Desde la ventana del apartamento se ven los edificios del centro de la ciudad. Estamos lejos de aquella vista: en Suba, un pueblo de la sabana tragado por el urbanismo hasta convertirlo en barrio, y que abarca buena parte del noroccidente de la imparable Bogotá. Durante unos segundos la vista nos parece hermosa, hasta que caemos en la cuenta de un detalle: fue en el asfalto de la gran avenida que atraviesa esos edificios lejanos que cayó Nicolás. Margarita tiene que enfrentarse a cada momento al cuadro que le ofrecen sus ventanas. La imagen la tiene cansada: le sabe a muerte. Por eso quiere vender el apartamento, porque si se asoma a la ventana le duele, y porque si entra a cada una de las habitaciones, sólo encuentra recuerdos de su hijo, Nicolás.
En el pequeño estudio aún está la máquina de escribir —a Nicolás no le gustaba usar el computador— con las primeras palabras de un resumen de El Quijote, que le habían pedido en el colegio, el Liceo Hermano Miguel, de la comunidad lasallista («Me puso a leer el libro a mí también para que dejara de ver telenovelas», recuerda Margarita. «No pasé de los primeros cuatro renglones»). En el piso, la caneca de colores, repleta de juguetes con los que aún correteaba y brincaba entre los sofás y el tapete. Entramos al baño. Margarita nos señala el estuche repleto de inhaladores para calmar el asma. En el suelo, una botella de alcohol: «Lo adoraba. Andaba con él para todas partes. Tenía que limpiarlo todo con alcohol, hasta el baño, así sólo entrara él, porque decía que podía traer bacterias de la calle». Avanzamos. Una cenefa de lunas azul niño decora las paredes de la habitación. Sobre la cama, un cubrelecho, también azul, con imágenes de la rana René. En un mueble, dos o tres viejos muñecos de peluche y una muñeca acabada y despeinada: es Jessica, el juguete preferido de Nicolás desde que tenía un año. No podía dormir si ella no estaba cerca. Al lado de la muñeca, las fotografías de dos toreros, tachadas con tinta roja. Y en la puerta de la habitación, una calcomanía: «Libertad animal. Libertad humana».
Desde la ventana de la habitación se ven también los edificios del centro. ¿Hacia allá habrá mirado Nicolás el 1º de mayo de este año, o se habrá detenido, más bien, en el nido que tanto le gustaba de aquel árbol cercano, o en los ratones que decía ver abajo, en el jardín de su conjunto residencial? Imposible saberlo. Lo cierto es que, junto a un amigo, la mañana de ese domingo se enfiló hacia el centro de la ciudad. No sabía que jamás volvería a aquella habitación, a dormir junto a Jessica. A la 1:45 p.m., cayó en el asfalto de la carrera séptima con la calle 18. Cinco días después, moriría. Tenía quince años. Y, según quienes lo conocieron, parecía tener trece.
Yuri Neira y Margarita Álvarez, los padres de Nicolás, se casaron en 1988 y se separaron en 1994. Nicolás nació el 11 de octubre de 1989. Fue el único hijo. Su padre lo recogía casi todos los domingos para que montaran bicicleta juntos en el centro de la ciudad. En el mercado de las pulgas de la carrera séptima con la calle 24, compraban libros. Nicolás pocas veces salía solo. A Yuri le preocupaba, de una manera casi obsesiva, la seguridad de su hijo: «Cuando salíamos, yo le decía: “Si te pierdes, me esperas en este punto diez minutos; si no llego, me esperas allí 20 minutos; si no llego a ese sitio, me esperas en tal sitio una hora; si pasada una hora no llego, pides una moneda, llamas a la casa y pides que te recojan». Algo hay en todo esto de preocupación por el asma de su hijo, y también mucho de lo que ha sido el trabajo de Yuri durante 17 años: es analista de riesgos (Margarita, qué ironía, es dactiloscopista experta en criminalística).
El domingo 1º de mayo, Yuri no recogió a su hijo. Nicolás se había sentido mal el día anterior. Muy temprano, Margarita salió del apartamento, mientras Nicolás todavía dormía, porque ella también se sentía mal: síntomas de gripa. Cuando volvió de que le inyectaran un medicamento, encontró a su hijo ya de pie. Él dijo sentirse mejor. En esas, sonó una llamada. Nicolás respondió. Al rato le dijo a Margarita:
—Era David, mi amigo. Quiere que lo acompañe a comprar libros al mercado de las pulgas del centro.
—Pero te has sentido mal. Además, tú que no sales solo ni a la esquina, ¿sabes cuál bus coger para llegar allá?
—David es más grande que yo, y sí sabe. Y llegando al centro, yo me ubico.
—No sé. No sé…
Margarita recuerda: «Al fin me convenció. Me habló de una forma que ustedes no se imaginan. No pude decir que no. Era un ángel con cada palabra que decía. Lo dejé ir. Nunca volvió».
Antes de que Nicolás saliera de su casa, la esquina de la calle 26 con la carrera séptima estaba ya atiborrada de gente. Sólo a las once de la mañana, y muy lentamente, la marcha al fin arrancó su recorrido. Se calcula que 50.000 personas participaban de ésta, la principal actividad del Día del Trabajo en Colombia. Caminarían más o menos tres kilómetros, hasta la plaza de Bolívar. Cientos de hombres, de armadura, casco y escudos, los acompañaban vigilantes.
El Escuadrón Móvil Antidisturbios (Esmad) se creó en 1999. Está compuesto por 1.350 hombres, de los cuales 350 están ubicados en Bogotá. Los demás se encuentran en Bucaramanga, Medellín, Pereira, Cali y Pasto. Según nos cuenta su director, el coronel César Fernando Granados, en su oficina de la estación de policía número 23, la función del escuadrón es «atender los requerimientos en cuanto a manejo y control de multitudes, ya sea con prevención —presencia, para evitar que se perturbe el orden—, o con acción —a través de formaciones y procedimientos para restablecer el orden que está siendo tumbado—». Después añade: «Trabajamos con el principio de la tolerancia. Sabemos que no debemos responder a los insultos con insultos, ni a la violencia con violencia».
Pero algunos no lo piensan así. Internet está lleno de denuncias en todos los idiomas que hablan de agresiones a marchantes, civiles desarmados y periodistas desde los primeros días de existencia de este escuadrón. Y aún más después de lo sucedido el 1º de mayo con Nicolás, caso al que habría que sumar dos muertes más: el pasado 22 de septiembre, Johny Silva Aranguren, un estudiante de la Universidad del Valle, habría muerto al parecer durante una protesta contra el TLC, a causa de unos disparos generados por miembros del Esmad que habrían entrado al campus. Y el 10 de noviembre, en medio de la toma de la hacienda El Apio por parte de los indígenas caucanos, Belisario Camayo Guetoto (16 años), miembro del resguardo de Caldono, también habría caído víctima de balas disparadas por miembros del escuadrón.
La marcha del 1º de mayo avanzaba dividida en dos sectores: adelante, caminaban los sindicalistas; atrás, los jóvenes, en su mayoría miembros de movimientos anarquistas y contraculturales. A este último grupo se unieron Nicolás y David.
Algunos ya los conocían. Un año atrás, Nicolás, a la salida de su colegio, había establecido relaciones con varios de estos jóvenes, vecinos del sector. Rápidamente, aprendió sobre el tema, leyó todo lo que pudo y hasta comenzó a captar nuevos miembros. Cuando podía, asistía a las marchas; ésta no era su primera vez. Por esos días conoció a sus nuevos amigos y empezó a dejar ver una posición política, antes inexistente: se opuso al toreo y al circo, se hizo casi vegetariano (sólo de vez en cuando comía pollo), dejó la Coca-Cola y comenzó a tener problemas ideológicos con las autoridades de su colegio. Su mayor preocupación era la situación de los trabajadores colombianos. Yuri, con palabras casi proféticas, le dijo alguna vez: «Hijo, tienes que ponerle freno a esto, vas muy rápido».
Y ahí iba, de chaqueta de jean y pantalón azul, marchando junto a los anarquistas, en lo que, más que una caminata, parecía una fiesta: música, muñecos, baile… De pronto, en la 18 con séptima, los policías del Esmad establecieron un cordón humano que dejó a los trabajadores adelante y a los jóvenes atrás.
Al parecer, algunos de los marchantes habían escuchado decir a los del escuadrón policial que no permitirían que los anarquistas llegaran hasta la plaza de Bolívar. Lo cierto es que los testigos hablan de que en ese momento todo explotó: gases, balas de goma («Nosotros no tenemos balas de goma; ojalá tuviéramos», dice el coronel Granados) y golpes con bolillo. Los miembros del Esmad, por su parte, aseguran que la marcha se partió en dos porque allí los jóvenes empezaron a tirar papas explosivas (un tipo de bomba casera).
Consuelo, una negra caleña, de 30 años, defensora de los derechos humanos, estaba allí. Vive en Bogotá desde hace tres años, porque tuvo que huir de su territorio. Se salvó de dos intentos de asesinato (uno en 2000 y otro en 2002) por denunciar casos de corrupción, pero no quiso quedarse para saber si la suerte la acompañaría una tercera vez, y escapó a la capital. Iba con el grupo de sindicalistas, pero la conversación con un viejo amigo la distrajo tanto que se atrasó y terminó incluida entre los anarquistas y separada de los demás por el cordón. «Uno se quedaba quieto para saber cómo defenderse», recuerda. «Vi cuando los muchachos empezaron a correr y en esas este muchacho delgadito [Nicolás] no tuvo la agilidad y quedó ahí, en medio de los policías, que le daban mucho garrote, bastante. Él cayó ahí, en la calle 18, y ahí le siguieron dando». Si es esto cierto, ¿por qué Nicolás, dueño de la soltura de un jovencito de su edad, no fue capaz de escapar? Según Margarita, por su asma los gases pudieron haberlo ahogado, impidiéndole correr y convirtiéndolo, por tanto, en presa fácil.
Marcos, de 25 años, también estaba ahí. Tiene una librería y es miembro de la Coordinadora Libertaria Banderas Negras, una organización de colectivos anarquistas que promueve, entre otros aspectos, el apoyo mutuo, el federalismo, el asambleísmo, la autogestión y la acción directa en vez de la espera en la labor del otro. Él cuenta:
«Nos abalanzamos hacia el otro costado de la séptima. Ahí fue cuando vi corriendo a Nicolás, por el medio de la calle, presa del pánico. Mientras corría, fue golpeado en la parte posterior de la cabeza con un bolillo por un agente del Esmad. Cuando se desplomó, fue recibido a golpes por parte de un grupo de ellos».
Era la 1:45 de la tarde. Yuri descansaba en su cama. Margarita sudaba la fiebre en la suya.
Los miembros del Esmad rodearon a Nicolás. Según nos dijo el coronel Granados, pedían una ambulancia por radioteléfono. Durante unos minutos, no dejaron que nadie se acercara al joven. De pronto, se alejaron, y Consuelo se arriesgó. Fue la primera persona civil que, en medio de aquella confusión, lo tocó.
«Tenía la cabeza caída y no la podía mover para los lados. Se retorcía. Yo le hablaba, pero no me respondía: gemía. Tenía los ojos perdidos. Yo le decía que se ayudara para poder levantarlo, pero no respondía. Entonces lo dejé ahí y arranqué a correr y a llamar a todo el mundo, para que me ayudaran a auxiliarlo».
Fue ahí cuando se acercaron Marcos y un funcionario de la Defensoría del Pueblo (este último negaría después su participación) a rescatar a Nicolás. Les pidieron a los policías que les permitieran llevárselo y lo montaron en un camión que formaba parte de la marcha. Al notar su gravedad, cambiaron de opinión: lo alzaron durante unas cuadras —hasta la carrera cuarta— y lo montaron en un taxi, junto a David, que estaba ileso. A los pocos minutos, Nicolás llegó a la Clínica Centro Oriente del barrio La Perseverancia. Mientras tanto, el caos continuaba reinando en la marcha.
«¡Tienen ganas de matar! ¡No se dejen provocar!». Así reza una vieja consigna de las protestas bogotanas. Y es que, históricamente, la relación entre los marchantes y la policía de la ciudad ha estado pasada por sangre. Pero los actuales niveles de hostilidad entre los jóvenes anarquistas y el Esmad superan toda cifra. Según el coronel Granados, la violencia es común en la participación de estos grupos en toda marcha:
«Salen con la cara tapada, tiran papas explosivas, llenan la calle de grafitos, se incluyen en manifestaciones que no son las de ellos (como en este caso, que era la de los trabajadores)…».
Olga Silva, abogada del colectivo José Alvear Restrepo (especializado en defensa de casos de tortura, desaparición y asesinato) y una de las encargadas del caso de Nicolás, toma el asunto por otro lado:
«Estos muchachos son la expresión política más joven que hay: van más allá de la consigna de otros años. Ellos vienen a renovar la protesta social a través de la crítica, la parodia, la música y el teatro, y eso choca, genera bastante violencia. Reprimir esta juventud es una forma de suponer que no habrá oposición en el futuro».
De un modo u otro, en las últimas marchas bogotanas, después del paso de los grupos sindicales, siempre hay brotes de violencia a la hora del encuentro entre el escuadrón policial y los sectores ácratas organizados. Por otro lado, un exmiembro del Esmad, ahora dedicado a negocios particulares en la ciudad de Cali, nos aseguró que la noche anterior a cualquier manifestación es común que no los dejen comer ni dormir bien. Según dice, en ocasiones no pasan en la cama más de tres horas seguidas.
Después de la caída de Nicolás, la marcha intentó organizarse de nuevo. Continuó. Pero a la altura de la plaza de Bolívar, la violencia se vio recrudecida. Algunos aseguran que un miembro del Esmad tiró a su lado una papa explosiva con el propósito de culpar a los marchantes y reanudar el enfrentamiento. Mientras los sindicalistas pronunciaban su discurso, la plaza se llenó de gases y las personas huyeron en todas las direcciones, perseguidas por el escuadrón.
«Los del Esmad estaban garroteando a todo el mundo, hasta a la gente que estaba mirando y a los vendedores ambulantes: a todo el que pasara por ahí. Todo el mundo corría. Los del Esmad rodearon a los de camisa negra en las calles al occidente de la plaza de Bolívar y se llevaron a los que eran y a los que no», cuenta Consuelo.
Margarita no recuerda la hora en la que David, el amigo de Nicolás, la llamó. Lo que sí sabe es que al alzar el teléfono, sintió pánico. El jovencito no quiso contarle lo sucedido. Le dijo que su hijo se había desmayado y se había pegado en un andén. De inmediato salió para el hospital.
«Cuando lo vi, estaba muy mal, pero todavía estaba consciente. Yo le decía: “Papi, ¿por qué no me dijiste que ibas para allá?”. Él me contestaba que para no preocuparme. Vomitaba y no sangraba. A veces yo le hablaba y no era capaz de responderme. Estaba como ido». Al rato llegó Yuri.
Durante los cinco días que Nicolás estuvo hospitalizado, aparecieron en los medios tres versiones de lo sucedido: la primera hablaba de que se había caído del camión que acompañaba la marcha; la segunda decía que todo había sido un problema de pandillas, y la tercera, que había sido aporreado por la turba que huía. A esta última se une el coronel Granados:
«En la séptima con 18 tenían previsto tirar papas explosivas contra los establecimientos. Eso generó que la marcha se partiera en dos. Estaban los de la Universidad Nacional y los anarquistas. Los de la Nacional corrieron hacia el sur y los anarcos hacia el norte. Corrieron en desbandada, y ahí, en la mitad, quedó el muchacho tendido en el piso». Nos ofrece algo de tomar y después nos manifiesta: «No hay nadie que diga: “Yo estuve ahí, y vi cuando un policía levantó el bastón y le pegó”. Eso no existe».
La Clínica Centro Oriente del barrio La Perseverancia es lo que se considera, dentro de los cánones facultativos, un hospital de segundo nivel. Mientras llegaban más y más heridos de la marcha —a otros los llevaron al hospital universitario San Ignacio—, a Nicolás lo sacaron de allí y los médicos lo enviaron a la Clínica Corpas (al norte de la ciudad), pues allá sí contaban con los servicios necesarios para su atención.
«En la Clínica Corpas, el médico me dijo que el niño tenía un hematoma muy grande en la cabeza y que tocaba esperar a que le bajara para ver si podía operar. Eso me dejó tranquila», nos cuenta Margarita. A la madrugada, ella y Yuri salieron del centro médico. Decidieron que lo mejor era ir juntos a casa de Margarita, para poder estar siempre cerca de su hijo (Yuri vive al otro lado de la ciudad). Al entrar al apartamento, sonó una llamada. Más golpes.