NÚMERO 49

Director: GUILLERMO GONZÁLEZ URIBE
Gerente - Editora: ANA CRISTINA MEJÍA
Diseño y diagramación: LEMOINE COMUNICACIÓN
Secretaria ejecutiva: MAGDA SANDOVAL
Supervisión de distribución: DAVID INFANTE
Suscripciones: CONSUELO VALBUENA
Corrección: ELKIN RIVERA
Impresión: PANAMERICANA FORMAS E IMPRESOS S.A.

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Distribución y ventas: Revista Número y Distribuidoras Unidas

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Miembros de NÚMERO: William Ospina, poeta; Antonio Morales, periodista; Ana Cristina Mejía, traductora; Guillermo González Uribe, periodista; Luis Ángel Parra, editor; Liliana Tafur, periodista;
Lucas Caballero, periodista, Liliana Vélez, filósofa; Víctor Laignelet, pintor; y Carlos Duque, publicista.

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Tarifa Postal Reducida Nº 1368 de Adpostal. Vence en diciembre de 2002
ISSN 0121-7828
· Licencia del Ministerio de Gobierno Resolución: 1237 de 1993
Corporación Revista Número según Resolución 023 del 19 de enero de 1995.

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© 2005 Número. Prohibida la reproducción parcial o total de los materiales de esta revista
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RADIOS CULTURALES
Bogotá, 2 de mayo del 2006

Estimados amigos: Una de las mejores cosas que le han sucedido a la radio cultural en los últimos años ocurrió el pasado lunes 1° de mayo. Ese día, y durante toda la jornada, los estudiantes de comunicación social de la Universidad Javeriana decidieron, en sus palabras, «tomarse la emisora». Desde luego, el acto fue menos subversivo que la forma como se anunció: los libretos pasaron por un control de calidad y todo el material sonoro se entregó 48 horas antes, quizá para evitar malas sorpresas. Pero, de fondo, la idea de «tomarse la emisora» por parte de un grupo de jóvenes inquietos responde a un descontento generacional con la manera como se está haciendo cultura en la radio capitalina. Si bien es cierto que la radio juvenil pasa por un momento de crítica monotonía, la radio cultural en Bogotá (Medellín es un caso diferente) tampoco ha propuesto nada nuevo en los últimos años. Sus contenidos son profundos, sin duda, pero sus emisiones carecen de agilidad. Creo que una de las razones por las cuales salió del aire la HJCK (aparte de la irresistible oferta económica hecha por el Grupo Prisa) fue el hecho triste de que la emisora se estancó en su formato y fue perdiendo vigencia en asuntos cada vez más importantes, como la producción sonora. Hasta hace poco, lo que uno escuchaba era un locutor de voz ceremoniosa con las inalterables frases «Acabamos de escuchar…» y «A continuación escucharemos…». Seamos sinceros: no es el modo más atractivo de ofrecer cultura. Así que los estudiantes de la Javeriana lanzaron su propuesta, basada en los géneros musicales de su interés pero también en los conocimientos adquiridos de producción sonora. Los formatos fueron más ágiles, en ocasiones chocantes para oídos convencionales, pero ese choque no es ajeno a cualquier forma nueva en el arte o la comunicación. Con nociones básicas de periodismo entrevistaron a figuras que iban desde el grupo de rock Aterciopelados hasta una anónima vendedora de arepas del barrio La Candelaria. Y en cuanto a la programación musical, dejaron en claro su preferencia por géneros como el dub y el tango electrónico. Uno de los momentos más ingeniosos surgió cuando en el espacio de jazz nos pusieron a caminar, con la ayuda de efectos de sonido, por las calles de Nueva York hasta llegar al Lincoln Center. Desde luego hubo otros instantes de mucha ingenuidad, como cuando una locutora anunció que presentaría piezas musicales del Brasil poco conocidas en el exterior, y enseguida sonó una canción de Tom Jobim (acaso, entre los músicos brasileños, el más popular internacionalmente). Y, aquí entre nos, a veces llegaron a sentirse ciertos tonos «gomelos», acusando una influencia de las presentadoras de farándula de noticieros. Pero tal vez este tipo de tropiezos tenga mucho que ver con el verdadero sentido de la radio universitaria. Más allá de la búsqueda de una supuesta perfección, que termina en acartonamiento, la radio universitaria debe ser ese espacio de experimentación que permite que los estudiantes vayan encontrando su propio estilo. El gran músico de jazz Charles Mingus llamaba a sus bandas «talleres». Sabía que en cada concierto podían suceder sorpresas, buenas y malas, y luego dedicaba tiempo con sus músicos a la discusión sobre lo acontecido. Ese es el espíritu. Ese ha sido el contraste con otras estaciones, como la de la Universidad Jorge Tadeo Lozano, que tiene la política tácita de no permitir la participación de sus estudiantes porque, según me dijo una vez en privado uno de sus directivos, «los estudiantes dañan la emisora». Las últimas horas de aquella emisión del 1° de mayo se dedicaron a experimentos que tenían menos que ver con la música que con lo que se ha llamado «arte sonoro». Es difícil de explicar con palabras, pero se trata de juegos que aprovechan fragmentos musicales, efectos de sonido, lecturas de poesía e incluso el puro y físico ruido para transmitir diferentes sensaciones. No diré que lo entendí todo, pero me agradó saber que en aquel «taller» también hubo espacio para ese tipo de comunicación que va más allá de las palabras. Ojalá que se repitan experimentos como éste, recordándonos que no todo está inventado y apuntando hacia una verdadera alternativa a tanta radio insulsa que los jóvenes de ahora están obligados a escuchar.

—Juan Carlos Garay a través de www.esferapublica.org/nfblog/

 

José Carreras y Plácido Domingo
Bogotá, 14 de abril del 2006

Amigos de Número: Una historia de amistad. Una historia que quizás pocos conocen... Se refiere a dos de los tres tenores —Luciano Pavarotti, Plácido Domingo y José Carreras— que emocionaron al mundo cantando juntos. Aun los que nunca visitaron España, conocen la rivalidad existente entre los catalanes y los madrileños, ya que los catalanes luchan por su autonomía en una España dominada por Madrid. Pues bien, Plácido Domingo es madrileño y José Carreras es catalán. Por cuestiones políticas Carreras y Domingo se volvieron enemigos en 1984. Siempre muy solicitados en todas partes del mundo, ambos hacían constar en sus contratos que sólo se presentarían en determinado espectáculo si no invitaban al adversario. En 1987, a Carreras le apareció un enemigo mucho más implacable que su rival Plácido Domingo. Lo sorprendió un diagnóstico terrible: ¡leucemia! Su lucha contra el cáncer fue muy sufrida. Se sometió a varios tratamientos, además del autotransplante de la médula ósea y el cambio de sangre que lo obligaba a viajar una vez por mes a Estados Unidos. En estas condiciones no podía trabajar, y a pesar de ser dueño de una razonable fortuna, los altos costos de los viajes y del tratamiento debilitaron sus finanzas. Cuando no tuvo más recursos económicos supo de la existencia de una fundación en Madrid cuya finalidad única era apoyar el tratamiento de leucémicos. Gracias al apoyo de la Fundación Hermosa, Carreras venció la dolencia y volvió a cantar. Recibió nuevamente los altos elogios que merecía y trató de asociarse a la fundación. Al leer sus estatutos, descubrió que el fundador, mayor colaborador y presidente de la fundación era Plácido Domingo. Luego supo que éste había creado la entidad, en principio, para atenderlo y que se había mantenido en el anonimato para que no se sintiera humillado por aceptar auxilio de su «enemigo». De lo más conmovedor fue el encuentro de los dos... Sorprendiendo a Plácido en una de sus presentaciones en Madrid, Carreras interrumpió el evento y humildemente, arrodillándose a sus pies, le ofreció disculpas y le agradeció en público. Plácido lo ayudó a levantarse y con un fuerte abrazo sellaron el inicio de una gran amistad. En una entrevista a Plácido Domingo, la periodista le preguntaba por qué había creado la Fundación Hermosa en un momento en que, además de beneficiar a un «enemigo», había ayudado al único artista que podría hacerle competencia. Su respuesta fue corta y definitiva: «Porque no se puede perder una voz como esa...». Esta es una historia real de la nobleza humana, que debería servirnos de inspiración y ejemplo...

—Fernando Duque

 

LETRAS FRANCESAS Y COLOMBIANAS
UN ADIÓS A MARC

Marc Sagaert, activista cultural que le dio un sello propio de hiperactividad a su labor, se desempeñó como agregado cultural de Francia en Colombia durante tres años. Sin duda, las acciones culturales de la embajada de Francia, desde hace varios años, constituyen el aporte más grande de cualquier otro país al devenir cultural nacional. Los cafés literarios, junto con el grupo Mapa Teatro; la presentación de artistas de talla internacional; la exposición sobre los cafés literarios; las separatas sobre literatura francesa en revista Número, y otras publicaciones de textos e imágenes con diversas editoriales, son apenas una muestra de los trabajos que coordinó Marc durante su paso por nuestro país. Se despide con un trabajo inédito: la publicación de una edición especial, en francés y en español, de Les lettres françaises. La legendaria revista que dirigió Aragón a partir de 1953 está dedicada en el mes de julio a Colombia. Según lo señaló el escritor Fernando Toledo, en la presentación de la edición en español, es la publicación más importante y de mayor tiraje que se ha hecho en Francia sobre la cultura colombiana. Trae textos sobre la novela, la poesía, el teatro, las artes plásticas, los talleres de arte, las revistas culturales, la fotografía y la danza en el país, escritos por destacados exponentes de las diversas artes. Un saludo, entonces, para Marc, deseándole suerte en su nueva morada en México, desde donde promete no romper sus lazos con la cultura colombiana.

—Revista Número

LAS ARTES, LA NOCHE Y EL CÍRCULO POLAR
Madrid, diciembre del 2005

Señores editores: ¿Qué piensa cuando por una carretera estrecha y nevada aparece de pronto un pequeño monumento en que se ve el mundo y en el que se lee: Aquí empieza el círculo polar ártico. Bienvenidos? Lo que siente cuando descubre que si los renos meten la cabeza en la nieve es para escarbarla y llegar debajo, donde les espera una suculenta ración de hierba fresca. A continuación se pretende dar cuenta de un viaje, un festival y un montaje. Abrió el festival un saltimbanqui nórdico que escupía fuego y hacía movimientos angelicales o cabriolas endemoniadas en medio de la nieve. Su figura, en plena blancura absoluta en la plaza León de Greiff, era algo para no olvidar. El actor sólo violó el silencio de la noche (eran las cuatro de la tarde) cuando terminó su presentación y una música de violines acompañó a los espectadores mientras se dispersaban por el pueblo comentando el espectáculo camino de sus casas. Estamos en Suecia, en el Festival de la Noche en Korpilombolo, pleno círculo polar ártico. Los foráneos no esperábamos tanta calidez humana en semejante frío; tanta blancura de la nieve en medio de la noche oscura y larga. Pero cuando salía el sol ocurría el espectáculo mayor, la orgía de los colores. El público agradecía la calidad de las obras que el festival les ofrecía: poesía, teatro, cine, danza, pintura, fotos, etc. Habíamos acudido al evento artistas de Europa, Asia y Latinoamérica. La cita era a partir del 1 de diciembre para cerrar el 13 del mismo mes, cuando se celebra la fiesta de Santa Lucía, importantísima en la mitología escandinava: la noche más larga. Por eso todas las manifestaciones artísticas que allí pasaron tenían la noche como trasfondo o motivo de inspiración, directa o indirectamente: el jazz o la música propia de esta región —situada al norte, en la frontera con Finlandia—, el teatro Noh japonés, los numerosos poetas, los ciclos de cine, las instalaciones y las veladas gastronómicas, entre otras. La maravilla de la naturaleza, la capacidad del hombre para adaptarse y transformarla, la cultura del frío extremo y la necesidad vital del arte en estos parámetros, convertían en una curiosidad el ver las Burger King y las Pizza Hut de turno conviviendo con la aurora boreal. No se salva ni Dios. Este es un festival pequeño y no habitual que tiende a más. Empezó como un encuentro de literatos en torno a la figura y la poesía de León de Greiff, nieto de una familia de nobles suecos que en 1825 emigraron a trabajar a las minas de oro a Colombia y se instalaron a «vivir, crecer y multiplicarse» en la región de Antioquia para no regresar jamás a su Escandinavia natal. El susodicho nieto, que murió en 1976, se abrazó al idioma español y a la poesía y nunca más se desprendió de ellos. Muchos libros y premios avalan su estatura poética y el perfil literario de su obra, mezcla de melodía sueca y sonido tropical. Julián Vásquez, literato de la Universidad de Estocolmo y director del festival, ha hecho que lo que en principio era una fiesta de las letras haya traspasado sus propias fronteras y ahora sea un festival de las artes. Por él, y con el apoyo decidido del Instituto Cervantes y su director en Estocolmo, Gaspar Cano, se invitó a este cronista fue invitado a realizar la puesta en escena de un espectáculo de formato medio con un grupo de teatro independiente de la región: el Tornedalsteatern. El trabajo consistiría en llevar a la escena algo que tuviera como límites y trampolín a don Quijote y la noche. Una vez allí, y a partir de elementos de creación colectiva y del teatro de los sentidos y música, nació el espectáculo: La primera noche del caballero. Se puede resumir en una interrelación de textos de la novela (en su traducción al sueco) con imágenes que revelan las alucinaciones de desvarío, gloria y ruina que el personaje padece entre sueño y vigilia la noche que pasa en claro velando las armas. Antes del amanecer, un ventero lo nombra «Caballero» en un patio con gallinas y perro flaco. Allí, esa noche, nace el personaje con el nombre que lo hará famoso en la literatura mundial. Nuestra función se representaba junto a la proyección de trozos del Quijote de Orson Welles y un breve recital de poetas españoles traducidos al sueco: Luis Cernuda, Vicente Aleixandre, Federico García Lorca, etc. Con este programa se reinauguraba el teatro de Korpilombolo, remodelado para la ocasión, después de varios años cerrado por ruina. Cierto pudor me acompaña a la hora de escribir este artículo. No está bien visto ser juez y parte. Pero me urge y lo cuento, por que cuando estaba allí, con los ojos como platos, comprendía que valía la pena «dar caña» y hacer teatro si uno cree en lo que va a contar. Que con el arte se pueden saltar kilómetros y kilómetros de tierra, agua y nieve para luego aterrizar en algún lugar situado entre el cuerpo y el alma de los espectadores; unos señores y señoras que hablan otra lengua, pero que entienden lo que se les quiere decir, miran agradablemente extrañados el espectáculo de un loco iluminado que como no podía cambiar el mundo, se cambió el nombre él, y empezó a cambiarles el nombre a las cosas y a las personas, porque pensaba que así las cosas y la gente empezarían a cambiar. La bacía sería yelmo, Dulcinea sería bella, las posadas serían palacios, etc., etc. Despegó el avión y en la punta del ala, abajo, quedó la imagen de Estocolmo y de los amigos. Una semana después la academia sueca otorgaría, en esa ciudad, el premio Nobel de literatura a otro hombre de teatro insigne: el dramaturgo Harold Pinter.

—Carlos Bernal

NO VOY EN TREN, VOY A PIE
Bogotá, abril del 2006

Dos ciudades, Buenos Aires y Resistencia, respiran el olor amargo del mate y visten sus mejores galas en esas noches de tango que algunos bares tienen a bien conservar. Pero se trata de dos argentinas, la que aparece ineludible y trágica en el día a día, y la que les ofrece el tango como un intento de dignidad. La escena se repite desde hace décadas a orillas del Río de la Plata: los tacones golpean el piso y el brillo de anillos y sombreros destella en ese ambiente oscuro. Hay movimientos independientes, pero todos se mueven por los mismos hilos, por la melodía que los guía desde tres instrumentos. Parece un baile de disfraces: las mujeres llevan tacones muy altos, dorados y con cuerdita atada al tobillo. Medias veladas de malla y prendedores vistosos. El segundo piso del lugar está atestado de libros y el primero, ese piso de baile, se mueve en una atmósfera de humo y de vestidos gastados, con un aroma viejo a naftalina. Sus pasos son decididos y las piernas se entrelazan, avanzan, se arrepienten, a la espera de ese final en el que la mujer se desmadeja en brazos de su pareja. Afuera pasan los últimos buses destartalados y ya regresan a casa los repartidores de volantes —que son tantos, cuantos almacenes alberga este lugar. La brisa eriza los brazos desnudos de los transeúntes, que reciben el invierno con incredulidad. En estas tierras de verano ardiente, sólo se acepta su final anual cuando ya los huesos se hielan. Adentro se niegan también al paso de ese verano tanguero y dejan al descubierto los brazos flácidos, con vestidos vistosos, como si así recuperaran la lozanía, el donaire, la dignidad perdida en esta tierra gaucha tan distinta de la que vio nacer el siglo XX. Avanzan sobre la pista de baile, pero se devuelven, desandan el camino hecho, dudan. Tal vez este París latinoamericano es una réplica, una proyección de cine que termina por desgastarse, por limar sus engranajes hasta caerse a pedazos. Esta celebración en un bar perdido del inmenso Buenos Aires recuerda la fiesta a la orilla del mar que inmortalizó Morel. Pero los individuos que ahora arrastran los pies sobre la pista de baile corresponden a los personajes que quedaron registrados, no son la imagen inmortalizada. Por eso se les nota ya el paso del tiempo y el desgaste en la suela de los zapatos. Ellos prosiguen en ese ritual perpetuo, tal vez con la imagen de épocas doradas, con el recuerdo de esa perdida aristocracia, de bailes suntuosos y del café Tortoni con sus mesitas afuera. El baile es aquí ritual que rememora y que perpetúa con una nostalgia que carcome, no motivo de fiesta y celebración. Tango, milongas, baile de octogenarios disfrazados con sus mejores galas: remedo caricaturesco de aquello que fueron, antes del miedo dictatorial de los años setenta, antes de la pobreza actual. Los tacones siguen la melodía, como una letanía, diríase que como una muletilla ahogada en momentos pasados. Seguro que al día siguiente pasearán por esos parques de arena rojiza cerca de Arenales, al lado de edificios inmensos de buhardillas al estilo parisino, por calles llenas de bolivianos, peruanos, paraguayos, ecuatorianos. A pesar del rostro gastado y venido a menos de esta ciudad portuaria, confluyen cientos de inmigrantes atestados en edificios abandonados que hieden a distancia. Premonitorio el cuento de Cortázar, porque es normal decir «esa casa de la esquina está tomada por inmigrantes». Se aglomeran como ratas en edificios abandonados —en busca de esa ciudad boyante del pasado—, mientras que los porteños permanecen encerrados en pasos de tango que los clavan en un pasado más vivo que su propio presente. Varias horas en bus hacia el norte, más allá de la Pampa y de las provincias que rodean la capital, los indígenas toba venden sus artesanías en una tienda de la ciudad fundada por inmigrantes italianos. Poco más de un siglo atrás, los indígenas trataron de sacar a los recién llegados y lucharon por impedir que se fundara allí la ciudad de los extranjeros. Pero los italianos no iban a migrar dos veces. Resistieron las hostilidades de los indígenas y crearon su pedazo de Trento, o de Sicilia o de Nápoles, en esas tierras húmedas y calurosas del Chaco. Fundaron su ciudad de edificios de tres pisos y calles embarradas, tuvieron sus hijos y españolizaron sus apellidos en la ciudad que bautizaron «Resistencia». Las vitrinas inmensas de almacenes, llenas de letreros promocionales y carteles de un andén a otro, configuran el centro de la ciudad que comprende unas diez manzanas. En el final del otoño las calles se untan de un barro aguado que se pega a todo. El cielo nublado y esa inmensa luna chaqueña iluminan un pueblo al margen de la historia, perdido en un terreno plagado de pantanos y zancudos, tan cerca de la París latinoamericana como de los países pobres de este continente estropeado. Las niñas bolivianas son carteristas profesionales y se recomienda a los turistas (eso sería demasiado optimista; digamos, más bien, a los forasteros) no cargar cámaras fotográficas, anillos, relojes. Se respira en las calles el empobrecimiento repentino de esta provincia, ya pobre desde antes de la crisis del cono sur. El forastero comprende, entonces, que no es vanidad la que respiran los poros argentinos, sino una necesidad de revivir una nación agonizante; no es en vano el paso firme de las mujeres que caminan en círculo en la plaza de Mayo —cada jueves desde hace décadas— con pañoletas blancas y carteles de hijos esfumados; por eso veneran a la férrea Evita, llena de flores y placas en su tumba. Ya quisieran todos que de repente saliera con su cabellera blanca y la determinación de liderar ejércitos. La hermosa y fúnebre necrópolis de Buenos Aires, el cementerio de la Recoleta, parece ser la Acrópolis, en tanto que mantiene viva el alma del porteño al recordarle ancestros nobles y belicosos. Y el resto de la ciudad, esa en la que viven los vivos, es una plétora de cuerpos vacíos, con las suelas gastadas de tanto repasar las calles con la determinación del que se sabe muerto antes de haber nacido. De camino hacia la imperdible tumba de Evita, una mujer contempla pétrea a los turistas con su perro desde lo alto de un mausoleo. Se trata de una joven cuyo padre ordenó la hechura de una tumba gótica posterior a su muerte.

—María Antonia García de la Torre

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