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Desapareció
Ella desapareció de
amor, nada más.
Esa misma mañana, después de que Antonio cerró la puerta
y se marchó, dejando en el umbral tan sólo su olor, ella empezó a
desaparecer.
No era por no comer ni mucho menos, pues devoraba a diario raciones enormes
de lentejas, arroces, carnes y verduras que su madre incansable cocinaba. Todas
las noches dejaba en remojo infinidad de alimentos que la hija habría
de exterminar al día siguiente, pero era inevitable: cada día
adelgazaba más y más. Era como un frasco de perfume al que alguien
olvidó poner la tapa, y volátil e inconsciente se evaporaba a
cada instante.
Su sombra cruzaba los balcones al atardecer y se confundía con las ramas
que brotaban del jardín. Las pocas palabras que le salían de
la boca eran apenas un susurro, una exhalación, y la mirada que le habitaba
en el rostro era un papel antiguo en el que nunca nadie reveló un negativo,
abandonado y limpio, sin más remordimiento que una polilla invasora.
Cada vez más delgada, más frágil a la vista, un espectro
parlante y presente, un hálito de hoja sin rocío en las venas.
En la imposibilidad y el desespero, la madre fue una mañana muy temprano
al pueblo y se trajo al médico, que por esos días hacía
la visita mensual.
Para encontrarla, hubo que registrar la casa palmo a palmo; caminaron con cuidado
por jardines y casas vecinas, y ya cuando el doctor, exhausto de buscar, se
desplomó en una silla, escuchó un gemido lejano detrás
de su cuello, y espantado saltó y descubrió que por poco mata
a la doliente criatura.
—¿Qué síntomas presenta? —preguntó el
matasanos.
—Adelgaza a diario, pero es extraño porque come mucho —habló la
madre preocupada.
—Veamos —objetó el doctor, e inició una graciosa coreografía
de auscultación casi mímica sobre el vestido apenas ocupado por
ella.
—En realidad, no lo comprendo; científicamente, es un caso interesante.
Se rascó la frente, recomendó unas vitaminas y partió casi
espantado.
Los días siguientes a la visita del médico fueron una tortura
para la madre, ya que no le había dado ninguna solución. Todo
esto parecía ser acto de brujería. Se dispuso entonces a regresar
al pueblo de nuevo, pero esta vez llegó a la casa retirada y oculta
de la bruja del lugar. Era una española que de joven llegó al
pueblo como bailarina de flamenco, después se hizo puta y terminó de
hechicera. Ella le leyó el tabaco.
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—Está enferma
de ausencia —le dijo, y no dio muchas esperanzas, pues se negó a
visitar la casa por pensar que era contagioso.
Las semanas pasaban y, ya sin remedio ni esperanza, la madre cocinaba y alimentaba
a su hija; lo hacía sobre todo por no dejar de hacer algo que pudiese
salvarla.
El límite de su delgadez llegó una noche en que la madre regaba
el jardín, pensó en su hija y quiso coger una rosa para el florero
de la habitación, la olió y se sorprendió, porque descubrió que
en ella había unos ojos, y para no asustarla disimuló y la besó en
la frente.
—¿Qué haces aquí, Carmina? —preguntó la
madre, y para escucharla pegó la oreja a su boca.
—Espero, madre —respondió Carmina desde su lejana presencia.
La madre, sin decir nada, la cogió de la mano y la llevó como si
llevara un pañuelo de seda hacia la habitación. La acompañó a
la cama, la cubrió con una sábana de algodón blanca, apagó la
luz y cerró la puerta en silencio. La luna entró de inmediato por
la ventana a jugar con el pelo rojo de Carmina, y a reflejarse en los ojos que
atravesaban hasta la humedad de la almohada.
En la mañana, sin que aún cantara el gallo, un ruido crujiente
despertó la casa. El gallo cantó y la madre despertó. Corrió a
averiguar lo que pasaba, y vio a Antonio allí de pie, en el umbral de
la casa, con la misma ropa, como si no se hubiera ido nunca. Aunque las piernas
le temblaban, fue lo más rápido que pudo a avisarle a Carmina que él
había vuelto, que Antonio estaba allí en la puerta. Tocó tres
veces para no asustarla y esperó a que le abriera, pero como no respondió decidió entrar.
Abrió, miró a la cama, se acercó, pero sólo se encontró con
su ropa vacía, y un olor fresco y cálido que frente a ella salía
por la ventana.
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