La faz de la luz
pura
Lo llamaban las voces de Shakespeare y de Wordsworth. Pero también
lo llamaba, si no una voz, un rumor. Ese zumbido «de abeja de ritmo» que
tenían sus viejos campos soleados. Este hombre que administraba
la justicia tenía que ser justo consigo mismo y toda la vida parece
moverse, con dolor y con lealtad, entre dos nostalgias. La de su salvaje
tierra natal y la de la gran vida urbana que apenas pudo presentir o
adivinar en su temprano viaje a Norteamérica. Esa última
era más bien una nostalgia del futuro. No parece que hubiera querido
vivir en las grandes llanuras del Norte: quería vivir en Nueva
York, donde veía el centro de la cultura, de los diálogos
literarios, de las grandes exposiciones pictóricas, la Roma de
su época. Pero condescender a tal sueño era apartarse definitivamente
de ese rincón donde brillaba para él la luz verdadera,
esa del sol que vio por las grandes ventanas y que cantó bellamente
en un poema: un poema que aun teniendo la sosegada evolución de
los viejos himnos, renuncia a la figura patriarcal, a la pagana divinidad
que adoraban egipcios y griegos, para celebrar la amistad generosa de
una estrella.
Hay una notable ausencia en la poesía de Arturo: la de la religión.
Los amigos de la antítesis pueden presumir por esa expresa ausencia
una presencia tácita y total. Lo cierto es que acaso por primera
vez en nuestras letras la mitología cristiana no interviene, no
se interpone, entre la emoción y el poema. Nuestra historia literaria
es profusa en blasfemos y en monjes, unos y otros parasitan de esas opresivas
convenciones, de esa montaña de supersticiones e inutilidades
que es nuestra lamentable vida religiosa. Y así como en los piadosos
no solemos encontrar fe ni pasión, en los impíos no encontramos
ni lucidez ni imaginación. En Arturo, cuya poesía no se
ocupa de la teología y cuya ética apenas sugerida no es
en absoluto normativa, lo único que podríamos llamar religioso,
de un modo muy amplio, es esa apasionada relación no con la idea
de la vida sino con las manifestaciones de la vida. Los ecos bíblicos
que hallamos de pronto en sus versos lo tienen todo del amor por un tono,
por un modo a veces clamoroso de expresar formas del heroísmo
o del entusiasmo.
«Yo subí a las montañas, también hechas de
sueño,
yo ascendí, yo subí a las montañas, donde un grito
persiste entre las alas de palomas salvajes».
A veces, vagos, misteriosos, pasan por los salones de la infancia los ángeles.
Más que un valor religioso tienen allí un valor estético,
y si proceden de la religión han pasado ya por los orbes de Milton
y de Dante, vienen exaltados, más allá de sus figuras,
en esas existencias intelectuales que Tomás de Aquino inventaba
en sus mejores páginas. Son, como las sirenas, formas plásticas
capaces de sugerir estados de la realidad, de la conciencia. Los primeros
son, «en los rincones, ángeles de sombra y de secreto»;
los segundos, en una atmósfera que ellos mismos enternecen y ahondan, «ángeles
de música».
Sacerdote de otros dioses, sabemos que Arturo, en su vida visible, no
era religioso. Razonablemente consideraba de mal gusto tener en las casas
los crucifijos y las frecuentes fealdades de la iconografía católica.
Uno de sus hijos quiso ser sacerdote y estuvo algún tiempo en
un centro destinado a tal fin: aunque el poeta nunca pensó siquiera
en oponerse, fue notoria su satisfacción cuando el hijo prefirió otras
formas de servir a Dios. Pero a diferencia de los fanáticos adversarios
de la religión, de esos que afirman que la Biblia es el libro
que más daño le ha hecho a la humanidad y que rechazan
a Dante y a Chesterton por no compartir su credo, quiso siempre la gran
cultura cristiana y alguna vez pudo regalar a su hija la réplica
de una madonna del Renacimiento, tal vez una de las madonnas de Rafael,
destinada a la pared de su cuarto.
Volvamos a pensar en él oscilando entre dos luces: esa que la
tradición llama, fiel a Platón, la luz del pensamiento,
que lo atraía desde las ciudades y la cultura, y esa otra que
resplandecía en su infancia y de la cual estaba irremediablemente
exiliado.
Así lo dice en su poema al sol:
«Pero ahora el sol está muy lejos,
lejos de mi silencio y de mi mano,
el sol está en la aldea y alegra las espigas
y trabaja hombro a hombro con los hombres del campo».
Otros versos, que no se agotan en esa revelación, nos muestran
cuánto ese deslumbramiento inicial permaneció en él
para siempre, casi negando a su espíritu la posibilidad de contemplar
otra luz:
«Si de tierras hermosas retorno,
¿qué traigo? ¡Me cegó su resplandor!».
Se lo vio permanecer lejos de esa tierra, reemplazar el brillo de sus
campos con la luz de la ciudad, internarse, silencioso y taciturno, en «la
noche dorada».
Sólo para
el oído
Si su tono principal es el de una íntima confidencia, su más
notable virtud es la música. La melodía que tiene en sus
versos la lengua castellana es tal vez lo más sorprendente que
Arturo ha hecho para nosotros. «Comodidades métricas» llamó alguien
alguna vez a la gran revolución que Silva y Darío trajeron
a nuestra lengua. A menudo, desencantados por los poemas de esos dos
libertadores, olvidamos que ellos modificaron, y Darío ante todo,
nuestro ritmo, nuestra respiración. Muchas cosas, sin duda, no
podían decirse en castellano antes de la pasión, la vivacidad,
la diversidad temática y rítmica que su labor legó al
idioma. Porque no bastan las palabras: una labor más secreta en
la depuración de una lengua está en la sintaxis, en el
ritmo, en la capacidad expresiva de las combinaciones verbales. Creo
que nos aproximaron a todos a una relación estética con
las palabras, labor casi divina en nuestra cultura a medio hacer. Estaban
tan cerca, sin embargo, de ciertas tradiciones, que nunca encararon plenamente
la tarea de permitir que las palabras, cuando es preciso, constituyan
la melodía del poema sin recurrir a la colaboración ritual,
o mágica, o meramente convencional, del metro y de la rima. Éstos,
que pueden ser instrumentos sagrados, suelen decaer en pobres soportes
de una central carencia de música. Hemos llegado al extremo de
confundir a la poesía con esos recursos subalternos que sólo
cobran su dimensión cuando acompasan melodiosamente un tema poético.
Desde antes de Darío hemos padecido los excesos de la homofonía
y la mera astucia verbal. Otro extremo es frecuente en nuestras letras
modernas: confundir la poesía con la arbitraria renuncia, no sólo
a la preceptiva sino a la música. Seguro, lejos de esos extremos,
encontramos a Arturo ponderando el sonido y el sentido de cada palabra,
haciendo lentamente su poesía con un escrupuloso amor por el lenguaje.
Dócil a la voz de sus musas, da a cada tema el ritmo que parece
exigir. Y al final, no importa si movidos por la convicción o
por la fidelidad a su voz, pensamos que Morada al sur sería menos
poderoso si estuviera constreñido a una métrica rigurosa
y a una frecuencia sonora, que los Madrigales serían menos conmovedores
y menos tristes si estuvieran quebrados por una sucesión de versos
libres.
Renunciar, cuando lo siente necesario, a la sonoridad evidente de los
períodos, optar por una música más ardua y más
sutil, es uno de los aciertos, uno de los ejemplos que da Arturo a nuestra
poesía. Está muy lejos de los poetas que han sido asociados
a su nombre por serle contemporáneos o por cualquier arbitrariedad
académica.
También sobre su relación con la música, fuera de
la poesía, sabemos muy poco. Pero de nuevo sus versos nos sugieren
los encuentros tempranos que fueron señalando, como esos signos
en los que Hölderlin sintió el lenguaje de los dioses, su
destino.
Un piano, que había sido llevado hasta su casa, según las
costumbres de entonces, sobre las espaldas de los peones a través
de campos azarosos, desde un puerto del Pacífico, «llenaba
de ángeles de música toda la vieja casa» y despertaba
en el niño los sueños.
De las manos de la madre salía esa música que marcó su
vida, como habría de marcarla, en la adolescencia, su definitivo
silencio. El carácter suave y tranquilo de esa mujer llena sus
versos, hasta el punto de que en algún momento la madre se confunde
con la música, y el poeta que evoca, como el niño que sueña,
no saben si esa mujer que pasa por los salones profundos es la mujer
sensual que llamaba su sangre, o la joven madre callada y luminosa, o
la propia música,
«la desnuda música avanzando desde el piano,
avanzando por el largo, por el oscuro salón, como en un sueño».
Podemos creer, como afirma Borges en su poema a Johannes Brahms, que
la música es indecible en palabras, porque la palabra quiere traducir
las emociones en tanto que la música es esas emociones sucediéndose
en sonidos, ritmos, intensidades, silencios: pero creo que seguiremos
oyendo con alegría esa descripción de la música,
que Arturo nos ha dejado en sus versos:
«Te hablo de un bosque extasiado que existe
sólo para el oído,
y que en el fondo de las noches pulsa
violas, arpas, laúdes, y lluvias sempiternas».