RESEÑAS



(LA MANO) DE BELLATIN

Lecciones para una liebre muerta
Mario Bellatin
Barcelona, Editorial Anagrama, 2005 (134 pp.)

HABRÍA QUE EMPEZAR CON UNA CITA: «(...) la vana idea de escribir a partir de la no experiencia, utilizando las huellas de lo deforme y enfermo de mi cuerpo como superficie». Perteneciente a una de las 243 miniaturas narrativas que integran Lecciones para una liebre muerta, la frase logra enunciar el insólito proyecto literario de Mario Bellatin. Reparemos atentamente en la aporía: se escribe desde la no experiencia sobre las huellas del cuerpo enfermo, es decir, el centro mismo de la experiencia. En este caso, añadir información biográfica sobre el autor equivaldría a retirarse del ámbito de esta aporía que enuncia el proyecto: el punto de partida de la escritura es un lugar apenas intuido al que no se ha llegado todavía, mientras que el soporte físico es «la huella» de un cuerpo incompleto. No es de extrañar, pues, que las falsificaciones y las imposturas se sucedan una y otra vez en el libro, intercaladas con algunos datos verídicos. Mencionar, por ejemplo, que Bellatin usa una mano artificial es y no es relevante. No lo es si cedemos a las atribuciones psicológicas o a las interpretaciones arbitrarias. Es relevante, en cambio, si nos quedamos dentro de la frase: utilizar las huellas de un cuerpo enfermo como superficie de la escritura. Lo es más cuando leemos el puñado de miniaturas que dedica Bellatin en este libro a describir sus relaciones —reales o imaginarias— con su sofisticada prótesis marca Otto Bock. Por tanto, es una escritura sobre (acerca de) y sobre (encima de) la mano; historia de lo que nunca se sintió con el cuerpo, o más bien habría que decir: historia de lo que se sintió con un no órgano del cuerpo, la historia de una sensación fantasmal, de una huella. Recordemos a Heidegger: el pensamiento es un trabajo manual que se realiza con una mano que está siempre más allá de la mano. La obra literaria de Mario Bellatin es la construcción de esa mano artificial que constituye el soporte formal y material de un pensamiento y una identidad fantasmales.
Tampoco es casual que en algunas partes Bellatin se refiera a sí mismo en tercera persona como «el autor» o incluso como «el autor de Lecciones para una liebre muerta», que es muy distinto del autor de sus anteriores libros. Él nunca es idéntico a sí mismo, ni siquiera dentro de un mismo libro. La solidez ontológica del narrador ha desaparecido y su lugar no lo ocupa nadie porque ese lugar ha dejado de existir. La pregunta de quién escribe se transforma en la pregunta de la identidad de lo escrito —qué es lo que se dirige a mí como lector, qué es lo que me interpela—.
Lecciones para una liebre muerta está organizado como una reunión de miniaturas narrativas, que no de fragmentos, pues los fragmentos son siempre fragmentos de algo previamente destruido, lo cual supone la preexistencia de un origen, un orden primordial. A diferencia de su anterior libro, Flores, donde el despliegue argumental todavía permitía suponer la existencia de una o varias historias que articularan las piezas, en este último texto la desnudez estilística se ha conducido a extremos radicales. Todo está enunciado de un modo sintético, donde la eficacia se diluye en la elipsis. Los argumentos se han reducido a meras sinopsis. El espacio de la digresión es el espacio de la lectura, ya no el de la escritura. Pero hay que insistir: no se trata de fragmentos, se trata de miniaturas, pequeños gólems —órganos artificiales— que adquieren vida en virtud de su proximidad con sus homólogos. No hay un relato único, ni siquiera se puede decir que haya muchos relatos en el sentido estricto de la palabra (relatos circulares, perfectamente pulidos). Hay, eso sí, campos magnéticos que agrupan transitoriamente las miniaturas alrededor de una historia fugaz que siempre queda incompleta; dicho movimiento es incesante y la escritura avanza como un imán sobre una superficie llena de limaduras de hierro: la configuración del material narrativo (una mera excusa, según el propio autor) adopta formas y asociaciones inesperadas. Podemos decir que aquí el acto de la lectura se acerca a la experiencia plástica. La dinámica asociativa de las miniaturas y la materialidad misma de las palabras impresas, su puesta en página, se han concebido de un modo cuando menos pictórico.
Margo Glantz afirmó en alguna ocasión que los libros de Bellatin son obras de arte conceptual, una descripción parcialmente correcta que se debe matizar. En efecto, desde la falsa biografía de Nagaoka Shiki hasta la supuesta traducción de un texto japonés en El jardín de la señora Murakami, pasando por Salón de belleza o Jacobo el mutante, los textos de Bellatin —al igual que el Pierre Menard de Borges o las Vidas imaginarias de Schwob— obedecen a un marco de referencia que está más allá del propio contenido del relato. No obstante, en ninguno de los casos mencionados la escritura ha sido instrumentalizada, subyugada por el concepto o por una estructura externa al texto mismo; el libro no es algo ad hoc. Como ya hemos dicho, la escritura, incluso en cuanto marca o cicatriz sobre el papel, es el espacio donde el trabajo conceptual se recrea y toma cuerpo. Lo más adecuado sería decir que la obra de Bellatin se revela como literatura —quizás en su expresión más fundamental, pues la narración ya comenzó y su apertura es incesante— practicada en los márgenes de la literatura.


—JUAN SEBASTIÁN CÁRDENAS


LIBRETAS DE CARNICERO

El payaso interior
Fernando González
Medellín, Fondo Editorial Universidad Eafit, 2005 (104 pp.)

A SIMPLE VISTA, dan ganas de coger el librito y acariciarlo y abrirlo y mirarlo con cuidado. El tamaño es ideal para salir a caminar con él guardado en el bolsillo del saco; el diseño de la carátula es sobrio y limpio, y por dentro la tipografía es bella y las amplias márgenes dejan respirar el texto de manera elegante. En suma, tenemos ante nuestros ojos una pequeña joya editorial con un título rotundo, que la hace más atractiva: El payaso interior; y el nombre del autor la hace absolutamente irresistible: Fernando González.
El Fondo Editorial Universidad Eafit se luce con el lanzamiento de su colección Rescates, de la cual este librito es el primero, y aunque no nos dicen cuáles títulos serán los próximos, desde ahora podemos esperarlos con fervor, si es que se parecen a éste en el cariño con que fue hecho y, por supuesto, en lo adecuado de la elección.
De Rescates advierte el mismo Fondo Editorial en una de las pestañas del librito: «Esta colección pretende recuperar textos inéditos o libros que por alguna circunstancia dejaron de circular, no se imprimieron, o se volvieron imposibles de encontrar. En el mercado editorial los libros se han vuelto efímeros, con una vida útil de muy pocos meses. La cultura lenta, literaria o filosófica, se merece una segunda oportunidad. Estos rescates quieren proponerles a los lectores novedades viejas, por así decirlo, que por algún motivo pasaron inadvertidas en su momento». Bienvenido sea el espíritu que la engendra.
Ya en el interior nos enteramos de que El payaso interior fue escrito en 1916, y que lo que tenemos entre manos es el tomo II (de un primer tomo desaparecido). En la nota introductoria, el editor, Ernesto Ochoa Moreno, nos cuenta que «(…) es un libro inédito de Fernando González, rescatado de una de sus primeras libretas manuscritas y que, según se desprende de las referencias que en él se leen, hacía parte de un libro que estaba escribiendo en 1916, año en que fue publicada su primera obra: Pensamientos de un viejo, salida de las prensas el 12 de abril, cuando el autor estaba a punto de cumplir 21 años».
El joven Fernando González, echado por los jesuitas del Colegio de San Ignacio de Loyola en Medellín cuando estaba en quinto de bachillerato, por pelear con su profesor de teología y por preferir los libros a las clases, se había dedicado a escribir en «libretas de carnicero», como él las llamaba. Escribía frases como ésta, que es epígrafe del libro: «Que es el espíritu instrumento músico del cual arranca armonías la vida que pasa». A esa edad ya era un rebelde y vivía a la enemiga, como dijo alguna vez de sí mismo.
A la enemiga: atento, eléctrico, apasionado, libre, vivo como viven los que están en guerra, a la brava, al filo del peligro, luchando contra todo lo establecido, contra todos los que están establecidos ya sea en un negocio, en la política, en un credo, en cualquier cosa que no sea la vida misma.
Decía el filósofo de Otraparte (así le dicen a él, así se llamaba su finca —en Envigado, Antioquia— su territorio en el mundo): «Quien escribe para conseguir dinero, se llama comerciante; si honores, político; si para convencer, sofista; si para propagar doctrina y otra cosa, propaganda, etc.; quien escribe por exigencia de su espíritu, para manifestarse, así como pare el animal, es artista, vive divinamente».
Vivió y escribió plena y divinamente. Fue poeta, artista, filósofo, místico, escritor, novelista, editor de la Revista Antioquia, polemista, infatigable escritor de cartas, abogado de ocasión (su tesis de grado se titulaba: «Una tesis. El derecho a no obedecer»). Su manera de escribir (su estilo, «el estilo es el hombre») no tiene antecedentes en Colombia ni tuvo consecuencias. Uno siente que está leyendo a un amigo luminoso, que lleva siglos solo, con los aguzados sentidos explayados hacia el misterio de los días y enraizados en su médula, ebrio de sí, íntimo, reflexivo, taciturno, amoroso, furioso, vehemente. Podría haber sido amigo de Walt Whitman. Era único y sigue siendo único. Los nadaístas lo adoraron y lo nombraron su maestro. Thorton Wilder (el autor de Los idus de marzo) y Jean Paul Sartre consideraron, en 1955, que su obra bien merecía el premio Nobel y recomendaron su nombre a la Academia Sueca. Ernesto Cardenal, el poeta nicaragüense, dijo de él: «Un escritor originalísimo, como no hay otro en América Latina ni en ninguna otra parte que yo sepa».
No sé si a Fernando González lo leen los jóvenes de hoy, pero si no lo hacen son ellos los que pierden, porque sus obras siguen vivas esperando las nuevas sensibilidades que vayan a cavar allí en busca de tesoros. Recuerdo el fervor con que leí los primeros libros suyos que conocí en el Colegio de San Ignacio, de donde a los dos nos echaron en quinto de bachillerato con 52 años de diferencia: El viaje a pie, El maestro de escuela, El remordimiento, Mi Simón Bolívar. Recuerdo la impresión que me produjo la frase «Entonces pasó una vaca y te entendí», frase que cito de memoria y que no sé a cuál de sus libros pertenece, y de la que me acordé de manera involuntaria una noche en las playas de San Bernardo del Viento, años después, cuando caminaba con alguien y entendí por primera vez que la Tierra era redonda.
«Esta muchacha, mademoiselle Tony, era un poderoso animal. De nuestros amores nacieron el remordimiento y algunas consideraciones. Todo sucedió en Marsella, a orillas del Mediterráneo, en donde habita la belleza con sus amantes». Así empieza El remordimiento, con la aparición de ese poderoso animal, esa carne organizada, materia divina de una novela que no parece novela y que vale la pena releer, en busca de los «calzoncitos de Tony», ahora después de haber leído El payaso interior.
Para quienes han leído con pasión la obra de Fernando González, este cuaderno de carnicero es un bello regalo del Fondo Editorial Universidad Eafit, en el que está presente y vivo el inquieto y lúcido espíritu del Brujo de Otraparte, y es una suerte poder abrir el librito en cualquier página y leer cualquiera de sus sombrías reflexiones musicales («La vanidad me parece a mí que es una tiniebla que principia allí en donde termina el talento del hombre»); para quienes no la conocen, espero que su lectura los perturbe y seduzca, y sea el inicio de una fecunda amistad con un autor pródigo y tumultuoso, un espíritu encantador y atormentado, rico en ideas, filoso, delicioso de tratar, que todavía, años después de su muerte, tiene algo que decirnos.
Tenemos mucho que aprender de alguien que a los 21 años meditaba: «Mi gran deseo es el poder llegar a viejo para experimentar cómo va cambiando mi espíritu en sus relaciones con la vida». Qué maravilla que alguien nos proponga experimentar el cambio, cuando la mayoría quiere experimentar el agotamiento o perpetuarse en una idea fija. Decididamente, hay que vivir a la enemiga.

—ALBERTO QUIROGA

 


Diario de un gobernador secuestrado

Guilermo Gaviria Correa
Bogotá, Revista Número Ediciones, 2005 (339 p.p.)

«ME DUELE NO PODER ESCRIBIRLE A MI ADORADA YOLANDA…» (lunes 22 de abril de 2002); «Amor: los anteriores días hemos escrito carta Gilberto y yo para ustedes, celebrando el Día de la Madre...» (sábado 11 de mayo); «Amor: hoy nuestra mente y alma están con ustedes, tus mensajes retumban en mi cabeza y aunque separados sigo sintiendo que estamos estrechamente unidos…» (domingo 12 de mayo, Día de la Madre); «Amor, buenos días…» (miércoles 22 de mayo); «Amor mío…» (viernes 19 de julio); «Buenos días, vida mía…» (martes 18 de marzo de 2003); «Bueno, amor mío, trataré de volverme a acostar; te envío mi amor y besos. Buenas noches» (domingo 23 de febrero); «Amor mío, buenos días. Voy a comenzar la clase de inglés y luego te escribo. Besos…» (lunes 14 de abril).
«Amor mío, buenos días…» (lunes 28 de abril). Es el último mensaje. Los otros, escritos entre el 29 de abril y la mañana del 5 de mayo, aquél seguramente redactado tan sólo unas horas antes de que el autor cayera asesinado por su captores, no se conocen.
Fechas. El secuestro se vive de fechas. Días. Horas. Minutos largos. Hay que pensar el secuestro en días, uno tras otro. Éste, del 21 de abril del 2002 hasta el 5 de mayo del 2003. En total, 380 días.
Guillermo Gaviria Correa escribe casi a diario. Notas. Escribe a mano. Escribe en una letra pequeña, a veces difícil de descifrar. Las palabras están divididas en tres columnas por página. El papel escasea.
Las primeras notas del cautivo están llenas de resignación cristiana, de sufrimiento por sus seres queridos, por su amigo y su consejero de paz, Gilberto Echeverri Mejía, capturado junto con él. «Gilberto es el compañero ideal para esta jornada, sin embargo me entristece saber que está aquí por causa mía, y que su familia, en especial Martha Inés, sufre por su cautiverio…» (lunes 22 de abril).
Y entonces, el 28 de abril, oye el primer mensaje de su esposa, Yolanda Pinto de Gaviria, por la radio. «Las declaraciones de Yolanda nos emocionan, a mí especialmente; me hicieron sentir muy orgulloso». Desde ese día, Gilberto se levanta cada mañana con la viva esperanza de oír a su esposa. «Hoy escuchamos muy temprano un mensaje para Gilberto; Yolanda no envió mensaje, o si lo envió no lo escuchamos. Ha venido lloviendo sin descansar».
Al oír la voz de Yolanda en el programa radial, frecuentemente por medio de Cómo amaneció Medellín —una aseveración en la ciudad, una incógnita en la selva— Guillermo le empieza a contestar. Sus notas se convierten en cartas. El 11 de mayo, Guillermo comienza a dirigir sus notas formalmente a su esposa. Son palabras escritas pero ahora también habladas. Él ya no escribe para sí mismo. «Buenos días, mi amor», escribe para ella, y es así como encuentra su voz, su pasión, su optimismo, su certeza de que su campaña de la Noviolencia tiene en esos instantes más razón de ser que nunca.
A través de Yolanda, indirectamente, se siente que Guillermo Gaviria Correa está en contacto con Antioquia, con Colombia, con el mundo. Son mensajes personales y no discursos políticos. El gobernador impulsa a su esposa para que siga con el trabajo político que habían comenzado juntos unos meses antes cuando él llegó, con ella a su lado, a la gobernación de Antioquia.
Van 172 días de cautiverio, 153 desde que dirigió su primera nota a Yolanda. «Como obra divina el comandante finalmente accedió a nuestras solicitudes y nos contestó que se había autorizado la salida de nuestras cartas; lo único que falta es establecer cuál será el conducto, y lo sabremos hoy o mañana».
Yolanda no recibe las notas y las cartas. Él las tiene. Y no sería sino hasta el 12 de diciembre —otros 62 amaneceres— cuando las Farc, a través de la Defensoría del Pueblo, enviaron esta carta, con sus lotes, junto con unas otras cartas, y las notas escritas hasta el día 31 de agosto.
El 30 de agosto, Guillermo escribe: «Tampoco hoy enviaste mensaje. Todo indica que recibirán las cartas de los oficiales y suboficiales mañana. A nosotros todavía no nos aclaran las reglas. No desean las Farc que se sepa que los oficiales y suboficiales y Gilberto y yo estemos juntos, han dado la orden de eliminar de las cartas de los oficiales y suboficiales toda mención a nosotros. Dios permita que pronto podamos hacerles llegar a ustedes noticias nuestras». El 31 de agosto: «Amor, buenos días. Hoy muy temprano recogieron las cartas de oficiales y suboficiales. Hubieras visto esto anoche y hoy en la madrugada, los muchachos escribiendo frenéticamente. Peña envió 60 cartas. En fin, fueron muy juiciosos y aun así les faltó tiempo».
Unas breves notas escritas entre el 1° de septiembre y el 31 de marzo se hallaron en el lugar del operativo de rescate. Sin embargo, las autoridades sólo se las entregaron a Yolanda en marzo de 2005, casi dos años después. ¿Por qué? El diario de esos días no se ha localizado. Las notas escritas como cartas casi a diario, entre el 15 de marzo de 2003 y el 28 de abril, se encontraron también en el campamento y se entregaron a la viuda el 9 de mayo, cuatro días después del fallido «operativo de rescate».
Las palabras de este diario, hablado en silencio, no son el recuerdo de un secuestro, como lo son varios otros que se han escrito en Colombia últimamente. Estas palabras están escritas desde el cautiverio. Cuando el autor ya no redacta, no es porque ha terminado su relato, sino porque ya no le queda vida para hacerlo. Terminan bruscamente. Terminan sin fin. La última palabra, como tal, no se escribió. El plagiado no se despidió. Sus palabras quedan en el aire. «Hoy parece que llegaron víveres nuevos, por lo que tenemos expectativa sobre lo que nos van a servir. Tarde en la noche llegó el comandante. Buenas noches, amor mío» (lunes 28 de abril).
Al no tener sus palabras un destinatario inmediato y público, lo que dice Guillermo se convierte en una radiografía de la vida política en Colombia. Escribiendo sin que nadie lo oiga, parece que se da más cuenta, ahí lejos en la selva tupida, del mundanal ruido urbano. «Dulce amor mío… mientras se caldean los ánimos y los medios logran su objetivo de elevar el rating, yo pienso en la insensatez de las rabiosas declaraciones de nuestros funcionarios públicos y militares. Nuestra historia está llena de bravuconadas verbales que, a su vez, desenlazan acciones y decisiones calenturientas que frustran las buenas intenciones de gobernantes que perdieron el rumbo por permitir que sus coequiperos cayeran en la red de la maledicencia… El otro aspecto relevante de estos “boconazos” es el crédito que se le da al hablar, muchos funcionarios creen que con decir algo es suficiente para que se realice, o que con emitir un decreto o expresar una solución ya se supera el problema» (lunes 10 de marzo).
Guillermo hace una crítica a la vida pública sin tener un fin político. Escribe lo que cree. «Desde aquí es claro que la mayoría de los comentarios que se hacen sobre los comunicados de las Farc los hacen periodistas o funcionarios y dirigentes que no conocen o han estudiado dichos comunicados. Lo hacen más influidos por las circunstancias que rodean el momento y zarandeados por las curiosidades de entrevistador. No sorprende, entonces, la capacidad distorsionadora que termina acompañando estas supuestas explicaciones y sondeos de opinión» (miércoles 12 de febrero).
Ya después de más de un año en cautiverio, el martes 15 de abril, le escribe a Yolanda lo siguiente: «Después del mediodía hemos escuchado las declaraciones del presidente Álvaro Uribe. Me parece que es una forma agresiva, arrogante y equivocada de contestar a la posición de las Farc-EP. Creo que da a entender que el presidente no está realmente dispuesto a hacer ningún esfuerzo para el acuerdo humanitario… Para mí es una posición desoladora, el presidente ha mantenido una posición prudente en relación con la mayoría de temas delicados. Pero en éste permitió que lo traicionara su carácter… Sobre este tema del manejo del lenguaje escribí hace algunos días».
Guillermo siempre duda de las Farc. Desde el comienzo se da cuenta de que los guerrilleros no comparten sus propios ideales. «La Noviolencia tampoco parece haber significado nada para las Farc» (30 de abril). «Dulce amor mío. He reflexionado sobre las Farc. Sin duda si la sociedad, y en especial la dirigencia, fuera capaz de hacerse un análisis objetivo, reconocería que son hijos de su accionar, el producto del funcionamiento de apariencia que es la constante de nuestra frágil e hipócrita democracia…» (lunes 15 de julio). Pero no. La realidad es más dura. «Es lamentable que las Farc escojan el camino del terror para tratar de avanzar en su lucha, cada día pierden más terreno y todo indica que son presa del narcotráfico y no al contrario. Cada vez su accionar se asemeja más al de los capos» (viernes 7 de febrero). Finalmente, resignación. «Nosotros nos hemos acostumbrado al ritmo de las Farc-EP, que es bastante más lento que el de nuestros anhelos» (sábado 5 de abril).
Guillermo sigue las minucias de la política nacional e internacional. La invasión de Iraq por parte del gobierno de Estados Unidos lo tiene hondamente consternado. El lunes 24 de marzo, en los primeros días de la invasión, ya sabe lo que va a pasar. «A mí me parece que el ejército de Iraq defenderá posiciones, pero va rumbo a convertirse en una especie de guerrilla estatal, ejército guerrillero. Esta mañana amanecí pensando que las fuerzas angloamericanas son hábilmente conducidas hacia una emboscada y a esto contribuyen su gran soberbia y su convicción de que su poderío (enorme) es suficiente para apabullar al enemigo». Y dos días antes, escribe esto: «Gilberto me cuenta una noticia que revela bastante del alma estadounidense: a pesar de que se invierten diariamente cerca de 20 millones de dólares en propaganda para la guerra, la audiencia prefirió un programa común llamado Friends. Mientras su gobierno da una batalla que considera indispensable, la ciudadanía se interesa más por sus entretenimientos cotidianos».
Al final, el gobierno nacional y el Ministerio de Defensa se esforzaron por convencer a la nación colombiana, a boconazos, que en los eventos que transcurrieron durante la llamada Operación Monasterio en la selva de Murindó, en la mañana del 5 de mayo, no hubo tiroteo, que los secuestrados no murieron en una batalla campal entre la guerrilla y las fuerzas del orden, sino que la guerrilla, los bandidos, asesinaron a sangre fría a los plagiados. Eso, por lo menos, era buena propaganda política. Tal como lo informó el cabo Viellard, al cual la guerrilla dio por muerto: «Por el megáfono gritaban que se entregaran, que les perdonaban la vida, pero no había un solo guerrillero. Ya no había guerrilla, habían salido hacía veinte minutos». Veinte minutos.
Hay que tratar de imaginarse esa escena. Al establecer, con esa soberbia que Guillermo tanto criticaba, que los soldados llegaron al campamento mucho después de que «El Paisa» dio la orden, «mátenlos, remátenlos a todos», porque sabía a las claras que los soldados llegaban, el Estado dio a entender, seguramente sin quererlo, que esa operación de rescate no tenía ninguna posibilidad de ser un éxito, si por éxito se entiende el rescate con vida de los secuestrados. Alaridos de megáfono en el silencio total.
Ocho oficiales y suboficiales colombianos perdieron la vida, ese 5 de mayo de 2003, porque la guerrilla los tenía recluidos junto con Guillermo y Gilberto. En los desplantes publicitarios del Estado, de la presidencia y el Ministerio de Defensa, y de la prensa, sólo se identificó correctamente a los tenientes Alejandro Ledesma Ortiz y Wagner Tapias Torres, al sargento Heriberto Aranguren y al cabo Mario Alberto Marín.
Al cabo Agenor Veillard se le conoció como Agenor Vieyar, y también como Atenor Vieller, y como Antenor Biella. El sargento Samuel Ernesto Cote Cote, quien murió al ser transportado por helicóptero al hospital, quedó casi siempre como Ernesto Cotes Samuel. Al cabo José Gregorio Peña Guarín se le confundió a veces con el sargento Pedro José Guarnizo. Llegó a ser incluso Jean Peña Guarnizo. El primero murió. El segundo fue uno de los tres, junto con Viellard y Aranguren, que sobrevivieron. El sargento Yercinio Navarrete Sánchez quedó catalogado también en los anales de la historia del país como Yersinio y como Jairsinio. Al sargento Héctor Lucuara S. lo identificaron además como Héctor Duván Segura. Como Guillermo le hubiera escrito a Yolanda, «se requiere un cambio de toda la sociedad», de los ciudadanos todos, y de los de arriba, los del mundanal ruido urbano que gobiernan y que controlan los medios de comunicación. En Colombia, los nombres de los de abajo nos tienen sin cuidado.

«Yo voy perdiendo la esperanza de salir
antes de que termine mi período de gobierno».
(Miércoles 26 de marzo)

«Tus reflexiones sobre el efecto del secuestro en la familia, en el caso nuestro, en Antioquia, me hacen pensar que el secuestro es una especie de muerte de la cual es posible regresar; ésta es la única diferencia:
nos da una segunda oportunidad».
(Miércoles 10 de julio)

—HERBERT «TICO» BRAUN

 

El sexo y la ciudad

Polvos en La Arenosa
Adlai Stevenson
Barranquilla, Editorial La Iguana Ciega, 2005 (120 pp.)

LOS POLVOS ECHADOS EN CASI 130 AÑOS de burdeles en Barranquilla fecundaron, por un lado, el desarrollo urbano de esta ciudad y, por otro, su vida artística. Tal es, en esencia, la tesis que se propone en Polvos en La Arenosa, el libro de Adlai Stevenson publicado por la editorial La Iguana Ciega y escrito «antes de que (tuvieran) tiempo de llegar los historiadores», razón por la cual ofrece la forma de una crónica divertida —sin desmedro de su veracidad— y no de un ensayo endurecido por el rigor racional propio de la ciencia historiográfica.
Así, en efecto, nos permite saber que diversas zonas de tolerancia que existieron en la ahora vasta (y siempre implanificada) urbe costeña más o menos en 1878, dieron lugar al nacimiento y crecimiento de barrios enteros que hoy son tradicionales de la misma: la Zona Negra, Rebolo, el barrio Chino, La Ceiba, Olaya Herrera. El propio autor lo dice con todas las letras: «Las actividades de la entrepierna (…) han propiciado más gestión y desarrollo urbano que las autoridades políticas y las eminencias locales de la arquitectura y el urbanismo» (p. 6).
Y, de igual modo, el libro nos da a conocer el trato frecuente que mantuvieron los escritores y demás artistas del Grupo de Barranquilla con muchos prostíbulos que estaban en su apogeo en los años cuarenta, cincuenta y sesenta del siglo pasado —los del barrio Chino, el de la Negra Eufemia, el Colonial, el Hit de Oro—, lugares éstos donde no sólo llevaron a cabo buena parte de su bohemia y sus tertulias, sino que sirvieron de inspiración a sus creaciones artísticas (concretamente, a García Márquez, a Cepeda Samudio, a Figurita, a Nereo). A este respecto, además, cita la presencia de éstos y otros lupanares de épocas más recientes como referente temático en las novelas Maracas en la ópera y El saxofón del cautivo, de dos autores pertenecientes a una generación posterior: Ramón Illán Bacca y Ramón Molinares, respectivamente.
Pero Polvos en La Arenosa posee otros niveles de significación. Tal vez en el más manifiesto de ellos, sea el recuento cronológico y detallado de las zonas de lenocinio y los burdeles más notables que ha tenido Barranquilla desde su transición de villa a ciudad hasta prácticamente nuestros días, enriquecido con el relato de la génesis, evolución, decadencia y desaparición de cada uno, de sus características locativas y decorativas, de sus modus operandi, de sus estilos particulares de disipación, de la vida de sus propietarias y de una red de peripecias protagonizadas por éstas, por sus pupilas y sus clientes.
Algunas de esas peripecias, por cierto, son destacables tanto por su intrínseco valor argumental, y por la virtud de sus tramas (lo que demuestra una vez más el ingenio superior de la realidad), como por la curiosa conexión que guardan unas con otras. Por ejemplo, la matrona francesa Adriane Lebron, dueña del prostíbulo La Orquídea del barrio La Ceiba, «crió a más de 50 hijos de sus pupilas a los cuales ofreció educación, desde la primaria hasta la universidad con alimentación incluida» (p. 31). Por su parte, el inmenso local donde operaba el burdel de la Negra Eufemia en el barrio Olaya, cuyas prostitutas eran llamadas por Cepeda Samudio «las académicas», terminó siendo un colegio público de educación básica, que aún funciona.
Contrariamente, en este mismo barrio, hubo una proxeneta que lo primero que les mostraba a sus clientes era su catálogo de muchachas en un álbum de fotografías, promoviéndolas con el ardid comercial de que todas eran estudiantes, de tal modo que, a la hora de la consumación del trato, éstas se presentaban como tales, para lo cual cada una era dotada por aquella señora de «una colección de uniformes de los colegios femeninos acreditados de la ciudad» (p. 109).
Así mismo, es memorable el episodio de la joven meretriz a quien un hombre pudiente le prometió matrimonio, pero cuando le celebraban la despedida de soltera y «de la vida de colla (…), lloró, lloró y lloró toda la noche» (p. 85), desconsolada por tener que abandonar su jacarandoso mundo.
Todos estos elementos figuran en un fresco que representa la vida nocturna, la vida sexual y hedonística, la vida secreta y prohibida, el desfogue de las drogadicciones y los amores ilícitos, «el relajo de puertas para adentro» de Barranquilla, así como el desarrollo en ella del negocio del entretenimiento.
Por otra parte, al ocuparse de la prostitución (un fenómeno que es objeto del repudio formal e institucional de la sociedad), resulta de interés examinar el punto de vista ético desde el que lo aborda Stevenson.
Hay que decir, de entrada, que éste no corresponde al institucional; la actitud del autor no es, pues, la de un moralista juzgador (la cual, por lo demás, habría comportado un impedimento técnico). Por el contrario, su tono se identifica con el de los crápulas que forman parte del mundo narrado; es «un tono de reportero de los bajos fondos», como señaló en una nota periodística Andrés Salcedo. No obstante, Stevenson no olvida en algún pasaje que los hechos que reconstruye son también un capítulo de la «historia universal de la infamia», cuando trae a cuento los casos —como el del burdel de la Francesa Negra— en que las prostitutas eran tratadas literalmente como esclavas o resultaban víctimas de extraños asesinatos.
A lo largo de esta estupenda crónica de muestra, en fin, cómo el desenvolvimiento de la prostitución en la capital del Atlántico —que refleja los cambios sociales, económicos y culturales de ésta— traza una curva que, habiendo alcanzado su pico dorado a mediados del siglo XX, hoy ha llegado a su descenso: así, de las menesterosas mancebías de Takunga, nos elevamos al esplendor de fantasía de La Gardenia Azul y del Place Pigalle («de estilo cabaret cubano»), perdimos altura luego con los prostíbulos asépticos y refrigerados para ejecutivos de los años setenta del barrio Olaya, hasta caer definitivamente en las insípidas y estruendosas discotecas de hoy día, «en que deambulan de mesa en mesa más de 40 prostitutas» (p. 109), ofreciéndose burdamente a sus clientes.
Quizá por eso la obra de Stevenson lo deja a uno envuelto en un aire de nostalgia que convoca los versos de don Jorge Manrique: «¿Qué se hizieron las damas, / sus tocados e vestidos, / sus olores? / ¿Qué se hizieron las llamas / de los fuegos encendidos / d’amadores? / ¿Qué se hizo aquel trovar, / las músicas acordadas / que tañían? / ¿Qué se hizo aquel danzar, / aquellas ropas chapadas / que traían?».
Todo eso, Adlai, don Jorge, se lo llevó la furia del tiempo.

—JOAQUÍN MATTOS OMAR

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