![]() |
|
Cuento
|
|
EL
ESPADACHÍN MANCO
|
POR ANTONIO LÓPEZ ORTEGA
|
ANTONIO LÓPEZ ORTEGA (Punta Cardón, Venezuela, 1957). Ha publicado seis libros de narraciones breves, entre los que se destacan Cartas de relación (1982), Calendario (1985), Naturalezas menores (1991), Lunar (1996) y la novela Ajena (2001). Fue fundador de la editorial de poesía Pequeña Venecia en 1989, participante del International Writing Program de la Universidad de lowa en 1990 y becario de la Fundación Rockefeller en 1994. Se ha destacado por su trabajo como gestor cultural en la Fundación Bigott, donde es director de la revista Veintiuno. |
|
|
La
casa era la misma de siempre: la de nuestros encuentros, la de nuestras
aventuras, la de nuestra prolongada juventud. Estaba en la urbanización
Los Canales, hacia las costas de Río Chico, y los padres de Álvaro
la habían comprado tempranamente, antes de que la misma urbanización
creciera o se diera a conocer. Era una casa relativamente austera,
con apenas dos cuartos: el de las literas, donde nos embutíamos
todos, y el que se reservaban los padres de Álvaro. Lo demás
era la cocina, una mesita para comer y el largo pasillo con hamacas
cruzadas que era nuestro deleite. Más allá estaba el
jardín, un poco pedregoso, con dos enormes matas de mango que
ofrecían una sombra generalizada, y el canal por donde nos íbamos
a esquiar o pescar. La casa fue variando con los años y prestándose
para todos los usos y planes: fue sucesivamente centro de esparcimiento,
vitrina para ver y comparar modelos de lancha, excusa para pasear por
los canales, garito de póker, cita obligada para torneos de
pesca, guarida para llevar a nuestras novias. Estar en ella después
de tantos años, recorrer sus espacios y el jardín pedregoso,
un poco abandonado, concitaba un sentimiento extraño, doble,
de valoración y pérdida. Fue Vicente, el más memorioso
de todos nosotros, el que se había dado a la tarea de reunirnos.
No eran ya los tiempos de bachillerato, cuando nos veníamos
casi todos los fines de semana. Ahora estábamos en carreras
distintas, en claustros diferentes, y la comunicación se hacía
más difícil. Coincidir fue una fiesta, un retorno a los
viejos ritos. Vicente estaba en el segundo año de sociología y arrastraba con la reciente muerte del padre, víctima de un cáncer linfático. Andrés estaba en administración, una vocación que anunciaba desde muy temprano. Álvaro se iba pronto a Inglaterra, a estudiar ingeniería mecánica, y preparaba su viaje con un curso intensivo de inglés. Y yo estudiaba idiomas, mi pasión de siempre. Se podía pensar en destinos divergentes pero el tronco común, de complicidades infinitas, pesaba mucho. Teníamos diferencias palpables, crecientes, pero no definitivas. Yo creo que la muerte del padre de Vicente —un hombre bondadoso, servicial— había impulsado este reencuentro. Y lo había impulsado porque Vicente necesitaba ordenar cosas en su espíritu, reconocer huellas, ubicarse en un contexto. Su llamada fue un clamor cifrado y todos de alguna manera así lo entendimos. Él buscaba algo de recogimiento, de quietud, de equilibrio, y Andrés había violentado ese diseño con la actitud en la plaza, con la escena de la morenaza amaneciendo en el cuarto. Así lo resentía, así lo rumiaba a la distancia.
Durante toda la tarde, entre la siesta y el ocaso, Andrés insistía en que debíamos volver esa noche a Río Chico. Inicialmente no encontró ningún eco, pero luego se las ingenió para aderezar el gusto con unos agregados. Sugirió que podíamos evitarnos el trayecto terrestre, rutinario y sin magia, yéndonos en lancha, por los canales. El río San José estaba crecido, sin barbas que esquivar ni lotos flotantes y, cortando por el atajo de Caño Copey desde Los Canales, ciertamente lo podíamos remontar hasta llegar a pocos metros de la misma Plaza Bolívar, donde habíamos estado la noche anterior. Sugirió también que nos podíamos meter en el cine de la misma plaza, donde unas pálidas, reverberantes marquesinas (Vicente también las había visto) anunciaban una película china de artes marciales: El espadachín manco. Con lo primero, bien lo sabía, Andrés conquistaba el espíritu de Álvaro: una incursión nocturna, con poca luz, por el río San José era ya aventura suficiente. Con lo segundo, también lo intuía, vencía la resistencia de Vicente: todo lo que fuera enfrentamiento o combates era para él una sustracción mayor, un deleite para los sentidos. El plan estaba diseñado magistralmente y Andrés exhibía el orgullo de su inventiva. Atravesar Caño Copey —tramo mil veces recorrido por Álvaro— fue relativamente fácil: había luna menguante y el breve resplandor bastaba para divisar las orillas. Pero internarse en el río San José —Álvaro sólo recordaba una travesía de niño, con su padre al mando— sí fue la expectación permanente. Nada extraño ni nada que lamentar, salvo quiebres de corriente, torceduras desconocidas de río, árboles caídos, una baba avistada por su lomo flotante, unas islas de lotos perfectamente esquivables. La lancha iba lenta, el motor a baja revolución, y Álvaro se lucía con sus maniobras recurrentes, avanzando o reculando según convenía. Y al final, cerca de un banco de tierra apilada, una especie de atracadero natural donde había algunos peñeros de pescadores. Anclamos la lancha por la popa y tiramos desde la proa una cuerda para sujetarla al árbol más cercano. Era una sensación extraña llegar a la plaza por la parte trasera. Implicaba una sensación de viaje mayor, hacerse de un espíritu aventurero, desafiar las adversidades. Nos sorprendíamos de estar allí, haciendo una cola de pocas personas en el cine y entrando a una sala antigua, de asientos maltrechos, carcomidos, donde todo olía a viejo. Nos sentamos como pudimos, sintiendo la incomodidad de espaldares que no se reclinaban, pero la película nos fue ganando a pesar de que la copia estaba muy rayada. Las cinco o seis personas que nos acompañaban en la cola resultaron ser los jóvenes huraños, con coraza, de la plaza. Con aire destemplado, vociferando, gritaban de más en cada escena de muerte, como celebrando un rito con exclamaciones que no eran más que monosílabos. Un noble caballero es el guerrero más importante del emperador. Se le encomiendan las tareas más difíciles, más riesgosas, y sin embargo siempre regresa victorioso. El emperador le ha regalado una casa exquisita, en lo alto de una colina, para que divise siempre las tierras del imperio y sepa que esas extensiones se deben a su arrojo, a su valentía sin igual. El guerrero se ha mudado con familia, sirvientes y elegidos para vivir en sana paz, una vez que todos los enemigos han mordido el polvo de la derrota. Pero del extremo oriente del imperio llegan las nuevas de un aspirante temerario, espadachín diestro, que diezma los ejércitos del emperador. Llaman al gran guerrero a palacio y le encomiendan una última tarea: dar con el diestro espadachín y acabar con su arte. El guerrero asiste a todo el ceremonial de investidura donde el mismo emperador le entrega las llaves del reino. Luego, de vuelta a su casa, los sirvientes lo visten para el combate con telas numerosas y prendas inusuales. Un momento de intimidad se impone al final de los atuendos: el recogimiento necesario para encomendarse a los dioses y para retirar de un cofre labrado en jade su afamada espada de ébano, acaso el arma más poderosa del imperio. |
De
los recuerdos más vivos de Betsaida, antes de iniciar sus estudios
de enfermería, está el de Freddy. Fue su amorío
más adulto de los noviecitos que tuvo en la adolescencia. Con
todos los primeros tan sólo hubo tibios escarceos, besos jugosos
en la plaza, pero con Freddy hubo más, mucho más. Caracas
pudo cortar con una relación que se venía envileciendo
y ella agradecía el alejamiento, la ruptura. Le daba escozor
pensar en verlo de nuevo en Río Chico, por esas mismas calles,
después de varios años. Nadie le quería dar razón
de su paradero y sólo una tía lejana, de visita en el
hospital, le advertía: «¡Ay, mija! Ese muchacho
es el dolor de su madre. Ese muchacho se perdió». Los emisarios convienen en que el combate será en una meseta estrecha, con un solo árbol, alto y frondoso, plantado como señuelo. Los hombres llegan a la hora convenida, justo antes del atardecer. El cielo es un cielo de sangre y alguno de ellos derramará la suya para emular la furia del ocaso. De un lado está el gran guerrero, trajeado con los ideogramas del imperio, los cabellos recogidos en una breve coleta, las manos firmes sobre la espada de ébano; del otro lado está el espadachín temerario, más leyenda que realidad, envuelto en una túnica blanca, sencilla, y con las espadas al cinto. Ambos se ven a la distancia, ambos miden sus posibles movimientos, sin que los rostros se alteren. Podría admitirse que Freddy la inició en la vida sexual. Fue dulce, llevadero, al menos al principio. No se precipitaba, no aceleraba el ritmo de las cosas. Si al comienzo Betsaida sólo le permitía besos, entonces los besos eran largos, detenidos, sin tregua. Podía pasar horas besándola, hasta el ahogo, sujetándole la lengua entre sus dientes para sacar la mejor sustancia, para exprimirla. Si luego eran senos, sólo senos, se los podía chupar toda una tarde, levemente al principio y luego como queriéndoselos tragar. Betsaida llegaba al borde de un precipicio y no sabía cómo regresar. Si después fue el bajo vientre, de a poquito, Freddy se empeñaba a fondo, como un goloso. Respetaba los deseos de Betsaida de no entrar sin su consentimiento (y, de hecho, no entraba) pero la hacía venirse varias veces, de corrido, sucesivamente, hasta la desesperación. Sólo después de meses de ejercitación, le permitió el acto completo, con sus preámbulos y codas. Sentía que eran amantes muy acoplados, sentía que se volvía mujer. Y algo en ella, cuando le acariciaba la cabeza, se lo agradecía. El espadachín era ciertamente diestro pero también siniestro: blandía las dos espadas, las hacía girar, al unísono. Era demasiado veloz para el guerrero, quien ya lo admiraba después de minutos de combate. No había truco, desliz, acometida, que el espadachín no anticipara. El guerrero se exigía a fondo, recurriendo a todas sus artes, sin desmayo, vigilando cada movimiento del contrincante. Sabía que un mínimo descuido, cualquier fracción de desatención, podía costarle la vida. Contaba tan sólo con su espada de ébano, de filo imperturbable, obsequio del emperador. Es esa espada —la encarnación del imperio— su último recurso, lo único que puede invertir una anunciada derrota. Largo y legendario bastón de ébano, que podía dividirse en secciones, nadie imaginaba el número de sus puntas o filos. Asesta el espadachín por el costado derecho y la espada del imperio lo detiene. Asesta de seguidas por el izquierdo y la espada del imperio también lo detiene. Presiona ahora con los dos sables, los brazos al aire, para que el guerrero caiga de rodillas, para que muerda finalmente el polvo de la derrota, y se asombra al ver cómo una tercera sección filosa, desprendida de un nuevo quiebre del bastón, se eleva por los aires para arrancarle, de un solo tajo, el brazo derecho del tronco.
Hasta aquí —parece decir el guerrero— llegan las artes del espadachín. Y para dejar muestra de ello, culmina su faena clavando con una daga el brazo desprendido en el árbol de la meseta, como figuración mayor de lo que les espera a quienes atenten contra los designios del emperador. Es el espadachín manco el que ha caído de rodillas y no el guerrero. Es el espadachín manco, en cuya entalladura ha quedado un círculo rojo de tejidos y venas tronchadas, el que ha caído en medio del fulgor que exhibe el ocaso. La sangre sale a borbotones, como si el corazón no supiera que ya no debe bombear, y el espadachín pierde el conocimiento. Los ayudantes vienen en su auxilio y le tapan la herida con gasas que absorben la sangre. Encienden las luces de la sala. Y las encienden no porque la película haya culminado —como casi todos creemos, incluidos los vociferantes— sino porque el primer rollo ha llegado a su fin y hay que montar el segundo. «Aguántense ahí —dice el operario, asomado por el hueco de proyección—, que esto no se acaba». Estábamos tranquilos, subyugados por la historia: Vicente particularmente impactado por la escena en la que el espadachín pierde el brazo (la pasaban en cámara lenta, una y otra vez y desde diferentes ángulos, como para magnificar la crueldad) y Álvaro confundido al no distinguir si la razón estaba del lado del imperio o del solitario rebelde. Andrés, sin embargo, aunque entretenido, estaba como inquieto. Ya me había susurrado que tenía calor, que quería salirse un rato, que se iría a la plaza a tomar un poco de aire. Pero en verdad —me lo confesaba luego—, mientras nosotros veíamos el final de la película, él podía escaparse hasta casa de la morenaza, que no quedaba lejos de allí, para ver si corría con la suerte de encontrarla. Apenas oscurecen la sala, Andrés sale agachado, silenciosamente, mientras en la pantalla el espadachín entra (también silenciosamente) a la casa del guerrero. Ni elegidos ni sirvientes advierten ese paso de seda que ni siquiera perturba al aire. Han pasado cinco años después del legendario combate y el espadachín se ha refugiado en su lugar de origen (ese lejano oriente del imperio) para entrenarse en el arte de manejar la espada sólo con la mano izquierda. Tiempo de depuración, de desprendimiento, de concentración absoluta, de exigir de su cuerpo el olvido, han borrado todo orgullo, todo afán humano. Bebe sólo agua, se alimenta del aire, suda el rocío mañanero, duerme en perfecto equilibrio sobre una cuerda tendida entre dos árboles, viste un hábito de tejido ligerísimo, indescriptible.
|
sto y mucho más encontrará en NÚMERO
Regresar
a la Página Principal
Artículos en Internet |
Suscripciones | Editorial
| Número Ediciones | Números
Anteriores
Revista Número.
Carrera 21 Nº85-40 . Telefax: [571] 635-8012¬ 635-8013
Bogotá, Colombia
numero@elsitio.net.co