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ENTRE LA ESPADA Y LA PARED El arte de America Latina desde la perspectiva de un mundo globalizado. |
Por Félix Ángel
Imágenes cortesía del Centro Cultural del BID
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Desde su experiencia de muchos años como artista y curador, Félix Ángel analiza el arte de América Latina en sí mismo y dentro del panorama mundial. Una visión transparente, crítica, dura. |
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En América Latina son numerosos los artistas que a lo largo de cinco siglos han enriquecido con su trabajo la tradición cultural que heredamos de la colonización europea y conciliado en ésta un pasado que, resquebrajado y maltratado en muchos casos, permanece vigente en la memoria de segmentos importantes de la población aborigen y mestiza. Que dichas expresiones sumadas correspondan a una veintena de países de habla castellana, parecería ser razón suficiente para esperar una mayor presencia y representatividad en eventos de carácter internacional. Tanto en el pasado como en el presente, sin embargo, la participación de artistas de la región y el reconocimiento brindado a ellos en algunos de dichos eventos han sido en muchos casos contraproducentes porque, a veces sin querer y otras veces queriendo, han contribuido a crear estereotipos que el público en general ha incorporado con avidez en su repertorio de convencionalismos, atribuyendo equivocada e indistintamente características comunes a muchos países que, bien sabemos, aparte del idioma poco tienen en común. |
Aunque las artes visuales y plásticas de Occidente pueden reclamar para sí la contribución de talentos como Joaquín Torres García, Rufino Tamayo y Wifredo Lam, para nombrar apenas tres de los grandes artistas del siglo XX, la presencia de América Latina en los eventos artísticos internacionales, como representantes de un conglomerado de cerca de 400 millones de personas, sigue siendo, en el mejor de los casos, una curiosidad. En el peor de los casos, como en el de Matta, por ejemplo, razón suficiente para desligarlo como figura de la región y agruparlo con su contraparte, los surrealistas franceses, como por muchos años dio a entender la colocación de su trabajo en las galerías permanentes del Museo de Arte Moderno de Nueva York.
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Es cierto que en el pasado el interés paternalista del primer mundo hacia América Latina ha carecido de espontaneidad y es el resultado de coyunturas específicas. La región siempre ha sido cortejada cuando es conveniente evitar que caiga en el otro bando, llámese guerra mundial, guerra fría o terrorismo, con la actitud romántica o la determinación cínica del amante que sabe que tarde o temprano logrará su cometido, por las buenas o por las malas, cuando no convencido de que en última instancia podrá comprarla, como hacen ahora las corporaciones —una nueva forma de conquista—, para que sirva como celestina del consumismo disfrazado de panacea social o ajusticiador de ideologías fracasadas, cuando no de la clase media, blanco preferido de las élites y el populacho. El artista —y en consecuencia el arte— de América Latina se encuentra «entre la espada y la pared». Una de las mayores preocupaciones mientras arrastra su condición de subdesarrollado, de la cual no puede desprenderse aunque quiera, es alcanzar el éxito y el reconocimiento. Para conseguirlos está dispuesto a sucumbir a cualquier tentación, y por eso termina manufacturando un resultado que en su esencia está impedido para sobreponerse a la manipulación y el sensacionalismo que desde la segunda mitad del siglo XX han promovido los encuentros y las ferias de arte, confirmando la premonición «warholiana» de lograr ser famoso por quince minutos. Sin generalizar, parece haberse entregado a su suerte con resignación, abrazando incondicionalmente el desagradable y aburrido catálogo de actitudes inducidas por las singularidades propias del primer mundo, que perpetúan la imagen de deterioro y mediocridad de la región popularizada por toda clase de documentales y noticias internacionales. Su desvarío de todas maneras se corresponde con la neurosis permanente con que la politiquería nos ha contagiado a todos, agravando la falta de voluntad para llegar a un consenso que señale el comienzo y el respeto a un orden racional con el que la mayoría pueda vivir y trabajar y, eventualmente, disfrutar ambas cosas en paz. El resultado es una despersonalización que mimetiza extrañamente la obra de arte y a primer golpe de vista le permite lucir contemporánea a pesar de su falta de originalidad, sea en Berlín o en Estambul, y satisface la vanidad del artista, corroborando la vigencia de lo que el suizo Alain de Botton ha denominado la «ansiedad por el estatus», un síndrome tan antiguo como el ser humano, no del todo ausente entre los animales. Algo muy grave es que el público haya terminado por creer en la idoneidad de dichos formulismos y convertirse en puente para que tales premisas invadan los ámbitos nacionales, validándose con el amarillismo de la publicidad, un equivocado sentido de la lucidez, y un distorsionado compromiso social que malinterpreta la ética profesional, términos y palabras cuyo manoseo les ha desvirtuado su significado. Sin embargo, se trata de un espejismo. Todo ello no conduce sino a prolongar el juego del oportunismo artístico sustentado en el subdesarrollo y someterse a él aunque se haga uso de la tecnología y sea mayor la capacidad adquisitiva, dos cosas que proporcionalmente representan menos de lo que tuvieron nuestros antepasados, a causa de las exigencias interminables y las necesidades de la vida moderna, esa que nos empujan desde afuera.
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* * * * Somos América Latina y personificamos todo lo que nuestros escritores, artistas, arquitectos, filósofos, etc., etc., han dicho que somos, pero sólo unos cuantos han podido —o sabido— sacar partido de ello. El primer mundo les ha abierto sus puertas como excepciones más que como regla. Con dichas excepciones nos pagamos a nosotros mismos y aceptamos nuestra mediocridad sin remordimiento, y renunciamos a aprender lecciones o emular ejemplos. Así, el artista contribuye al deterioro social, a la corrupción cotidiana y egoísta, y sin dolor de ninguna clase vende su integridad a la idea de que cuando se es artista no hay otra forma de salir adelante. |
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