Muchos siglos separan el respeto por la guerra que muestran los poemas de Homero del desprecio por la guerra que muestran los cuadros de Goya. Pero también los separan muchos cambios en los hábitos de la civilización. Lo que tendríamos que preguntarnos no es cuándo la guerra empezó a ser tema del arte, sino cuándo la guerra empezó a ser vista con malos ojos por lo mejor de la humanidad. Esta especie nuestra parece haber avanzado de un modo incesante de lo individual y lo tribal hacia lo universal. De las guerras de tribus a las guerras de naciones, pero también del reconocimiento de la dignidad de los propios al reconocimiento de la dignidad de los otros. La humanidad parece haber ido ensanchando gradualmente el ámbito de las cosas que quiere respetar: su vida, su familia, su tribu, su nación, su planeta. Hoy se habla de los derechos de los animales, aunque es verdad que en la India se los asume desde hace mucho. Hoy se habla del respeto por los bosques y los mares. Hoy se habla de la lucha por preservar, no sólo a nuestra especie, sino a las demás especies vegetales y animales. Y ya le hemos oído decir a Lugones: «Yo que soy montañés sé lo que vale / la amistad de la piedra para el alma». Ya queremos preservar el planeta, de cuya protección depende la vida de todo.
Las guerras humanas han perdido mucho de su épico prestigio, a medida que entendemos la necesidad de luchar más bien por el aire y el agua, por la vida de las especies, por la salvación de esta morada común. Pero todavía queda entre nosotros un espacio en el que se habla de guerras justas y de guerras injustas, y se distingue, por ejemplo, entre la guerra de los Estados Unidos contra Iraq y la guerra de los aliados contra los nazis, aunque ciertamente muchas religiones no aprobarían ninguna de las dos. Las potencias de Occidente dicen fundarse en el verbo de Cristo pero no practican la ardua filosofía de volver la otra mejilla al que los golpea. Y los Estados Unidos, que se pretenden voceros de Cristo ante la historia, no sólo no piensan frente a Irán en volver la otra mejilla sino que se esfuerzan por garantizar que el que podría abofetearlos no tenga mano.
Es muy posible que el cambio en la percepción de la guerra se deba a que, en general, las guerras, las justas y las injustas, han perdido su dignidad. Había en las guerras antiguas cierto ceremonial de la igualdad, que hacía que quien traicionara las normas caballerescas fuera despreciado por sus propios amigos. Basta recordar los duelos rituales, comunes hasta hace poco tiempo, para ver cómo lo único que legitimaba el conflicto era la igualdad de condiciones, la igualdad de oportunidades entre los oponentes. Borges decía que son más respetables los certámenes de boxeo y hasta las riñas de gallos que las corridas de toros, porque en estas últimas ya no es posible demostrar igualdad entre las partes. El toro de astas amenazantes es sometido a todo tipo de crueles astucias por parte de un adversario que no ignora que la inteligencia y la agilidad son su privilegio, mientras que el toro sólo cuenta con su fuerza y sus cuernos. El toro va siendo extenuado por los hierros que laceran su sistema nervioso central, antes de ser sometido, ya casi exánime, al examen final de la espada. En vano los defensores de ese espectáculo intentan defender su dignidad alegando que el torero tiene tantas posibilidades de morir como el toro: las estadísticas de esos edificios circulares muestran totalmente otra cosa. Pero el alegato verdadero frente a esa brava fiesta es otro, y hay que evocar a Voltaire para encontrarlo. Voltaire oyó decir que cada año en Venecia el Dogo de la ciudad subía al Bucentauro para celebrar las Bodas de Venecia con el mar. Arrojaba un anillo de oro a las aguas del Adriático y gritaba «Yo te desposo en símbolo de eterna dominación». Voltaire anotó con una sonrisa irónica que ese matrimonio no era válido, porque faltaba el consentimiento de la esposa. Al parecer, en la antigüedad también se consideraban artísticos los certámenes del Coliseo, donde los condenados se ofrecían al hambre de los leones, y hasta los duelos del emperador Cómodo, que combatía con armadura brillante y armas de hierro a gladiadores que tenían espadas de madera.
Por lo general, el arte ha pasado de celebrar la guerra a condenarla. En tiempos de Shakespeare todavía se la veía como algo natural, pero el poeta sobre todo busca mostrar cómo en el seno de la Guerra florecen las virtudes y las abominaciones. Pone al pequeño Rutland, hijo menor de la rosa blanca, a cruzar por en medio de la batalla y a encontrarse con el enorme y rencoroso Clifford, el de la cara negra. Rutland, blanco corderito de nueve años, le dice al enorme guerrero que lo amenaza con su cimitarra sangrienta: «Soy un objeto demasiado pequeño para tu cólera: véngate en hombres y déjame vivir». Y Clifford le responde: «Aunque tuviera aquí a tus hermanos, sus vidas y la tuya no serían para mí suficiente venganza; no, aunque cavara en las tumbas de tus antepasados y colgase de cadenas sus ataúdes podridos, eso no podría aplacar mi ira ni aliviar mi corazón». Aquí estamos ya frente al odio moderno, que parece exceder los límites de la venganza, ante la venganza moderna, que no se sacia ya con el ofensor, que quiere extender su manto de destrucción también sobre los pueblos e incluso sobre la humanidad. Se diría que así como nos hemos hecho capaces de amar más: a los animales, a las plantas, al aire, a las olas del mar, también nos hemos hecho capaces de odiar a los desconocidos, de atentar contra mujeres y niños, protegidos antes por muchos pueblos como seres sagrados.
Lo más inquietante del cuadro El triunfo de la muerte, pintado por el flamenco Peter Brueghel a mediados del siglo XVI, es que la guerra no es vista ya como algo admirable, sino como un clima a la vez colorido y siniestro que parece apoderarse de todas las cosas, y allí son los muertos los que matan a los vivos. Es posible que allí comience en Occidente, de una manera evidente, la costumbre del arte de denunciar la guerra antes que exaltarla. El mismo espíritu que llevaba la guerra a las colinas de Flandes la estaba trayendo por entonces a las tierras de América, y toda la vieja tradición caballeresca estaba muriendo bajo su atrocidad. Pero faltaban más de dos siglos para que Goya, el gran pensador de su tiempo, según dijo Ezra Pound, se lanzara a denunciar poderosamente los crímenes de la guerra y a fundar esa tradición moderna a la que pertenecen por igual el Guernica de Picasso, La noche de Max Beckmann, y entre nosotros las denuncias de la guerra que pintan Débora Arango, Carlos Granada y Fernando Botero.
Yo siempre vuelvo a la pregunta que se hacía Goethe hace un par de siglos: ¿por qué será que las cosas que nos repugnan en la vida nos fascinan en el arte? A los artistas parece encantarles tejer variaciones sobre todo lo doloroso y lo terrible del mundo. Se diría que esos fueron inventos de los románticos, tan embelesados con los entierros prematuros, los crímenes, la locura y el horror. Pero la guerra, perra de toda boda en la historia de la humanidad, ha estado presente en el arte desde el primer día. Incluso los antiguos hablaban de ella como de un arte en sí misma, y la llenaban de rituales y de códigos, como lo vemos en la Ilíada de Homero. Ese autor, que es imposible que fuera ciego, nos muestra allí su asombro por la sangre, su voluntad de describir con detalle las circunstancias penosas de toda muerte.
Nos equivocaríamos si pensáramos que las denuncias de la guerra no suponen a la vez una suerte de fascinación de los artistas con el tema. La evidencia de que para la guerra se necesitan por lo menos dos alude suficientemente al hecho de que hay en ella un no sé qué de danza feroz, de deleite infernal. Todavía a comienzos del siglo XX, el poeta Guillaume Apollinaire celebraba la guerra como un nórdico antiguo:
«Le ciel est etoilé par les obus des boches, La foret mysterieuse ou je vit donne un bal». (El cielo está constelado por los obuses de los alemanes, El bosque misterioso donde vivo da un baile).
Apollinaire celebró la esquirla de obús que le destrozó la frente en una suerte de treno que parece venir de edades bárbaras:
«Une belle Minerva est l’enfant de ma tete, Une etoile de sang me couronne a jamais». (Una bella Minerva es la hija de mi cabeza Una estrella de sangre me corona para siempre).
Todavía durante la guerra civil española hubo poetas partidarios de la República y otros partidarios de la Falange, y ni uno ni otro rechazaban en sí la guerra, sólo al bando adversario. Es fama que de parte de la República estaban Auden y García Lorca, aunque éste fue ejecutado cuando la guerra apenas comenzaba, y los latinoamericanos Neruda y Vallejo, pero se sabe que en el bando falangista militó el gran poeta Roy Campbell. Y de esa guerra europea que los diarios llaman segunda guerra mundial, todavía se recuerdan los versos de Neruda ansiando participar en la contienda:
«Guárdame un trozo de violenta espuma Guárdame un rifle, guárdame un arado, Y que los pongan en mi sepultura Como una espiga roja de tu estado. Quiero que sepan, si hay alguna duda Que he muerto amándote y que me has amado, Y si no he combatido en tu cintura Dejo en tu honor esta granada oscura, Este canto de amor a Stalingrado».
Aunque esos versos me conmueven, y despiertan no sé qué aguijón de entusiasmo por los que combatieron y derrotaron a los nazis, yo prefiero los poemas de Bertolt Brecht, que denuncian la guerra y que se detienen en los dolores que ésta causa a los humildes. El arte hoy parece militar más bien en las trincheras del pacifismo, de la no violencia que predicaba y practicaba Gandhi inspirado en la filosofía de Leon Tolstoi. Hay que recordar las denuncias de la guerra de Thomas Mann y el modo como este escritor, en momentos en que su país se aplicaba al exterminio del pueblo judío, dedicó sus días y sus noches, por años, a revivir en la lengua alemana la leyenda del nacimiento del pueblo de Israel en la descomunal tetralogía José y sus hermanos. Nadie habrá deplorado más la guerra que este alemán solitario que respondió con La montaña mágica a la disgregación bélica del espíritu europeo, que respondió con las historias de José a las atrocidades del holocausto, y que respondió con su tenebrosa novela gótica Doctor Faustus a la locura fáustica de la Alemania hitleriana. En la última página de La montaña mágica hay una deploración de la guerra, una invocación a algo distinto, que perfectamente podemos ver como el poema desgarrado del alma europea, y el narrador se pregunta si sobre ese suelo atormentado, sobre esa mala fiebre que parece apoderarse de todas las cosas se levantará el amor algún día.
Yo suelo volver, pues, a la inquietante pregunta de Goethe: ¿por qué será que lo que nos repugna en la vida nos fascina en el arte? Y siempre me ha parecido que la respuesta la había dado san Agustín dieciocho siglos antes, cuando reflexionando sobre el lenguaje dijo: «Es que lo mejor que tiene la palabra perro es que no muerde». Muchas personas dicen que no les gustan ciertas novelas porque en ellas ocurren crímenes, que no quieren ver tal o cual película porque odian la violencia, y a veces es difícil recordarles que, a diferencia de las corridas de toros y de los certámenes del Coliseo romano en la antigüedad, en al arte nunca hay crímenes ni atrocidades verdaderos, sólo simulacros. Podemos ver los crímenes del arte y las guerras del arte con una atención muy distinta de la que prestaríamos a los hechos reales. Donde el hecho real nos repugna, el arte nos permite ver la minuciosidad de los hechos, examinar los sufrimientos, reflexionar sobre las consecuencias de los conflictos, precisamente porque sabemos que nada de ello está ocurriendo allí realmente. Si nos dijeran que ese señor Otelo está estrangulando realmente a esa actriz, intervendríamos para impedirlo: como sabemos que es un simulacro, seguimos tranquilos en nuestras butacas dedicados al goce de la obra, lo que no significa, claro, aprobar la muerte de la frágil Desdémona sino interrogar las villanías de Yago y entender los caminos tortuosos de los celos en el alma de un hombre inseguro. El arte está para ayudarnos a entender, no para alimentar nuestros temores o nuestros odios: para eso está la propaganda. En el arte creemos estar viendo la guerra, pero no, estamos viendo palabras, óleos sobre el lienzo, fotogramas filmados en un estudio, actores en un escenario. Lo mejor que tiene la palabra perro es que no muerde, y el arte es ese perro amigo que no puede morder. Acaso todos tenemos la tentación de la violencia, pero el arte puede ayudarnos a domesticar esa tentación. Recuerdo que Borges, quien admiraba el destino bélico de sus mayores, escribió alguna vez:
«Me asombra que la espada, cruel, pueda ser hermosa ».
Con ese verso, estaba reconociendo en sí mismo la misteriosa tentación de la violencia. Pero como buen poeta comprendió que el mejor lugar para la espada es el verso, y prefirió dedicarse a escribir.
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