A pocos kilómetros al suroeste de Medellín, enclavado
en un pequeño
valle de la cordillera Central, se encuentra el municipio de Amagá. Se
trata de una población que desde hace más de cien años vive
de la explotación carbonífera, pues de allí salió el
combustible que alimentó el ferrocarril, la navegación de vapor
y los hornos de la naciente industria antioqueña. Aún hoy, el carbón
que de allí se extrae nutre de combustible barato la industria textil,
cementera y metalmecánica de la región.
La zona conoció el auge de grandes empresas mineras, que luego vinieron
a menos y de las cuales hoy sólo quedan unas pocas en pie. La forma de
producción que ahora abunda en la región es la minería informal
o artesanal, que se desenvuelve todavía en condiciones prehistóricas.
Este tipo de minería se trabaja a riesgo, con métodos empíricos
y bajos costos que no conocen medidas de seguridad. Va desde el minero aislado
que abre a pico y pala una bocamina o «gurrera», hasta el pequeño
minero empresarial capaz de regentar una mina más grande y que contrata
a 20 o 30 personas, pero con un presupuesto que no le alcanza para cumplir los
requisitos técnicos exigidos por Minercol, la entidad estatal encargada
del sector minero.
Esta minería de emergencia convierte la jornada diaria de los trabajadores
en una especie de ruleta rusa, pues nunca se sabe en qué momento se va
a derrumbar una mina por falta de parales, cuándo se va a inundar, o cuándo
puede ocurrir una explosión, como sucedió en 1977, en la mina El
Silencio, donde perdieron la vida 86 mineros al producirse una explosión
por acumulación de gas grisú.
Pero las pequeñas tragedias se suceden a diario. Tan sólo en agosto
de este año, tres trabajadores murieron por insuficiencia respiratoria
al ingresar a una mina en la que había poco oxígeno; meses atrás,
un joven que no había cumplido los 20 años quedó inválido
al romperse el cable del malacate que lo transportaba. Y el año pasado
un minero murió electrocutado cuando trataba de cambiar un bombillo en
un socavón. A pesar de todos estos riesgos, la seguridad social es nula
frente a un trabajo muy desgastante y mal remunerado, puesto que la gente trabaja
por un jornal de quince mil pesos diarios.
Aunque la minería informal o artesanal es una economía de subsistencia,
es una fuente que cada vez se torna más precaria, pues los cambios en
la propiedad de la tierra y su nueva destinación, ya sea para fines recreativos
o para la cría de caballos, reducen cada vez más esa posibilidad.
El desempleo en la región ha aumentado como consecuencia de la compra
de tierras por parte de nuevos ricos o sectores emergentes que cierran y rellenan
los túneles de las bocaminas en funcionamiento y prohíben la apertura
de nuevas en sus propiedades, cosa que antes se podía hacer libremente.
Este es el contexto de «Vidas al carbón». Son retratos que
enaltecen el poderío y la fuerza de los cuerpos labrados por el trabajo,
pero también son un testimonio de las consecuencias de una labor ruda,
que erosiona esa corporalidad.