MIS
PIEDRAS Y MIS BUENOS AIRES
Bogotá, 26 de febrero del 2006
«A Sandro, para que le dé piedra».
Allí estábamos
reunidos: locutores de radio, ingenieros civiles, electricistas,
ingenieros de sistemas, publicistas, actores, economistas, gestores
culturales, músicos y otros, todos con un objetivo común:
inyectarnos, en vivo y en directo, una dosis personal de Los Rolling
Stones. Todos nos mirábamos con desconfianza, sin entender
cómo era posible que estos otros también fueran a lo
mismo. Y yo creyéndome la única adicta con suerte de
conseguir una entrada para ver el concierto más grande del
universo. ¡Y eso que no estuve en Brasil! Zoe, otra adicta
peor que yo, se había encargado de dañarme los planes
y les había conseguido entradas a todos. Así que, pasadas
las dos de la madrugada, partimos con rumbo a Buenos Aires.
Cuatro días más tarde, después de recorrer las
calles de una ciudad que todavía no entendía, luego de
habernos perdido en la rumba profunda de su vida nocturna, llegó por
fin la esperada hora cero. El día del concierto, frente al estadio
Monumental de River Plate, a las dos de la tarde y con un calor de
35 °C, estábamos haciendo cola detrás de unas cuatro
mil personas de todas las edades que habían empezado a llegar
desde la noche anterior. Llevábamos puestas las camisetas que
Zoe nos había entregado en el aeropuerto: en el frente la boca
y la lengua pintadas con la bandera de Argentina, y en la espalda la
boca y la lengua pintadas con la bandera colombiana y la palabra Colombia.
La gente nos reconocía con facilidad y nos saludaba con cariño.
Tengo que admitir que los argentinos me sorprendieron…
Pero regresemos a los 35 °C, porque fueron tres horas y media de
espera que, a esa temperatura, parecían más de diez.
Por fin, entramos saltando al estadio. Allí nos esperaban las
cámaras de MTV para que les enviáramos un saludo a nuestros ídolos.
Luego corrimos hacia el campo y nos dividimos en dos grupos. Uno se
fue hacia delante, muy cerca del escenario, coronado por una pantalla
gigantesca, y el otro se quedó en el centro del campo, a donde,
en algún momento, llegaría la tarima con los cuatro monstruos.
A las cinco y media abrió La 25, el primero de los tres grupos
locales que sirvieron como teloneros. A las seis y media tocaron Las
Pelotas y a las ocho, Los Piojos. Y allí fue Troya, porque entonces
supimos y entendimos lo que son los famosos rollingas argentinos. Nuestro
grupo fue pulverizado. Yo, que soy pequeña, quedé en
medio de una manada de gigantes argentinos sin camisa, con tatuajes
de lenguas chupándome por todas partes y sudando a mares. La
multitud se movía hacia atrás y hacia delante, yo subía
y bajaba con cada nueva embestida y decidí relajarme y dejarme
llevar. «Si aún no entran Los Stones, no me imagino lo
que me espera para el resto de la noche», pensé. Afortunadamente,
una de esas oleadas me llevó hacia dos de mis compañeros
colombianos. Los agarré con todas mis fuerzas y, cuando me faltó el
aire, los empujé hacia un extremo con el fin de reservar energías
para el platillo principal. Teníamos la ropa completamente mojada.
Nos encontramos con un vendedor de paletas que nos cayó del
cielo. Hubo una pausa como de media hora. Nos fuimos metiendo entre
la gente, hasta quedar como a diez metros del escenario. De pronto
se apagaron las luces y el estadio, cargado con 60 mil personas, estalló emocionado.
Sonaron las primeras notas de Jumpin’ Jack Flash.
Carlos, uno de los colombianos con los que me había encontrado,
me rodeó con sus brazos fuertes y sus 1,77 metros de estatura.
Juntos, nos lanzamos frenéticos y delirantes hacia Mick Jagger,
vestido con su chaqueta rojo brillante. No me importaban los argentinos
con promedio de 1,85 de estatura que me rodeaban, brincando y empujando
enloquecidos en lo que era una verdadera licuadora humana. Yo vivía
mi propia locura y estaba dispuesta a matar o morir. A nuestro lado
surgían, entre los cuerpos, muchachas pálidas que eran
arrastradas o empujadas por sus acompañantes para llevarlas
a un lugar seguro. Faltaba el aire y sobraba la emoción. Jagger
sacó a relucir su español para recordarle al que le diera
la gana que habían pasado ocho años desde la última
vez. «Los extrañamos mucho», dijo, y siguió cantando
y tocando con toda la energía que tres días atrás
le habían inyectado casi dos millones de brasileños en
la playa de Copacabana, en Río de Janeiro, en el «Show
mais grande do mundo». Con esa energía sonaron It’s
Only Rock n’Roll (but I like it), Shattered y Oh, No, Not You
Again. En algún momento, en medio de la veintena de canciones
que nos regalaron, Jagger dijo: «¿Están calientes?
Después del show nos damos una ducha juntos». En ese instante
me llegó una oleada de viento helado que me refrescó y
me dio un segundo aire para acompañarlos hasta el final y desear
con todas mis fuerzas que lo de la ducha con Mick se hiciera realidad.
Siguió con Tumbling Dice, juego de dados que ayuda al parecido
que hasta Ron Wood establece con Exile on Main Street. Y conste que
no soy una erudita. Cuando llegó el turno de Rain Fall Down,
no pude dejar de recordar al autor de mi adicción: un adicto
peor que yo y que muchos de los que estábamos allí: mi
amigo Sandro Romero Rey, a quien por estar buscando lo que no se le
había perdido, lo dejó el avión. Pero volvamos
a lo que vinimos: Jagger besó su armónica en el momento
sublime de Midnight Rambler. Luego, cuando todos nos íbamos
a morir, presentó a los integrantes de su pandilla, quienes
fueron ovacionados uno por uno. El maestro dejó a Keith Richards
para el final. La gente no paraba de gritar «Richards, Richards». Él
se tapó la cara en un gesto de niño tímido y se
quedó con el micrófono para acariciarnos con su voz sensual
y la hermosa letra de This Place is Empty. Luego vino un blues: Night
Time is the Right Time, en tributo a Ray Charles, con las poderosas
voces de Mick Jagger y Lisa Fischer, la eterna compañera desde
1989. Y siguieron uno tras otro los temas, ya sea de su Bigger Bang
o de sus catorce cañonazos amables: Happy (ay, Keith Richards, ¡cómo
me salvaste!), Miss You, Rough Justice. En el estadio no paraba de
subir la temperatura. De repente, y al ritmo de Start Me Up, algo desbarató el
tiempo, mi tiempo: las cuatro piedras de 60 años nos humillaron,
botaron el vértigo y el equilibrio cuando, sin dejar de tocar,
la tarima sobre la que estaban se desprendió del escenario y
empezó un recorrido por el medio del campo, hasta coronar el
centro. El centro del estadio de River, coronado por los cuatro reyes,
por las cuatro piedras sin tiempo: Jagger, Richards, Woods y Watts.
Y los rollingas los siguen enloquecidos, pisoteando a cualquiera que
se interponga en su camino. Nuestro segundo grupo de colombianos, que
esperaba ese momento, supo lo que era la enfurecida bestia rollinga
y probó las mieles del revolcón y el apretón argentino.
En ese momento, tocaron otros tres temas: Honky Tonk Women, Sympathy
for the Devil, Paint it Black y las piedras rodaron sobre la tarima
de regreso al escenario. Vino Brown Sugar, que… ya sabemos lo
que produce. Luego You Can’t Always Get What You Want, con un
solo compartido de Ron Wood. Y para cerrar, en comunión total
con el público: (I can’t get no) Satisfaction. No lograron
arrebatarme el gozo de ese tema, que me encanta, un par de grandulones
que decidieron cogerse a patadas y romperse la cara. Ni siquiera cuando
uno de ellos se abalanzó hacia delante y por poco me aplasta.
Yo seguí brincando desenfrenada en mi bautizo, por siempre,
en la familia rollinga.
De repente, sacudí la cabeza: ¿qué diablos hice
aquí? Yo, tacaña, seria y malgeniada, estuve en Nueva
York en el lanzamiento del tour a mediados del 2005. Fui testigo, sin
proponérmelo, de la versión mundial de Oh No, Not You
Again. He comprado boletas a través de internet y le he dado
la vuelta a Suramérica con los mejores amigos inventados que
he tenido en la vida… ¿para qué? Salí del
concierto, pegué las pestañas en el hotel un ratico y
regresé a mi histeria bogotana, en silencio. Y, no puedo evitarlo,
me queda una risita de satisfacción… de satisfacción… ay… I
can’t get no…
—Adriana Cantor
RECUENTOS
Saint Albans, Polo Norte
Queridos
amigos y amigas:
Aquí les va un recuento de cómo iniciamos nuestro año
en este sitio llamado Saint Albans.
Los niños y yo tuvimos diez días de vacaciones y el 3
de enero ya estábamos de nuevo en el colegio, mientras ustedes
muy seguramente rumbeaban entre ferias, festivales y paseos familiares.
Y Chepe, nanay... sólo trabajo y un día de descanso.
En fin, es la nueva vida que disfrutamos, a la que también nos
adaptamos y nos gozamos. El 31 estuvimos todos en una fiesta en un
restaurante bailando con una cuasi orquesta de salsa, con la pequeña
comunidad latina, los hijos, en combo, con una muy querida amiga, una
gringa divina con alma de latina.
Mi vida pedagógica de maestra de español es una experiencia
nueva, desafiante, extenuante, maravillosa, exigente, divertida, creativa,
nueva cada día, bilingüe, con el cerebro puesto en dos
mundos al tiempo, actuando de sargento contra los que me la quieren
montar, y de profesora con los que quieren aprender, lidiando con chicos
y chicas en esa edad de la caca y además metidos con los representantes
de otra cultura, que por demás son rurales, granjeros, campesinos
de provincia, si con algo los debo comparar. Sin embargo, día
tras día nos divertimos, creamos muchas cosas con la gran ventaja
de que éste es el mundo de la abundancia y cuentas con todos
los recursos para hacer lo que quieras: arte, todos los materiales
del mundo, música, videos, fotografía, tecnología,
proyecciones, cocina, computadores, Internet, películas, en
fin... He tenido evaluaciones excelentes por parte del director del
colegio y de mi profesora tutora. Tengo 35 alumnos en cuatro grados
y tres niveles. Y, además, acabo de terminar otro curso de español
para adultos con doce personas que estuvieron conmigo durante tres
meses, y laaargas noches (días de trabajo de 6:30 a.m. a 8:30
p.m.). Entre mis alumnos había granjeros que tienen trabajadores
mexicanos en sus fincas, profesoras que tienen mexicanos inmigrantes
como alumnos, un oficial de la oficina de inmigración, y personas
que viajan a Latinoamérica. También fue muy divertido
y menos exigente, pues los adultos son más maduros, pero aun
así desafiante, ya que piden un alto nivel de expectativas y
resultados con el curso, así que me le tengo que medir a todo
y tocar muchos frentes al mismo tiempo.
Terminamos el curso con una cena de platos latinos preparados por ellos,
después de haber hecho una investigación por Internet,
conseguido las recetas, haberlas leído y entendido y luego preparado
los platillos de Cuba, Costa Rica, México, Colombia, Perú,
Argentina y Centroamérica. Ya empecé otro curso con un
nuevo grupo de adultos de perfiles parecidos a los primeros. En marzo
me preparo para ir a una convención de profesores de lenguas
extranjeras en Nueva York y en julio, para el verano, espero estar
en Bogotá y pasar al menos un mes o dos con todos, así que
allí nos vemos: alisten paseos, rumbas y tiempo para desestresarnos
en abrazos y chismes.
Y por la danza también estoy que brinco en una pata, como rana,
con mis alumnas en el High School de Martín. En el colegio de
Martín hay programas después de clases que los chicos
escogen y a los que acuden. Mi curso de danza es a esa hora, y tengo
entre diez y doce chicas a las que hago bailar como trompos entre cumbia,
salsa, ritmo africano, merengue...
Esta semana tuve una maravillosa presentación de una sesión
de clase para amigos y padres. Estaba que me caía de lo enferma
que andaba, pero así me fui y le saqué todos los diablos
a la gripa. Ahora tengo cuatro alumnos en privado. Una pareja en avanzado
que está desde hace un año conmigo, y dos señoras
en principiantes.
Y pasando al resto de la familia, Chepe entró a la universidad
de nuevo para terminar los cursos que le faltan y sacar su título
de bellas artes en Estados Unidos. Tiene tres cursos presenciales y
uno a distancia por computador.
Los cursos presenciales los hace después de su trabajo, así que
serán largas jornadas por ahora. Está muy contento y
emocionado con este nuevo cambio que, a largo plazo, espera que le
permita dejar la cocina y ganarse la vida enseñando arte. Eso
sucederá de aquí a unos dos o tres años.
Y los hijos cada día se van soltando
un poquito más.
Martín, de catorce años, anda en un partido de baloncesto
con sus amigos, y cada día está más con sus amigos
y menos con la familia. Y Cami anda en casa de un amigo estrenando
una pista de patinaje que acaban de hacer en el patio
de la casa. En el jardín ponen una alfombra-piscina plástica. Llaman
a los bomberos para que llenen la piscina y con el frío que
hace, al otro día la piscina amanece congelada y se convierte
en una pista de patinaje. Así que Cami está en esta deliciosa
aventura. Además de que le fascina la nieve, pasa horas jugando
en ella, deslizándose con sus tablas, haciendo maromas con sus
amigos. Y ambos están aprendiendo a deslizarse en tabla de nieve,
que se llama snowboard, así que todos los sábados se
van a un resort de esquí donde les dan lecciones y se la pasan
todo el día deslizándose con sus amigos. Es un programa
que lo financian los rotarios de la ciudad y por poco dinero te llevan,
te dan clases, te cargan el equipo y te regresan a casa. Así que
hasta marzo estarán yendo a jugar de micos en la nieve, tapados
de la cabeza hasta los pies y con los cachetes colorados de la emoción
y del frío. Les fascina el cuento de la nieve y todos estos
deportes. El esquí no les interesa mucho, y en cuanto a Chepe
y a mí, sólo estamos de espectadores. A veces hacemos
country esquí, que es caminar con esquís por el campo,
o con zapatos de nieve que parecen raquetas. Esto de la nieve y el
invierno es una nueva aventura que, pese al frío y a que los
días a veces son oscuros y cortos, tiene el encanto de algo
cambiante, blanco, diferente, silencioso y muy divertido para los chicos.
Para todos ha sido un poco difícil aprender la cultura de la
nieve y el frío, así como los que van de aquí para
allá tienen que aprender la cultura del trópico.
Ahora los dejo porque me espera una larga jornada con los culicagados.
Hoy cae una nieve fina y festiva, con una textura de escarcha. Revolotean
laminillas de hielo que brillan en el aire y en el piso como la arena
cuando caminas por la playa.
Felicidades para todos, bienaventuranzas y buenos vientos.
Los quiero mucho,
—Olga Lucía Saldarriaga, «Rana».
UNA
GRAN ENTREVISTA, UNA GRAN MUJER
Bogotá, 15 de febrero del 2006
Estimados amigos:
Les envío esta gran entrevista realizada el 22 de diciembre
del 2005 a una gran mujer, Rita Levi-Montalcini, neuróloga,
premio Nobel de medicina. Ella dice: «Soy de izquierda, admiro
las políticas de Zapatero. Soy de familia
judía, pero
soy laica. Abogo por los valores éticos sin esperar recompensas
en otra vida».
—¿Cómo celebrará sus cien años?
—Ah, no sé si viviré todo ese tiempo, y además
no me placen las celebraciones. ¡Lo que me interesa y me da placer
es lo que hago cada día!
—¿Y qué hace?
—Trabajo para becar a niñas africanas, con el fin de que
estudien y prosperen ellas y sus países. Y sigo investigando,
sigo pensando...
—¿No se jubila?
—¡Jamás! ¡La jubilación está destruyendo
cerebros! Mucha gente se jubila y se abandona... Y eso mata su cerebro.
Y enferma.
—¿Y cómo anda su cerebro?
—¡Igual que a mis 20 años! No noto diferencia en ilusiones
ni en capacidad. Mañana vuelo a un congreso médico...
—Pero algún límite genético habrá...
—No. Mi cerebro pronto tendrá un siglo..., pero no conoce
la senilidad. El cuerpo se me arruga, es inevitable, ¡pero no el
cerebro!
—¿Cómo lo hace?
—Gozamos de gran plasticidad neuronal: aunque mueran algunas neuronas,
las restantes se reorganizan para mantener las mismas funciones, ¡pero
para ello conviene estimularlas!
—Ayúdeme a hacerlo.
—Mantén el cerebro ilusionado, activo, hazlo funcionar,
y nunca se degenerará.
—¿Y viviré más años?
—Vivirá mejor los años que viva, eso es lo interesante.
La clave es mantener curiosidades, empeños, tener pasiones...
—Lo suyo fue la investigación científica...
—Sí, y sigue siéndolo.
—Descubrió cómo crecen y se renuevan las células
del sistema nervioso...
—Sí, en 1942 lo llamé Nerve Growth Factor (NGF, factor
de crecimiento nervioso), y durante casi medio siglo estuvo en entredicho, ¡hasta
que se reconoció su validez y en 1986 me dieron por ello el premio
Nobel!
—¿Cómo una chica italiana de los años veinte
se convirtió en neurocientífica?
—Desde niña tuve el empeño de estudiar. Mi padre
quería casarme bien, que fuese buena esposa, buena madre... y
yo me negué. Me planté y le confesé que quería
estudiar...
—Qué disgusto para papá, ¿no?
—Sí. Pero es que no tenía una infancia feliz: me
sentía patito feo, tonta y poca cosa... Mis hermanos mayores eran
muy brillantes, y yo me sentía tan inferior...
—Veo que convirtió eso en un estímulo...
—Me estimuló también el ejemplo del médico
Albert Schweitzer, que estaba en África para paliar la lepra.
Deseé ayudar a los que sufren, ¡ese era mi gran sueño...!
—Y lo ha hecho..., con su ciencia.
—Y hoy, ayudando a niñas de África para que estudien.
Hay que seguir luchando contra la enfermedad, sí, ¡pero
todo mejorará si acaba la opresión de la mujer en esos
países islamistas...!
—¿La religión frena el desarrollo cognitivo?
—Si la religión margina a la mujer frente al hombre, la
aparta del desarrollo cognitivo.
—¿Existen diferencias entre el cerebro del hombre y el de
la mujer?
—Sólo en las funciones cerebrales relacionadas con las emociones,
vinculadas al sistema endocrino. Pero en cuanto a las funciones cognitivas,
no hay diferencia alguna.
—¿Por qué hay aún pocas científicas?
—¡No es así! ¡Muchos hallazgos científicos
atribuidos a hombres los hicieron en verdad sus hermanas, esposas e hijas!
—¿De veras?
—No se admitía la inteligencia femenina y por eso la dejaban
en la sombra. Hoy, felizmente, hay más mujeres que hombres en
la investigación científica: ¡las herederas de Hipatia!
—La sabia alejandrina del siglo IV...
—Ya no acabaremos asesinadas en la calle, como ella, por monjes
cristianos misóginos. Desde luego, el mundo ha mejorado algo...
—Nadie ha intentado asesinarla a usted...
—Durante el fascismo, Mussolini quiso imitar a Hitler en la persecución
de judíos..., y tuve que ocultarme por un tiempo. Sin embargo,
no dejé de investigar: monté mi laboratorio en mi dormitorio... ¡y
descubrí la apoptosis, que es la muerte programada de las células!
—¿Por qué hay tan alto porcentaje de judíos
entre científicos e intelectuales?
—La exclusión fomentó los trabajos intelectuales
entre los judíos: pueden prohibírtelo todo, ¡pero
no que pienses! Y ciertamente hay muchos judíos entre los premios
Nobel...
—¿Cómo se explica la locura nazi?
—Hitler y Mussolini supieron hablar a las masas, en las que siempre
predomina el cerebro emocional sobre el neocortical, el intelectual. ¡Manejaron
emociones, no razones!
—¿Sucede eso ahora?
—¿Por qué cree que en muchas escuelas de Estados
Unidos se enseña el creacionismo en vez del evolucionismo?
—¿La ideología es emoción, es sinrazón?
—La razón es hija de la imperfección. En los invertebrados,
todo está programado: son perfectos. ¡Nosotros no! Y, al
ser imperfectos, hemos recurrido a la razón, a los valores éticos: ¡discernir
entre el bien y el mal es el más alto grado de la evolución
darwiniana!
—¿Nunca se ha casado, no ha tenido hijos?
—No. Entré en la selva del sistema nervioso, ¡y quedé tan
fascinada por su belleza que decidí dedicarle todo mi tiempo,
mi vida!
—¿Lograremos un día curar el alzheimer, el parkinson,
la demencia senil...?
—Curar... Lo que lograremos será frenar, retrasar, minimizar
todas esas enfermedades.
—¿Cuál es hoy su gran sueño?
—Que un día logremos utilizar al máximo la capacidad
cognitiva de nuestros cerebros.
—¿Cuándo dejó de sentirse patito feo?
—¡Aún sigo consciente de mis limitaciones!
—¿Qué ha sido lo mejor de su vida?
—Ayudar a los demás.
—¿Qué haría hoy si tuviese 20 años?
—¡Lo mismo que estoy haciendo hoy!
—Margarita Carrillo