AURELIO ARTURO,

LA PALABRA DEL HOMBRE


POR WILLIAM OSPINA
Fotografías archivo particular

Al conmemorarse el centenario del nacimiento de uno de los más importantes y menos conocidos poetas colombianos, Aurelio Arturo, publicamos el texto que escribió William Ospina sobre el autor y su obra. Cabe señalar que fue el primer ensayo que escribió W. Ospina y que con él ganó el primer premio del concurso de ensayo Aurelio Arturo de la Universidad de Nariño, en 1982. Fue publicado originalmente en el libro Morada al sur y otros poemas, de Procultura, 1986.

 


En las noches mestizas
Alguna vez le confesó a un amigo que se proponía escribir un largo poema sobre el Descubrimiento de América. Muchos versos, sin duda, ya habían tomado forma en su mente, por ese procedimiento singular de su poesía, que crecía lenta y segura en él, y que sólo circunstancialmente se resignaba a lo definitivo del lenguaje escrito. Repetiría para sí largamente los versos hasta que su música delicada fuera satisfactoria, por concertar la vastedad de los paisajes y el vigor de los hechos con ese tono íntimo que es su don principal. Nunca llegó a terminarlo, y descendió con él a la muerte, pero es el poema que nos prometen los primeros, enigmáticos versos de Morada al sur. Esas noches donde se cruzan las razas, esa épica descripción de los potros que avanzan castigando y modificando la tierra.
Ese tono épico, al comienzo de un poema autobiográfico, puede sorprendernos, sobre todo si pensamos en lo sosegado y sedentario de la vida de su autor. Lo poco que sabemos de ella nos muestra a un muchacho de provincia llegado a la ciudad y convertido en un funcionario, sobrio y silencioso, tímido y huraño, dedicado al solo goce de la lectura y casi indescifrable para los seres que le fueron cercanos. Una vida tal nos desconcierta, tan habituados como estamos a esperar de los poetas hechos memorables, y patéticas o agradables anécdotas. Los poetas conocidos de nuestra tierra suelen cumplir con esa convención: Silva, Guillermo Valencia, Porfirio Barba Jacob, León de Greiff. Y de pronto, el más notable, el más perdurable de todos, nos deja la imagen de un funcionario modesto y de un padre de familia sumiso a los rituales de la vida cotidiana, al lado de una obra asombrosa de pasión, de música verbal, de armonía y de brevedad.
Su poesía parece tan lejana de su existencia corriente, tan encerrada en un ámbito distante y hermético, que tal vez ese primer enigma podría ser una clave central de su vida y de su obra.

Era en el bello sur
En lo fundamental, la poesía de Aurelio Arturo deriva del ámbito de su infancia y de su juventud. Transcurre, ante todo, en la vieja casa de sus padres, en los valles del sur, en los campos vecinos, en un mundo tan intensamente vivido y tan perdido, que el poeta nunca logró escapar a su fascinación. Morada al sur es, entre tantas cosas, un monumento de la nostalgia. En él, Arturo nos confía sus primeros encuentros con el mundo, los aros concéntricos de esa relación apasionada y fabulosa. Allí donde por primera vez se sintió ser, donde se supo vivo y solitario, rodeado por leguas de misterios precisos. Donde miró la luz y los ciclos del mundo, y donde lo conmovieron la constancia de los fenómenos y la mágica metamorfosis que el tiempo opera en nosotros. Donde, sobre todo, aprendió el amor de la belleza, que nunca se nos aparece en sus versos como una relación con algo ideal, sino como un regocijo nacido de las cosas más nítidas. Los bosques y sus árboles, las bestias silenciosas, los concertados fenómenos de la naturaleza, la firmeza de las moradas humanas en un ambiente reposado y propicio.
Había nacido en La Unión, Nariño, en 1906. Tan lejos del centro de gravedad de un país que entraba en el siglo desangrado por las guerras civiles, tan lejos de la capital donde reinaba una sediciosa aristocracia política y una empobrecida aristocracia cultural; la vida en esas apartadas regiones, sin ser idílica, se aproximaba a un cierto ideal de la vida en la naturaleza que ya parece definitivamente perdido para nosotros. Los padres de Arturo poseían tierras y ganados, eran pequeños señores en una región donde prevalecía la servidumbre, y no carecían de una relación modesta y sincera con la cultura. Amaban su tierra como aprendió a amarla el niño: detalladamente, y cuando lustros después Arturo se detenía por las avenidas para señalar a sus hijos el movimiento desconcertado y luminoso de las hojas de un álamo, repetía sin duda esa antigua complacencia con la naturaleza que tan difícilmente se adquiere en la ciudad, desde donde los campos se ven como un mundo útil e incómodo, en el que sólo es posible vivir trasladando a él toda la escenografía urbana, la plétora de astucias y de máquinas que nos protegen del tedio y de la aventura.

 

En el umbral de roble demoraba
Una casa amplia y acogedora, cuyos umbrales no eran muy distintos de los naturales umbrales del bosque, una casa con amplios salones y ventanales ávidos que reciben toda la luz exterior, así es en los poemas, acaso magnificada por la devoción pero inevitablemente fiel a su modelo, la casa de la infancia. Por ella vagó cuando niño, sintiendo el contraste entre el destino humano, que adecua los elementos a las necesidades de la vida social, y el turbulento oleaje de la vida silvestre que se ahondaba en valles y bosques hacia ese mundo distante y extraño que habría de ser, años después, su mundo.
En esa casa sintió para siempre la presencia invisible de los antepasados, sintió que el pasado, hondo en rostros y en hechos, les da forma y dignidad a las moradas del hombre. En uno de sus versos perduraría, hermosamente, aquella sensación: «En este umbral pulido por tantos pasos muertos», nos dice con su voz siempre afortunada.
Años antes, otro hombre taciturno, menos jubiloso pero igualmente pensativo, escribía junto al Elba:
«Un escalón que no esté profundamente gastado por los pasos no es, al fin y al cabo, más que un poco de madera más bien triste».
En ese lugar, Aurelio Arturo estuvo de algún modo hasta el fin. Cuando, sesenta años después, la muerte lo alcanzó en su modesta casa bogotana, el poeta seguía allá, asomado a mundos inalcanzables, desde las grandes ventanas de su infancia.

Esta tierra donde es dulce la vida
La de Nariño es una extraña tierra. Tal vez a ninguna parte del país le es más aplicable esa observación de pintor que Arturo le dedica a su patria: «... bellos países donde el verde es de todos los colores...».
Mesetas y llanuras llenas de verde y de frío, esa región está lejos del resto de la patria, y lo estaba mucho más a comienzos de siglo. Áridos y desolados cañones la separan, verdaderos desiertos donde aún ahora sobreviven, en lo alto de unas sierras pobres y ardientes, caseríos miserables asomados a campos amarillos de maíz. En el esplendor y la delicadeza de sus colores, honduras donde el llano se vuelve rojizo y las mesetas verdosas y azules, y donde a veces, como espuma, una bruma espesa resbala sobre las formas caprichosas de las montañas, habita una raza sin destino, desamparada y sucia de pobreza, que asoma a las puertas de casas vacías unos ojos inmóviles que parecen interrogar pero que en realidad sólo miran al mundo sin esperanza. Perdido en esos yermos, yo he vivido noches espectrales en las que el cielo parecía mucho más cierto que la tierra. Su firmamento nocturno está lleno de estrellas fugaces, y bajo las constelaciones, como un conjuro, fluye en la sombra la voz pausada de los campesinos, «contando historias».
Un famoso episodio de nuestro pasado común tiene por escenario esas tierras. A la cabeza de un ejército vacilante, rico en traidores, Nariño avanzó entre el polvo y el fuego, hacia el sur, para anexar a Colombia el más grande fortín de los españoles. Muchos días y muchas noches padecieron esa geografía malvada, diezmados por los cuchillos de los indios y por incesantes deserciones. Cuando al fin, arrastrado por su terquedad y por su conciencia del peligro de la reconquista, Nariño llegó al sur, había sobrevivido a tantas conjuras, había dejado atrás tantos peligros acechando, e iba tan traicionado y tan solo, que solamente pudo entrar sin escolta y entregarse a los enemigos que pensaba destruir.
Ese mismo camino recorrió el poeta, pero en sentido contrario, y padeciendo rigores análogos, cuando se alejaba de su tierra natal buscando un futuro para su vida y para su poesía. Lo encontró, malamente, pero nunca dejó de sentir que al cruzar el cañón del Patía, yendo hacia el norte, dejaba atrás los momentos más luminosos de su vida y que para recuperarlos iba a necesitar toda la música que llevaba en su alma.

    

El viejo bosque
Siempre tuvo en su mesa de noche, protegido del desorden de su biblioteca, El Quijote. En esa biblioteca, lo sabemos, no abundaban las obras en castellano y, menos aún, la poesía y la prosa de los autores de su país. El mismo espíritu crítico que aplicó severamente a su propia obra lo llevó a excluir de sus gustos esa veneración supersticiosa por lo nacional que ha sido la ruina de tantos escritores. El azar, o los dioses, lo habían hecho nacer demasiado cerca del mundo elemental y demasiado lejos de la precaria y menguante cultura de su patria. Después habrían de darle un regalo enorme y definitivo, la proximidad y el amor de la más compleja y diversa literatura del mundo. Llegado a la literatura inglesa, espiritualmente entregado a esa tradición, que parece resumir y exceder a todas las otras, Arturo encontró lo que nunca le habría dado la mera relación con nuestra literatura: sobriedad, vigor, un sentido sutil de la música —que le permitió renunciar sin pérdida a las facilidades de la retórica tradicional, a los peligros de las formas clásicas, a los vicios congénitos de nuestro monótono sentimentalismo—, y una mezcla de prudencia y de audacia completamente desconocida antes de él en nuestras letras. Con todo, nunca renunció a su Quijote, y solía leerlo como se leen la Biblia y la Divina Comedia: abriendo el libro en cualquier página y saboreando largamente un trozo, casi cotidianamente.
Prisionero y vencido, Cervantes había escrito El Quijote buscando que su inteligencia, su humor, su abundancia verbal, su capacidad de invención y la alegre red de sus sueños lo salvaran de la adversidad o por lo menos atenuaran su espanto. Ello lo obligaba a constantes inventos, a una labor incesante de la imaginación, porque no podía permitirse el lujo que casi todos los escritores del oficio se permiten ahora: el tedio.
El Quijote es una sucesión de alegrías y de inventos. Cervantes disfruta descubriendo maneras de decir y tal vez el mayor placer de su lectura es esa frecuencia de las sorpresas, esos constantes pero cambiantes giros de la ternura, de la insensatez y del heroísmo.
Arturo no fue indigno de sus maestros. Leer sus poemas es una aventura de la imaginación, y en su brevedad, lo fecundo de sus giros verbales, las intuiciones y los sueños que logra insinuar son casi inagotables. Cuando, tras mucho tiempo de vivir lejos de su Morada al sur, volvía a recorrer en su recuerdo las cámaras, los valles y los vientos de aquel tiempo perdido, siempre lograba hallar formas verbales nuevas y sugestivas para darnos del modo más intenso posible esas realidades desaparecidas.
Por la emanación de ese lenguaje profundo podemos sentir que el poeta, al describir las situaciones y los acontecimientos, no sólo nos da formas y apariencias sino que precisa las claves de su lugar en el mundo. Así, por ejemplo, hay dos versos que nos hablan de la situación de su casa en los campos. El primero nos habla del bosque. Cerca de la casa, hacia el norte, los árboles se cerraban en un bosque espeso donde Arturo, un niño vigilante, sintió la existencia de otro tiempo. Más allá del tiempo convencional de la vida social, cuyos ciclos miden relojes y calendarios, años y siglos; más allá del tiempo de nuestro cuerpo, ciclos de luz y de sombra medidos por el alimento, el trabajo y el sueño, y hondos ciclos de la memoria, estaban el tiempo de la naturaleza, los ciclos del bosque, cuyos árboles centenarios, cuya larga costumbre de musgos y estanques, cuya quietud central recorrida por bestias y por vientos propone a los hombres húmedas cronologías rayadas por horarios divinos. De un lado está ese bosque, del otro, el campo abierto, los sembrados que llenan el viento de bruscas ráfagas de perfume. En el centro de esas dos imágenes, la una inmóvil y oscura, la otra presurosa, ondeante y llena de luz, está la morada del poeta, el centro de gravedad de una vida destinada al equilibrio, a la sobriedad y a la búsqueda del ritmo y de la armonía.
«Y si al norte el viejo bosque tiene un tic-tac profundo,
al sur el curvo viento trae franjas de aroma».

Es el potro más bello en tierras de tu padre
Le gustaban los perros y los pájaros. Pero en su poesía las criaturas de la tierra y del aire se transforman en elementos de una mitología personal. Puede asociar y casi confundir a la bestia espectral que rumia a la luz de la luna con el ave que canta sobre la rama. Por esa asociación ambos animales escapan de la biología para convertirse en una suerte de huéspedes mágicos del universo. También son cifras de una percepción singular de la realidad.
«Una vaca sola, llena de grandes manchas,
revolcada en la noche de luna, cuando la luna sesga,
es como el pájaro toche en la rama, “llamita”, “manzana de miel”».
Platón declaró que el asombro es el comienzo de toda filosofía. Siglos después Schopenhauer repetiría esa afirmación, pero pensando también en la literatura y en la música. Habla de esa suerte de estupefacción dolorosa que está en el origen de toda reflexión filosófica, y dice que la filosofía debuta, como el Don Juan de Mozart, por un acorde en tono menor.
Sentimos que Arturo se sobreponía difícilmente a las mínimas sorpresas de los días. Parecía asombrarle que los ojos fueran capaces de tantas percepciones diversas, y que el espacio visual ocupado alguna vez por la belleza conmovedora de la luna o de un rostro, pudiera ser ocupado también por imágenes de la tristeza o de la sordidez.
La aparición de los animales en sus versos parece tener siempre un sentido milagroso. Lo imagino mirando, asombrado, cómo un pájaro se desprendía de la tierra y, venciendo la prisión de su peso, se hundía en la luz. Esa sorpresa infantil está sin duda en el origen de todas las mitologías; de ella nacieron el caballo alado de los griegos, los genios orientales, los ángeles. Un vuelo de pájaros es para Arturo una «guirnalda cuidadosa» tejida en torno a su morada. En otro momento ve el vuelo que se alza, y nos dice, con reposada fe, que esa ala «verde, tímida, levanta toda la llanura».
El arte de la conversación quiere enseñarnos cada día que la verosimilitud de lo que se dice depende del grado de convicción de quien habla. He oído a hombres que dicen verdades evidentes y he sentido que mienten. Y he oído relatos desmesurados, evidentemente inventivos o absurdos, y he creído en ellos sin vacilar, arrastrado por la inocencia o por la fe de quien los refiere.
En Arturo existen siempre esa convicción y esa fe. Sabía que la realidad no es verbal, y no se propuso ser verosímil recurriendo al ingenuo procedimiento de copiar los hechos. Sabía que inevitablemente inventamos nuestros recuerdos y se entregó al regocijo de inventar, para reconstruir, no las circunstancias, sino la atmósfera de su propio paraíso perdido.
No sabemos si alguna vez fue suyo ese potro que menciona en sus versos. Podemos suponer que lo fue: que en un día de comienzos de siglo el niño recibió de su padre un potro negro como la noche, y como la noche cruzado de destellos. El hermoso regalo perduraría en la música. El recuerdo fundió en una sola las imágenes del potro y de la noche estrellada, y nos ha dejado ese episodio de un niño que recibe de su padre un regalo vivo que es también la pasión y el firmamento nocturno:
«Y junto al árbol rojo donde el cielo se posa
hay un caballo negro con soles en las ancas
y en cuyo ojo líquido habita una centella.
Es un caballo, el mío, y oigo una voz que dice:
“Es el potro más bello en tierras de tu padre”».

    

El alto grupo de hombres entre sombras oblicuas
En un día de 1931, un muchacho de 25 años llegó hasta la redacción de un periódico de la capital. Con la timidez característica de un joven escritor de provincia que se anima a cortejar a la tipografía, presentó al director de la revista literaria, Rafael Maya, un conjunto de poemas, cruzó con él unas cuantas palabras y se retiró de nuevo, presuroso. Pocos días después el director comprendió que tenía en sus manos la revelación de un gran talento literario, e hizo llamar de nuevo al poeta para comunicarle que publicaría sus versos y pedirle que posara para el dibujante del periódico. Por esa circunstancia, tenemos el retrato de Arturo que apareció acompañando la primera publicación de sus versos. Tres años después se animó a publicar de nuevo. Aquello parecía entonces el comienzo de una larga carrera, la presentación inicial de una obra copiosa y notable. Pero el tiempo depara sorpresas. Hoy sabemos que en 1934, a los 28 años, Aurelio Arturo había publicado ya la mitad de sus obras completas, y estaba terminando la primera fase de su obra. Esta obra no es sólo la más breve de nuestra literatura: es acaso también la única imprescindible en su totalidad, la única disfrutable palabra a palabra.
En esa primera selección de sus poemas aparece uno que ha sido desde entonces huésped frecuente de las antologías y que ligeramente contrasta, por su lenguaje directo, con el resto de poemas que componen Morada al sur. Es la «Rapsodia de Saulo».
Su tono elegíaco, su exaltación de la vida libre y salvaje, suele nutrir en nosotros la imagen del poeta como un rudo hombre de los campos, entregado con pasión a duros oficios. Lo recorre «Un hálito de hombría y de resinas»: todo es allí impetuoso, turbulento y feliz. Nos sorprende saber que Aurelio Arturo nunca vivió esa vida. Algo en el fondo de sí lo llamaba a ser como un roble entre robles, a ser «Un hombre de ligeras canoas por los ríos salvajes», pero su destino invencible lo llevó a ser un hombre de libros, un lector solitario que en el día debía resignarse a administrar la justicia en un país donde los caminos legales son el último recurso de los hombres. Su destino lo llevó a ser un poeta casi anónimo, con la máscara de la ley sobre el rostro, cubriendo con atributos convencionales la pasión y la música de su desdicha.
Cuando escribió la «Rapsodia de Saulo» ya había renunciado a esa vida salvaje, pero no había renunciado al recuerdo y a la veneración de aquellos hombres que en el sur porfiaban con los elementos, haciendo del trabajo y de la rudeza un hermoso pretexto para seguir viviendo. Esos hombres que socavan los troncos cortados para hacer canoas, que derriban árboles y pájaros, esos hombres que cantan y maldicen, o que cabalgan por los llanos, son los héroes de esta poesía. Si a veces nos parecen titánicos es porque los vemos a través de los ojos de un niño, desde la absorta estatura de un niño. El niño que viéndolos sintió alguna vez en ellos una prefiguración de su propio destino.
Años después hizo un viaje secreto. Como Rafael, que al pintar a los personajes de «La Escuela de Atenas» incluyó entre los rostros su propio rostro y dejó su imagen viviendo para siempre entre los sabios de la antigüedad, a la sombra de Palas, Arturo pintó a los esforzados campesinos de su infancia y se unió al «Alto grupo de hombres entre sombras oblicuas», y fue Saulo, el viejo de manos hábiles, que a la orilla de un río cuenta, ya ayudado por las artes de Homero, las leyendas del sur.

¿Te acuerdas de esos viajes bordeados de fábulas?
Quisiéramos saber qué desvió de un modo tan radical su destino. Aunque no dejaríamos de encontrar en su adolescencia algunos de esos hechos terribles que provocan en un hombre cambios profundos, en el fondo de su infancia reposan las primeras señales. Medio siglo después de la abolición oficial de la esclavitud en Colombia, perduraba en muchos sitios una costumbre. Las familias pobres solían entregar sus hijos, a modo de regalo, a las familias de los terratenientes. Esos hijos, a trueque de ser sostenidos y medianamente educados, entraban a formar parte de la servidumbre pero amparados por una especie de relación familiar. Traían a las grandes casas del campo no sólo evidencias del mundo exterior sino otros pasados, otras supersticiones. Las nodrizas negras que en su poesía se funden en una sola, gigantesca y mítica, traían para Arturo, con las hereditarias hogueras de su sangre africana, historias de caseríos en el interior o junto al mar. Por su constitución, por su temprano poder de imaginación, Arturo vivía esas historias con una intensidad que podemos medir por sus versos. Y si los cuentos y las fábulas de su infancia llegaron a descubrirle mundos maravillosos, no ignoramos que hasta el final de su vida prohibió, con una vehemencia inusual en él, que les fueran contadas a sus hijos historias de violencia o de horror. Tan fuertemente habían quedado grabadas en él esas noches en que lloraba, temblando de miedo, gritando, después de oír las leyendas atroces del campo, con sus cortejos de crímenes y de criaturas maléficas que acechan entre los árboles, o se deslizan por las ventanas abiertas, o vuelan llenando la noche de oscuros presagios.

    

La faz de la luz pura
Lo llamaban las voces de Shakespeare y de Wordsworth. Pero también lo llamaba, si no una voz, un rumor. Ese zumbido «de abeja de ritmo» que tenían sus viejos campos soleados. Este hombre que administraba la justicia tenía que ser justo consigo mismo y toda la vida parece moverse, con dolor y con lealtad, entre dos nostalgias. La de su salvaje tierra natal y la de la gran vida urbana que apenas pudo presentir o adivinar en su temprano viaje a Norteamérica. Esa última era más bien una nostalgia del futuro. No parece que hubiera querido vivir en las grandes llanuras del Norte: quería vivir en Nueva York, donde veía el centro de la cultura, de los diálogos literarios, de las grandes exposiciones pictóricas, la Roma de su época. Pero condescender a tal sueño era apartarse definitivamente de ese rincón donde brillaba para él la luz verdadera, esa del sol que vio por las grandes ventanas y que cantó bellamente en un poema: un poema que aun teniendo la sosegada evolución de los viejos himnos, renuncia a la figura patriarcal, a la pagana divinidad que adoraban egipcios y griegos, para celebrar la amistad generosa de una estrella.
Hay una notable ausencia en la poesía de Arturo: la de la religión. Los amigos de la antítesis pueden presumir por esa expresa ausencia una presencia tácita y total. Lo cierto es que acaso por primera vez en nuestras letras la mitología cristiana no interviene, no se interpone, entre la emoción y el poema. Nuestra historia literaria es profusa en blasfemos y en monjes, unos y otros parasitan de esas opresivas convenciones, de esa montaña de supersticiones e inutilidades que es nuestra lamentable vida religiosa. Y así como en los piadosos no solemos encontrar fe ni pasión, en los impíos no encontramos ni lucidez ni imaginación. En Arturo, cuya poesía no se ocupa de la teología y cuya ética apenas sugerida no es en absoluto normativa, lo único que podríamos llamar religioso, de un modo muy amplio, es esa apasionada relación no con la idea de la vida sino con las manifestaciones de la vida. Los ecos bíblicos que hallamos de pronto en sus versos lo tienen todo del amor por un tono, por un modo a veces clamoroso de expresar formas del heroísmo o del entusiasmo.
«Yo subí a las montañas, también hechas de sueño,
yo ascendí, yo subí a las montañas, donde un grito
persiste entre las alas de palomas salvajes».
A veces, vagos, misteriosos, pasan por los salones de la infancia los ángeles. Más que un valor religioso tienen allí un valor estético, y si proceden de la religión han pasado ya por los orbes de Milton y de Dante, vienen exaltados, más allá de sus figuras, en esas existencias intelectuales que Tomás de Aquino inventaba en sus mejores páginas. Son, como las sirenas, formas plásticas capaces de sugerir estados de la realidad, de la conciencia. Los primeros son, «en los rincones, ángeles de sombra y de secreto»; los segundos, en una atmósfera que ellos mismos enternecen y ahondan, «ángeles de música».
Sacerdote de otros dioses, sabemos que Arturo, en su vida visible, no era religioso. Razonablemente consideraba de mal gusto tener en las casas los crucifijos y las frecuentes fealdades de la iconografía católica. Uno de sus hijos quiso ser sacerdote y estuvo algún tiempo en un centro destinado a tal fin: aunque el poeta nunca pensó siquiera en oponerse, fue notoria su satisfacción cuando el hijo prefirió otras formas de servir a Dios. Pero a diferencia de los fanáticos adversarios de la religión, de esos que afirman que la Biblia es el libro que más daño le ha hecho a la humanidad y que rechazan a Dante y a Chesterton por no compartir su credo, quiso siempre la gran cultura cristiana y alguna vez pudo regalar a su hija la réplica de una madonna del Renacimiento, tal vez una de las madonnas de Rafael, destinada a la pared de su cuarto.
Volvamos a pensar en él oscilando entre dos luces: esa que la tradición llama, fiel a Platón, la luz del pensamiento, que lo atraía desde las ciudades y la cultura, y esa otra que resplandecía en su infancia y de la cual estaba irremediablemente exiliado.
Así lo dice en su poema al sol:
«Pero ahora el sol está muy lejos,
lejos de mi silencio y de mi mano,
el sol está en la aldea y alegra las espigas
y trabaja hombro a hombro con los hombres del campo».
Otros versos, que no se agotan en esa revelación, nos muestran cuánto ese deslumbramiento inicial permaneció en él para siempre, casi negando a su espíritu la posibilidad de contemplar otra luz:
«Si de tierras hermosas retorno,
¿qué traigo? ¡Me cegó su resplandor!».
Se lo vio permanecer lejos de esa tierra, reemplazar el brillo de sus campos con la luz de la ciudad, internarse, silencioso y taciturno, en «la noche dorada».

Sólo para el oído
Si su tono principal es el de una íntima confidencia, su más notable virtud es la música. La melodía que tiene en sus versos la lengua castellana es tal vez lo más sorprendente que Arturo ha hecho para nosotros. «Comodidades métricas» llamó alguien alguna vez a la gran revolución que Silva y Darío trajeron a nuestra lengua. A menudo, desencantados por los poemas de esos dos libertadores, olvidamos que ellos modificaron, y Darío ante todo, nuestro ritmo, nuestra respiración. Muchas cosas, sin duda, no podían decirse en castellano antes de la pasión, la vivacidad, la diversidad temática y rítmica que su labor legó al idioma. Porque no bastan las palabras: una labor más secreta en la depuración de una lengua está en la sintaxis, en el ritmo, en la capacidad expresiva de las combinaciones verbales. Creo que nos aproximaron a todos a una relación estética con las palabras, labor casi divina en nuestra cultura a medio hacer. Estaban tan cerca, sin embargo, de ciertas tradiciones, que nunca encararon plenamente la tarea de permitir que las palabras, cuando es preciso, constituyan la melodía del poema sin recurrir a la colaboración ritual, o mágica, o meramente convencional, del metro y de la rima. Éstos, que pueden ser instrumentos sagrados, suelen decaer en pobres soportes de una central carencia de música. Hemos llegado al extremo de confundir a la poesía con esos recursos subalternos que sólo cobran su dimensión cuando acompasan melodiosamente un tema poético. Desde antes de Darío hemos padecido los excesos de la homofonía y la mera astucia verbal. Otro extremo es frecuente en nuestras letras modernas: confundir la poesía con la arbitraria renuncia, no sólo a la preceptiva sino a la música. Seguro, lejos de esos extremos, encontramos a Arturo ponderando el sonido y el sentido de cada palabra, haciendo lentamente su poesía con un escrupuloso amor por el lenguaje. Dócil a la voz de sus musas, da a cada tema el ritmo que parece exigir. Y al final, no importa si movidos por la convicción o por la fidelidad a su voz, pensamos que Morada al sur sería menos poderoso si estuviera constreñido a una métrica rigurosa y a una frecuencia sonora, que los Madrigales serían menos conmovedores y menos tristes si estuvieran quebrados por una sucesión de versos libres.
Renunciar, cuando lo siente necesario, a la sonoridad evidente de los períodos, optar por una música más ardua y más sutil, es uno de los aciertos, uno de los ejemplos que da Arturo a nuestra poesía. Está muy lejos de los poetas que han sido asociados a su nombre por serle contemporáneos o por cualquier arbitrariedad académica.
También sobre su relación con la música, fuera de la poesía, sabemos muy poco. Pero de nuevo sus versos nos sugieren los encuentros tempranos que fueron señalando, como esos signos en los que Hölderlin sintió el lenguaje de los dioses, su destino.
Un piano, que había sido llevado hasta su casa, según las costumbres de entonces, sobre las espaldas de los peones a través de campos azarosos, desde un puerto del Pacífico, «llenaba de ángeles de música toda la vieja casa» y despertaba en el niño los sueños.
De las manos de la madre salía esa música que marcó su vida, como habría de marcarla, en la adolescencia, su definitivo silencio. El carácter suave y tranquilo de esa mujer llena sus versos, hasta el punto de que en algún momento la madre se confunde con la música, y el poeta que evoca, como el niño que sueña, no saben si esa mujer que pasa por los salones profundos es la mujer sensual que llamaba su sangre, o la joven madre callada y luminosa, o la propia música,
«la desnuda música avanzando desde el piano,
avanzando por el largo, por el oscuro salón, como en un sueño».
Podemos creer, como afirma Borges en su poema a Johannes Brahms, que la música es indecible en palabras, porque la palabra quiere traducir las emociones en tanto que la música es esas emociones sucediéndose en sonidos, ritmos, intensidades, silencios: pero creo que seguiremos oyendo con alegría esa descripción de la música, que Arturo nos ha dejado en sus versos:
«Te hablo de un bosque extasiado que existe
sólo para el oído,
y que en el fondo de las noches pulsa
violas, arpas, laúdes, y lluvias sempiternas».

    

El sueño me alarga los cabellos
Rendido, adormecido por las fábulas de su infancia, bajo la sombra protectora de esas figuras míticas, Arturo no sintió cómo la edad lo transformaba, y tal vez no comprendió ese viento —tan distinto del viento tranquilo que mece las hojas y las nubes de sus versos—, que de repente lo arrastró a otro mundo. Era, según se dice, el favorito de su madre, y envuelto en esa música cruzó el largo salón penumbroso, oyendo apenas el rumor de la vida allá, afuera. Quince años, nos dice el poema, demoró recorriendo ese ámbito personal que ahora es de todos nosotros. Algo iba a ocurrir, algo iba a detener y a desviar sus pasos. Ahora adivinamos que ese momento terrible fue una sucesión de golpes devastadores que le arrebataron las más queridas formas de su infancia. Una gran destrucción fue la muerte de su madre, la desaparición de su más profunda fuente de música. Ignoro cómo ocurrió. Pero sé que mucho después, cuando se reencontraba con el tiempo perdido, volvía a vivir con dolor esa hora en que el flujo natural de su vida se quebró, visitado por el hielo de la muerte. Sabemos, siquiera metafóricamente, cómo se detuvo,
«... con un pie en una cámara hechizada
y el otro a la orilla del valle...».
ya sintiendo que su morada empezaba a derrumbarse, que ya empezaba a llamarle el urgente campo exterior, al oleaje poderoso del mundo.

¿Qué lumbre buscaré sin días y sin noches?
Y Aurelio Arturo salió de su vieja casa para siempre. Su joven corazón luchaba «entre cielos atroces» y podemos imaginar, inventar sus últimos paseos por los campos, su diálogo silencioso con esas constancias queridas que no lo abandonarían jamás. En este punto de ruptura está situado uno de los hechos más desconocidos de su vida. Creo que al partir Arturo no sólo abandonó su casa, la sombra de sus antepasados, los campos, «las vastas noches alumbradas / por una estrella de menta que enciende toda sangre», la ceniza de su madre dormida en el mármol, sino también a la mujer que amaba, esa que comparte con los campos el ámbito de su poesía. El tono definitivo con que refiere esa ausencia nos deja la sensación de que ella ha muerto también:
«mas si tu cuerpo es tierra donde la sombra crece», pero también sentimos que esa muerte es sólo la metáfora de lo irreversible, de lo que no será recuperado. Como Dante, como todos los hombres, Arturo buscará consuelo en la pluralidad del espacio y del tiempo. Llamará en su auxilio «la ancha ruta terrestre», y si no encuentra la paz al menos podrá decir, como Browning:
«Here and here did England help me».
Así abundarán en sus poemas los versos donde la imagen de su país se confunde con la de su amada:
«Yo amé un país que me es una doncella»
y después:
«... ¿cuál tu nombre, tu nombre, tierra mía,
tu nombre Herminia, Marta?».
Dos poemas vamos a recordar, dos poemas que a partir de ese momento cifran el sentimiento más constante del poeta. Uno, «Clima», el canto apasionado de su patria, viajes, paisajes, músicas que son la voz de los elementos y sus fenómenos, las hermosas formas en que el poeta distrae su desdicha, hasta ese momento final en que un recuerdo invencible se impone, cambiando el sentido de todo lo anterior, revelándonos su origen secreto:
«Dócil mujer, de miel henchido el seno,
amó bajo las palmas mis canciones».
Otro, «Interludio», donde sabemos que a pesar de la búsqueda y del espacio ella permanece en él, ella lo sigue hora a hora, día a día,
«... siempre al fondo de mis actos,
de mis signos cordiales,
de mis gestos, mis silencios, mis palabras y pausas»
desposada con él, como el personaje de Masters, «no por la unión sino por la separación».

   

Por los países de Colombia
Un hombre de provincia que estudia leyes en una universidad bogotana, un abogado redactando largos memoriales, un juez resolviendo en su estrado asuntos de oro y de sangre, un agregado de la embajada norteamericana, un viajero por los enormes estados del norte, un marido que cumple con las diarias liturgias del hogar, un padre que juega a ser niño, con sus hijos, en las tardes de días que se fingen idénticos, bajo esas apariencias se escondía el poeta, un hombre entre los hombres, pero con la vista atenta, con el alma tejida de músicas que aguardaban su hora. Se imponen en el recuerdo de quienes le conocieron su silencio y su timidez. En la tercera década de este siglo le vemos, como a tantos jóvenes de entonces, deslumbrados por la caída del Palacio de Invierno y por el sueño de la fraternidad entre los hombres, convertido al socialismo, conspirando la abolición de un orden de siglos, discutiendo con sus amigos en el fervor de la noche. Pertenecen a aquellos tiempos los primeros poemas, aquellos que misericordiosamente excluyó de sus libros, poemas que eran sólo instrumentos de sus opiniones y su credo, sin duda apasionados. No duraría mucho esa pasión. Ahora que había salido de la tela de araña de sus jardines de fábula, ahora que corría dejando atrás un mundo «de magnificencia y catástrofes», su deber era buscar el sosiego y el orden. Terminó adhiriéndose al pensamiento liberal, depositando su voto por hombres que fueron sus amigos, convencido tal vez de que en un país que tendía a la barbarie y al caos lo más sensato era optar por la moderación, por la conservación del orden, así fuera precario, y confiar para lo demás en las propias fuerzas.
Esas fuerzas no eran pocas en él. Se alejó por su patria, sabedor de que Colombia, hija de España, más que un país es un conjunto de países unidos por la historia común, por la lengua y por indolentes instituciones. Buscó espacios espirituales más vastos: los encontró en las lenguas de Inglaterra y de Francia, y después en las melodiosas geografías de Dante. Su actividad principal fue la atenta lectura de esos libros antiguos que le ayudaron a encontrar su propia voz. Su biblioteca contenía numerosas versiones inglesas y francesas de las obras de latinos y griegos, y otra de sus costumbres era la placentera comparación de las versiones, el goce de buscar entre todas esas voces de traductores que modifican y matizan, la voz poderosa que habla en el fondo, en el origen.

Los días que uno tras otro son la vida
A pesar de su aparente monotonía, no nos está permitido pensar que la vida de Arturo terminó perdiéndose en la red de los hábitos. No dejará de admirarnos la vivacidad de su voz, ni la atención con que consideraba todos los acontecimientos de su presente. Si fuera tolerable esa palabra, podríamos decir que nos admira lo moderno de su lenguaje y de su estilo, tan lejano de la desmayada voz de sus contemporáneos. Pero a Arturo no lo movía el afán trivial de ser moderno, ni el otro, soberbio, de no parecerse a los demás. Le bastó ser sincero, ser fiel a sí mismo, para lograr no una poesía de moda, condescendiente con las supersticiones de su época, sino una poesía capaz de ser actual para siempre, porque habla de cosas que no cesan; le bastó poner en sus versos su asombro, su felicidad y su espanto, para dejarnos esa voz inconfundible.
En cuanto a su modo de sentir y vivir el presente, no olvidaremos que nadie fue mejor amigo de los jóvenes escritores que ese joven poeta de sesenta años que discutía con los nadaístas en los cafés y que hablaba con Giovanni Quessep en las tardes soleadas de la sabana; no olvidaremos que cuando se aplicó a hacer traducciones del inglés, prefirió presentarnos jóvenes escritores, las nuevas voces de esa lengua que amaba.
Con la publicación de Morada al sur, en 1942, se cierra la primera fase de su obra; esos catorce poemas que aparecieron reunidos en la magnífica edición de 1963. A partir de ese momento fue largo su silencio. La primera fuente de su inspiración se había agotado; tal vez ya no podría escribir nada más ni mejor sobre ese paraje hechizado que le arrebató el tiempo. Ahora sólo podía salir de él otra voz que, quebrando el conjuro, lo asomara a un mundo distinto.

Y llega el alba sobre sus yeguas blancas
Esa voz apareció. Cantó la historia de un niño prisionero en un sueño de salones oscuros, que pasa volando casi muerto por las ventanas celestes y que de pronto despierta a otro mundo. Ese poema era la ruptura necesaria, la despedida melancólica pero confiada de quien empezaba a viajar por la música buscando tierras distintas. Cantó las noches de la ciudad, cantó los duraderos lenguajes humanos, cantó los enormes espacios aún no conquistados por el hombre, cantó la voz de una mujer que se alza de repente en la noche, cantó la muerte de las hadas y la desolación de las fábulas, habló, o pensó, el secreto de la poesía, habló de las lluvias intemporales y de la hierba inextinguible que triunfa sobre los cuerpos y sobre los imperios. Entonces sus amigos y las pocas personas que conocían sus poemas se estremecieron. Esa voz que nacía y se ahondaba significaba para la poesía colombiana algo más que un cambio; significaba, de alguna manera, un comienzo. Así lo declaró Danilo Cruz Vélez, poco después de muerto el poeta, cuando escribió que Arturo había sido la primera gran esperanza de nuestra poesía después de la noche aciaga en que Silva se hundió en las sombras. El filósofo considera a «Palabra» (uno de los últimos poemas) como el más acabado y memorable de ellos. Entiendo que el poeta Álvaro Mutis ha dicho algo parecido del poema «Tambores». Y aunque esas afirmaciones propicias a la polémica no son esenciales, sí demuestran, emitidas por dos de los más respetables críticos que tiene Colombia, hasta dónde esa última fase de la obra de Arturo despertó la admiración y la expectativa entre sus más destacados contemporáneos.

    

En la noche dorada
En 1974, Aurelio Arturo murió, víctima de la rotura de un aneurisma. Desconocido por su pueblo, sigue siendo lo que fue en su vida: el más anónimo, el menos editado y el más importante de los poetas de Colombia.
Ya se encargarán los años y sus hombres de descubrir esa voz que ha cantado de tal manera nuestro país y nuestros destinos. Ya se encargará el tiempo de revelarnos a todos cuál es el lugar de este hombre en la gran historia.
Nosotros volvemos a empezar la lectura de sus versos, volvemos lentamente las páginas en la noche que ya está cargada de su voz, y seguiremos obstinándonos en descubrir ese secreto esquivo que arde en el centro de su vida y de su obra; ese milagro desconocido que hizo que a un humilde hombre del sur le fuera dado hacer resonar en su voz las agonías y los sueños de todo un pueblo.


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