RESEÑAS



TODOS PERDIMOS

Sumas y restas
Una película de Víctor Gaviria

LA MUERTE PRESIDE Sumas y restas, la última película de Víctor Gaviria. Desde la primera imagen, un entierro, hasta la secuencia final, un asesinato, que culmina con los estertores del ultimado y con el primer plano de la cara de quien ha sido uno de los cómplices del crimen, la película narra la tragedia de una sociedad subyugada por la ambición del dinero y marcada a hierro vivo por la muerte.
La anécdota es sencilla, elemental: Santiago, un hombre joven, paisa, despierto, ingeniero constructor, de clase media, casado, busca hacer plata con negocios de propiedad raíz, vendiendo lo que ha construido con gran esfuerzo, pero se enfrenta a la iliquidez. No sabe qué hacer y pide plata prestada a su padre para sacar adelante su negocio. Su padre no tiene cómo ayudarlo. Santiago se niega a vender sus apartamentos a gente de origen turbio que pretende canjeárselos por kilos de cocaína. Una noche El Duende, un amigo de infancia, jovial y maravilloso, le presenta a Gerardo, el hijo de un antiguo empleado del papá de Santiago. En esa noche de rumba se hacen amigos y planean construir un edificio en un lote de propiedad de Gerardo que funciona como oficina y parqueadero. Entre Gerardo y Santiago nace, primero, una complicidad de rumberos, y luego una suerte de sociedad tácita en la que Santiago le entrega un camioncito a Gerardo para que lo alquile o utilice para transportar carga y volverlo rentable. Pero Gerardo pone el camión al servicio de su negocio de producir cocaína, y cuando Santiago se entera y se emputa por este abuso de confianza, Gerardo le tapa la boca con toneladas de plata. Ante la plata contante y sonante, la ambición de Santiago florece. Los negocios —la cocaína, la construcción— van viento en popa. Pero el hermano menor de Gerardo, su ñaña, muere asesinado por una trivialidad de machos paisas y Santiago no va al entierro. Santiago cae en desgracia ante Gerardo. Además, un cargamento de coca que han vendido a otro traqueto paisa se vuelve chicle al llegar a Estados Unidos y éste reclama airado que le devuelvan la plata; y el trapiche, lugar donde cocinan la cocaína, cae en un operativo antinarcóticos y Gerardo manda a Santiago a negociar con los «tiras». Es una trampa: Santiago es secuestrado junto con el dueño del trapiche. La familia de Santiago, su mujer, su padre, entregan todo lo que tienen para negociar su libertad. Santiago pierde todo. Al quedar libre, Santiago «vende» a Gerardo y se confabula para asesinarlo. Al final, triunfa la venganza, ya que no la justicia, y vemos el rostro de Santiago, el rostro de alguien que ya nunca podrá ser el mismo, solo, desamparado; el rostro de alguien que lo ha perdido todo, los bienes materiales, la dignidad, la razón de ser; el rostro de un joven paisa de clase media que ya ni es joven ni es de clase media ni es nada. Ahora es el despojo de lo que fue, ahora se ha convertido en una víctima, pero también en un asesino por necesidad, por rabia. Ahora su rostro es el de alguien sin por qué ni para qué.
Sumar y restar, operaciones contables, de negocios; una columna a la izquierda y otra a la derecha para llevar las cuentas, y el saldo, hechas todas las sumas y las restas, da en rojo. La quiebra total. Pero no sólo se trata de la quiebra de Santiago, y la de Gerardo, y la de todos los personajes de la película, sino la de toda la sociedad. Todos perdimos.
Después de Rodrigo D. No futuro, y de La vendedora de rosas, películas cuyo tema son los seres marginados de Medellín, jóvenes de las comunas nororientales de la ciudad, en la primera, y niñas y niños de la calle, en la segunda, Víctor Gaviria amplía el radio de su radiografía de la sociedad colombiana —Medellín es Macondo— para darnos una visión cruda y brutal de lo que fue y es el fenómeno del narcotráfico: un cáncer que lo ha carcomido todo, empezando por eso que tradicionalmente llamamos valores y sobre los que supuestamente está construida la sociedad: todo vale para hacer dinero, para sumar y restar; es decir, ahora todo vale nada.
En Antioquia existe un viejo dicho familiar que reza más o menos así: «Haga plata honradamente, mijo, pero si no puede honradamente, haga plata, mijo». De donde se deduce que el dinero es Dios, es decir, el fin último de todas las cosas, y ahora, como el narcotráfico lo produce por montañas, el narcotráfico es el nuevo dios.
Víctor Gaviria pone el dedo en la llaga, y duele. Como en sus anteriores películas, el director no toma partido, ni saca conclusiones, ni hace moralejas ni discursitos a favor de la caridad o de las buenas costumbres. Pero a diferencia de sus dos primeras películas, en la que los seres que las protagonizan nos conmueven por su indefección, por su desamparo, por la trágica inocencia con que viven y padecen sus destinos, en ésta los que estamos indefensos somos los espectadores: esa historia que estamos viendo es la historia de todos nosotros, es la historia de una sociedad que le vendió su alma al becerro de oro del narcotráfico, es la historia de la complicidad que hemos tenido, no con el dinero fácil, porque el dinero del narcotráfico tampoco es fácil de ganar, sino con el dinero a secas, con su ilimitado y corrupto y sangriento poder.
Por eso en esta película no hay buenos ni malos ni héroes. Y, por supuesto, su retórica está lejos de la moral al uso que pregona: «Nosotros, los buenos, estamos en guerra con los malos». Cuando una sociedad como la nuestra sufre un cáncer de tan tamañas proporciones, cáncer que afecta a todos los órganos de la sociedad (el Estado, la política, la justicia, la economía, los industriales, los empresarios, los comerciantes, los medios, los militares, los policías, los guerrilleros, los paramilitares, los estratos altos, medios, bajos y nulos, los habitantes de la ciudad y del campo), no es posible hacer distinciones. No puede el hígado alegar que el cáncer que mató a fulano de tal hacía su trabajo en los pulmones; cuando fulano de tal murió su cadáver fue enterrado con hígado y con pulmones y con cerebro y hasta con el alma. Así la sociedad colombiana.
Todo lo anterior para hablar de la pertinencia del tema y de la forma como lo ha tratado Víctor Gaviria. No se puede decir, como afirman muchos, que el tema del narcotráfico ha sido manoseado hasta la saciedad en el cine colombiano, y que qué jartera ver otra película con el mismo tema. Rosario Tijeras y El Rey, para no hablar sino de las dos más recientes sobre narcotráfico, son películas decentes, digamos, bien contadas; algo almibarada la primera, con su look de comercial de publicidad, y el pornoengaño de la figura de la sicaria capaz de arrastrar con su embrujo sexual a más de un millón doscientos mil espectadores a las salas de cine en Colombia, y carente de envergadura y de calado la segunda.
La violencia, el narcotráfico, la guerra, la corrupción, la miseria, el horror, son y serán los temas que atraen y siguen obsesionando a las inteligencias y sensibilidades más agudas de entre nosotros. El cine, por fortuna, no es la televisión, y aunque para su desgracia Víctor Gaviria siga perdiendo plata con sus películas, no habrá perdido el tiempo, y a medida que pase el tiempo nuevos espectadores habrán de reconocer la calidad de su visión descarnada, que ni elogia ni condena, y que logra quintaesenciar de manera tan rotunda y poética los males que nos aquejan.
Un comentario más amplio merecen las otras virtudes de la película: la construcción de los personajes; el trabajo con y de los actores que logran darles vida a seres singulares que exudan a la par alma y bilis por todos los poros; el carácter casi documental de la narración; la verosimilitud de la puesta en escena; el amor por los detalles únicos que ponen de relieve una manera de ser, una cultura, una época; el habla y los giros idiomáticos de la antioqueñidad, sonsacados a punta de esfuerzo a los actores, a los conocidos, a los amigos, a los investigados, a los de más allá; el guión, hecho y deshecho innumerables veces y construido en realidad por un coro de voces instrumentado de manera empecinada y terca por el director; el afán de mostrar el otro lado de la moneda de un negocio que nos ha sido contado muchas veces por el cine hollywoodense con sus villanos de cartón piedra y sus héroes de silicona.
En suma, hay que agradecerle a esta película que nos cuente una historia sin alardes, en un tono que podríamos llamar menor —porque carece de grandilocuencias—, seco, directo, sin ambages; y que nos permita asistir y ver, cómodamente sentados desde las butacas de nuestra insensibilidad e indiferencia, el drama y la ruina de estos seres —y de esta sociedad— que carecen de grandeza.

—ALBERTO QUIROGA

SUMAS Y RESTAS EN TRES CAÍDAS

EN MEDIO DE LO QUE PARECE SER una sola voz crítica, que ensalza lo equívoco y valora el declive, Sumas y restas se recibe como una buena película. Como el por fin depurado trabajo de un cineasta con talento. Con excepción de cartas ingenuas de espectadores que abogan por la amnesia —olvidemos el horror de otros días y cantemos los progresos y las satisfacciones de hoy— para quejarse de que Medellín se muestre en su cine desde sus miasmas sociales, el consenso sobre Sumas y restas es positivo. La realidad, sin embargo, es otra. Al menos la realidad artística del tercer largometraje de Víctor Gaviria. Porque, si se compara con las dos películas anteriores, Sumas y restas resulta ser un fracaso más que un triunfo, un extravío más que un hallazgo, una caída más que un descenso.
No hay duda de que Víctor Gaviria es un director inquietante. Y lo es porque busca, como ningún otro en un medio cinematográfico limitado como el colombiano, un estilo y va en procura de una voz propia. No es un descubrimiento decir hoy que Gaviria, desde que inició su carrera con los primeros cortometrajes —La vieja guardia, Los habitantes de la noche— hasta la película recién estrenada, está construyendo una obra. Y no se trata de una obra fortuita, ni mucho menos de un cineasta gratuito. La propuesta de Gaviria, desde la fotografía hasta la narración, desde la factura del guión hasta el uso de la música, desde el casting hasta la producción, posee el carácter de lo genuino.
Y es todavía más inquietante porque su trabajo ha sido honesto en las búsquedas estéticas y sociológicas. Gaviria no se ha vendido a nadie. Ha permanecido fiel a esa brújula que moldea el talento y la intuición. Felizmente no ha sucumbido a hacer un cine caduco, de tintes comerciales. No se ha empantanado, ante la gama que ofrece la atmósfera de la violencia y la marginalidad colombiana, en el relato policiaco de tipo novelesco —como Sergio Cabrera en Perder es cuestión de método o Luis Ospina en Soplo de vida. Ni tampoco ha caído en la seducción de las asesinas hipérboles sexuales tipo La virgen de los sicarios de Barbet Schroeder o Rosario Tijeras de Emilio Maillé. No ha sido vana, por lo demás, esa persistencia en el forjamiento de un estilo sostenido en sinceras motivaciones existenciales. Por tales razones quizás sus dos primeras películas —Rodrigo D. y La vendedora de rosas— fueron premiadas con el mero hecho de participar en el Festival de Cannes, el más prestigioso del mundo.
Pero para Sumas y restas los atributos se tornan esquivos. En las dos películas anteriores los fulgores de una sensibilidad poética aparecen, casi milagrosos, a lo largo de historias fragmentadas de un mundo periférico. Surgen la frescura y el desgarramiento de ciertas imágenes que, dentro de la historia de la representación artística de Medellín, se erigen como paradigmas inolvidables. Quiero decir que en tales filmes se nombra con certeza la tragedia de una época turbia sin dejar de enaltecer lo humano. No es menester ahora detenerse mucho en esas imágenes, pero sí afirmar que Gaviria perdura en dichas películas por su vínculo con metáforas sorprendentes que iluminan el ámbito de éstas. Sombras que se perfilan en rejas metálicas, pasos anónimos que trazan figuras en una cancha deportiva, la zambullida en una piscina reflejada en la mirada de un sicario, una travesía esperanzadora por una quebrada de podredumbre, el diálogo enigmático de líneas y borrones en la pared de una finca abandonada. En Sumas y restas, sin embargo, esta condición onírica se ha expulsado radicalmente.
En aras de una excesiva preocupación por nombrar fielmente la realidad, y de narrarla de tal modo que el tiempo se quiebre (la película comienza con una escena intermedia, la del entierro, y a partir de ella se desarrolla todo el filme), Sumas y restas se precipita hacia una plana y sórdida historia, más de crónica roja que de conflictos familiares y sociales. Sin embargo, éste no es su único infortunio. Ellos, no inexplicablemente sino por cierta lógica que tarde o temprano tendría que revelarse, se multiplican. Porque están, en primer lugar, los actores naturales. Tal aspecto, que ha caracterizado el cine de Gaviria, no es un invento suyo, por supuesto. Aparece, e incluso con fuerza y precisión, desde los comienzos mismos del cine. Ya Serguei Eisenstein recurre a ellos para engrandecer una cierta épica popular revolucionaria. Pero el rescate de lo marginal a través de actores naturales, al menos en el medio latinoamericano, surge con altura en Los olvidados, de Luis Buñuel. De esta película mexicana, hecha por un español en los años de la posguerra en el siglo XX, han bebido los nuevos directores de ahora, desde Emir Kusturica hasta Mathieu Kassowitz y desde Héctor Babenco hasta Víctor Gaviria. La verdad, no obstante, es que éste ha sido un procedimiento aleatorio que ha funcionado pocas veces bien a la hora de querer llevar al cine las historias de una marginalidad latinoamericana pródiga en exclusiones y en infamias. Prostitutas, sicarios, mendigos, travestis, presos y el largo etcétera de los estigmatizados por el desamparo han acudido a pasos maltrechos a la actuación para darles así una pretendida autenticidad a los asuntos representados. Como si en este «fiel reflejo de la realidad» estuviese el secreto de la autenticidad del arte cinematográfico.
El trabajo con los actores naturales es un método azaroso. Es arduo dar en el blanco y generar la aprobación de un público que asocia el buen cine con el buen actor y el buen director. Es exagerado afirmar que puede existir un excelente cine con actores sin formación. Y más aún en un país como Colombia, que carece de tradición cinematográfica. El cine, como expresión artística —y a qué otra cosa puede aspirar—, está anclado en la profesionalización de los actores. Son ellos los que encarnan, mediante una técnica y un trabajo de años, los dramas de los personajes de la imaginación o de la realidad, de la intimidad o de la calle, del sueño o de la vigilia. Y si tal circunstancia funcionó con fortuna, mucho más en Rodrigo D. que en La vendedora de rosas, brilla por su ausencia en Sumas y restas. Víctor Gaviria alega, al igual que muchos de sus seguidores, que en estos tres largometrajes no es el cine el que atrapa la realidad. Es la realidad, violenta y degradada, con sus actores de la calle, la que absorbe vertiginosamente todas las pretensiones del director. Pero esto es un espejismo peligroso. Porque el cine, o al menos el cine que perdura, es una elaborada e intuitiva transformación de la realidad. Y nada de esto sucede en la historia de este ingeniero de la clase alta de Medellín que se deja deslumbrar por la adquisición del dinero sucio de la droga. Así, la película cae, y esta vez aparatosamente, por segunda vez. Acaso se salve del derrumbe generalizado la actuación de Gerardo, el ruidoso dueño de las cocinas del perico. Los demás, en cambio, no logran levantar lo que resulta ser una mediocre actuación. Las reuniones familiares poseen la atmósfera cursi de las propagandas de vituallas de la mesa. El ataque de paranoia de uno de los amigos del ingeniero no es creíble, así el crescendo en la música y el manejo fotográfico de la escena intenten rescatarlo. La torpeza en el trabajo de los extras femeninos es propia de las revistas sensacionalistas. Y dan ganas de meterse debajo de las sillas para no verles el rostro a la total improvisación y a la completa pobreza de los gestos cuando los secuestradores hacen gala de una maldad gratuita.
La tercera y definitiva caída en Sumas y restas se produce cuando se indaga en los dramas personales de sus protagonistas. La causa de esta trivialidad de unos conflictos sociales reside —eso parece— en el uso de un lenguaje que no alcanza las cinco palabras. De las frases enigmáticas de los muchachos de Rodrigo D. que, según Gaviria, dicen algo parecido a lo que expresa Cioran en varios de sus silogismos de la amargura, pasamos a la mareante y casi boba sucesión de los gonorreas, los hijueputas y los güevones. Pero no es atinado creer en esta precariedad lingüística como justificación de la emotiva pobreza de los personajes de Sumas y restas. El asunto reside, más bien, en la falta de una inmersión profunda en un conflicto más emocional y personal que lingüístico. Es ostensible, de igual manera, la falta de lucidez en el manejo de los contrastes anímicos en estos actores de la llaneza real, ya que se desconocen la graduación de los conflictos internos y los indispensables relieves personales que hacen de la tensión anímica una posibilidad de enaltecer o abismar lo humano. Enaltecimiento o abismamiento que no sólo se logra, lo sabemos, por el uso de la elocuencia en la sencillez de un carácter, sino sobre todo a través del humor, la ternura, y las múltiples facetas del dolor y el abandono. Pero es evidente que Gaviria se ha dejado llevar por el impacto de la palabrería y los fuegos fatuos del escándalo prosaico. Todo esto, entre otras cosas, le impidió ver el fondo de lo que pudo ser una historia real llevada al cine con excelente dramatismo. Encandilado por el efecto de una violencia que sucedió tal como lo manifiesta la realidad, Víctor Gaviria no fue capaz de imaginar cómo habría podido suceder en la pantalla.

—PABLO MONTOYA CAMPUZANO

 


¿UN LIBRO PARA MELÓMANOS?

La nostalgia del melómano
Juan Carlos Garay
Bogotá, Alfaguara, 2005 (288 pp.)

ES 1974. MIAMI, paraíso plástico de la Norteamérica angloparlante (en esta historia sí que importan los parlantes) y orgullosa conquista de la Norteamericalatina hispanohablante, es donde se desarrolla la acción. Primera escena: Eric Clapton, de quien habían dicho las paredes británicas en 1965 que era Dios, baja de un carro de alquiler y discretamente entra a un estudio. Segunda escena: José Luis Feliciano Vega, a quien nadie llama Dios pero sí Cheo —otro nombre de cuatro letras pero menos petulancia—, detiene la berlina que lo trae del hotel frente al estudio donde Clapton se ha fumado ya dos porros, ninguno de ellos armado por José Barros. Tercera escena: Clapton saluda a Feliciano en perfecto español y «José» Feliciano (no confundir con el guitarrista invidente, también boricua como Cheo, y también dueño de una envidiable «visión» musical) le responde en perfecto inglés. Clapton, que nunca ha sido un perfecto inglés, le pide que cante algo de una canción que se le metió al alma, El ratón. Un ratón después, ambos están comprometidos en la interpretación. Graba la sesión Karl Richardson, ingeniero preferido de Clapton en sus visitas a Miami. Nombre de la obra: La nostalgia del melómano. Firma Juan Carlos Garay, ratón de voraz apetito musical.
Garay, un tipo de barba desordenada, andar desordenado y vestir desordenado, pero que fue ordenado sacerdote de cierto culto musical no determinado, guardó hace años un recorte de prensa venezolano en el que un calenturiento periodista prechavista aseguraba que el mito del encuentro en Kikesantanderlandia entre Clapton y Feliciano, lejos de mito, era hito; encuentro de dos mundos en el que no murió ni un aborigen ni se le impuso la religión a nadie (Clapton is God?) y del que quedó como único resultado un registro musical por el que cualquier británico fanático de Clapton mataría y por el que cualquier latino admirador de Feliciano brindaría con un ron. Construye Garay sobre la mentira del venezolano, nunca negada o confirmada por Feliciano o Clapton, pero mentira al fin y al cabo, una novela que se lee con los oídos y que alimenta la nostalgia de quienes extrañan la perfecta imperfección de los vinilos. Novela tan grata que pueden disfrutarla incluso los MP3maniáticos, esos extraños seres que pasan la vida conectados a una cajetilla de cigarrillos sin cigarrillos en la que cabe el humo (nunca el calor) de toda la música que se ha grabado (y ahora «quemado»), desde Enrico Caruso hasta Eminem iluso.
Garay, que ha podido fácilmente escribir, y que fácilmente ha podido escribir, una novela en la que un usuario de iPod descubre, por ejemplo, que los títulos de las canciones recién descargadas de internet forman con su primera letra un certero acróstico que revela la existencia de una conspiración extraterrestre, decidió jugársela con una trama sencilla en la que Clapton y Feliciano son la excusa perfecta para que un hombre de bajo perfil, un ratón que se gana la vida vendiendo acetatos, revele su alma. ¡Qué gran error el de Garay! Habiendo podido elegir, repetimos, tantos temas interesantes, termina examinando en 288 páginas los nervios y pasiones de un tipo ordinario, de un sujeto muy sujeto a lo común y corriente. No hay más remedio: en una evidente exhibición de insolidaridad literaria, el lector debe aprovechar la miopía de Garay para sacarle jugo a la lectura de un libro armado sobre los cimientos de vidas nada exóticas. Y, a fin de cuentas, descubrir que precisamente en la vida nimia es donde moran los encantos irresistibles de lo que nos rodea. De lo que somos.
Nadie sabe si Garay tiene futuro en la literatura, o si armó una historia que será el alfa y omega de su carrera como escritor. No lo sabe nadie porque le faltan dos o tres libros tan encantadores (¿no dicen así las señoras?) como éste para graduarlo de abad escribano (¿o de Gamboa?). Primer paso tan bien dado que se le perdonaría un resbalón en su siguiente libro… o en los dos que vienen. ¿Acaso no le conoce César Pagano más de un pésimo álbum a Feliciano, y el propio Garay no tendría que aceptar que Clapton es Dios vergonzante de un par de pecadillos grabados y distribuidos? (por no hablar de sus devaneos, en años digitales, con la música dulzarrona de películas que son un Fenómeno de taquilla pero no de talento).
Garay no comete muchos pecados en su libro, como no sean, en algunos pasajes, los de la extrema pulcritud de sus textos. Está claro que revisó el manuscrito al menos 33 revoluciones y un tercio de veces, y quizás en una de esas vueltas del texto en su tornamesa de trabajo algunos pasajes perdieron scratch. Nada, en todo caso, que altere una historia escrita con respeto a la promesa del título: nostalgia de melómano. No de otra manera se explica que se paseen por sus páginas personajes preocupados por conseguir una aguja con punta de diamante, y se lean explicaciones no pedidas de cómo funcionan los sistemas de grabación ortofónica y Pathé, y detalles sobre el número de dedos que tenía Django Reinhardt cuando lo enterraron, y un puñado de líneas (Tip-tirup Pap-tirup… Tup-tirup Pap-parup… Tip-tip Tura-lirup… Tup-tirup Pap-parup) dedicadas a convertir en papel las piruetas scat de Sam Maynard, un músico del que el crítico Russell Farnsworth dijera lo siguiente: «Ni Maynard ni yo hemos existido jamás».
¿Un libro para melómanos? Existe la posibilidad de que así sea. No tendría nada de malo tal «especialización», aunque dudo de ella. Para melómanos o melofóbicos, de todas maneras, un libro que promete… Promete su autor que nunca grabará audioversión para iPod. ¡AyGarAy!

—GUSTAVO GÓMEZ CÓRDOBA

 

LA NOSTALGIA DEL MELÓMANO: TSUNAMI DE MÚSICA

La nostalgia del melómano
Juan Carlos Garay
Bogotá, Alfaguara, 2005 (288 pp.)

EL DEBUT DE JUAN CARLOS GARAY COMO NOVELISTA ha despertado comentarios entusiastas entre los que ya le han hincado vigorosamente el diente al libro, y es que La nostalgia del melómano irrumpe en el ámbito literario con una fuerza poco usual en una ópera prima. Garay se saca del caletre una historia que bien podría ser un thriller novelístico por sus elementos, la atmósfera, los personajes que con habilidad y maestría crea a lo largo de casi 300 páginas de sucesos alrededor de la grabación de ese tema emblemático de Cheo Feliciano: El ratón.
El entramado de la novela se construye alrededor de Francisco Talavera, «Efe», álter ego de Garay, preservador de la música en sus antiguos formatos y su tienda El Cocodrilo Discos, ámbito desde donde se recrea toda la novela, homenaje a Sam Maynard y su grupo Serenaders, quienes en 1928 grabaron su Crocodile stomp, ritmo pegajoso con relativo éxito en Estados Unidos. El corpus de la novela está sólidamente estructurado en cuatro partes, con sus respectivos capítulos; Garay, en una prosa limpia, sin artificios, da vida a personajes entrañables como el gato amarillo al que le falta una oreja; Django, confidente de «Efe» y evocación del mítico guitarrista belga Django Reinhardt, quien perdió dos dedos de la mano izquierda en un accidente, lo que no le impidió desplegar todo su genio al lado de su quinteto Hot Club, con el también inolvidable violinista Stephane Grappelly; Leopoldo Caruso, practicante del kayoka, sexo ritual, y amigo del colegio con quien comparte su primer «zepelín» y el callado amor por Miranda; Jerry, compañero de nostalgias melómanas que vive en San Francisco, con su perra Mary Jane y sus cuatro cachorros a quienes pondrá los nombres del legendario cuarteto de Liverpool; Miranda, la bella rubia de sólo 22 años, hija del multimillonario Rivadeneira, asistente de «Efe» en El Cocodrilo Discos, estudiante de múltiples carreras en la U, que deja abandonadas y de quien se enamora en silencio Francisco Talavera (Calle, plaza y jardín / eran espacio solamente / hasta que tú / mi amor los convertiste en lugar); el parapsicólogo Dámaso Nuovo, médium un poco chiflado, estudioso de las «psicofonías» con quien «Efe» pretende, a través de fenómenos paranormales, convocar al asistente de grabación del ingeniero, Richardson, ya muerto y único testigo de la grabación en Miami, una noche de 1974, del montuno El ratón, con la participación de Eric Clapton, su guitarra, y Cheo Feliciano, única posibilidad de darle legitimidad a la grabación que pretende venderle Lino Peñalisa, «flaco, camisa verde fosforescente, maletín con combinación de números».
Esta polifonía de voces se cruzan y entrecruzan a lo largo de esta novela, que bien pudiera ser un bello manifiesto de la nostalgia, ese sentimiento que nos hace evocar lo ya perdido, las orillas que fueron, las calles donde están las claves de nuestra vida; el feeling, el spleen, la saudade, la nostalgia del melómano, recorren las páginas de este libro; es un largo inventario de las cosas perdidas: el equipo Garrard, aquellos tornamesas ya inexistentes, gramófonos originales que hoy sólo son recuerdos, los viejos vinilos de 78 y 33 revoluciones en fundas de cartón borgoña, empastados en lomo de cuero, prensados en Decca, Columbia, Vocalion, Atlantic, Blues Ville, sellos que arrastró el río del tiempo; música que despierta las memorias más olvidadas, como el fox-trot, el jazz, el blues, que al contacto con la púa, de los vinilos salen voces inmemoriales, grabaciones por las que «Efe» siente un afecto especial, como las variaciones Goldberg, de Bach, tocadas por Wanda Landowska en 1933 y codiciadas por el crítico musical más importante del país, Braulio Sanlúcar, quintaesencia de la pedantería, cirquero verboso como muchos críticos, no sólo de música. Aquella hermosa sonata Opus 69 en la mayor para violonchelo y piano de Beethoven, interpretada por Fournier y Gulda, fabricada en los cuarteles de la Deutsche Grammophon, la edición original de Kind of Blue (la Biblia), los solos más imaginativos y rigurosos de Miles Davis, Ella Fitzgerald, la reedición del Roy and diz de Roy Eldridge y Dizzie Gillespie, prensado originalmente por Clef Records... y tantas piezas como diamantes hoy inconseguibles en vinilos, que despiertan la nostalgia del melómano.
La nostalgia del melómano es un homenaje a la música, la amistad, el amor, lo único perdurable en la tierra. Un homenaje a Cheo Feliciano y su legendario montuno, y a la «cleptomanía» esa que ya es una importante membresía entre los melómanos.

—HENRY POSADA

 

LAS NOVELAS BOGOTANAS DE GERMÁN ESPINOSA

Novelas bogotanas
Germán Espinosa
Bogotá, Alfaguara, 2005 (444 pp.)

HABLAR DE LA EXCELENCIA LITERARIA DE GERMÁN ESPINOSA es decir una verdad de Perogrullo: sus obras lo dicen mejor que yo, mejor que él mismo. Ya en sus memorias, publicadas hace más de un año, Espinosa contó cómo Bogotá se convirtió en su casa desde el momento en que llegó, por allá en los años cincuenta, y el frío que baja de los cerros, en la brisa del mar.
Bogotá, desde tiempos de don Rodríguez Freile, ha sido una entidad literaria; no sólo como un teatro de acontecimientos, sino como un personaje cómplice de las tramas que desarrollan otros personajes. En las novelas de Espinosa, la ciudad aparece y desaparece; a veces como un espacio problemático, a veces como un lugar y nada más. En Los ojos del basilisco, la Bogotá es la de mediados del siglo XIX; sus lugares aún forman parte del pequeño pueblo que, pese a su importancia como capital, todavía no tiene la dimensión urbana de una metrópoli como la que se muestra en La tragedia de Belinda Elsner. En La lluvia en el rastrojo, en cambio, la Bogotá —la de los años sesenta— no se ve muy claramente, pues los acontecimientos suceden en los interiores de una casa.
Las Novelas bogotanas de Germán Espinosa son, sin lugar a dudas, las precursoras, aunque se quiera negar, de un tema que algunos escritores de hoy se han querido arrogar como iniciadores: la ciudad.

LOS OJOS DEL BASILISCO
En este libro, Germán Espinosa ha novelado una historia que acontece en los años posteriores a la independencia de Colombia; esos años de incertidumbre política, de caos, de brotes de anarquismo. El discurso de la historia, como marco general de los hechos, se hace presente en las menciones y referencias a los datos, y no como una entidad metaliteraria superpuesta a la fabulación. En la novela, el argumento y la ficción ganan fuerza en su apoyo con la historia, y no al revés.
José Valerio Gómez —personaje del libro— es elegido presidente de la república por el Congreso después de un reñido encuentro electoral con su adversario político. En la contienda por la presidencia se juega la puesta en marcha de los argumentos librecambistas que Europa, y sobre todo Inglaterra, ha impuesto como modelo económico. A Gómez lo eligen por presentar reservas (como candidato) ante un modelo que, a juicio de la comunidad de artesanos, es destructivo y ha llevado a la miseria a las clases sociales más bajas. Aunque la novela da vueltas en torno al enfrentamiento de dos discursos políticos y económicos, no es el triunfo del uno sobre el otro lo que prevalece; es más, ni siquiera creo que esa haya sido la intención del autor; no se trata, de ningún modo, de una novela ideológica.
El presidente, una vez posesionado, es más laxo con el modelo de librecambio de lo que parecía cuando candidato. Esto enciende la cólera de una parte de los artesanos que confiaban en sus ideas y crea las circunstancias para que se dividan en aquellos que se oponen y que desean subvertir las disposiciones del gobierno a través de una lucha armada, y aquellos que se unen al presidente. Con este conflicto, que parece de orden colectivo y político, la novela se permite crear situaciones en la que los personajes, como individuos, se ven inmersos en problemas cotidianos.
La relación Eros y Polis está presente en la novela desde la primera página. La carga erótica es fuerte: no hay personaje que no se encuentre en una encrucijada entre sus pasiones, que muchas veces rayan en el apetito sexual más voraz, y la responsabilidad de ser un ciudadano ante todo. Esta relación no es un elemento nuevo en la literatura: casi todas las novelas del siglo XIX en Latinoamérica tenían, en sus argumentos, fuertes dosis de erotismo y discurso político entremezclado. Doris Sommer, estudiosa de ese siglo, ha propuesto su lectura de las novelas de esa época desde esta perspectiva. ¿Acaso es casualidad que Espinosa haya utilizado este mismo recurso en una novela cuya fábula acontece en 1840?
El basilisco era, según la mitología, un monstruo con forma de serpiente gigante, capaz de matar con la mirada. La relación del nombre de la novela y el monstruo está en el papel del pueblo y su responsabilidad para censurar o aprobar los acontecimientos y las personas. Como el basilisco, el pueblo —esa masa abstracta e inefable que con cualquier cosa se alegra— también puede matar con la mirada. Lo que el pueblo mira se enaltece o se apoca; se embellece o se corrompe; se aviva o se fulmina. En Los ojos del basilisco, por supuesto, la mirada pública es como una bala, es el dedo que señala.
Relaciones clandestinas, amantes, guerrilla, política, esclavas desnudas que se pasean en una habitación sin cortinas; persecuciones a caballo; ladrones gallardos; mujeres que amaron al Libertador; hombres que conspiraron contra él; un tío que se masturba viendo a su sobrina; un abad que, al par de sus oraciones, se lleva a los labios una botella de vino; hombres y mujeres que protestan por las importaciones; un español al que roban por bocón y usurero; el pueblo que presencia un fusilamiento. Esto es, a beneficio de inventario, algo de lo que aparece en la novela.

LA LLUVIA EN EL RASTROJO
Se trata de la primera novela de Germán Espinosa, escrita en 1966. En ella se nota un autor que experimenta con la prosa la posibilidad de exprimir al máximo el absoluto absurdo de la vida. Y claro: se trata de una nouvelle de 60 páginas que desespera al lector en el buen sentido de la palabra, ya que, desde el primer momento, una incógnita sobre algo que se esconde tras una puerta anima al lector a seguir el curso de los acontecimientos.
Dije que la novela «desespera» al lector; pues sí, como todas las buenas novelas cortas. ¿Quién no se ha desesperado con la parsimonia de Bartley el escribiente? ¿Quién no con la tragedia de Gregorio Samsa? Eso pasa con las historias que narran «lo absurdo». En la novela de Germán Espinosa hay una situación extraña, incómoda, pero no imposible de resolver; basta con que uno de los personajes suba unas escaleras, llegue a una puerta y abra de par en par. Existe algo que todos los personajes quieren saber, pero hay que esperar. Prefieren que sea el tiempo y el transcurso natural de los hechos lo que resuelva el conflicto. El lector —en este caso yo mismo— suda, se agita, se enfurece con los personajes que no se mueven, que no hacen nada.
La novela vuela. Los diálogos son ágiles, mueven las acciones de un lado para otro; son juguetones. Salvo en algunos de los parlamentos de Juan de Mañozga en Los cortejos del diablo, en ninguna otra de las novelas de Espinosa he encontrado un humor negro tan puntilloso y sarcástico, muestra de hasta dónde se puede llegar con la ironía.
Casi como una obra de teatro, La lluvia en el rastrojo pone en un solo cuadro, en una escena (los quiebres son sutiles), el encuentro de varias personas que pertenecen a una familia. Un hijo, a la manera de Wakefield, el personaje del cuento de Hawthorne que se esconde en un apartamento a la vuelta de su casa por 20 años y un día simplemente se aparece, se ha refugiado en una de las habitaciones de la casa y su silencio sólo es violado por el mayordomo, un ciego al que llaman Edipo. Una carta de este personaje dirigida a no-se-sabe-quién es el conflicto que revela la personalidad casi esquizofrénica de unos personajes que parece que habitaran una casa embrujada. Una casa misteriosa es un tema que engolosina a Germán Espinosa; y ésta, me atrevo a especular, quizás fue una novela que lo preparó para que, 40 años después, saliera con la magistral Cuando besan las sombras.
La lluvia en el rastrojo muestra a un autor que empezó con pasos de gigante; y los temas que luego desarrollaría en sus otras novelas, están bosquejados aquí claramente.
¿Qué secreto esconderá esa habitación a la que nadie entra?


En esta novela, Espinosa hace una fusión del género policiaco clásico con el género negro contemporáneo. ¿Qué diferencia el uno del otro? En el primero hay, por lo general, un detective cuya investigación para dar con el autor del crimen ocupa casi el 100% de la trama novelesca; en el segundo, la investigación no importa tanto como la psicología del criminal y la descripción del crimen mismo. En La tragedia de Belinda Elsner, el autor del crimen se conoce desde el principio y los detectives muestran el juego de su inteligencia para seguirle la pista.
En la novela, la sordidez con la que se cometen los asesinatos, la perfecta descripción de los hechos y la maravillosa prosa con que están escritos la convierten en una de las mejores novelas de su género en Colombia.
Los personajes, como en toda novela policíaca, están caracterizados por entrañar un halo de misterio y por brillar, en el caso de los detectives, por la precisión de sus deducciones. En este caso, además de los detectives y el asesino (una enferma mental que ha escapado de un sanatorio), están las víctimas, un grupo de minusválidos que pertenecen a una banda musical. Las sillas de ruedas rodando hacia un abismo son las que hacen girar los piñones del argumento. La novela mantiene la tensión y le ofrece guiños al lector para que plantee sus hipótesis, así quede estupefacto con el desenlace.
La tragedia de Belinda Elsner es, quizá, la más bogotana de las Novelas bogotanas. La ciudad, en ella, se mueve a la par con los personajes y es la que pone en problemas la posibilidad de un final esperado. La Bogotá finisecular, con sus calles traficadas; con sus aguaceros diluvianos; con sus peligros nocturnos, con el hampa, con los laberintos a los que se ha hecho con el pasar de los años; con sus edificios, es la ciudad perfecta para ser la arena en la que se desenvuelven los hechos delictivos de una esquizofrénica. Manuel Vázquez Montalbán decía que la novela policíaca nació con la aparición de las ciudades; Edgar Allan Poe inventó el género porque la Nueva York donde vivía le permitió la atmósfera perfecta para combinar el espíritu de un criminal con el espíritu de la ciudad.
Por esta novela, encuentro en Germán Espinosa una admiración por el cine de Hitchcock y, concretamente, por su película Psicosis.

—JOHANN RODRÍGUEZ-BRAVO

 

LOS NUEVOS ESCLAVOS

La panza del chacal
Raphaël Confiant
Francia, Ediciones Mercure de France, 2004 (372 pp.).
Este libro obtuvo el «Prix des Amériques insulares et de la Guyane 2004».

POR PRIMERA VEZ, una novela de la Criollidad1 se aborda desde la visión del mundo de los coolies, grupo étnico de la India —en su mayoría del sur— que ha sido víctima de las más fuertes discriminaciones en las Antillas francesas.
La Criollidad presenta la sociedad martiniqueña como un mosaico cultural: los franceses descendientes de los primeros colonizadores, los africanos originarios de diferentes regiones de África occidental —destinados al trabajo en las plantaciones de azúcar como esclavos—, los coolies y los chinos, quienes llegaron a la isla después de la abolición de la esclavitud en 1848 con el objeto de proporcionar la mano de obra necesaria, así como nuevos inmigrantes africanos, franceses y sirios, estos últimos dedicados al comercio. Para dichos grupos étnicos, las Antillas representan la tierra del exilio, una tierra ajena; para algunos de ellos, incluso, el desarraigo de la tierra de origen fue violento. En tales condiciones, para estos grupos resultará indispensable adaptarse a un nuevo medio ambiente y entorno sociocultural donde construirán nuevas prácticas e imaginarios culturales, nuevas organizaciones y estratificaciones de la sociedad.
Los escritores de la Criollidad denuncian las diferencias sociales que se establecieron dentro de esta multiculturalidad, diferencias asociadas a la posesión del poder, el color de la piel, la época de establecimiento en la isla, la cultura. En este mundo de hibridación cultural, un elemento vegetal crea cierta unificación: la caña de azúcar. Que el origen sea europeo, africano o asiático, implica que todos están condicionados por la caña de azúcar; sin embargo, para los coolies la plantación se percibe como un infierno.
Es así como el panorama que Confiant nos ofrece en la presente obra sensibiliza al lector en relación con las injusticias que éstos han tenido que afrontar en las Antillas. Aunque el libro se enfoca en ellos, el autor pone igualmente en evidencia los prejuicios que existen de un grupo hacia otro. En la escala social, los coolies son objeto de las más indignas discriminaciones; denigrados tanto por los negros como por el blanco, amo absoluto, dado que se les contrata en las Antillas para realizar el trabajo que los negros rechazan, como consecuencia de la abolición de la esclavitud. Los coolies son aún más discriminados puesto que no participan en las huelgas agrícolas a causa de las manipulaciones y amenazas de los blancos, propietarios de las plantaciones. Por tanto, la sociedad los tilda de tragaperros, asimilados a reptiles, denominados traidores, personas en las que no se puede confiar, nuevos esclavos, teniendo en cuenta que los negros responsabilizan a los coolies del restablecimiento de la esclavitud, a pesar de que se había abolido legalmente. Los coolies son atacados por los negros sin razón aparente, tratados de paganos, brujos, por lo que sus costumbres se consideran salvajes. Además, se les veía como débiles porque morían con más frecuencia. El contacto físico se evita al extremo; las negras, incluso las «fáciles», rechazan las relaciones sexuales con los coolies. Los blancos tratan incluso de no rozarse con ellos, pues en su opinión pertenecen a la última de las razas y los tratan como animales. A pesar de que les imponen el estado civil con nombres católicos, no se les considera franceses, permanecen extranjeros.
La percepción de los blancos en relación con los coolies puede cambiar en función de sus intereses. Dado que éstos convencieron a los coolies de no participar en las huelgas agrícolas organizadas por los negros, la actitud de los blancos se torna entonces paternalista. Por tal razón, los negros los denominan perros de blancos. Las mujeres coolies son violadas, dando origen a los échappés-coulis, es decir, que estos niños escapan a la maldición de ser coolie, y tienen ciertos beneficios en la sociedad criolla. En resumen, a los coolies se les excluye de la sociedad martiniqueña moral, física, social, cultural y políticamente. Incluso algunas celebraciones culturales como el carnaval —elemento unificador de lo social, en donde los roles se invierten y se da curso al libre albedrío— son prohibidas para ellos.
En esta nueva tierra y en tales condiciones, algunos indios pierden sus puntos de referencia y andan a la deriva, enfermos, mendigando, oliendo a orines, consumiendo alcohol en exceso y soportando las lapidaciones de los niños negros. Algunos logran conservar un poco de «humanidad» trabajando como barrenderos o recogedores de bacinillas, con la esperanza de regresar algún día a su país de origen. Por consiguiente, tanto en el campo como en la ciudad, los coolies se encuentran en el rango más bajo de la escala social.
Esta denuncia de los escritores de la Criollidad es aún más fuerte que la cultura dominante, es decir, la cultura francesa impone con violencia física y psíquica su cultura, su visión del mundo. Es así como sataniza todo lo que es diferente. Para la religión católica lo que no sigue sus principios es diabólico, y por tanto se destruye una cantidad importante de libros sagrados y estatuas que representan dioses del hinduismo.
Hoy en día en Martinica no existe un solo martiniqueño de origen indio que hable el tamul, por lo que aparentemente la asimilación se logró. Por otro lado, al no arribar nuevos convoyes se frustró el regeneramiento de la cultura de los coolies. Sin embargo, gracias a su resistencia algunas prácticas culturales en el ámbito de lo religioso y de la alimentación persisten aún y constituyen un elemento de la diversidad cultural en las Antillas francesas.
Como resultado de todos estos prejuicios, estereotipos y discriminaciones de los cuales son víctimas los coolies, ellos mismos llegan a considerarse la hez de la tierra.
Es así como el autor invita al lector martiniqueño a una toma de conciencia del condicionamiento psicológico del ser antillano y de la fragmentación de la sociedad antillana. En esta obra, el lector accede a un mundo de diosas y dioses hindúes, prácticas culturales, creencias indias, castas y prohibiciones donde el autor nos sensibiliza para comprender mejor al coolie. Una parte de la narración tiene lugar en India y en el barco, tomando conciencia de la razón por la cual los coolies abandonaron su tierra. El lector conoce sus esperanzas, sus vicisitudes, sus sufrimientos y la denigración que han sufrido. Confiant nos invita a una reflexión, a una mejor comprensión del otro y, por ende, a aceptar la diferencia.
Por otra parte, en cuanto a la forma, el escritor nos hace partícipes de un estilo original en el que la lengua francesa es enriquecida por el criollo.
La polifonía reina en la narración; cada narrador presenta los hechos según su propia percepción. El relato no respeta una linealidad en el tiempo, sino que sufre retrocesos y avances introducidos por las diferentes voces narrativas, ofreciendo diversos relatos tejidos dentro de la narración principal. De tal manera, podemos afirmar que el autor viola los cánones de la novela tradicional de Occidente.
Nos introducimos, en esta novela, por un recorrido histórico que seguirá a tres generaciones de una familia de indios, los Dorassamy. La primera tiene lugar en India, una familia de brahmanes cuyo recurso económico es la industria de la fabricación de saris. Confiant critica fuertemente la colonización inglesa y denuncia las consecuencias de ésta para la población autóctona: quiebra de las hilanderías, subasta de las mejores tierras, pérdida de tradiciones, desequilibrio de las organizaciones sociales, la sumisión, el hambre, la miseria. En otras palabras, somos testigos de la degradación social, moral y física de esta primera generación; su destino final será cruel, dado que Ambi Dorassamy y su mujer serán devorados por los hambrientos chacales. Su hijo, Adhiyamân, logra escaparse, pero la imagen de la «panza del chacal satisfecho» y su impotencia lo obsesionarán durante toda la vida, imagen que aparece como un leitmotiv a lo largo de la narración. Empieza entonces un peregrinaje para Adhiyamân, el cual encarna a la segunda generación. Éste logra llegar a Pondichéry, donde se embarca bajo contrato con intocables principalmente, que le huían a la miseria y al hambre. Allí lo acoge una familia que había trabajado para su padre. Anandam Vellayoudoun, el padre de familia, le propone que se case con su hija Devi, propuesta que acepta.
Confiant describe con detalles mordaces las condiciones del embarque, la travesía en un estado de insalubridad, el arribo a las islas y la difícil aculturación de los coolies en las Antillas francesas. A medida que avanzamos en la lectura de la novela, Confiant responsabiliza a las culturas dominantes de la pérdida de memoria de algunas prácticas culturales de los indios —pérdida que incluso se genera en India, prosigue en el barco y en las Antillas—, así como el olvido de su lengua: el tamul.
El autor denuncia las conductas inhumanas antes de la partida y durante la travesía, ya que los indios fueron tratados como animales, amontonados los unos sobre los otros, sin higiene, sin medicamentos, sin suficiente comida. A causa de las condiciones insalubres, se desarrollan enfermedades que causan la muerte. Devi adopta un bebé que pierde a su madre durante la travesía, a quien considerará su propio hijo.
Después del arribo a Martinica, todo fue decepción. Primero que todo, por la dificultad del trabajo en las plantaciones, que no coincidía con la descripción ofrecida en India; de igual manera, a causa de las discriminaciones y finalmente por la imposibilidad de regresar a India como consecuencia de los impedimentos generados por los amos de las propiedades. Según su culto, los hindúes deben regresar a su tierra con el objeto de tener acceso a la fusión con el ser absoluto, al morir.
El autor describe la vida en la plantación, especialmente a través de los ojos de Adhiyamân, quien vive con la esperanza de regresar a India. El día en que toma conciencia de que su regreso es imposible, se encierra en un mundo inaccesible y nunca más usará el don de la palabra. No sólo para los coolies sino para los negros, el único medio de salir del engranaje de la plantación es la educación, pero dada la falta de mano de obra, se contrata a los niños coolies incluso sin el conocimiento de sus padres, quienes ingenuamente creen que éstos asisten al colegio. Como consecuencia, se genera la imposibilidad, para este grupo étnico, de sustraerse de la plantación.
Vinesh Dorassamy, hijo de Adhiyamân, tercera generación, vive entre dos mundos: en Martinica durante el día, donde reinan lo trivial, lo rudimentario, y en India durante las noches, a donde se transporta en sus sueños. Esto constituye una gran fuerza para el personaje, quien sospecha que dicha energía la poseen todos los indios. Estas experiencias místicas de Vinesh se presentan como un bienestar espiritual y desprendimiento del cuerpo físico.
Por otra parte, el autor pone en evidencia la decadencia de la industria del azúcar a causa de ciertas dificultades: la producción de azúcar de remolacha en Europa, la prohibición de la importación de mano de obra india, las huelgas agrícolas, la restricción de la entrada de alcohol de caña de azúcar en Francia en 1921, y el consumo de vino, champaña y coñac en lugar de ron. A partir de ese momento, el destino de los coolies se orienta hacia la ciudad.
Al final del libro, tiene lugar una agrupación, una unión de grupos que habitualmente se dejan dominar por el odio y se desgarran entre sí, con motivo del funeral del Ancestro (sacerdote indio, depositario de la cultura coolie). Esta complicidad está también presente cuando los indios dirigidos por Vinesh rompen sus cadenas psicológicas y participan en la huelga agrícola. Al morir el Ancestro, Vinesh toma su lugar, asumiendo la continuación de la cultura india. El hecho de que Vinesh danzara el damier —danza de combate de origen africano— y no una danza india durante la agonía del Ancestro, muestra una sociedad criolla con aportes de diferentes culturas. El final es optimista, ya que deja entrever una nueva era para las Antillas, en la que se desarrollarían nuevas formas de coexistencia en la diversidad de los grupos étnicos.

—JANETH CASAS

Nota
1. La Criollidad es un movimiento literario e identitario creado por los escritores Patrick Chamoiseau, Raphaël Confiant y el lingüista —especialista del creole— Jean Bernabé, a finales de los años ochenta

 

PANORÁMICA DE LAS ANDANZAS IMPERIALES

Estados Unidos
Intervenciones del poder imperial en 40 países
Guenter W. Roppel
Bogotá, Ediciones Aurora, 2005 (248 pp.)

GUENTER W. ROPPEL ENCUENTRA EL HILO CONDUCTOR de las intervenciones de Estados Unidos, en las palabras de sus propios dirigentes:
A comienzos del siglo XX, Theodore Roosevelt escribió: «La más justa de todas las guerras es la guerra contra los salvajes», refiriéndose a la importancia de suprimir a los aborígenes rojos, negros y amarillos para favorecer a «las razas dominantes del mundo».
Esta arrogancia ha persistido por más de un siglo entre las clases dirigentes de Estados Unidos. Por eso nadie se sorprendió cuando el expresidente Bush dijo, después de que la armada estadounidense derribara un avión civil iraní, matando a sus 290 ocupantes: «Jamás pediré disculpas en nombre de Estados Unidos de América; no me importa cuáles sean los hechos».
El autor nos lleva vertiginosamente por acontecimientos que evocan un surrealismo extremo: cuando Estados Unidos invadió la pequeña isla de Granada, en 1983, invocando razones de «seguridad para ciudadanos norteamericanos», y en las Naciones Unidas hubo una abrumadora votación en contra de la invasión, el presidente Reagan comentó: «En la ONU cien naciones no han estado de acuerdo… y eso ni siquiera me trastornó el desayuno».
La definición de «daños colaterales» dada a la muerte de civiles inocentes durante los bombardeos es un eufemismo monstruoso, pero el autor cita la tranquila declaración de Donald Rumsfeld, secretario de Defensa, cuando un ataque aéreo en Afganistán causó la muerte de 48 civiles que celebraban una boda: «Si se cometió un error, se cometió, pero lo cometió nuestra gente en el campo de batalla con la mira en el blanco». Este mismo secretario de Defensa —nos cuenta el autor— manifiesta que los detenidos en la base de Guantánamo, sin ningún proceso legal, han sido llevados allí «porque son considerados individuos que no deberían andar por las calles, teniendo la posibilidad de matar a alguien».
El libro de G.W. Roppel es una interesante panorámica de las andanzas imperialistas de Estados Unidos por Latinoamérica, Asia, África y Europa. Aunque sus pretensiones no son históricas, el relato cargado de citas y referencias a documentos desclasificados del propio gobierno de Estados Unidos aparece como un manual indispensable para todos los que «leen entre líneas» y son capaces de captar la información y la desinformación a la que estamos sometidos.
La Agencia Central de Inteligencia (CIA, por su sigla en inglés) se entrevera en la narración de manera permanente y sombría, hasta el punto de no dejar dudas sobre su vocación siniestra. Las intervenciones de esta agencia en Cuba, Panamá, Chile, Indonesia, el Congo y otra decena de países, están documentadas rigurosamente, y el lector se obliga a dar crédito a la CIA por todos sus trabajos de desestabilización.
Al final del libro, el autor ve con desesperanza que la arrogancia continúa, cuando un alto militar estadounidense describe con tranquilidad en un programa televisivo cómo se podría someter militarmente a Irán. No obstante, se deben recordar con cierta precaución las palabras de advertencia del general Colin Powell, durante la invasión a Panamá, para apresar al general Noriega: «Debemos poner un letrero en nuestra puerta que diga: “Aquí vive una superpotencia”».

—ALBANO ARIZA FLÓREZ

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