TODOS
PERDIMOS
Sumas y restas
Una película de Víctor Gaviria
LA MUERTE PRESIDE
Sumas y restas, la última película de Víctor
Gaviria. Desde la primera imagen, un entierro, hasta la secuencia
final, un asesinato, que culmina con los estertores del ultimado
y con el primer plano de la cara de quien ha sido uno de los cómplices
del crimen, la película narra la tragedia de una sociedad
subyugada por la ambición del dinero y marcada a hierro vivo
por la muerte.
La anécdota es sencilla, elemental: Santiago, un hombre joven,
paisa, despierto, ingeniero constructor, de clase media, casado, busca
hacer plata con negocios de propiedad raíz, vendiendo lo que
ha construido con gran esfuerzo, pero se enfrenta a la iliquidez. No
sabe qué hacer y pide plata prestada a su padre para sacar adelante
su negocio. Su padre no tiene cómo ayudarlo. Santiago se niega
a vender sus apartamentos a gente de origen turbio que pretende canjeárselos
por kilos de cocaína. Una noche El Duende, un amigo de infancia,
jovial y maravilloso, le presenta a Gerardo, el hijo de un antiguo
empleado del papá de Santiago. En esa noche de rumba se hacen
amigos y planean construir un edificio en un lote de propiedad de Gerardo
que funciona como oficina y parqueadero. Entre Gerardo y Santiago nace,
primero, una complicidad de rumberos, y luego una suerte de sociedad
tácita en la que Santiago le entrega un camioncito a Gerardo
para que lo alquile o utilice para transportar carga y volverlo rentable.
Pero Gerardo pone el camión al servicio de su negocio de producir
cocaína, y cuando Santiago se entera y se emputa por este abuso
de confianza, Gerardo le tapa la boca con toneladas de plata. Ante
la plata contante y sonante, la ambición de Santiago florece.
Los negocios —la cocaína, la construcción— van
viento en popa. Pero el hermano menor de Gerardo, su ñaña,
muere asesinado por una trivialidad de machos paisas y Santiago no
va al entierro. Santiago cae en desgracia ante Gerardo. Además,
un cargamento de coca que han vendido a otro traqueto paisa se vuelve
chicle al llegar a Estados Unidos y éste reclama airado que
le devuelvan la plata; y el trapiche, lugar donde cocinan la cocaína,
cae en un operativo antinarcóticos y Gerardo manda a Santiago
a negociar con los «tiras». Es una trampa: Santiago es
secuestrado junto con el dueño del trapiche. La familia de Santiago,
su mujer, su padre, entregan todo lo que tienen para negociar su libertad.
Santiago pierde todo. Al quedar libre, Santiago «vende» a
Gerardo y se confabula para asesinarlo. Al final, triunfa la venganza,
ya que no la justicia, y vemos el rostro de Santiago, el rostro de
alguien que ya nunca podrá ser el mismo, solo, desamparado;
el rostro de alguien que lo ha perdido todo, los bienes materiales,
la dignidad, la razón de ser; el rostro de un joven paisa de
clase media que ya ni es joven ni es de clase media ni es nada. Ahora
es el despojo de lo que fue, ahora se ha convertido en una víctima,
pero también en un asesino por necesidad, por rabia. Ahora su
rostro es el de alguien sin por qué ni para qué.
Sumar y restar, operaciones contables, de negocios; una columna a la
izquierda y otra a la derecha para llevar las cuentas, y el saldo,
hechas todas las sumas y las restas, da en rojo. La quiebra total.
Pero no sólo se trata de la quiebra de Santiago, y la de Gerardo,
y la de todos los personajes de la película, sino la de toda
la sociedad. Todos perdimos.
Después de Rodrigo D. No futuro, y de La vendedora de rosas,
películas cuyo tema son los seres marginados de Medellín,
jóvenes de las comunas nororientales de la ciudad, en la primera,
y niñas y niños de la calle, en la segunda, Víctor
Gaviria amplía el radio de su radiografía de la sociedad
colombiana —Medellín es Macondo— para darnos una
visión cruda y brutal de lo que fue y es el fenómeno
del narcotráfico: un cáncer que lo ha carcomido todo,
empezando por eso que tradicionalmente llamamos valores y sobre los
que supuestamente está construida la sociedad: todo vale para
hacer dinero, para sumar y restar; es decir, ahora todo vale nada.
En Antioquia existe un viejo dicho familiar que reza más o menos
así: «Haga plata honradamente, mijo, pero si no puede
honradamente, haga plata, mijo». De donde se deduce que el dinero
es Dios, es decir, el fin último de todas las cosas, y ahora,
como el narcotráfico lo produce por montañas, el narcotráfico
es el nuevo dios.
Víctor Gaviria pone el dedo en la llaga, y duele. Como en sus
anteriores películas, el director no toma partido, ni saca conclusiones,
ni hace moralejas ni discursitos a favor de la caridad o de las buenas
costumbres. Pero a diferencia de sus dos primeras películas,
en la que los seres que las protagonizan nos conmueven por su indefección,
por su desamparo, por la trágica inocencia con que viven y padecen
sus destinos, en ésta los que estamos indefensos somos los espectadores:
esa historia que estamos viendo es la historia de todos nosotros, es
la historia de una sociedad que le vendió su alma al becerro
de oro del narcotráfico, es la historia de la complicidad que
hemos tenido, no con el dinero fácil, porque el dinero del narcotráfico
tampoco es fácil de ganar, sino con el dinero a secas, con su
ilimitado y corrupto y sangriento poder.
Por eso en esta película no hay buenos ni malos ni héroes.
Y, por supuesto, su retórica está lejos de la moral al
uso que pregona: «Nosotros, los buenos, estamos en guerra con
los malos». Cuando una sociedad como la nuestra sufre un cáncer
de tan tamañas proporciones, cáncer que afecta a todos
los órganos de la sociedad (el Estado, la política, la
justicia, la economía, los industriales, los empresarios, los
comerciantes, los medios, los militares, los policías, los guerrilleros,
los paramilitares, los estratos altos, medios, bajos y nulos, los habitantes
de la ciudad y del campo), no es posible hacer distinciones. No puede
el hígado alegar que el cáncer que mató a fulano
de tal hacía su trabajo en los pulmones; cuando fulano de tal
murió su cadáver fue enterrado con hígado y con
pulmones y con cerebro y hasta con el alma. Así la sociedad
colombiana.
Todo lo anterior para hablar de la pertinencia del tema y de la forma
como lo ha tratado Víctor Gaviria. No se puede decir, como afirman
muchos, que el tema del narcotráfico ha sido manoseado hasta
la saciedad en el cine colombiano, y que qué jartera ver otra
película con el mismo tema. Rosario Tijeras y El Rey, para no
hablar sino de las dos más recientes sobre narcotráfico,
son películas decentes, digamos, bien contadas; algo almibarada
la primera, con su look de comercial de publicidad, y el pornoengaño
de la figura de la sicaria capaz de arrastrar con su embrujo sexual
a más de un millón doscientos mil espectadores a las
salas de cine en Colombia, y carente de envergadura y de calado la
segunda.
La violencia, el narcotráfico, la guerra, la corrupción,
la miseria, el horror, son y serán los temas que atraen y siguen
obsesionando a las inteligencias y sensibilidades más agudas
de entre nosotros. El cine, por fortuna, no es la televisión,
y aunque para su desgracia Víctor Gaviria siga perdiendo plata
con sus películas, no habrá perdido el tiempo, y a medida
que pase el tiempo nuevos espectadores habrán de reconocer la
calidad de su visión descarnada, que ni elogia ni condena, y
que logra quintaesenciar de manera tan rotunda y poética los
males que nos aquejan.
Un comentario más amplio merecen las otras virtudes de la película:
la construcción de los personajes; el trabajo con y de los actores
que logran darles vida a seres singulares que exudan a la par alma
y bilis por todos los poros; el carácter casi documental de
la narración; la verosimilitud de la puesta en escena; el amor
por los detalles únicos que ponen de relieve una manera de ser,
una cultura, una época; el habla y los giros idiomáticos
de la antioqueñidad, sonsacados a punta de esfuerzo a los actores,
a los conocidos, a los amigos, a los investigados, a los de más
allá; el guión, hecho y deshecho innumerables veces y
construido en realidad por un coro de voces instrumentado de manera
empecinada y terca por el director; el afán de mostrar el otro
lado de la moneda de un negocio que nos ha sido contado muchas veces
por el cine hollywoodense con sus villanos de cartón piedra
y sus héroes de silicona.
En suma, hay que agradecerle a esta película que nos cuente
una historia sin alardes, en un tono que podríamos llamar menor —porque
carece de grandilocuencias—, seco, directo, sin ambages; y que
nos permita asistir y ver, cómodamente sentados desde las butacas
de nuestra insensibilidad e indiferencia, el drama y la ruina de estos
seres —y de esta sociedad— que carecen de grandeza.
—ALBERTO QUIROGA
SUMAS Y RESTAS
EN TRES CAÍDAS
EN MEDIO DE LO QUE PARECE SER una sola voz crítica, que ensalza
lo equívoco y valora el declive, Sumas y restas se recibe como
una buena película. Como el por fin depurado trabajo de un cineasta
con talento. Con excepción de cartas ingenuas de espectadores
que abogan por la amnesia —olvidemos el horror de otros días
y cantemos los progresos y las satisfacciones de hoy— para quejarse
de que Medellín se muestre en su cine desde sus miasmas sociales,
el consenso sobre Sumas y restas es positivo. La realidad, sin embargo,
es otra. Al menos la realidad artística del tercer largometraje
de Víctor Gaviria. Porque, si se compara con las dos películas
anteriores, Sumas y restas resulta ser un fracaso más que un
triunfo, un extravío más que un hallazgo, una caída
más que un descenso.
No hay duda de que Víctor Gaviria es un director inquietante.
Y lo es porque busca, como ningún otro en un medio cinematográfico
limitado como el colombiano, un estilo y va en procura de una voz propia.
No es un descubrimiento decir hoy que Gaviria, desde que inició su
carrera con los primeros cortometrajes —La vieja guardia, Los
habitantes de la noche— hasta la película recién
estrenada, está construyendo una obra. Y no se trata de una
obra fortuita, ni mucho menos de un cineasta gratuito. La propuesta
de Gaviria, desde la fotografía hasta la narración, desde
la factura del guión hasta el uso de la música, desde
el casting hasta la producción, posee el carácter de
lo genuino.
Y es todavía más inquietante porque su trabajo ha sido
honesto en las búsquedas estéticas y sociológicas.
Gaviria no se ha vendido a nadie. Ha permanecido fiel a esa brújula
que moldea el talento y la intuición. Felizmente no ha sucumbido
a hacer un cine caduco, de tintes comerciales. No se ha empantanado,
ante la gama que ofrece la atmósfera de la violencia y la marginalidad
colombiana, en el relato policiaco de tipo novelesco —como Sergio
Cabrera en Perder es cuestión de método o Luis Ospina
en Soplo de vida. Ni tampoco ha caído en la seducción
de las asesinas hipérboles sexuales tipo La virgen de los sicarios
de Barbet Schroeder o Rosario Tijeras de Emilio Maillé. No ha
sido vana, por lo demás, esa persistencia en el forjamiento
de un estilo sostenido en sinceras motivaciones existenciales. Por
tales razones quizás sus dos primeras películas —Rodrigo
D. y La vendedora de rosas— fueron premiadas con el mero hecho
de participar en el Festival de Cannes, el más prestigioso del
mundo.
Pero para Sumas y restas los atributos se tornan esquivos. En las dos
películas anteriores los fulgores de una sensibilidad poética
aparecen, casi milagrosos, a lo largo de historias fragmentadas de
un mundo periférico. Surgen la frescura y el desgarramiento
de ciertas imágenes que, dentro de la historia de la representación
artística de Medellín, se erigen como paradigmas inolvidables.
Quiero decir que en tales filmes se nombra con certeza la tragedia
de una época turbia sin dejar de enaltecer lo humano. No es
menester ahora detenerse mucho en esas imágenes, pero sí afirmar
que Gaviria perdura en dichas películas por su vínculo
con metáforas sorprendentes que iluminan el ámbito de éstas.
Sombras que se perfilan en rejas metálicas, pasos anónimos
que trazan figuras en una cancha deportiva, la zambullida en una piscina
reflejada en la mirada de un sicario, una travesía esperanzadora
por una quebrada de podredumbre, el diálogo enigmático
de líneas y borrones en la pared de una finca abandonada. En
Sumas y restas, sin embargo, esta condición onírica se
ha expulsado radicalmente.
En aras de una excesiva preocupación por nombrar fielmente la
realidad, y de narrarla de tal modo que el tiempo se quiebre (la película
comienza con una escena intermedia, la del entierro, y a partir de
ella se desarrolla todo el filme), Sumas y restas se precipita hacia
una plana y sórdida historia, más de crónica roja
que de conflictos familiares y sociales. Sin embargo, éste no
es su único infortunio. Ellos, no inexplicablemente sino por
cierta lógica que tarde o temprano tendría que revelarse,
se multiplican. Porque están, en primer lugar, los actores naturales.
Tal aspecto, que ha caracterizado el cine de Gaviria, no es un invento
suyo, por supuesto. Aparece, e incluso con fuerza y precisión,
desde los comienzos mismos del cine. Ya Serguei Eisenstein recurre
a ellos para engrandecer una cierta épica popular revolucionaria.
Pero el rescate de lo marginal a través de actores naturales,
al menos en el medio latinoamericano, surge con altura en Los olvidados,
de Luis Buñuel. De esta película mexicana, hecha por
un español en los años de la posguerra en el siglo XX,
han bebido los nuevos directores de ahora, desde Emir Kusturica hasta
Mathieu Kassowitz y desde Héctor Babenco hasta Víctor
Gaviria. La verdad, no obstante, es que éste ha sido un procedimiento
aleatorio que ha funcionado pocas veces bien a la hora de querer llevar
al cine las historias de una marginalidad latinoamericana pródiga
en exclusiones y en infamias. Prostitutas, sicarios, mendigos, travestis,
presos y el largo etcétera de los estigmatizados por el desamparo
han acudido a pasos maltrechos a la actuación para darles así una
pretendida autenticidad a los asuntos representados. Como si en este «fiel
reflejo de la realidad» estuviese el secreto de la autenticidad
del arte cinematográfico.
El trabajo con los actores naturales es un método azaroso. Es
arduo dar en el blanco y generar la aprobación de un público
que asocia el buen cine con el buen actor y el buen director. Es exagerado
afirmar que puede existir un excelente cine con actores sin formación.
Y más aún en un país como Colombia, que carece
de tradición cinematográfica. El cine, como expresión
artística —y a qué otra cosa puede aspirar—,
está anclado en la profesionalización de los actores.
Son ellos los que encarnan, mediante una técnica y un trabajo
de años, los dramas de los personajes de la imaginación
o de la realidad, de la intimidad o de la calle, del sueño o
de la vigilia. Y si tal circunstancia funcionó con fortuna,
mucho más en Rodrigo D. que en La vendedora de rosas, brilla
por su ausencia en Sumas y restas. Víctor Gaviria alega, al
igual que muchos de sus seguidores, que en estos tres largometrajes
no es el cine el que atrapa la realidad. Es la realidad, violenta y
degradada, con sus actores de la calle, la que absorbe vertiginosamente
todas las pretensiones del director. Pero esto es un espejismo peligroso.
Porque el cine, o al menos el cine que perdura, es una elaborada e
intuitiva transformación de la realidad. Y nada de esto sucede
en la historia de este ingeniero de la clase alta de Medellín
que se deja deslumbrar por la adquisición del dinero sucio de
la droga. Así, la película cae, y esta vez aparatosamente,
por segunda vez. Acaso se salve del derrumbe generalizado la actuación
de Gerardo, el ruidoso dueño de las cocinas del perico. Los
demás, en cambio, no logran levantar lo que resulta ser una
mediocre actuación. Las reuniones familiares poseen la atmósfera
cursi de las propagandas de vituallas de la mesa. El ataque de paranoia
de uno de los amigos del ingeniero no es creíble, así el
crescendo en la música y el manejo fotográfico de la
escena intenten rescatarlo. La torpeza en el trabajo de los extras
femeninos es propia de las revistas sensacionalistas. Y dan ganas de
meterse debajo de las sillas para no verles el rostro a la total improvisación
y a la completa pobreza de los gestos cuando los secuestradores hacen
gala de una maldad gratuita.
La tercera y definitiva caída en Sumas y restas se produce cuando
se indaga en los dramas personales de sus protagonistas. La causa de
esta trivialidad de unos conflictos sociales reside —eso parece— en
el uso de un lenguaje que no alcanza las cinco palabras. De las frases
enigmáticas de los muchachos de Rodrigo D. que, según
Gaviria, dicen algo parecido a lo que expresa Cioran en varios de sus
silogismos de la amargura, pasamos a la mareante y casi boba sucesión
de los gonorreas, los hijueputas y los güevones. Pero no es atinado
creer en esta precariedad lingüística como justificación
de la emotiva pobreza de los personajes de Sumas y restas. El asunto
reside, más bien, en la falta de una inmersión profunda
en un conflicto más emocional y personal que lingüístico.
Es ostensible, de igual manera, la falta de lucidez en el manejo de
los contrastes anímicos en estos actores de la llaneza real,
ya que se desconocen la graduación de los conflictos internos
y los indispensables relieves personales que hacen de la tensión
anímica una posibilidad de enaltecer o abismar lo humano. Enaltecimiento
o abismamiento que no sólo se logra, lo sabemos, por el uso
de la elocuencia en la sencillez de un carácter, sino sobre
todo a través del humor, la ternura, y las múltiples
facetas del dolor y el abandono. Pero es evidente que Gaviria se ha
dejado llevar por el impacto de la palabrería y los fuegos fatuos
del escándalo prosaico. Todo esto, entre otras cosas, le impidió ver
el fondo de lo que pudo ser una historia real llevada al cine con excelente
dramatismo. Encandilado por el efecto de una violencia que sucedió tal
como lo manifiesta la realidad, Víctor Gaviria no fue capaz
de imaginar cómo habría podido suceder en la pantalla.
—PABLO MONTOYA CAMPUZANO