TRES CUENTOS DE MARISOL ROZO


Ilustraciones de Eulalia de Valdenebro

MARISOL ROZO (Cali, 1974). Trabaja con compañías profesionales de teatro, danza y creación artística en Madrid (Yllana, Teatro de Madrid y Retablo). Hizo parte de compañías como L’Éxplose, Loco 7 y El Alcaraván, entre otras. Escribió y dirigió la obra de teatro Lo que nos une, con funciones en Madrid y Barcelona. Recientemente dirigió la obra 3XQués, con textos del escritor catalán Quim Monzó. Ha escrito para los discos del violinista Ara Malikian y, además, textos literarios de poesía y relato breve. Publicó Monólogos cortos, ediciones La Avispa (Madrid).

 


El hombre que se enamoró de su sombra

Saltó por la ventana del noveno piso. Eran las doce y treinta y cinco minutos de la mañana. Todo sucedió tan repentinamente que tan sólo tuvo tiempo de dejar una nota en la que brevemente explicaba los motivos de su desaparición. A las doce y treinta y seis minutos su cuerpo se hallaba inerte, rodeado de dos personas que vieron el descenso, sin gritar; únicamente se escuchó un leve gemido de dolor antes de estrellarse.
Me visitó unos días antes de lo sucedido. Mi consulta suele estar abierta a todo tipo de personas sin recomendación alguna. No soy de los que solamente reciben pacientes enviados por amigos o amigos de pacientes, ya que pienso que este servicio es casi tan necesario como ir al baño. «Soy escuchador», así lo llamo y así me hago llamar.
Volviendo pues al tema, el chico llegó a mi consulta un tanto intranquilo mas no nervioso. Le noté cierto aire de artista, tal vez por su manera de vestir y por los suaves movimientos que hizo antes de tomar asiento frente a mí. Me miró, y me dijo:
«Va a pensar que estoy loco, yo también lo pienso. Hace más o menos un año amo a alguien, y ese alguien es la razón por la cual usted pensará lo que le he dicho: estoy enamorado de mi sombra. La descubrí una noche de luna llena. Caminaba junto a mí y me siguió, como obviamente se imaginará, hasta mi casa; luego se quedó en la puerta un instante y desapareció. Fue increíble porque durante el paseo que dimos juntos, mi sensación era que ella tenía vida propia sin mí. Al entrar en mi habitación, me dispuse a llamarla de nuevo; utilicé las lámparas y la tenue oscuridad donde ella vive. Apareció, me acerqué lo más sigilosamente que pude a la pared donde estaba y la toqué. Usted ya debe pensar que estoy absolutamente desquiciado, pero al tocarla sentí que era otro ser, no yo; ¿usted me comprende? Algo de calor pude percibir en ella y al alejarme regresaba conmigo y yo sentía cómo entraba en mí sin tocarme, como cuando el viento pasa y queda la sensación de él en la cara; así era, doctor. Desde entonces lo único que hago es vivir con ella, busco los lugares y los momentos que me permiten amarla, esas horas o días en los que me acompaña. Entra por las ventanas y trepa árboles a los que yo jamás imaginé llegar. Comemos juntos, dormimos juntos y cuando hacemos el amor... es... es lo más maravilloso que se puede sentir; no sé, perdone, tal vez haya sido un error venir a verlo, pero su aviso en el periódico...
Mire, es la primera vez que se lo digo a alguien y de verdad, créame, no me arrepiento, creo que es lo mejor que he podido hacer. No sé, quisiera encontrar una manera de que esto fuera normal, y que si decido contarlo a la gente no me respondan que estoy loco, pero eso es imposible; parece que en este mundo sólo se puede amar así a otro ser tan carnal como yo y... yo... Perdóneme, me voy, no le quito más su tiempo y gracias por escucharme... perdón, por escucharnos; mírela, está allí, justo detrás de mí. Este es mi número de teléfono, por si quiere decirme algo...».
Unos cuantos días después lo llamé para decirle algo, no sabía qué, pero me produjo tantas cosas su visita que decidí hacerlo, y me encontré con la noticia de su muerte; bueno, en la carta que dejó la llamó la unión eterna.

Mano

Caminando, Mabul se encontró una mano. Miró hacia atrás para cerciorarse de que nadie lo observaba y así evitar que vinieran y reclamaran la mano como suya. Hecho esto con cautela y rapidez, se inclinó sobre ella y la recogió. La guardó hábilmente en el interior de su abrigo y se alejó.
Al llegar a casa, encendió las luces y corrió a depositarla sobre la mesa de la cocina. La mano era blanca y todavía estaba caliente, tal vez el dueño acababa de perderla. Por la forma, supo que era una mano femenina. La acarició sobre la palma y descubrió que era suave, paseó atónito por sus líneas y senderos. La sostuvo entre las manos, la olfateó, y entonces encontró un olor volátil que se le internó vorazmente en el cerebro y le hizo perder el equilibrio; se le doblaron las rodillas, se sostuvo para no caer del todo. Tenía clavada la mirada en la mano, sin parpadear; se la acercó lentamente al rostro y, con los ojos cerrados, se tocó la cara y luego todo el cuerpo.
Sintió de pronto un pánico que lo llevó a la excitación. Se volcó entero en esa caricia perfumada de alivio, cayó y se disolvió por completo en la tierra. Lamió cada dedo como un cachorro la teta de su madre, y antes de apartarla para tomar aliento la besó con ternura infinita en el dorso. Exhausto de caricias y envuelto por una sensación inexplicable, de su garganta escapó un... ¡te quiero! Luego miró a su lado, temblaba aún de deseo; entonces se quedó perplejo al ver cómo la mano temblaba igual que él.
Mabul se acercó y la cogió entre las manos, le susurró... «Dime, dime que me quieres». Pero nada, nada salió de la mano, ni una palabra. Así que regresó al lugar donde la había encontrado, la dejó en el mismo sitio y se alejó.
Más adelante, en el mismo camino, Mabul se encontró una boca.

Desapareció

Ella desapareció de amor, nada más.
Esa misma mañana, después de que Antonio cerró la puerta y se marchó, dejando en el umbral tan sólo su olor, ella empezó a desaparecer.
No era por no comer ni mucho menos, pues devoraba a diario raciones enormes de lentejas, arroces, carnes y verduras que su madre incansable cocinaba. Todas las noches dejaba en remojo infinidad de alimentos que la hija habría de exterminar al día siguiente, pero era inevitable: cada día adelgazaba más y más. Era como un frasco de perfume al que alguien olvidó poner la tapa, y volátil e inconsciente se evaporaba a cada instante.
Su sombra cruzaba los balcones al atardecer y se confundía con las ramas que brotaban del jardín. Las pocas palabras que le salían de la boca eran apenas un susurro, una exhalación, y la mirada que le habitaba en el rostro era un papel antiguo en el que nunca nadie reveló un negativo, abandonado y limpio, sin más remordimiento que una polilla invasora.
Cada vez más delgada, más frágil a la vista, un espectro parlante y presente, un hálito de hoja sin rocío en las venas.
En la imposibilidad y el desespero, la madre fue una mañana muy temprano al pueblo y se trajo al médico, que por esos días hacía la visita mensual.
Para encontrarla, hubo que registrar la casa palmo a palmo; caminaron con cuidado por jardines y casas vecinas, y ya cuando el doctor, exhausto de buscar, se desplomó en una silla, escuchó un gemido lejano detrás de su cuello, y espantado saltó y descubrió que por poco mata a la doliente criatura.
—¿Qué síntomas presenta? —preguntó el matasanos.
—Adelgaza a diario, pero es extraño porque come mucho —habló la madre preocupada.
—Veamos —objetó el doctor, e inició una graciosa coreografía de auscultación casi mímica sobre el vestido apenas ocupado por ella.
—En realidad, no lo comprendo; científicamente, es un caso interesante.
Se rascó la frente, recomendó unas vitaminas y partió casi espantado.
Los días siguientes a la visita del médico fueron una tortura para la madre, ya que no le había dado ninguna solución. Todo esto parecía ser acto de brujería. Se dispuso entonces a regresar al pueblo de nuevo, pero esta vez llegó a la casa retirada y oculta de la bruja del lugar. Era una española que de joven llegó al pueblo como bailarina de flamenco, después se hizo puta y terminó de hechicera. Ella le leyó el tabaco.

—Está enferma de ausencia —le dijo, y no dio muchas esperanzas, pues se negó a visitar la casa por pensar que era contagioso.
Las semanas pasaban y, ya sin remedio ni esperanza, la madre cocinaba y alimentaba a su hija; lo hacía sobre todo por no dejar de hacer algo que pudiese salvarla.
El límite de su delgadez llegó una noche en que la madre regaba el jardín, pensó en su hija y quiso coger una rosa para el florero de la habitación, la olió y se sorprendió, porque descubrió que en ella había unos ojos, y para no asustarla disimuló y la besó en la frente.
—¿Qué haces aquí, Carmina? —preguntó la madre, y para escucharla pegó la oreja a su boca.
—Espero, madre —respondió Carmina desde su lejana presencia.
La madre, sin decir nada, la cogió de la mano y la llevó como si llevara un pañuelo de seda hacia la habitación. La acompañó a la cama, la cubrió con una sábana de algodón blanca, apagó la luz y cerró la puerta en silencio. La luna entró de inmediato por la ventana a jugar con el pelo rojo de Carmina, y a reflejarse en los ojos que atravesaban hasta la humedad de la almohada.
En la mañana, sin que aún cantara el gallo, un ruido crujiente despertó la casa. El gallo cantó y la madre despertó. Corrió a averiguar lo que pasaba, y vio a Antonio allí de pie, en el umbral de la casa, con la misma ropa, como si no se hubiera ido nunca. Aunque las piernas le temblaban, fue lo más rápido que pudo a avisarle a Carmina que él había vuelto, que Antonio estaba allí en la puerta. Tocó tres veces para no asustarla y esperó a que le abriera, pero como no respondió decidió entrar. Abrió, miró a la cama, se acercó, pero sólo se encontró con su ropa vacía, y un olor fresco y cálido que frente a ella salía por la ventana.

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