Diario de un gobernador secuestrado
Guilermo
Gaviria Correa
Bogotá, Revista Número Ediciones, 2005 (339 p.p.)
«ME
DUELE NO PODER ESCRIBIRLE A MI ADORADA YOLANDA…» (lunes
22 de abril de 2002); «Amor: los anteriores días hemos
escrito carta Gilberto y yo para ustedes, celebrando el Día
de la Madre...» (sábado 11 de mayo); «Amor:
hoy nuestra mente y alma están con ustedes, tus mensajes
retumban en mi cabeza y aunque separados sigo sintiendo que estamos
estrechamente unidos…» (domingo 12 de mayo, Día
de la Madre); «Amor,
buenos días…» (miércoles 22 de mayo); «Amor
mío…» (viernes 19 de julio); «Buenos
días,
vida mía…» (martes 18 de marzo de 2003); «Bueno,
amor mío, trataré de volverme a acostar; te envío
mi amor y besos. Buenas noches» (domingo 23 de febrero); «Amor
mío, buenos días. Voy a comenzar la clase de inglés
y luego te escribo. Besos…» (lunes 14 de abril).
«Amor mío, buenos días…» (lunes 28
de abril). Es el último mensaje. Los otros, escritos entre
el 29 de abril y la mañana del 5 de mayo, aquél seguramente
redactado tan sólo unas horas antes de que el autor cayera
asesinado por su captores, no se conocen.
Fechas. El secuestro se vive de fechas. Días. Horas. Minutos
largos. Hay que pensar el secuestro en días, uno tras otro. Éste,
del 21 de abril del 2002 hasta el 5 de mayo del 2003. En total, 380
días.
Guillermo Gaviria Correa escribe casi a diario. Notas. Escribe a mano.
Escribe en una letra pequeña, a veces difícil de descifrar.
Las palabras están divididas en tres columnas por página.
El papel escasea.
Las primeras notas del cautivo están llenas de resignación
cristiana, de sufrimiento por sus seres queridos, por su amigo y
su consejero de paz, Gilberto Echeverri Mejía, capturado junto
con él. «Gilberto es el compañero ideal para
esta jornada, sin embargo me entristece saber que está aquí por
causa mía, y que su familia, en especial Martha Inés,
sufre por su cautiverio…» (lunes 22 de abril).
Y entonces, el 28 de abril, oye el primer mensaje de su esposa, Yolanda
Pinto de Gaviria, por la radio. «Las declaraciones de Yolanda
nos emocionan, a mí especialmente; me hicieron sentir muy
orgulloso».
Desde ese día, Gilberto se levanta cada mañana con
la viva esperanza de oír a su esposa. «Hoy escuchamos
muy temprano un mensaje para Gilberto; Yolanda no envió mensaje,
o si lo envió no lo escuchamos. Ha venido lloviendo sin descansar».
Al oír la voz de Yolanda en el programa radial, frecuentemente
por medio de Cómo amaneció Medellín —una
aseveración en la ciudad, una incógnita en la selva— Guillermo
le empieza a contestar. Sus notas se convierten en cartas. El 11
de mayo, Guillermo comienza a dirigir sus notas formalmente a su
esposa. Son palabras escritas pero ahora también habladas. Él
ya no escribe para sí mismo. «Buenos días, mi
amor»,
escribe para ella, y es así como encuentra su voz, su pasión,
su optimismo, su certeza de que su campaña de la Noviolencia
tiene en esos instantes más razón de ser que nunca.
A través de Yolanda, indirectamente, se siente que Guillermo
Gaviria Correa está en contacto con Antioquia, con Colombia,
con el mundo. Son mensajes personales y no discursos políticos.
El gobernador impulsa a su esposa para que siga con el trabajo político
que habían comenzado juntos unos meses antes cuando él
llegó, con ella a su lado, a la gobernación de Antioquia.
Van 172 días de cautiverio, 153 desde que dirigió su
primera nota a Yolanda. «Como obra divina el comandante finalmente
accedió a nuestras solicitudes y nos contestó que se
había autorizado la salida de nuestras cartas; lo único
que falta es establecer cuál será el conducto, y lo
sabremos hoy o mañana».
Yolanda no recibe las notas y las cartas. Él las tiene. Y no
sería sino hasta el 12 de diciembre —otros 62 amaneceres— cuando
las Farc, a través de la Defensoría del Pueblo, enviaron
esta carta, con sus lotes, junto con unas otras cartas, y las notas
escritas hasta el día 31 de agosto.
El 30 de agosto, Guillermo escribe: «Tampoco hoy enviaste mensaje.
Todo indica que recibirán las cartas de los oficiales y suboficiales
mañana. A nosotros todavía no nos aclaran las reglas.
No desean las Farc que se sepa que los oficiales y suboficiales y
Gilberto y yo estemos juntos, han dado la orden de eliminar de las
cartas de los oficiales y suboficiales toda mención a nosotros.
Dios permita que pronto podamos hacerles llegar a ustedes noticias
nuestras».
El 31 de agosto: «Amor, buenos días. Hoy muy temprano
recogieron las cartas de oficiales y suboficiales. Hubieras visto
esto anoche y hoy en la madrugada, los muchachos escribiendo frenéticamente.
Peña envió 60 cartas. En fin, fueron muy juiciosos
y aun así les faltó tiempo».
Unas breves notas escritas entre el 1° de septiembre y el 31 de
marzo se hallaron en el lugar del operativo de rescate. Sin embargo,
las autoridades sólo se las entregaron a Yolanda en marzo
de 2005, casi dos años después. ¿Por qué?
El diario de esos días no se ha localizado. Las notas escritas
como cartas casi a diario, entre el 15 de marzo de 2003 y el 28 de
abril, se encontraron también en el campamento y se entregaron
a la viuda el 9 de mayo, cuatro días después del fallido «operativo
de rescate».
Las palabras de este diario, hablado en silencio, no son el recuerdo
de un secuestro, como lo son varios otros que se han escrito en Colombia últimamente.
Estas palabras están escritas desde el cautiverio. Cuando
el autor ya no redacta, no es porque ha terminado su relato, sino
porque ya no le queda vida para hacerlo. Terminan bruscamente. Terminan
sin fin. La última palabra, como tal, no se escribió.
El plagiado no se despidió. Sus palabras quedan en el aire. «Hoy
parece que llegaron víveres nuevos, por lo que tenemos expectativa
sobre lo que nos van a servir. Tarde en la noche llegó el
comandante. Buenas noches, amor mío» (lunes 28 de abril).
Al no tener sus palabras un destinatario inmediato y público,
lo que dice Guillermo se convierte en una radiografía de la
vida política en Colombia. Escribiendo sin que nadie lo oiga,
parece que se da más cuenta, ahí lejos en la selva
tupida, del mundanal ruido urbano. «Dulce amor mío… mientras
se caldean los ánimos y los medios logran su objetivo de elevar
el rating, yo pienso en la insensatez de las rabiosas declaraciones
de nuestros funcionarios públicos y militares. Nuestra historia
está llena de bravuconadas verbales que, a su vez, desenlazan
acciones y decisiones calenturientas que frustran las buenas intenciones
de gobernantes que perdieron el rumbo por permitir que sus coequiperos
cayeran en la red de la maledicencia… El otro aspecto relevante
de estos “boconazos” es el crédito que se le da
al hablar, muchos funcionarios creen que con decir algo es suficiente
para que se realice, o que con emitir un decreto o expresar una solución
ya se supera el problema» (lunes 10 de marzo).
Guillermo hace una crítica a la vida pública sin tener
un fin político. Escribe lo que cree. «Desde aquí es
claro que la mayoría de los comentarios que se hacen sobre
los comunicados de las Farc los hacen periodistas o funcionarios
y dirigentes que no conocen o han estudiado dichos comunicados. Lo
hacen más
influidos por las circunstancias que rodean el momento y zarandeados
por las curiosidades de entrevistador. No sorprende, entonces, la
capacidad distorsionadora que termina acompañando estas supuestas
explicaciones y sondeos de opinión» (miércoles
12 de febrero).
Ya después de más de un año en cautiverio, el
martes 15 de abril, le escribe a Yolanda lo siguiente: «Después
del mediodía hemos escuchado las declaraciones del presidente Álvaro
Uribe. Me parece que es una forma agresiva, arrogante y equivocada
de contestar a la posición de las Farc-EP. Creo que da a entender
que el presidente no está realmente dispuesto a hacer ningún
esfuerzo para el acuerdo humanitario… Para mí es una
posición desoladora, el presidente ha mantenido una posición
prudente en relación con la mayoría de temas delicados.
Pero en éste permitió que lo traicionara su carácter… Sobre
este tema del manejo del lenguaje escribí hace algunos días».
Guillermo siempre duda de las Farc. Desde el comienzo se da cuenta
de que los guerrilleros no comparten sus propios ideales. «La
Noviolencia tampoco parece haber significado nada para las Farc» (30
de abril). «Dulce amor mío. He reflexionado sobre las
Farc. Sin duda si la sociedad, y en especial la dirigencia, fuera
capaz de hacerse un análisis objetivo, reconocería
que son hijos de su accionar, el producto del funcionamiento de apariencia
que es la constante de nuestra frágil e hipócrita democracia…» (lunes
15 de julio). Pero no. La realidad es más dura. «Es
lamentable que las Farc escojan el camino del terror para tratar
de avanzar en su lucha, cada día pierden más terreno
y todo indica que son presa del narcotráfico y no al contrario.
Cada vez su accionar se asemeja más al de los capos» (viernes
7 de febrero). Finalmente, resignación. «Nosotros nos
hemos acostumbrado al ritmo de las Farc-EP, que es bastante más
lento que el de nuestros anhelos» (sábado 5 de abril).
Guillermo sigue las minucias de la política nacional e internacional.
La invasión de Iraq por parte del gobierno de Estados Unidos
lo tiene hondamente consternado. El lunes 24 de marzo, en los primeros
días de la invasión, ya sabe lo que va a pasar. «A
mí me parece que el ejército de Iraq defenderá posiciones,
pero va rumbo a convertirse en una especie de guerrilla estatal,
ejército
guerrillero. Esta mañana amanecí pensando que las fuerzas
angloamericanas son hábilmente conducidas hacia una emboscada
y a esto contribuyen su gran soberbia y su convicción de que
su poderío (enorme) es suficiente para apabullar al enemigo».
Y dos días antes, escribe esto: «Gilberto me cuenta
una noticia que revela bastante del alma estadounidense: a pesar
de que se invierten diariamente cerca de 20 millones de dólares
en propaganda para la guerra, la audiencia prefirió un programa
común llamado Friends. Mientras su gobierno da una batalla
que considera indispensable, la ciudadanía se interesa más
por sus entretenimientos cotidianos».
Al final, el gobierno nacional y el Ministerio de Defensa se esforzaron
por convencer a la nación colombiana, a boconazos, que en los
eventos que transcurrieron durante la llamada Operación Monasterio
en la selva de Murindó, en la mañana del 5 de mayo,
no hubo tiroteo, que los secuestrados no murieron en una batalla
campal entre la guerrilla y las fuerzas del orden, sino que la guerrilla,
los bandidos, asesinaron a sangre fría a los plagiados. Eso,
por lo menos, era buena propaganda política. Tal como lo informó el
cabo Viellard, al cual la guerrilla dio por muerto: «Por el
megáfono
gritaban que se entregaran, que les perdonaban la vida, pero no había
un solo guerrillero. Ya no había guerrilla, habían
salido hacía veinte minutos». Veinte minutos.
Hay que tratar de imaginarse esa escena. Al establecer, con esa soberbia
que Guillermo tanto criticaba, que los soldados llegaron al campamento
mucho después de que «El Paisa» dio la orden, «mátenlos,
remátenlos a todos», porque sabía a las claras
que los soldados llegaban, el Estado dio a entender, seguramente
sin quererlo, que esa operación de rescate no tenía
ninguna posibilidad de ser un éxito, si por éxito se
entiende el rescate con vida de los secuestrados. Alaridos de megáfono
en el silencio total.
Ocho oficiales y suboficiales colombianos perdieron la vida, ese 5
de mayo de 2003, porque la guerrilla los tenía recluidos junto
con Guillermo y Gilberto. En los desplantes publicitarios del Estado,
de la presidencia y el Ministerio de Defensa, y de la prensa, sólo
se identificó correctamente a los tenientes Alejandro Ledesma
Ortiz y Wagner Tapias Torres, al sargento Heriberto Aranguren y al
cabo Mario Alberto Marín.
Al cabo Agenor Veillard se le conoció como Agenor Vieyar, y
también como Atenor Vieller, y como Antenor Biella. El sargento
Samuel Ernesto Cote Cote, quien murió al ser transportado
por helicóptero al hospital, quedó casi siempre como
Ernesto Cotes Samuel. Al cabo José Gregorio Peña Guarín
se le confundió a veces con el sargento Pedro José Guarnizo.
Llegó a ser incluso Jean Peña Guarnizo. El primero
murió.
El segundo fue uno de los tres, junto con Viellard y Aranguren, que
sobrevivieron. El sargento Yercinio Navarrete Sánchez quedó catalogado
también en los anales de la historia del país como
Yersinio y como Jairsinio. Al sargento Héctor Lucuara S. lo
identificaron además como Héctor Duván Segura.
Como Guillermo le hubiera escrito a Yolanda, «se requiere un
cambio de toda la sociedad», de los ciudadanos todos, y de
los de arriba, los del mundanal ruido urbano que gobiernan y que
controlan los medios de comunicación. En Colombia, los nombres
de los de abajo nos tienen sin cuidado.
«Yo voy perdiendo
la esperanza de salir
antes de que termine mi período de gobierno».
(Miércoles 26 de marzo)
«Tus reflexiones sobre el efecto del secuestro en la familia,
en el caso nuestro, en Antioquia, me hacen pensar que el secuestro
es una especie de muerte de la cual es posible regresar; ésta
es la única diferencia:
nos da una segunda oportunidad».
(Miércoles 10 de julio)
—HERBERT «TICO» BRAUN
El sexo y la ciudad
Polvos en La Arenosa
Adlai Stevenson
Barranquilla, Editorial La Iguana Ciega, 2005 (120 pp.)
LOS POLVOS ECHADOS
EN CASI 130 AÑOS de burdeles en Barranquilla fecundaron, por
un lado, el desarrollo urbano de esta ciudad y, por otro, su vida
artística. Tal es, en esencia, la tesis que se propone en
Polvos en La Arenosa, el libro de Adlai Stevenson publicado por la
editorial La Iguana Ciega y escrito «antes de que (tuvieran)
tiempo de llegar los historiadores», razón por la cual
ofrece la forma de una crónica divertida —sin desmedro
de su veracidad— y no de un ensayo endurecido por el rigor
racional propio de la ciencia historiográfica.
Así, en efecto, nos permite saber que diversas zonas de tolerancia
que existieron en la ahora vasta (y siempre implanificada) urbe costeña
más o menos en 1878, dieron lugar al nacimiento y crecimiento
de barrios enteros que hoy son tradicionales de la misma: la Zona Negra,
Rebolo, el barrio Chino, La Ceiba, Olaya Herrera. El propio autor lo
dice con todas las letras: «Las actividades de la entrepierna
(…) han propiciado más gestión y desarrollo urbano
que las autoridades políticas y las eminencias locales de la
arquitectura y el urbanismo» (p. 6).
Y, de igual modo, el libro nos da a conocer el trato frecuente que
mantuvieron los escritores y demás artistas del Grupo de Barranquilla
con muchos prostíbulos que estaban en su apogeo en los años
cuarenta, cincuenta y sesenta del siglo pasado —los del barrio
Chino, el de la Negra Eufemia, el Colonial, el Hit de Oro—, lugares éstos
donde no sólo llevaron a cabo buena parte de su bohemia y sus
tertulias, sino que sirvieron de inspiración a sus creaciones
artísticas (concretamente, a García Márquez, a
Cepeda Samudio, a Figurita, a Nereo). A este respecto, además,
cita la presencia de éstos y otros lupanares de épocas
más recientes como referente temático en las novelas
Maracas en la ópera y El saxofón del cautivo, de dos
autores pertenecientes a una generación posterior: Ramón
Illán Bacca y Ramón Molinares, respectivamente.
Pero Polvos en La Arenosa posee otros niveles de significación.
Tal vez en el más manifiesto de ellos, sea el recuento cronológico
y detallado de las zonas de lenocinio y los burdeles más notables
que ha tenido Barranquilla desde su transición de villa a ciudad
hasta prácticamente nuestros días, enriquecido con el
relato de la génesis, evolución, decadencia y desaparición
de cada uno, de sus características locativas y decorativas,
de sus modus operandi, de sus estilos particulares de disipación,
de la vida de sus propietarias y de una red de peripecias protagonizadas
por éstas, por sus pupilas y sus clientes.
Algunas de esas peripecias, por cierto, son destacables tanto por su
intrínseco valor argumental, y por la virtud de sus tramas (lo
que demuestra una vez más el ingenio superior de la realidad),
como por la curiosa conexión que guardan unas con otras. Por
ejemplo, la matrona francesa Adriane Lebron, dueña del prostíbulo
La Orquídea del barrio La Ceiba, «crió a más
de 50 hijos de sus pupilas a los cuales ofreció educación,
desde la primaria hasta la universidad con alimentación incluida» (p.
31). Por su parte, el inmenso local donde operaba el burdel de la Negra
Eufemia en el barrio Olaya, cuyas prostitutas eran llamadas por Cepeda
Samudio «las académicas», terminó siendo
un colegio público de educación básica, que aún
funciona.
Contrariamente, en este mismo barrio, hubo una proxeneta que lo primero
que les mostraba a sus clientes era su catálogo de muchachas
en un álbum de fotografías, promoviéndolas con
el ardid comercial de que todas eran estudiantes, de tal modo que,
a la hora de la consumación del trato, éstas se presentaban
como tales, para lo cual cada una era dotada por aquella señora
de «una colección de uniformes de los colegios femeninos
acreditados de la ciudad» (p. 109).
Así mismo, es memorable el episodio de la joven meretriz a quien
un hombre pudiente le prometió matrimonio, pero cuando le celebraban
la despedida de soltera y «de la vida de colla (…), lloró,
lloró y lloró toda la noche» (p. 85), desconsolada
por tener que abandonar su jacarandoso mundo.
Todos estos elementos figuran en un fresco que representa la vida nocturna,
la vida sexual y hedonística, la vida secreta y prohibida, el
desfogue de las drogadicciones y los amores ilícitos, «el
relajo de puertas para adentro» de Barranquilla, así como
el desarrollo en ella del negocio del entretenimiento.
Por otra parte, al ocuparse de la prostitución (un fenómeno
que es objeto del repudio formal e institucional de la sociedad), resulta
de interés examinar el punto de vista ético desde el
que lo aborda Stevenson.
Hay que decir, de entrada, que éste no corresponde al institucional;
la actitud del autor no es, pues, la de un moralista juzgador (la cual,
por lo demás, habría comportado un impedimento técnico).
Por el contrario, su tono se identifica con el de los crápulas
que forman parte del mundo narrado; es «un tono de reportero
de los bajos fondos», como señaló en una nota periodística
Andrés Salcedo. No obstante, Stevenson no olvida en algún
pasaje que los hechos que reconstruye son también un capítulo
de la «historia universal de la infamia», cuando trae a
cuento los casos —como el del burdel de la Francesa Negra— en
que las prostitutas eran tratadas literalmente como esclavas o resultaban
víctimas de extraños asesinatos.
A lo largo de esta estupenda crónica de muestra, en fin, cómo
el desenvolvimiento de la prostitución en la capital del Atlántico —que
refleja los cambios sociales, económicos y culturales de ésta— traza
una curva que, habiendo alcanzado su pico dorado a mediados del siglo
XX, hoy ha llegado a su descenso: así, de las menesterosas mancebías
de Takunga, nos elevamos al esplendor de fantasía de La Gardenia
Azul y del Place Pigalle («de estilo cabaret cubano»),
perdimos altura luego con los prostíbulos asépticos y
refrigerados para ejecutivos de los años setenta del barrio
Olaya, hasta caer definitivamente en las insípidas y estruendosas
discotecas de hoy día, «en que deambulan de mesa en mesa
más de 40 prostitutas» (p. 109), ofreciéndose burdamente
a sus clientes.
Quizá por eso la obra de Stevenson lo deja a uno envuelto en
un aire de nostalgia que convoca los versos de don Jorge Manrique: «¿Qué se
hizieron las damas, / sus tocados e vestidos, / sus olores? / ¿Qué se
hizieron las llamas / de los fuegos encendidos / d’amadores?
/ ¿Qué se hizo aquel trovar, / las músicas acordadas
/ que tañían? / ¿Qué se hizo aquel danzar,
/ aquellas ropas chapadas / que traían?».
Todo eso, Adlai, don Jorge, se lo llevó la furia del tiempo.
—JOAQUÍN MATTOS OMAR