ENTRE LA ESPADA Y LA PARED
El arte de America Latina
desde la perspectiva
de un mundo globalizado.
 


Por Félix Ángel
Imágenes cortesía del Centro Cultural del BID

Desde su experiencia de muchos años como artista y curador, Félix Ángel analiza el arte de América Latina en sí mismo y dentro del panorama mundial. Una visión transparente, crítica, dura.

 


FÉLIX ÁNGEL (Medellín). Estudió arquitectura en la Universidad Nacional. Artista plástico con más de cien exposiciones individuales y 250 colectivas en las Américas y Europa. Autor de tres libros (incluyendo la novela Te quiero mucho poquito nada), y más de 200 artículos y ensayos. Curador de 60 exposiciones internacionales. Director-curador del Centro Cultural del BID, Washington, D.C. Editor de la sección de Arte de América Latina para el HLAS (Handbook of Latin American Studies) de la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos de América. Comisionado para las Artes y las Humanidades de la Ciudad de Washington, donde vive desde 1974.

    

    En América Latina son numerosos los artistas que a lo largo de cinco siglos han enriquecido con su trabajo la tradición cultural que heredamos de la colonización europea y conciliado en ésta un pasado que, resquebrajado y maltratado en muchos casos, permanece vigente en la memoria de segmentos importantes de la población aborigen y mestiza. Que dichas expresiones sumadas correspondan a una veintena de países de habla castellana, parecería ser razón suficiente para esperar una mayor presencia y representatividad en eventos de carácter internacional. Tanto en el pasado como en el presente, sin embargo, la participación de artistas de la región y el reconocimiento brindado a ellos en algunos de dichos eventos han sido en muchos casos contraproducentes porque, a veces sin querer y otras veces queriendo, han contribuido a crear estereotipos que el público en general ha incorporado con avidez en su repertorio de convencionalismos, atribuyendo equivocada e indistintamente características comunes a muchos países que, bien sabemos, aparte del idioma poco tienen en común.
    Una de las razones de esta singularidad es, obviamente, el hecho de que los países latinoamericanos comparten problemas económicos y sociales que todavía no los han dejado acceder al umbral del desarrollo. La relación entre desarrollo y prestigio nunca ha sido tan evidente como en este momento, cuando el mundo se enfrenta al fenómeno de la globalización. Y aunque hace cincuenta años eran numerosas las zonas del planeta que podían considerarse tercermundistas, el mapa actual muestra un realineamiento que pone en evidencia la inhabilidad de algunas de esas zonas para superar ciertos problemas socioeconómicos y aun políticos. América Latina es, infortunadamente, una de ellas.
    Ser tratado como un bloque con características comunes no ha parecido preocupar mucho, por lo general, al latinoamericano y menos al artista, sobre todo cuando se ha tratado de mendigar un espacio en eventos como la Bienal de Venecia. Al contrario, siempre se ha ufanado de sacar partido de la desventaja, en todo sentido. Consecuentemente, se le ha tratado como «el convidado pobre», término con el que la agencia de noticias France Presse calificó la participación hispanoamericana en el Festival de Cine de Venecia del año pasado, con sólo seis películas entre las 170 proyectadas, sin que ninguna formara parte del grupo de las 21 nominadas a concurso en la sección oficial. Es oportuno entonces preguntarse, así sea a cuento de curiosidad, por qué la mayoría de los artistas latinoamericanos toman esta condición con cierta complacencia, reaccionando sólo cuando surge un comentario poco halagador como el mencionado, mientras se ufanan del precario inventario de bondades provinciales, esa lista de nimiedades estadísticas que algunos sacan a relucir y comparten con los demás en correos electrónicos cuando no tienen nada que hacer.

    

Aunque las artes visuales y plásticas de Occidente pueden reclamar para sí la contribución de talentos como Joaquín Torres García, Rufino Tamayo y Wifredo Lam, para nombrar apenas tres de los grandes artistas del siglo XX, la presencia de América Latina en los eventos artísticos internacionales, como representantes de un conglomerado de cerca de 400 millones de personas, sigue siendo, en el mejor de los casos, una curiosidad. En el peor de los casos, como en el de Matta, por ejemplo, razón suficiente para desligarlo como figura de la región y agruparlo con su contraparte, los surrealistas franceses, como por muchos años dio a entender la colocación de su trabajo en las galerías permanentes del Museo de Arte Moderno de Nueva York.
    No obstante el genio de artistas como los mencionados, por un buen rato su trabajo es y seguirá siendo la excepción más que la regla y, por ende, prueba fehaciente de que a la mayor parte de los países de la región les falta todavía mucho para madurar y entender que los retos de la civilización son más complejos de lo que creen. Una cosa es cierta: mientras el artista en América Latina no asuma su destino con más carácter, desarrolle un trabajo diferente del que se ha acostumbrado a realizar en las últimas décadas y prescinda del demagógico despliegue de crudeza que tanto le atrae, justificándose con la hiperbólica mediocridad o incongruencia de nuestras realidades, el arte continuará padeciendo de inferioridad colectiva y considerado derivativo de cualquier otra expresión más avanzada.
    
Es el trabajo de personas excepcionales con nacionalidad propia —y no el gentilicio anodino de «artista latinoamericano» que el público utiliza frecuentemente con la boca llena y es motivo de orgullo parroquial en las tertulias de garaje— lo único que, con derecho propio y sin vergüenza, manifiesta lo mejor a que puede aspirar a ser la comunidad latinoamericana en su conjunto. Gracias a esas figuras la región puede ocupar en ocasiones la primera fila en algún lugar de nuestro planeta, como la Academia Sueca de las Letras, o por lo menos la segunda, como sucedió en el concurso para los edificios del nuevo Freedom Tower, en Nueva York.
    Mientras tanto, la imagen de la región y la de los países que la conforman sigue sufriendo el impacto de esa gran mayoría de artistas que se regodean con las exageradas incompetencias de nuestros desórdenes sociales, las deficiencias de las estructuras y sistemas económicos y la corrupción de los sistemas políticos. Por sabido se calla que es mucho más fácil detenerse a criticar lo malo que plantear soluciones, como también lo es destruir en lugar de construir, porque en ambos casos es necesario hacer un esfuerzo. Mientras la propia sociedad no subsane sus deficiencias humanas, y los artistas no ayuden a corregirlas en lugar de limitarse a señalarlas al infinito y explotar la negatividad intrínseca que poseen, proponiendo al mismo tiempo con originalidad soluciones con las que se podría mejorar la situación en general o vislumbrar un mejor destino, en el arte de la región se perpetuará la incapacidad para merecer un trato con el mínimo de decencia a que tendría derecho, no importa cuánto se proteste y se exija cada vez que se pierde una oportunidad. Así se lograría establecer un foro más equilibrado para validar la expresión artística como una alternativa a la que otros grupos humanos proponen en los momentos de discutir el tema. De lo contrario, el arte de América Latina, como producto de la incapacidad para sobreponerse a los problemas o simplemente como reflejo de ellos, se mantendrá en el fondo del saco del subdesarrollo.
    El trabajo del verdadero artista no ha sido nunca imitar la realidad sino observarla desde un solo ángulo y reinventarla. El interés esporádico del mundo desarrollado por América Latina, o la parte del mundo que se considera dueña —sin ningún cuestionamiento— de «la escena artística» y determina qué expresiones artísticas están dentro, cerca o fuera de su círculo, excluyendo lo que no le interesa en un momento dado, es más cíclico que recurrente. América Latina rara vez ha sabido despertar y aprovechar las circunstancias para tomar ventaja de la posibilidad de afianzar una personalidad basada en las fortalezas, cualesquiera que éstas sean. En su lugar, con gran pasividad, facilismo, falta de autoestima y hasta negligencia ha preferido alardear de las debilidades, esperando en vano que la lástima lleve al respeto. La práctica de la verdad casi siempre permite admirar a quienes en condiciones adversas valientemente la ejercitan por convicción, pero genera desprecio hacia quienes lo hacen sólo por necesidad o conveniencia.
    Como resultado, las representaciones de América Latina en los eventos internacionales casi nunca se convierten en opciones para dicha escena. En el mejor de los casos, sólo invitan al público a practicar la prudencia, cuando no la condescendencia. Rara vez nuestra región se impone con la «realidad descomunal» o el «manantial de creación insaciable» a que García Márquez hizo referencia en su discurso al recibir el premio Nobel de literatura en 1982.

 

    Es cierto que en el pasado el interés paternalista del primer mundo hacia América Latina ha carecido de espontaneidad y es el resultado de coyunturas específicas. La región siempre ha sido cortejada cuando es conveniente evitar que caiga en el otro bando, llámese guerra mundial, guerra fría o terrorismo, con la actitud romántica o la determinación cínica del amante que sabe que tarde o temprano logrará su cometido, por las buenas o por las malas, cuando no convencido de que en última instancia podrá comprarla, como hacen ahora las corporaciones —una nueva forma de conquista—, para que sirva como celestina del consumismo disfrazado de panacea social o ajusticiador de ideologías fracasadas, cuando no de la clase media, blanco preferido de las élites y el populacho.
    El artista —y en consecuencia el arte— de América Latina se encuentra «entre la espada y la pared». Una de las mayores preocupaciones mientras arrastra su condición de subdesarrollado, de la cual no puede desprenderse aunque quiera, es alcanzar el éxito y el reconocimiento. Para conseguirlos está dispuesto a sucumbir a cualquier tentación, y por eso termina manufacturando un resultado que en su esencia está impedido para sobreponerse a la manipulación y el sensacionalismo que desde la segunda mitad del siglo XX han promovido los encuentros y las ferias de arte, confirmando la premonición «warholiana» de lograr ser famoso por quince minutos. Sin generalizar, parece haberse entregado a su suerte con resignación, abrazando incondicionalmente el desagradable y aburrido catálogo de actitudes inducidas por las singularidades propias del primer mundo, que perpetúan la imagen de deterioro y mediocridad de la región popularizada por toda clase de documentales y noticias internacionales. Su desvarío de todas maneras se corresponde con la neurosis permanente con que la politiquería nos ha contagiado a todos, agravando la falta de voluntad para llegar a un consenso que señale el comienzo y el respeto a un orden racional con el que la mayoría pueda vivir y trabajar y, eventualmente, disfrutar ambas cosas en paz.
    El resultado es una despersonalización que mimetiza extrañamente la obra de arte y a primer golpe de vista le permite lucir contemporánea a pesar de su falta de originalidad, sea en Berlín o en Estambul, y satisface la vanidad del artista, corroborando la vigencia de lo que el suizo Alain de Botton ha denominado la «ansiedad por el estatus», un síndrome tan antiguo como el ser humano, no del todo ausente entre los animales. Algo muy grave es que el público haya terminado por creer en la idoneidad de dichos formulismos y convertirse en puente para que tales premisas invadan los ámbitos nacionales, validándose con el amarillismo de la publicidad, un equivocado sentido de la lucidez, y un distorsionado compromiso social que malinterpreta la ética profesional, términos y palabras cuyo manoseo les ha desvirtuado su significado.
    Sin embargo, se trata de un espejismo. Todo ello no conduce sino a prolongar el juego del oportunismo artístico sustentado en el subdesarrollo y someterse a él aunque se haga uso de la tecnología y sea mayor la capacidad adquisitiva, dos cosas que proporcionalmente representan menos de lo que tuvieron nuestros antepasados, a causa de las exigencias interminables y las necesidades de la vida moderna, esa que nos empujan desde afuera.
   
    Tratar de «estar al día» siempre ha sido la tentación más fuerte para el artista ansioso por la contemporaneidad. Preocupan mucho la actitud del artista actual y la facilidad que le permite disfrazarse como tal, y las libertades que se toma simplemente por ese complejo de inferioridad que padece y la ansiedad de formar parte de la escena artística, ya mencionada varias veces. De nuevo, se ha de reconocer que hay excepciones que confirman la regla, pero esto no significa que la mayoría esté abocada sin remedio a utilizar los manierismos que tienen su explicación en las particularidades de sociedades más avanzadas o más viejas, probablemente porque le son inherentes o inevitables, o quedarse sin alternativa para adoptar un papel distinto del de producir un arte que utiliza la guerra, la violación de los derechos humanos, la destrucción del medio ambiente, la demagogia social y las fechas críticas en la vida de otros desde la rutina de una existencia personal mediocre, con el fin de criticar todo con buena dosis de fanatismo anárquico esgrimido como estandarte para proclamar la vigencia del momento histórico.  América Latina —y también el mundo— se beneficiaría de un arte más optimista, o por lo menos más lúdico. Es increíble el desprestigio que padecen en el presente los valores puramente visuales, más en esta región que en el resto del mundo. Tal desprestigio conforma una de las peores crisis de la historia. No faltará quien diga que la crisis es parte del continuo devenir del destino y siempre estará con nosotros. A dicha persona le concederé el punto. La diferencia es que la crisis actual de los valores visuales se extiende a otras manifestaciones relacionadas indirectamente con aquéllos, como la urbanidad, el gusto, los modales, la ética del comportamiento público en situaciones colectivas, hasta la higiene, todo «dizque» por el triunfo de la individualidad y la informalidad, lo cual hace presentir un descalabro progresivo y una degradación todavía mayor de las cualidades que permiten al ser humano considerarse tal.
    La gente —incluidos los artistas, por supuesto— está obsesionada por sus derechos pero no quiere que nadie le recuerde sus obligaciones. Para aquellos que entienden la vida a través de la experiencia de las imágenes, es alarmante que éstas y aquéllas pierdan cada vez más su importancia y posición dentro de la jerarquía de lo culto, o mejor aún, de lo que debe cultivarse. Más aún preocupa que la obra de arte, escudada en una cómoda interpretación de la libertad de expresión, glorifique el desvarío de su discurso conceptual, anclado claro está en la inevitable vinculación con un entorno social cuyo denominador común es la negatividad hacia la experiencia altruista de vivir. Preocupa realmente que el arte se deleite con la pobreza de sus contenidos y atrofie, casi en forma programática, la capacidad de estimular los sentidos utilizando una retórica cuasipolítica, del mismo modo que el abuso encuentra justificación en el fundamentalismo.
    Si los artistas de América Latina tuvieran todos una extraordinaria capacidad para expresarse verbalmente y dilucidar el pensamiento, podría esperarse que el asunto tomase un giro menos decepcionante. Pero a juzgar por la evidencia que a diario nos entrega la electrónica, la mayoría apenas sabe leer y escribe con dificultad. Se ha llegado a un extremo casi infantil de creer que la intención del arte es lo que cuenta, mientras se aboga por el sacrificio de los sentidos simplemente por la incapacidad o la conveniencia para no desarrollarlos. El infierno, reza el dicho, está lleno de gente con buenas intenciones.

 

* * * *

Somos América Latina y personificamos todo lo que nuestros escritores, artistas, arquitectos, filósofos, etc., etc., han dicho que somos, pero sólo unos cuantos han podido —o sabido— sacar partido de ello. El primer mundo les ha abierto sus puertas como excepciones más que como regla. Con dichas excepciones nos pagamos a nosotros mismos y aceptamos nuestra mediocridad sin remordimiento, y renunciamos a aprender lecciones o emular ejemplos. Así, el artista contribuye al deterioro social, a la corrupción cotidiana y egoísta, y sin dolor de ninguna clase vende su integridad a la idea de que cuando se es artista no hay otra forma de salir adelante.
    Atravesamos un momento en el que el arte, nuestro arte, debe abrirse a la reflexión de lo que no somos para darle la oportunidad de ser, y dicha reflexión corresponde a cada uno de nosotros. Si lo visual no nos permite expandir nuestra capacidad sensorial y a su vez ayudarnos a convertirnos y convertir a los demás en mejores seres humanos, ¿el arte y los sentidos para qué? Permitamos que el arte cumpla con su cuota de hacernos mejor y, por ende, mejorar la sociedad en lugar de estar argumentando sus aberraciones con la repetición de lo que todos conocemos de sobra, mientras justificamos en un monólogo sin fin nuestra falta de nobleza, y les echamos la culpa de nuestras frustraciones a las limitaciones y carencias económicas, cuando deberíamos comenzar por reconocer la pereza, la falta de disciplina e insinceridad que gobierna en general nuestras acciones. Los artistas deben hablar menos, sentir más y trabajar mejor. Con su ejemplo, otros grupos de la sociedad podrían vislumbrar una mayor esperanza por el futuro, encontrando en el arte otras cosas que la vida en este momento no les da.
    Debemos avanzar primero con la imaginación y luego desarrollar percepciones que no dejen morir nuestros sentidos para ver si podemos elevar la dignidad en lugar de pisotearla, como si no quedara otro recurso para satisfacer nuestro destino. De otra manera este mundo, como tantas veces ha afirmado José Saramago, continuará siendo un desastre, y perderemos la motivación para luchar con la perspectiva de aspirar a lo que otros ya han merecido por su esfuerzo, no porque simplemente piensen que se lo merecen.

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