la gran cicatriz de Colombia. No murió, seguramente —como dice su mamá—, por la gracia del Señor, y porque tuvo la suerte de encontrarse con un cirujano que lleva en la mente, en las manos y en el corazón toda la sabiduría que la guerra cotidiana, la gran violencia, la suma de todas las violencias, le ha inculcado, le ha enseñado. Este doctor hace parte del grupo de cirujanos cardiovasculares que ha operado más corazones que ningún otro equipo en el mundo, porque en nuestro país, en mi ciudad, se han logrado los récords más altos en operaciones de cirugía por trauma penetrante: cuchillos, punzones, destornilladores, balas, y ahora esquirlas de minas quiebrapatas… Hasta este tema, hasta esta situación de «creación artística» me ha llevado la historia que me tocó vivir en mi patria.
    Sinceramente, no sé cómo es crear en la paz. Recuerdo que cuando vivía en París me costeaba los estudios de cine trabajando en un salita donde se proyectaban, entre otras maravillas del séptimo arte, películas de Hollywood: maravillosas comedias musicales cargadas de alegría, dicha y espectáculo, en las que sus protagonistas, Fred Astaire o Rita Hayworth, me deleitaban con el tictac de sus pasos y el aroma de sus amores. Eran películas hechas para que los ciudadanos americanos mitigaran el sufrimiento durante la segunda guerra mundial; el antídoto al dolor de un país y de un mundo que dejaba millones de cadáveres desparramados sobre los campos de Europa… y más allá. Ese género hacía parte de una política oficial para no pensar en la guerra. Pero al tiempo, proyectaba películas como El halcón maltés o Casablanca, en las que con fina elegancia se contaban los horrores y se revelaban las manipulaciones que el conflicto encierra, el dolor que podría producir… y caía en la fascinación de otra reflexión que se intuía más profunda, una sensación de verdad que me conmovía las tripas y me hacía temblar con desconcierto el corazón.
    Viene a mi memoria una película que expone en términos cínicos una apreciación sobre el tema que hoy nos reúne: El tercer hombre (1949), de Carol Reed. Recién terminada la segunda guerra mundial, un mediocre escritor americano llega a Viena a encontrarse con su amigo, Harry Lime, que le ha ofrecido trabajo en una ciudad en los albores de su reconstrucción, Viena ha sido dividida por los aliados en varias áreas con fronteras infranqueables: la estadounidense, la francesa, la rusa y la inglesa. El encuentro se frustra, pues su amigo acaba de morir y debe salir directamente del aeropuerto hacia los funerales. Pero a los pocos días descubre que Lime, interpretado por Orson Welles, está vivo y que en realidad es un poderoso traficante que circula clandestinamente por las autopistas subterráneas de los desagües de la ciudad. Welles roba penicilina en los hospitales norteamericanos y la vende a los rusos. Cuando por fin se encuentran en un abandonado parque de diversiones, el escritor le pide cuentas a su amigo sobre su deplorable oficio. Mientras la rueda de Chicago da una pesada vuelta, Lime irónicamente le cuenta que durante la época de los Médicis, Florencia libró guerras y guerras y de allí salieron obras de arte maravillosas, firmadas por Leonardo y Miguel Ángel, mientras que de Austria, en la región de los Alpes, el único aporte que se hizo para la humanidad durante 500 años de paz fue el pajarito del reloj. El cucú clock.

¿SERÁ QUE LOS PERÍODOS
DE CONFLICTO HACEN
FLORECER LA CREACIÓN?

Si conflicto fuese simplemente guerra, tal vez sería más fácil preguntar ¿será que durante la guerra se produce más arte? Pero en vez de responder aparecen más preguntas. ¿Cuánto dura la guerra? La guerra se instala en la memoria y terminados los combates viene el período del recuento, el período del recuerdo, de la búsqueda del remedio que calme las pesadillas. Vuelve a mi memoria la gran cicatriz de José Gregorio, el personaje de El corazón, detenida para siempre en las imágenes del documental —si los frágiles soportes del audiovisual nos lo permiten—. Veo el documental de Riti Pan, el gran documentalista camboyano que años después de terminada la gran masacre —no sé cuántos millones de calaveras están expuestas en el museo de la memoria, en Phnom Penh—, va a buscar a los torturadores del Khmer Rojo —jemeres rojos— y los convence de reconstruir con toda la minucia sus procedimientos de verdugos en el mismo espacio vacío donde se apiñaban años atrás sus víctimas. ¿Es también ese período de concepción del arte y la fabricación de la obra parte de la guerra? ¿Es acaso el arte, al encontrarle un soporte a la desgracia, un principio de sanación de la guerra? ¿Cuándo termina una guerra? ¿Será que cuando se alejen los ecos de las masacres el arte empezará a buscar, o el artista, otros conflictos para saciar su avidez de tenebrosos altibajos de la condición humana? ¿Entrará a escarbar entre los conflictos internos del individuo? ¿De la familia? ¿Del barrio o de la sociedad que muere del tedio por excesiva calma? Tal vez siempre es lo mismo. No sé. Cuánto me gustaría disfrutar de la maravillosa geografía de este país sin el fantasma del artefacto mutilador enterrado en el camino, o la mira que me espía tras la ceiba o el caracolí… y aun en guerra la disfruto… Pero estoy seguro de que si el temor de sentirme espiado desde la curva de la selva que bordea el río desaparece, el cuerpo le pedirá a la cascada que le muestre sus peldaños porque hay que escalarla y tengo que ponerme en peligro, sentir que sólo la vida vale la pena cuando se sabe que es una pelea, quizás un coqueteo con la muerte.
    Algunos de los que parecemos librados del gran dolor, del eficaz golpe de gracia que da por terminado con todo, nos convertimos a veces —es el caso de quienes hacemos cine documental— en intermediarios de la desgracia, traemos o fabricamos la memoria de la ignominia, le pasamos nuestros soportes creativos a la imagen, el testimonio de los otros, y así justificamos nuestro oficio, nos convertimos en ordenadores de esa desgracia. Parece que tuviéramos la obligación de mantener viva la guerra con la esperanza de que cesen o se calmen las pasiones. Sin embargo, nuestra tarea no siempre funciona, a veces las imágenes se convierten en espectáculo y hasta justifican el goce de quienes no la viven. Se transforman en el soporte de un gran negocio.
    Quisiera tener un día la dicha de gritar «¡No hay guerra en mi país! Ahora me voy a dedicar a…», pero me temo que si la paz llega tendremos que hacer lo que un día François Mitterrand propuso a los franceses: «Llenemos el pénsum de los colegios con historia. Tenemos que mantener viva la memoria de la segunda guerra mundial, mostrarles a nuestros niños la desgracia de los campos de concentración para que no vayan a revivir el mismo monstruo».
      ¿Será posible?

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