Evo Morales ingresó con la mano en alto, saludando hacia todos los rincones del recinto. Los presentes se levantaron, saludaron y aplaudieron a su líder. Se trataba del Ampliado de las seis Federaciones del Trópico de Cochabamba, la organización campesina que ha sido un referente en las movilizaciones de los movimientos sociales durante la última década en Bolivia y base fundamental del Movimiento al Socialismo (MAS), partido político que lidera el dirigente sindical. Tímidamente, nos acomodamos en una de las tribunas laterales. A nuestro alrededor, hombres y mujeres de tez morena, ojos rasgados y baja estatura, rasgos propios de las culturas indígenas andinas. Son quechuas. Los hombres vestían pantalón largo de material y camisas de hilo o camisetas deportivas de poliéster, en cualquier caso de apariencia humilde. Las mujeres conservaban sus atuendos tradicionales; algunas portaban un sombrero blanco, otras dejaban a la vista las largas trenzas negras anudadas entre sí por las thullmas. Todas usaban blusas y polleras. Ambos llevaban abarcas de plástico en sus pies. A la mayoría se le notaba en una de las mejillas el volumen redondeado del bolo de coca.
Morales se detuvo en la tarima de concreto, justo detrás de uno de los tableros de baloncesto. Tomó la palabra y se dirigió por última vez como candidato a los dirigentes de la organización que encabeza hace más de quince años. Habló pausado. No estábamos en presencia del discurso encendido característico de los políticos tradicionales latinoamericanos, que pretenden arrancar los aplausos de los asistentes cada cierto tiempo. Se trataba del informe del dirigente que debía difundirse posteriormente entre las bases. La intervención se centró en el plan de la campaña presidencial que se aproximaba a su fin, y en la necesidad de acentuar el trabajo político para poder alcanzar la mayoría absoluta en las elecciones que les permitiera acceder al poder sin mediar los tortuosos acuerdos con la clase política tradicional. Ello implicaba desplazarse y participar en las movilizaciones de otras regiones del país, donde el apoyo al MAS no era predominante.
Durante la intervención, varios de los presentes tomaron nota; otros escucharon impasibles, sin molestarse por los ocasionales comentarios de algunos que no alcanzaron a ser murmullos. Los niños corrían y jugaban a lo largo del recinto, mientras unos pocos vendedores se deshacían de las últimas bolsitas de refresco casero que sirve para mitigar la sed. Después de dos horas, a diferencia de su líder, de origen aimara, otros oradores se pronunciaron en quechua, lengua materna de los habitantes del Trópico. Morales se despidió y demandó un último esfuerzo para sacar adelante el proyecto político, el cual tuvo origen en las luchas del Trópico por la defensa de la hoja de coca durante la década de los años noventa. Al concluir, los presentes lanzaron los gritos característicos de la organización: «¡Causachun coca!» (¡Viva la coca!) y «¡Wuanuchun yanquis!» («¡Fuera los yanquis!»). Para ellos quedaba un mes de movilización política, para nosotros era el inicio de rodaje del documental que decidimos realizar poco tiempo atrás1. La organización La organización campesina del Chapare, como se conoce comúnmente al Trópico de Cochabamba, es una compleja estructura que agrupa a la mayoría de la población de la región, dedicada en general al cultivo de la hoja de coca como producto base de su economía.
La organización
está compuesta por seis federaciones, que agrupan centrales que a su vez están conformadas por los reconocidos sindicatos de base. Todo aquel que habite en el Trópico está afiliado al sindicato del sector y tiene la obligación de cumplir con los estatutos que lo rigen.
Estas reuniones se cumplían invariablemente cada mes, «son sagradas». En ellas participaban un representante por chaco (parcela) y los dirigentes elegidos entre ellos mismos por un período de un año2. Si se trataba de una federación o central, el Ampliado tenía lugar en la sede de la organización, el Galpón de Coca, escenario de socialización por excelencia; de lo contrario, se realizaban en la sede construida por el sindicato para tal fin, en un punto central de su zona de influencia. Se trata de construcciones modestas, donde lo importante es la presencia de un techo que proteja, según fuera el caso, del sol o la lluvia. Siempre antes de comenzar la reunión como tal, y ante la mirada curiosa de los asistentes por nuestra presencia, el dirigente de turno nos solicitaba presentarnos y nos daba la palabra. En un comienzo me esforcé por ser lo más convincente posible para ganarme la confianza de los asistentes, pero luego comprendí que para ellos lo único importante era que contábamos con el beneplácito de la organización.
Los Ampliados, bien fuera en un sindicato, central o federación, se desenvolvieron de la misma manera. El responsable de actas leía el orden del día, que incluía la lectura del acta anterior, los temas que se iban a desarrollar y, por supuesto, se llamaba a lista para recoger el aporte mensual de un boliviano para financiar la organización. Se trataba de extenuantes jornadas en las que se abordaba el temario sin presión de tiempo. El informe de gestión del dirigente y autoridades municipales, el instrumento político, la coca, lo orgánico, tierra y territorio y desastres naturales fueron los temas más recurrentes. Hombres y mujeres participaban activamente y no se avanzaba sino hasta que hubiera consenso, costumbre propia de la organización tradicional indígena. «Aquí no hay mayorías», explicaron sobre el particular. No dejaba de parecernos extraordinario verlos intervenir con la misma propiedad sobre la producción y comercialización de la hoja de coca que sobre el manejo tributario de los recursos del municipio, las carencias de la Constitución política del Estado o el carácter del Instrumento Político que ellos habían fundado y que había dado origen al MAS3.
Alguna vez le comenté a un compañero de mi admiración por la participación y el respeto a la palabra del otro. «Claro, no ves que son Ampliados», me respondió conciso. De ahí el nombre de este tipo de reunión: un espacio amplio de discusión donde todos tienen derecho a expresar su opinión. Las decisiones se toman por consenso, como por ejemplo quiénes irían a las movilizaciones fuera de la región, de cuánto sería el aporte adicional por afiliado para financiar el transporte y las banderas que deberían llevar.
Como un ritual, la gran mayoría siempre lleva para su consumo personal hojas de coca y un trozo de lejía en una bolsa de plástico, el piccho. La coca, además de menguar el hambre y la fatiga durante la jornada laboral, siempre estuvo presente en las diversas actividades a las que asistimos, ya fueran concentraciones políticas, fiestas, entierros o en los Ampliados. Don Carmelo Rojas, antiguo dirigente, lo explicó de la siguiente manera: «Al Trópico he llegado en 1934. He conocido la reforma agraria de Paz Estenssoro, el pacto militar campesino del general Barrientos, el narcotráfico de Banzer, he dejado mi juramento por el MNR cuando el Evo asumió como dirigente de la federación y he seguido el Instrumento Político desde entonces. Lo único que no ha cambiado es mi piccho».
Las movilizaciones
Durante el rodaje del documental asistimos a varias movilizaciones políticas. Una de ellas fue en Entre Ríos, pequeña población situada sobre la vía Panamericana. La primera imagen que apreciamos nos remitió a los bloqueos de caminos que las comunidades indígenas bolivianas realizan históricamente para protestar contra el Estado. Carros, camiones y transporte intermunicipal detuvieron su marcha mientras decenas de campesinos que ondeaban las banderas del MAS cruzaban la carretera. De inmediato nos sumergimos en el río de gente que caminaba en silencio tras una camioneta con altoparlantes que reproducía las canciones de la campaña «Evo presidente».
La marcha se detuvo frente a una tarima improvisada sobre el platón de un camión, bajo el sol abrasador característico del Trópico en esa época del año. Los oradores de la jornada, como es costumbre, fueron ofrendados con grandes y vistosos collares hechos con hojas de coca y adornados con flores y plantas silvestres. Todos eran dirigentes y candidatos de la región y, por supuesto, miembros de la organización. En los discursos se hizo referencia a la urgencia de votar por el compañero Evo Morales para poder refundar el país a través de la instauración de una nueva Constitución. Crear una nueva Bolivia donde ellos, los indígenas, que suman cerca del 70% de la población, tuvieran acceso por fin a las decisiones sobre su tierra, su historia, su cultura, sobre ellos mismos. También se recalcó la necesidad de recuperar la soberanía sobre los recursos naturales para que no se repitiera la historia de la Conquista española y con ello hacer frente al modelo neoliberal «impuesto a nuestro pueblo por los yanquis».
A pesar de la fuerza de todas las intervenciones, una de las oradoras nos llamó poderosamente la atención. Al dirigirse al público, su mirada se perdía en el horizonte y sus palabras parecían agolparse una tras otra. A lo largo de su discurso, entrecortado por las bocanadas de aire que debía tomar entre frases, recordaba que la organización es la base fundamental del cambio, como había ocurrido en el Chapare, donde la administración pública ha estado controlada por los cocaleros desde 1997.
Juana Quispe nos recibió la mañana siguiente en la casa donde vive con su compañero y sus hijos, un entablado de madera emplazado sobre una plancha de cemento. Sin dejar de realizar sus actividades cotidianas, nos relató su historia personal en la organización. Entre sus recuerdos están presentes las marchas a pie hasta La Paz, la fundación de la organización de mujeres, así como el momento en el cual el ejército la detuvo en su chaco y la condujo a la capital con su bebé en brazos, acusada de terrorismo y organización criminal. Juana es una fiel representante de la mujer cocalera vinculada al sindicalismo. «Aquí las mujeres somos las que tenemos nuestros hijos. Entonces la que la carga lleva, la mujer es. Nuestros esposos, claro, trabajan, nos traen economía, no mucho, para sobrevivir no más. Entonces más responsabilidad llevamos la mujer y por eso más decidida, porque sabemos para quién estamos luchando y por qué estamos luchando», explica.
El cierre de campaña presidencial se realizó en Cochabamba, la capital de la provincia. El estadio departamental sirvió de marco para un espectáculo multicolor que en nada se asemejaba a las movilizaciones políticas de la actualidad. Miles de personas se divertían en las tribunas con la música tradicional boliviana y los fuegos artificiales servían de preámbulo a los discursos de rigor del acto político.
Desde el Trópico de Cochabamba llegaron cerca de 10.000 cocaleros. La noche anterior habían partido desde distintos puntos del Chapare buses, camiones, volquetas y cualquier tipo de movilidad que les permitiera remontar la última estribación de la cordillera de los Andes. Cada uno había llevado el tapeque de maíz y chicharrón para alimentarse durante las 24 horas siguientes y una buena cantidad de coca para picchar. Madres con sus hijos en las espaldas ajustados con un aguayo o con una sábana; dirigentes, jóvenes, ancianos, todos estaban juntos, ubicados estratégicamente en las tribunas del estadio. Atrás habían quedado los días de marchas y protestas, de lucha con palos y piedras para defender la «coquita» del ejército. Ahora eran un solo cuerpo para cumplir con la responsabilidad de «acompañar al Evo» a ganar las elecciones. La organización social del Chapare es el partido político mismo.
Frente a la tarima central se hallaba el espacio reservado para los invitados especiales y los candidatos al Senado, que también se elegirían el domingo de elecciones. Entre ellos Juana Quispe, la oradora que días atrás nos había impactado, ondeaba solemne la Wiphala, bandera multicolor que representa los pueblos originarios del Tahuantinsuyo.
Las elecciones
Uno de los lugares neurálgicos de las pasadas elecciones en Bolivia fue Villa 14 de Septiembre, pequeña y humilde población ubicada en pleno corazón del Trópico. Allí, sede de su sindicato, Evo Morales votó el domingo 18 de diciembre.
Después de sufragar, el candidato dio una rueda de prensa en el Galpón de Coca, donde minutos antes se había ofrecido un desayuno con sancocho de pescado a los visitantes. Morales reiteró que en su gobierno «nunca habrá cero de coca ni cero de cocaleros», en referencia a la fallida estrategia de erradicación de la hoja de coca durante los sangrientos gobiernos de Banzer y Sánchez de Lozada. Señaló que, por el contrario, la propia organización cocalera iba a demostrar cómo realizar un control eficaz para eliminar el narcotráfico.
Ya en la noche, sin la presencia de las decenas de periodistas nacionales e internacionales que habían acudido a cubrir la noticia, en el mismo lugar los pobladores del sector esperaban los resultados de las elecciones sentados frente a un pequeño televisor. Los reportes iniciales fueron alentadores y se escucharon entonces los primeros aplausos. Luego, una y otra vez se repitieron las exclamaciones de «¡Causachun coca! y «¡Wanuchun yanquis!».
Alguien llevó un barril de chicha y un par de pequeñas totumas rotaron de mano en mano por el Galpón. Antes de beber, todos ofrendaban a la Pacha mama esparciendo un poco del líquido en el suelo y luego pronunciaban palabras de satisfacción. Al rato observé a una de las compañeras haciendo la recolecta voluntaria para pagar el costo de la bebida. «¡Ahora vamos a challar!», me dijo uno de los compañeros. Sin embargo, a diferencia de las imágenes que ofrecía la televisión de los seguidores del MAS en los centros urbanos, los cocaleros estaban tranquilos o por lo menos expresaban la alegría de otro modo. Simplemente continuaban mirando la televisión con un halo de satisfacción en el rostro. Durante la jornada electoral habíamos recorrido las mesas de votación de la Federación del Trópico con uno de los dirigentes, vimos las colas de la gente asistiendo con disciplina a cumplir con el voto, y quizás por ello no nos sorprendió la calma con que recibían la noticia de la victoria. Su convicción no estaba a prueba esa noche. Luego sabríamos que Evo obtuvo el 97% de los votos en el Chapare.
A pesar del magnetismo de la escena, partimos hacia otro punto importante del Chapare: Radio Soberanía. Hace diez años, con un aporte adicional a la cuota mensual, la organización se hizo a una estación de radio italiana de segunda en 16.000 dólares, que varias veces se ha echado a perder como consecuencia de las tormentas eléctricas, pero que durante estos años ha sido puente indiscutible para unir las voces de todos ellos. Alrededor de una pequeña grabadora stereo estaban sentados varios de los dirigentes más importantes del Trópico. El encuentro se había fijado con anterioridad para partir juntos antes del amanecer hacia Cochabamba, donde estaban citados independientemente del resultado de los comicios. Evo pronunciaba su primera intervención pública como presidente y repetía en la radio lo que ellos ya habían escuchado en innumerables ocasiones. Reconocía el triunfo y agradecía a quienes lo habían apoyado, «en especial a las seis federaciones del Trópico de Cochabamba y sus autoridades». Se podía palpar la tensión. Más que un momento de alegría, era un instante congelado en el tiempo. Varios de ellos no dejaban de picchar y todos tenían la mirada extraviada en el futuro. Como ellos mismos lo dirían después varias veces: «¡Ahora viene la pelea dura, compañero!». No estaban en juego botines económicos ni mejoras circunstanciales, se hallaban frente a la posibilidad de asumir la transformación política y social de Bolivia. Atrás quedaban los años de lucha, de bloqueos, de muertes, de erradicación de la coca. Como bien lo resumió esa noche Asterio Romero, diputado electo oriundo del Chapare: «Hemos pasado por fin de la protesta a la propuesta». En el Trópico de Cochabamba la política no está reservada a ilustres señores preparados en universidades norteamericanas o a poderosos personajes propietarios de exorbitantes capitales económicos. En el Chapare son las mujeres y los hombres trabajadores del campo quienes han construido el camino a partir de su propia experiencia.
El gobierno
Tres semanas después de la emotiva y original posesión de Evo Morales, el 21 de enero en Tiahuanacu, se celebró el congreso de las seis federaciones del Trópico en la ciudad de Cochabamba. Después de dos días de deliberaciones sobre el rumbo que debía tomar la organización en el marco del nuevo gobierno, se reeligió una vez más a Evo Morales como máximo dirigente. Adelantándose a las seguras críticas que recibiría por esta determinación, Morales señaló en el discurso de clausura del evento: «Para que se informe la opinión pública nacional e internacional, así es nuestro movimiento político: el presidente de Bolivia también puede ser un dirigente sindical. Eso nos diferencia de los partidos tradicionales, compañeras y compañeros».
Efectivamente, la oposición política al nuevo gobierno ha centrado sus críticas sobre el particular. Señalan que Morales, antes de ser un jefe de Estado, continúa utilizando el leguaje beligerante propio de los sindicalistas frente a los adversarios políticos o a Estados Unidos, y que fundamentalmente el presidente no puede ser juez y parte. Pero a imagen y semejanza del debate político durante la campaña electoral, la estrategia de la derecha es buscar errores de forma de su adversario antes que plantear propuestas significativas para orientar el rumbo de un país en crisis.
Una muestra del enfoque de las actividades del nuevo gobierno fue precisamente la realización de un nuevo Ampliado de las seis federaciones el último sábado de marzo del presente año. Una vez más estaba en el Chapare, en esta ocasión para presentar el documental a la «Organización», mínimo acto de reciprocidad ante la solidaridad con que nos habían acogido los cocaleros durante el rodaje. Varios de ellos me saludaron con simpatía, aunque la mayoría mantuvo la parquedad característica de su idiosincrasia.
El Ampliado se desarrolló de la manera habitual, sólo que esta vez quien dio el informe general fue el «Compañero presidente». Evo señaló que en los primeros dos meses su gobierno ya había cumplido con tres de los diez puntos que había prometido durante la campaña. El primero de ellos, referente a la política de austeridad económica, comenzó por la reducción del salario presidencial a la mitad, lo cual disminuyó automáticamente el ingreso de los altos funcionarios públicos, pues ninguno de ellos puede devengar más que el primer mandatario, según un artículo de la Constitución.
Así mismo, manifestó su complacencia por el acuerdo firmado con los departamentos del oriente boliviano a propósito del plebiscito sobre la autonomía regional. En esta región, encabezada por Santa Cruz, se concentran la base de los sectores económicos dominantes del país y la oposición política más beligerante frente al gobierno del MAS. La zona es fundamental en términos económicos, pues allí se encuentran los mayores yacimientos de gas y petróleo.
Con todo, el punto central del Ampliado fue la elección de los candidatos a la Asamblea Nacional Constituyente que se posesionará el 6 de agosto en Sucre, logro que hasta el momento se constituye en el bastión de la gestión de Morales. La elección de los dos candidatos para representar a la circunscripción donde está ubicada el Trópico de Cochabamba se desarrolló por medio de un ejercicio democrático donde tuvieron derecho a voto los mil cocaleros presentes. Resultaron elegidos una mujer y un hombre de origen quechua, campesino y cocalero, como todos allí. Una vez más, la alegría se materializó a través de la calma.
A pesar de la elección de Evo como presidente, el Chapare continúa con su ritmo habitual. El mercado de coca funciona de la manera acostumbrada, las movilidades siguen entrando a las sendas y las cabeceras municipales con los bultos de comida que llevan o traen los cocaleros a los mercados. Se avecina otra campaña electoral. Volverán las movilizaciones, los discursos, y el entusiasmo y el compromiso para seguir adelante con su organización.
Habrá que esperar el devenir del gobierno de Evo Morales. La Asamblea Nacional Constituyente será la instancia donde se decidirán las principales transformaciones sociales y económicas que busca propiciar el gobierno del MAS, con la salvedad de que los constituyentes no serán, aparentemente, los políticos tradicionales que han manejado el país durante las últimas décadas, sino que se espera que la Asamblea esté compuesta por una mayoría de miembros del Instrumento Político, dirigentes de base. Y para ello, seguramente, el «Compañero presidente» no escatimará esfuerzos.
Notas
1. Hartos Evos aquí hay. Los cocaleros del Chapare fue producido por Medio de Contención Producciones en marzo de 2006. La realización estuvo a cargo de Manuel Ruiz Montealegre y Héctor Ulloque Franco, documentalista colombiano.
2. En la organización sindical del Chapare hay una asociación de mujeres.
3. El Instrumento Político por la Soberanía de los Pueblos (IPSP) fue la organización política que fundaron las asociaciones sociales y campesinas a mediados de la década de los noventa. Como la Corte Nacional Electoral no reconoció esta nueva colectividad política, sus miembros se vieron en la necesidad de utilizar la personería jurídica del Movimiento al Socialismo (MAS). Su presidente, un veterano dirigente político de edad, le entregó a Evo Morales la personería jurídica del partido que había fundado, influenciado por la Falange Española, a mediados de los años cincuenta.