Mi querida y única María Francia
Carlota del - Lugar - del - Vino (Marie France Charlotte Delieuvin1):
«Prefiriamo morire in un mondo di famme anzi che in un mondo
di noia...» (Preferimos morir en un mundo de hambre que en un
mundo de aburrimiento...), rezaba un graffiti que leí en la
estación de tren de Pisa, en Italia, en 1974…
A mis 17 años, desorientado y angustiado, venía huyendo
de mí mismo («huyendo de la luz... la luz llevando»)
y de mi país —digno representante del mundo del hambre—,
en busca de una tregua, de un poco de distancia y de las respuestas
que esperaba encontrar para su vida en el Viejo Continente, el adolescente
excepcionalmente privilegiado que yo era. Pero cuál no sería
mi estupor al comprobar que los jóvenes de esta Tierra Prometida
la llamaban, sin pudor y sin matices, mundo de aburrimiento.
Hambre y aburrimiento: dos formas de inanición y de astenia
igualmente dramáticas y letales. El cuerpo famélico y
desamparado de mi patético paisito del tercer mundo, con sus
niños abandonados en las calles o en los campos, víctimas
de la ignorancia, la falta de oportunidades, la indolencia y otras
violencias, se enfrentaba en mi mente con la imagen de estos niños
robustos, superalimentados, sobreprotegidos, que teniéndolo
todo solucionado se convertían después en adultos hastiados,
desmotivados, seniles prematuros, «esperadores sin esperanza».
Esta proclama injusta me sublevaba e irritaba... Hambre física
vs. hambre espiritual... carencia de nutrientes para el cuerpo... para
el alma. ¿Cómo equipararlas, cómo atreverse a
equipararlas? ¿Cómo ponerlas a rivalizar sin maniqueísmo
en la galería de las desgracias de la humanidad?
Treinta años después, mi prodigioso y alucinante país
del hambre se convertiría en el país del asesinato: campeón
mundial de las violencias de todos los lustres y pelambres, especie
de infierno / paraíso del crimen, cuna de monstruos: genocidas
de izquierda y de derecha, políticos cínicos y corruptos,
reconcentrado de demencia e impunidad, dinero rápido, ausencia
de un proyecto común y humano de nación. Mi país
del hambre y de la injusticia engendró e incubó en sus
propias entrañas al monstruo que hoy lo devora, como un cáncer
insaciable y carroñero... Treinta años después,
el mundo del aburrimiento, el de la noia italiana, el boredom británico,
l’ennui francés, criaría el suicidio como salida
al laberinto del sinsentido y del no futuro de sus jóvenes y
de sus ancianos... Tu país, María Francia, la cuna de
los derechos del hombre, ostenta hoy otro récord universal vergonzoso:
el del país con el índice más alto de suicidios
del mundo. ¿Por qué? ¿Por qué?
Si no se tiene el derecho (o el privilegio) de morir de muerte natural,
he llegado a preguntarme qué es preferible: ¿morir de
asesinato o morir de suicidio? ¿Morir en un país que
mata a su gente o en uno que la induce a matarse? Preferible es vivir,
me dirás. Sin embargo, quizás hoy en día, en tu
país y en el mío, lo natural sea morir de lo uno o de
lo otro. Tristemente, en Francia (¡Cuando yo digo Francia...!)
el suicidio se ha convertido en la primera causa de muerte después
de los accidentes de carretera (!)2 y en uno más, de los tan
cacareados y manoseados derechos humanos, de los que tanto nos enorgullecemos,
ustedes y el resto de la humanidad. Es más, tal vez el suicidio
sea hoy el más preciado de todos esos derechos (busco en el
computador en el que escribo estas líneas, los sinónimos
de «suicidio» y, para mi sorpresa, encuentro inmolación,
sacrificio, muerte, desesperación, trastorno, disparate, cordura
(!) ¿Cordura? Sí. ¡Cordura!).
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Pero, ¿acaso el suicidio no es una forma de asesinato? (pienso
en el Van Gogh de Antonin Artaud: el suicidado de la sociedad)... ¿Es
eso lo que está ocurriendo en tu Francia, Charlotte?... ¿Tu
sociedad está suicidando a los asociados de la Liberté,
Fraternité, Egalité? Del mismo modo, aunque en orillas
opuestas, el asesinato es una forma de autoinmolación: el asesino
aniquila para siempre al ángel tutelar que se nos asignó al
llegar a esta vida-prueba, a esta vida-ordalía.
Ángel
suicida - del - otro
asesino - de - sí - mismo.
Pensemos por un momento en las raíces, en las cepas de nuestras
demencias o de nuestras corduras. ¿Por qué mi país
del hambre suicida a diario a su futuro y asesina de múltiples
y sofisticadas formas a sus hijos y por qué el tuyo, perteneciente
a la constelación de los aburridos, asesina la esperanza obligando
a muchos de sus ciudadanos a asestarse, con sus propias manos, el fin
de su existencia? Hace pocas semanas, dos niñas —¡de
catorce años!— saltaron al vacío desde el piso
17 de una torre de los suburbios, tomadas de las manos...
Mi querida Carlota-del-Lugar-del-Vino: en el hambre de mi país
y en el aburrimiento del tuyo tendremos que encontrar las respuestas
para tanta muerte inútil. Las claves quizá residan en
las cimas de tu sofisticada civilización o en los meandros de
la desmesura de nuestra barbarie.
Colombia es una despensa infinita de recursos naturales para sus gentes
y las gentes del mundo: un territorio fértil, diverso, exuberante
y pródigo, que por el hecho de estar repartido entre unas poquísimas
y egoístas manos, tiene condenado a la miseria total a más
de 70% de su población: ignorancia, violencia, insalubridad,
trashumancia, indignidad: un país desamado (desalmado) y vejado
desde su descubrimiento, conquista, colonia y fundación... Un
país que nació sangrando, que vive sangrando y que —mucho
me temo— morirá sangrando... A Colombia la enloqueció el
desamor de sus propios hijos. Y por eso, como una suerte de Medea desquiciada,
ha decidido torturarnos, asesinarnos, devorarnos. La vorágine
de sangre es su esencia y su naturaleza... Un país de ciegos,
como lo definió —ignaro y profético— H.G.
Wells en 1899, donde los tuertos son reyes y donde los reyes son asesinos
inmisericordes.
Y tu Francia, Charlotte… tu / nuestra / Francia... la refinadísima,
la impecable, la conquistadora conquistada, la seductora, la que tantas
y tan sabias lecciones le ha dado al mundo, la inventora del savoir
faire, del savoir vivre y de la langue de bois (la lengua de madera),
la cultora-escultora, ¿en qué momento perdió el
rumbo y se sumió en la tristeza, en la soledad, en la desesperanza,
en la angustia del éxito o, mejor, del fracaso (la réussite
y l’echec), en la cordura cartesiana exacerbada? ¿En qué momento
confinó a sus ancianos a la canícula helada del abandono? ¿En
qué momento se le llenaron los suburbios de inmigrantes, muchos
provenientes de sus excolonias, perdidos y resentidos, buscando allí lo
que les arrebataron allá y devolviéndoles a ustedes,
con rabia, la visita...? Los actuales episodios de violencia en los
banlieus no han hecho más que evidenciar, una vez más,
las tensiones sociales que se anidan en estos cordones de miseria del
Tercer-Mundo-Expatriado, en donde viven hacinados y excluidos los visitantes
indeseados, los franceses a la fuerza. Nosotros, los colombianos, hemos
padecido siempre una falta lacerante de autoestima: ausencia de respeto
por nosotros mismos. Por eso nos matamos como nos estamos matando.
Ustedes, en cambio, han pecado de exceso de arrogancia, de prepotencia,
no en vano, Chauvin era francés... Quizás tengan expectativas
demasiado altas para sí mismos y por eso acaban también
despreciándose, sin poder alcanzar la cota de esa autoimagen.
Triste paradoja: los extremos terminan por tocarse. El exceso de autodesprecio
que padecemos los colombianos se hermana, en algún anillo de
la espiral, con el exceso de autoestima que ostentan los franceses...
En la lectura de la prensa de nuestros dos países encuentro
también la medida de nuestras demencias o de nuestras corduras:
en Colombia, a los niños recién reclutados por los paramilitares
se les obliga a llevar en su mochila durante varias semanas un miembro
mutilado de alguna de sus víctimas, «para que se acostumbren
al olor de la muerte». En Francia, sigo los pormenores del juicio
de Angers: 60 personas procesadas por comerciar sexualmente con sus
propios hijos, algunos de ellos bebés de sólo seis meses
de edad... Los campesinos colombianos, por hambre, ignorancia o desesperación,
cultivan la hoja de coca... y en las ciudades francesas los jóvenes,
ya sea por aburrimiento, por hastío o por vacío espiritual,
inhalan cocaína. ¿Qué clase de seres somos, Carlota...? ¿Qué clase
de mundo hemos engendrado? ¿Cuándo despertaremos de esta
pesadilla? ¿Cómo podemos ayudarnos?
Esta sombría carta que te escribo, Marie France, me la escribo
en realidad a mí mismo, creyendo (o deseando) que, al poner
en blanco y negro estas dudas y preguntas, voy a entender lo que nos
pasa o al menos voy a desembuchar esta tristeza, esta desazón
y esta rabia que por momentos me obsesionan y paralizan. No se trata
de poner a competir a nuestros pecados y vergüenzas. Créeme
que no me siento mejor sabiendo que tu país, uno de los siete
más ricos del mundo, tiene problemas tan graves como los de
mi patria-paria... El cáncer que padece tu órgano es
tan letal como el que devora al mío... Al fin y al cabo, somos
el mismo cuerpo planetario hecho de órganos / regiones interdependientes,
que nos obligan a ser lúcidos, solidarios pero, sobre todo,
corresponsables.
A veces pienso que la única salida digna sea un retiro definitivo
en algún lugar como el monte Athos para meditar y pedir por
la humanidad y por el planeta, tan descomunal me parece la tragedia
e intrincada la situación que vive nuestro mundo... A veces
creo que simplemente debemos seguir haciendo lo que estamos haciendo...
A veces siento que llorar nos hace bien y a veces sé que, aunque
dejemos de llorar, una gota pertinaz, muy adentro, seguirá horadando
el tiempo que nos queda —recordándonos que estamos vivos—,
mientras lleguemos a ser capaces de desentrañar, como dice Juan
en su Apocalipsis, «el plan misterioso de Dios».
La única esperanza que nos queda es la convicción de
que la naturaleza se está encargando de ponerlo todo en su sitio,
para que el hombre comprenda que está haciendo mal las cosas.
Quizá te sonará a charlatanería agorera y a trompetas
de juicio final, pero no en vano nos está enviando a diario —a
ricos y pobres— señales inequívocas de su indignación:
huracanes, tsunamis, sidas, vacas locas, ébolas, terremotos,
gripas aviarias y otras plagas (¿las bromas de Dios?) están
dando cuenta de nuestra arrogancia, de nuestra inconciencia pero, sobre
todo, de nuestra falta de amor por los demás, por el mundo y
por nosotros mismos.
Te envío un abrazo desde mi país, que es el mismo tuyo,
hasta tu país, que no es otro que mi propio dolor.
Notas
1. Bailarina, coreógrafa y pedagoga francesa, cofundadora y
codirectora de El Colegio del Cuerpo de Cartagena de Indias.
2. Le Monde, 2-3 de octubre de 2005.