Carta oscura


Por Álvaro Restrepo
Ilustraciones de Ángel Rodríguez

ÁLVARO RESTREPO HERNÁNDEZ. Bailarín, coreógrafo, pedagogo y director de El Colegio del Cuerpo, de Cartagena de Indias.


    Mi querida y única María Francia Carlota del - Lugar - del - Vino (Marie France Charlotte Delieuvin1):
«Prefiriamo morire in un mondo di famme anzi che in un mondo di noia...» (Preferimos morir en un mundo de hambre que en un mundo de aburrimiento...), rezaba un graffiti que leí en la estación de tren de Pisa, en Italia, en 1974…
    A mis 17 años, desorientado y angustiado, venía huyendo de mí mismo («huyendo de la luz... la luz llevando») y de mi país —digno representante del mundo del hambre—, en busca de una tregua, de un poco de distancia y de las respuestas que esperaba encontrar para su vida en el Viejo Continente, el adolescente excepcionalmente privilegiado que yo era. Pero cuál no sería mi estupor al comprobar que los jóvenes de esta Tierra Prometida la llamaban, sin pudor y sin matices, mundo de aburrimiento.
Hambre y aburrimiento: dos formas de inanición y de astenia igualmente dramáticas y letales. El cuerpo famélico y desamparado de mi patético paisito del tercer mundo, con sus niños abandonados en las calles o en los campos, víctimas de la ignorancia, la falta de oportunidades, la indolencia y otras violencias, se enfrentaba en mi mente con la imagen de estos niños robustos, superalimentados, sobreprotegidos, que teniéndolo todo solucionado se convertían después en adultos hastiados, desmotivados, seniles prematuros, «esperadores sin esperanza». Esta proclama injusta me sublevaba e irritaba... Hambre física vs. hambre espiritual... carencia de nutrientes para el cuerpo... para el alma. ¿Cómo equipararlas, cómo atreverse a equipararlas? ¿Cómo ponerlas a rivalizar sin maniqueísmo en la galería de las desgracias de la humanidad?
    Treinta años después, mi prodigioso y alucinante país del hambre se convertiría en el país del asesinato: campeón mundial de las violencias de todos los lustres y pelambres, especie de infierno / paraíso del crimen, cuna de monstruos: genocidas de izquierda y de derecha, políticos cínicos y corruptos, reconcentrado de demencia e impunidad, dinero rápido, ausencia de un proyecto común y humano de nación. Mi país del hambre y de la injusticia engendró e incubó en sus propias entrañas al monstruo que hoy lo devora, como un cáncer insaciable y carroñero... Treinta años después, el mundo del aburrimiento, el de la noia italiana, el boredom británico, l’ennui francés, criaría el suicidio como salida al laberinto del sinsentido y del no futuro de sus jóvenes y de sus ancianos... Tu país, María Francia, la cuna de los derechos del hombre, ostenta hoy otro récord universal vergonzoso: el del país con el índice más alto de suicidios del mundo. ¿Por qué? ¿Por qué?
    Si no se tiene el derecho (o el privilegio) de morir de muerte natural, he llegado a preguntarme qué es preferible: ¿morir de asesinato o morir de suicidio? ¿Morir en un país que mata a su gente o en uno que la induce a matarse? Preferible es vivir, me dirás. Sin embargo, quizás hoy en día, en tu país y en el mío, lo natural sea morir de lo uno o de lo otro. Tristemente, en Francia (¡Cuando yo digo Francia...!) el suicidio se ha convertido en la primera causa de muerte después de los accidentes de carretera (!)2 y en uno más, de los tan cacareados y manoseados derechos humanos, de los que tanto nos enorgullecemos, ustedes y el resto de la humanidad. Es más, tal vez el suicidio sea hoy el más preciado de todos esos derechos (busco en el computador en el que escribo estas líneas, los sinónimos de «suicidio» y, para mi sorpresa, encuentro inmolación, sacrificio, muerte, desesperación, trastorno, disparate, cordura (!) ¿Cordura? Sí. ¡Cordura!).


    Pero, ¿acaso el suicidio no es una forma de asesinato? (pienso en el Van Gogh de Antonin Artaud: el suicidado de la sociedad)... ¿Es eso lo que está ocurriendo en tu Francia, Charlotte?... ¿Tu sociedad está suicidando a los asociados de la Liberté, Fraternité, Egalité? Del mismo modo, aunque en orillas opuestas, el asesinato es una forma de autoinmolación: el asesino aniquila para siempre al ángel tutelar que se nos asignó al llegar a esta vida-prueba, a esta vida-ordalía.
Ángel
suicida - del - otro
asesino - de - sí - mismo.
    Pensemos por un momento en las raíces, en las cepas de nuestras demencias o de nuestras corduras. ¿Por qué mi país del hambre suicida a diario a su futuro y asesina de múltiples y sofisticadas formas a sus hijos y por qué el tuyo, perteneciente a la constelación de los aburridos, asesina la esperanza obligando a muchos de sus ciudadanos a asestarse, con sus propias manos, el fin de su existencia? Hace pocas semanas, dos niñas —¡de catorce años!— saltaron al vacío desde el piso 17 de una torre de los suburbios, tomadas de las manos...
    Mi querida Carlota-del-Lugar-del-Vino: en el hambre de mi país y en el aburrimiento del tuyo tendremos que encontrar las respuestas para tanta muerte inútil. Las claves quizá residan en las cimas de tu sofisticada civilización o en los meandros de la desmesura de nuestra barbarie.
    Colombia es una despensa infinita de recursos naturales para sus gentes y las gentes del mundo: un territorio fértil, diverso, exuberante y pródigo, que por el hecho de estar repartido entre unas poquísimas y egoístas manos, tiene condenado a la miseria total a más de 70% de su población: ignorancia, violencia, insalubridad, trashumancia, indignidad: un país desamado (desalmado) y vejado desde su descubrimiento, conquista, colonia y fundación... Un país que nació sangrando, que vive sangrando y que —mucho me temo— morirá sangrando... A Colombia la enloqueció el desamor de sus propios hijos. Y por eso, como una suerte de Medea desquiciada, ha decidido torturarnos, asesinarnos, devorarnos. La vorágine de sangre es su esencia y su naturaleza... Un país de ciegos, como lo definió —ignaro y profético— H.G. Wells en 1899, donde los tuertos son reyes y donde los reyes son asesinos inmisericordes.
    Y tu Francia, Charlotte… tu / nuestra / Francia... la refinadísima, la impecable, la conquistadora conquistada, la seductora, la que tantas y tan sabias lecciones le ha dado al mundo, la inventora del savoir faire, del savoir vivre y de la langue de bois (la lengua de madera), la cultora-escultora, ¿en qué momento perdió el rumbo y se sumió en la tristeza, en la soledad, en la desesperanza, en la angustia del éxito o, mejor, del fracaso (la réussite y l’echec), en la cordura cartesiana exacerbada? ¿En qué momento confinó a sus ancianos a la canícula helada del abandono? ¿En qué momento se le llenaron los suburbios de inmigrantes, muchos provenientes de sus excolonias, perdidos y resentidos, buscando allí lo que les arrebataron allá y devolviéndoles a ustedes, con rabia, la visita...? Los actuales episodios de violencia en los banlieus no han hecho más que evidenciar, una vez más, las tensiones sociales que se anidan en estos cordones de miseria del Tercer-Mundo-Expatriado, en donde viven hacinados y excluidos los visitantes indeseados, los franceses a la fuerza. Nosotros, los colombianos, hemos padecido siempre una falta lacerante de autoestima: ausencia de respeto por nosotros mismos. Por eso nos matamos como nos estamos matando. Ustedes, en cambio, han pecado de exceso de arrogancia, de prepotencia, no en vano, Chauvin era francés... Quizás tengan expectativas demasiado altas para sí mismos y por eso acaban también despreciándose, sin poder alcanzar la cota de esa autoimagen. Triste paradoja: los extremos terminan por tocarse. El exceso de autodesprecio que padecemos los colombianos se hermana, en algún anillo de la espiral, con el exceso de autoestima que ostentan los franceses...
    En la lectura de la prensa de nuestros dos países encuentro también la medida de nuestras demencias o de nuestras corduras: en Colombia, a los niños recién reclutados por los paramilitares se les obliga a llevar en su mochila durante varias semanas un miembro mutilado de alguna de sus víctimas, «para que se acostumbren al olor de la muerte». En Francia, sigo los pormenores del juicio de Angers: 60 personas procesadas por comerciar sexualmente con sus propios hijos, algunos de ellos bebés de sólo seis meses de edad... Los campesinos colombianos, por hambre, ignorancia o desesperación, cultivan la hoja de coca... y en las ciudades francesas los jóvenes, ya sea por aburrimiento, por hastío o por vacío espiritual, inhalan cocaína. ¿Qué clase de seres somos, Carlota...? ¿Qué clase de mundo hemos engendrado? ¿Cuándo despertaremos de esta pesadilla? ¿Cómo podemos ayudarnos?
    Esta sombría carta que te escribo, Marie France, me la escribo en realidad a mí mismo, creyendo (o deseando) que, al poner en blanco y negro estas dudas y preguntas, voy a entender lo que nos pasa o al menos voy a desembuchar esta tristeza, esta desazón y esta rabia que por momentos me obsesionan y paralizan. No se trata de poner a competir a nuestros pecados y vergüenzas. Créeme que no me siento mejor sabiendo que tu país, uno de los siete más ricos del mundo, tiene problemas tan graves como los de mi patria-paria... El cáncer que padece tu órgano es tan letal como el que devora al mío... Al fin y al cabo, somos el mismo cuerpo planetario hecho de órganos / regiones interdependientes, que nos obligan a ser lúcidos, solidarios pero, sobre todo, corresponsables.
A veces pienso que la única salida digna sea un retiro definitivo en algún lugar como el monte Athos para meditar y pedir por la humanidad y por el planeta, tan descomunal me parece la tragedia e intrincada la situación que vive nuestro mundo... A veces creo que simplemente debemos seguir haciendo lo que estamos haciendo... A veces siento que llorar nos hace bien y a veces sé que, aunque dejemos de llorar, una gota pertinaz, muy adentro, seguirá horadando el tiempo que nos queda —recordándonos que estamos vivos—, mientras lleguemos a ser capaces de desentrañar, como dice Juan en su Apocalipsis, «el plan misterioso de Dios».
    La única esperanza que nos queda es la convicción de que la naturaleza se está encargando de ponerlo todo en su sitio, para que el hombre comprenda que está haciendo mal las cosas. Quizá te sonará a charlatanería agorera y a trompetas de juicio final, pero no en vano nos está enviando a diario —a ricos y pobres— señales inequívocas de su indignación: huracanes, tsunamis, sidas, vacas locas, ébolas, terremotos, gripas aviarias y otras plagas (¿las bromas de Dios?) están dando cuenta de nuestra arrogancia, de nuestra inconciencia pero, sobre todo, de nuestra falta de amor por los demás, por el mundo y por nosotros mismos.
Te envío un abrazo desde mi país, que es el mismo tuyo, hasta tu país, que no es otro que mi propio dolor.

Notas
1. Bailarina, coreógrafa y pedagoga francesa, cofundadora y codirectora de El Colegio del Cuerpo de Cartagena de Indias.
2. Le Monde, 2-3 de octubre de 2005.

 

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