VIDAS AL CARBÓN


Por Jairo Ruiz Sanabria

Fotografías y texto de Jairo Ruiz Sanabria

JAIRO RUIZ SANABRIA. Periodista, fotógrafo, gestor cultural, guionista y realizador de video. Egresado de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Antioquia. Se ha desempeñado como fotógrafo en las áreas de reportería gráfica, documental, artística y publicitaria. Creador del Concurso Nacional de Fotografía Documental «Los trabajos y los días» de la Escuela Nacional Sindical, uno de los eventos de mayor tradición del medio fotográfico del país.

 


A pocos kilómetros al suroeste de Medellín, enclavado en un pequeño valle de la cordillera Central, se encuentra el municipio de Amagá. Se trata de una población que desde hace más de cien años vive de la explotación carbonífera, pues de allí salió el combustible que alimentó el ferrocarril, la navegación de vapor y los hornos de la naciente industria antioqueña. Aún hoy, el carbón que de allí se extrae nutre de combustible barato la industria textil, cementera y metalmecánica de la región.
La zona conoció el auge de grandes empresas mineras, que luego vinieron a menos y de las cuales hoy sólo quedan unas pocas en pie. La forma de producción que ahora abunda en la región es la minería informal o artesanal, que se desenvuelve todavía en condiciones prehistóricas. Este tipo de minería se trabaja a riesgo, con métodos empíricos y bajos costos que no conocen medidas de seguridad. Va desde el minero aislado que abre a pico y pala una bocamina o «gurrera», hasta el pequeño minero empresarial capaz de regentar una mina más grande y que contrata a 20 o 30 personas, pero con un presupuesto que no le alcanza para cumplir los requisitos técnicos exigidos por Minercol, la entidad estatal encargada del sector minero.
Esta minería de emergencia convierte la jornada diaria de los trabajadores en una especie de ruleta rusa, pues nunca se sabe en qué momento se va a derrumbar una mina por falta de parales, cuándo se va a inundar, o cuándo puede ocurrir una explosión, como sucedió en 1977, en la mina El Silencio, donde perdieron la vida 86 mineros al producirse una explosión por acumulación de gas grisú.
Pero las pequeñas tragedias se suceden a diario. Tan sólo en agosto de este año, tres trabajadores murieron por insuficiencia respiratoria al ingresar a una mina en la que había poco oxígeno; meses atrás, un joven que no había cumplido los 20 años quedó inválido al romperse el cable del malacate que lo transportaba. Y el año pasado un minero murió electrocutado cuando trataba de cambiar un bombillo en un socavón. A pesar de todos estos riesgos, la seguridad social es nula frente a un trabajo muy desgastante y mal remunerado, puesto que la gente trabaja por un jornal de quince mil pesos diarios.
Aunque la minería informal o artesanal es una economía de subsistencia, es una fuente que cada vez se torna más precaria, pues los cambios en la propiedad de la tierra y su nueva destinación, ya sea para fines recreativos o para la cría de caballos, reducen cada vez más esa posibilidad. El desempleo en la región ha aumentado como consecuencia de la compra de tierras por parte de nuevos ricos o sectores emergentes que cierran y rellenan los túneles de las bocaminas en funcionamiento y prohíben la apertura de nuevas en sus propiedades, cosa que antes se podía hacer libremente.
Este es el contexto de «Vidas al carbón». Son retratos que enaltecen el poderío y la fuerza de los cuerpos labrados por el trabajo, pero también son un testimonio de las consecuencias de una labor ruda, que erosiona esa corporalidad.

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