3. URIBE: LA DEMOCRACIA
DE LA COMUNICACIÓN
Hacer democracia
y actualizar la política en Latinoamérica significa,
en la actualidad, darle sentido a la nación, proponer un horizonte
de esperanza en el cual todos los ciudadanos de un país se encuentren.
Para construir ese sentido colectivo hay que vender retórica
que aumente la percepción (la apariencia) de que se está mejor
colectivamente, aunque la realidad y los datos indiquen lo contrario
frente a temas urgentes como la seguridad, el desempleo y la corrupción.
Hacer política y gobernar hoy significa promover, «vía
la comunicación», una conciencia colectiva emocional de
estar mejor. En este campo de lo simbólico-afectivo, la comunicación
es la estrategia fundamental, pues construir un relato de nación,
un horizonte de sentido colectivo, un ideal de futuro hacia dónde
ir es un asunto comunicativo.
El ganar en emocionalidad colectiva hace que se pierda en política;
a los ciudadanos se les trata como consumidores y se les convoca como
espectadores, perdiendo su densidad como ciudadanos. De esta manera,
en Latinoamérica estamos habitando la ciudadanía de la
contemplación o la proliferación de los consumidores políticos;
poco se ejerce la ciudadanía activa, politizada e interviniente
en la toma de decisiones colectivas. Asistimos al espectáculo
de la democracia.
El proceso de elección y gobierno del presidente colombiano Álvaro
Uribe Vélez, el más popular de todos los tiempos, es un
caso paradigmático para comprender cómo funciona la telepolítica.
Cuando Uribe llegó al poder, el 7 de agosto del 2002, con ayuda
de su psiquiatra al que nombró «comisionado de paz»,
realizó el siguiente «diagnóstico»: Colombia
era un sujeto que estaba en depresión crónica, al borde
del suicidio. Ante este hecho, Uribe diseña una «terapia
de choque» que consiste en imaginarle una misión, un sentido,
una esperanza, un relato de futuro a esa nación-suicida. Así nace
el relato misional de la nueva patria: «Colombia sin corrupción,
sin politiquería, sin guerrilla, sin terrorismo. Luego Colombia
segura, con autoridad y disciplina». «La promesa»:
Colombia tiene sentido, todos debemos unirnos a la misión salvífica
de Uribe, el investido por Dios para salvar al sujeto-nación de
su falta de sentido. «El resultado»: un éxito, el
80% de la gente está feliz.
¿Cómo lo hace? A partir de un excelente y contundente uso
de la comunicación. No es que estemos mejor, lo que pasa es que
se ha vendido una conciencia colectiva de estar mejor (¡sentir
que se está mejor es ya una gran transformación!). La comunicación
es la estrategia de la misión Uribe. Los colombianos somos convocados
en cuanto patriotas que apoyamos la misión salvífica del
presidente. Él es el personaje con más minutos en pantalla,
el héroe con más afectos y más cercanía colectiva,
la figura televisiva que genera mayor identificación. Nosotros,
los colombianos, contempladores y espectadores del «show del gobierno».
La verdad de Uribe es que parece presidente porque ha sabido representar
al héroe de pantalla, que genera identificación y credibilidad
por la manera como se pone en escena: fuerte pero coloquial, con autoridad
pero paternal, directo pero conciliador, sabio pero afectivo. Eso es
lo que se les pide al presentador, al periodista mediático, al
actor televisivo. Pero no basta con una personalidad escénica,
hay que comunicarla en formatos que le permitan lucirse, como el talk
show, el noticiero y el reality. El presidente en pantalla es auténtico,
tan real que creó su propio estilo: Uribe Tevé. Su rating
es de éxito. Veamos en qué consiste.
Talk show. Los consejos comunitarios son un programa en el que la gente
del común, los gobernantes locales, los políticos de provincia
van a contarle sus penas al presidente Uribe, quien deja de ser presidente
y se convierte en presentador de tevé, conduce el programa, da
la palabra, crea soluciones y delega responsabilidad. Gobierno en vivo
y en directo. El televidente-pueblo siente que el conductor Uribe le
está solucionando sus problemas y que gobierna para ellos y ellas.
Soluciones simbólicas y mágicas aparecen para los problemas
reales; no importa que la solución real nunca llegue, simbólicamente
el problema está resuelto.
Productor de noticias. El presidente es la noticia. Él hace, comunica
y produce la noticia. Por eso está por todo el país, gobernando
afectivamente cerca de la gente y luego produciendo la noticia. Su efecto
dramático es aún mayor en cuanto «viste» el
exótico local: puede ser indígena, campesino, agricultor,
ganadero, todo en un solo día y por televisión. A donde
vaya el presidente siempre hay noticia porque prepara el escándalo
del día por medio de un dato, una frase, una anécdota que
contar; regaña por la tele a sus soldados, ironiza a los guerreros
al llamarlos «vocecitas melifluas, afeminadas», reta a los
corruptos y politiqueros. Hace lo que sea para salir en televisión
y ser la única noticia. Los momentos críticos, como la
muerte del gobernador del departamento de Antioquia (Guillermo Gaviria)
y el comisionado de paz del mismo departamento (Gilberto Echeverry) los
convierte a su favor, gracias a que sale en la pantalla masiva para explicar
en lenguaje sencillo a la gente que todo está bien, que él
asume la responsabilidad y que todo se hace por la patria. ¡Una
política de eslóganes y buenas intenciones!
Reality. Fue el primer presidente en ir a un reality. El reality le encanta
como forma de gobierno porque él se cree el Gran Hermano que todo
lo ve, todo lo juzga, todo lo sabe. Le encanta porque puede seleccionar
al amenazado de la semana, bien sea por talento, actitud o crítica,
palabra u omisión. Le fascina porque gobierna para las encuestas
de opinión. Con todo, no le basta con ser el Gran Hermano; le
fascina El aprendiz para decir «Está despedido». Se
cree, también, el protagonista de la telenovela llamada Colombia;
y ahí sí, él es el mejor actor. Él está en
todas partes, en todos los temas, en todos los conflictos y siempre luce
como un protagonista: perfecto, simpático, recursivo, amoroso
y sensitivo. Las entregas de guerrilleros y paramilitares arrepentidos
son una especie de reality; la solución de los problemas de las
empresas y las masacres tiene en él a un jurado competente para «salvar» o «expulsar» del
reality Colombia.
Telemercadeo. Él encarna la personalidad de su propia marca. Él
viste, habita, actúa y vende su propia acción política
mediante diversas estrategias, tales como:
Viaja por Colombia. El país es seguro, se puede viajar en masa
pero protegidos por los militares. Ejército por todo lado. Guerrilla
por ninguna. El efecto: hacer creer que el país está pacificado.
Súper-Uribe vs. La politiquería. El superhéroe vence
todos los obstáculos con sólo nombrarlos, lo que el líder
hace es correcto, lo que hacen los otros es un pecado. Todo lo que se
opone a sus deseos es politiquería.
Sólo se habla para la comarca. Se va a Europa para hablar duro: «No
me importa si me dicen que soy paramilitar, si logro acabar con el terrorismo»; «Si
los nazis vivieran, serían las Farc». Nadie lo oye en Europa,
pero sí en la Colombia profunda, donde las audiencias locales
se llenan de orgullo patrio.
Súper-Uribe. Él solo lo puede todo. Él es un berraco
contra todo. Los medios de comunicación son su escenario natural.
Ha sabido construirse como personaje. Ha generado confianza y la gente
se ha identificado con su misión. Su lenguaje es para todos y
ha hecho del poder un ejercicio visible.
Resultado: el presidente Uribe es un gran comunicador porque su autoridad
y su legitimidad han sido televisadas. Todo porque maneja muy bien las
reglas dramáticas de la televisión, su telegenia es alta,
y medios y periodistas han decidido no preguntar de más. Su rating
es de éxito.
4. EL MODELO COMUNICATIVO
PARA EL ÉXITO POLÍTICO EN EL GOBIERNO
El modelo comunicativo
para el éxito de los gobiernos es claro: un sujeto mediático
+ un héroe moral + ejercer la micropolítica + un actor
de entretenimiento + ser una marca + mover las agendas mediáticas
siempre a espacios más cómodos-divertidos, evitar el
debate (¿se acuerdan del periodista de Bush que siempre preguntaba
para cambiar la agenda?).
Héroe político:
refundación del pacto
político desde el personalismo
Los
latinoamericanos venimos asistiendo a lo que podríamos denominar la refundación
de un nuevo pacto político, que más que democrático
es comunicativo, entre el gobierno y los ciudadanos de la nación.
El pacto colombiano es «ahora sí tenemos presidente».
No se tiene gobierno, se tiene presidente. El ideal es que cada ciudadano
sienta que «ahora sí tenemos presidente». Uribe
encarna, él como sujeto, una promesa política: él
es el gobierno. Y este gobernar-actuar-comunicar se basa en una promesa
comunicativa de volver a los valores de la autoridad, la austeridad,
la disciplina y la seguridad. Lucha contra la politiquería y
contra el terrorismo. Tenemos figura paterna. Lucha contra el pasado:
Samper-Pastrana, los expresidentes inmediatos en Colombia; contra Menem
y De la Rúa en Argentina, contra Sánchez de Lozada en
Bolivia y contra Collor de Mello y Cardoso en Brasil. La política
es asunto de personas, individuos, imágenes. El pacto político
es con un sujeto, con una identidad individual, no con un partido,
un programa, unos argumentos. ¡Viva la comunicación!
HÉROE
MORAL: YO SOY
Si
se habita un nuevo pacto político basado en la credibilidad
en el individuo más
que en sus ideas o partido, la legitimidad de esta interpelación
se localiza en si quien encarna al gobierno tiene el carisma personal
para parecer presidente y el liderazgo político para serlo de
verdad. La figura política y la figura mediática se unen
para construir un sujeto del deseo, un superhéroe: Álvaro
Uribe Vélez en Colombia, Lula en Brasil, Kirchner en Argentina
y Vásquez en Uruguay. Sus campañas fueron y sus gobiernos
continúan siendo los del «superhéroe puro» que
va a salvar nuestros «equivocados países». Son candidatos
y presidentes que se mantienen siempre en el mismo papel de puros y
que son monotemáticos para no perder la conquista del amor popular;
siempre dicen lo mismo, siempre elevan a virtud moral a los pobres,
lo local, lo nacional. Son nuestros salvadores. Ahí es donde
la telepolítica actúa: la producción de una realidad
democrática melodramática, sin disenso político
pero con orgullo nacional. Uribe se mantiene en su papel de héroe-puro-melodramático
y así ha conquistado el amor de esa mujer maltratada llamada
Colombia. Tanto que una amiga, joven, bella, de 23 años, educada
en universidad privada, me contó que «ese hombre (Uribe)
la transformaba, le fascinaba, le encantaba… que ella le creía
todo… y que, es más, había llegado a soñar
con él, no cualquier sueño, uno erótico».
Eso es un héroe. Ahí es donde la telepolítica
actúa, no en la ficción, sino en lo más real:
la producción de la realidad, una realidad de ficción.
HÉROE
DIVERTIDO: SER PRESIDENTE ES ACTUAR EL ENTRETENIMIENTO
Ser
presidente significa abandonar la política de los argumentos
y ganar la emocionalidad del entretenimiento. Así, el presidente
huye de los programas de debate, no le interesa la opinión,
no quiere ser noticia por lo que hace como gobernante sino como «entretenedor»:
el que baila, el que monta a caballo, el que habla con humor, el que
regaña, el que va al coctel, al que aplauden porque sólo
busca a los que lo aplauden (¿por qué sólo una
señora en Cali se le ha salido del libreto?), al que aman las
modelos, el que toma gotitas. Uribe y todos los presidentes exitosos
parecen más unos stand up comedy que presidentes (¡oh,
qué decir del chistosito Bush!). Su lenguaje es para todos:
elemental, entretenido, de impacto, corto. Uribe, como los demás
exitosos, ha logrado convertirse en un ser creíble y legítimo
porque divierte y maneja muy bien las reglas dramáticas de la
televisión, su telegenia es alta, su verosimilitud inmensa y
medios y periodistas han decidido no preguntar de más; a un
héroe de entretenimiento se le aplaude, no se le interroga.
Es puro entretenimiento.
EL HACER
POR ENCIMA DEL PENSAR: GOBERNAR ES
ESTAR SIEMPRE EN CAMPAÑA
El
poder es personal, misional y realizado por un superdotado divertido
y moral. Entonces, como todo superhéroe, debe estar cerca de los
problemas de la gente aunque esto signifique que nunca los va a resolver;
no actúa
donde sería impopular, como en la transformación de las
injusticias generalizadas en la sociedad (aunque fingiera hacerlo en
cada problemita que resuelve). Antes que ser presidente, se es una
encarnación del deseo de la gente. Hay que hacer «política
del cara-a-cara» —el contacto con el líder—,
con una presencia televisiva constante, una «política
de la omnipresencia». El objetivo: que la gente sienta que lo
quiere reelegir. ¿Cómo? Mediante la micropolítica —soluciones
cortas a problemas mínimos—, o el diseño de pequeños
actos narrativos y dramatúrgicos como demostración de
gobierno. Lo importante es resolver los pequeños problemas del
diario vivir de algunos ciudadanos, «la democracia por contacto»,
pero sin grandes reformas, ni capacidad para producir resultados que
trasciendan, como la entrega de una casita, una beca, un subsidio (cfr.
Medellín: www.eltiempo.com.co, dic. 21/04, pp. 1-23). Lo comunicativo
es construir soluciones simbólicas a problemas reales, el minimalismo
como forma de gobierno. ¿Por qué? Porque lo micro, lo
asistencial, el contacto producen historias mediáticas, mientras
las grandes reformas no; porque la excesiva presencia en los medios
de comunicación es la forma de gobierno que genera rating en
los sondeos y encuestas de popularidad. Así, se gobierna para
producirles historias a los medios de comunicación más
que para generar modelos sociales; se gobierna para las encuestas más
que para la transformación política. En esta tendencia,
todos los gobiernos latinoamericanos han optado por la misma estrategia:
una política de lo elemental. Los presidentes exitosos (Lula,
Kirchner, Chávez y Uribe) son grandes comunicadores porque su
autoridad y su legitimidad han sido televisadas. Han generado confianza
(lo micro) y la gente se ha identificado con su misión (lo macro).
ACTUAR: SER
PRESIDENTE ES ACTUAR UN PERSONAJE QUE SE HA CONSTRUIDO
Salir
en televisión
y no desaparecer en el intento es un acto de alta dramaturgia. La televisión
es una máquina que no sólo exhibe los deseos, extiende
las espontaneidades planeadas, hace deseables a los sujetos y sus ideas
sino que magnifica las contradicciones, tritura los personajes mal
actuados y casi siempre termina por evidenciar la farsa y la máscara.
Gobernar es estar en el papel protagónico de una telenovela
generando afectividades, identificaciones, amores y odios. El televidente-pueblo
debe sentir en todo momento que el presidente le está solucionando
sus problemas. El presidente sabe que debe gobernar en vivo y en directo
para proyectar verosimilitud y generar credibilidad. Un presidente
exitoso se convierte en símbolo de sí mismo: Kirchner
significa el presidente que no hace nada a espaldas de la gente, el
que no miente, el que no vende al país; Uribe comunica que tiene
la autoridad que pone orden, el papá que llegó a ajustar
cuentas con los hijos díscolos; Lula promueve el ascenso del
Brasil excluido, la conciencia social de que los de abajo también
son nación; Meza afirma(ba) al que quiere defender los intereses
bolivianos de las garras extranjeras. Estos relatos se deben actuar,
por lo cual se convierten en su propia jaula; de ahí no se pueden
desligar.
AGENDA: MOVER
LOS ESCENARIOS
Para
culminar el juego comunicativo de la política, gobernar significa
que ante cada gran problema deben tomarse medidas en otra área
de la realidad para cambiar el foco de atención mediática.
Se les huye a los problemas. Nunca se enfrentan, siempre se evaden
con una medida de éxito. La comunicación sirve efectivamente
para cambiar escenarios y proponer nuevas agendas. He ahí su
poder político. No se responde de frente, siempre se elude.
Lo peor: los medios y los periodistas permiten que les asignen los
escenarios de la producción de la información y la política.
CONTROL DE
LA INFORMACIÓN
Cuando
la «persuasión» no
funciona, los gobiernos mediáticos tienen otra estrategia para
lograr su reino de popularidad; se promueven prácticas de consenso
por medio de la presión política sobre los periodistas
y medios disidentes (o la amenaza y el chantaje. ¿Les suenan
Noticias Uno y Coronell?), ya que califican a quienes no estén
con el gobierno como parte del terrorismo, la corrupción o la
politiquería; como antipatriotas. Una forma más de control
es la pauta publicitaria. Otra forma, aún más patética,
es a través de legislaciones de control de medios como la «ley
de contenidos» del gobierno Chávez. Así, están
logrando que todos tengan que estar con el gobierno. El resultado:
Uribe y los gobiernos exitosos en Latinoamérica han creado un
mandato de las imágenes y controlan la información para
producir «la política del contacto» como estrategia
de gobernabilidad.
En esta estrategia de gobernar para los medios de comunicación,
se han legitimado cuatro tendencias adicionales:
Nuestra sociedad ha devenido una del individualismo, en la cual la gente
se identifica con una comunidad; se define por lo que es al nacimiento
(cristiano, judío, musulmán, etc.) más que por lo
que hace, su ingreso o clase social; el individuo se caracteriza a sí mismo
como su propia meta. Habitamos un mundo en el que la producción
de uno mismo es la gran utopía; a ésta es a la que responden
e interpelan la comunicación y la política actual (Cfr.
Touraine: www.lanacion.com.ar/660143).
En todas las encuestas de preferencias las fuerzas militares, la Iglesia
y los medios de comunicación surgen como las instituciones más
legítimas, mientras que los partidos políticos, los parlamentos
y los sindicatos tienen el más bajo porcentaje de legitimidad
política. La interpretación lógica sería
que la gente está exigiendo más autoridad, más valores
y más entretenimiento.
La política espectáculo o aquella que debate lo sentimental,
lo clandestino, lo banal, lo privado es la que genera más impacto.
No estamos en tiempos de debate sobre posiciones ideológicas o
proyectos sociales, menos importan los datos o los argumentos. Todo se
ha convertido en un juego de imágenes espectáculo (Cfr.
García Canclini: www.innovarium.com/CulturaUrbana/Ciudadania.htm).
5. PARA PENSAR EN
EL FUTURO
Nuestros presidentes
exitosos «comunicativamente» han llevado a que perdamos
en democracia y política; he aquí cuatro escenarios significativos
para pensar sobre la relación comunicación-política
en Latinoamérica:
La democracia personalista. Aquí surge un campo de problemas serios
sobre la democracia, ya que se la comienza a entender como un sistema
político que se basa en el unanimismo y personalismo, en las cualidades
deseables de héroes, en atributos individuales, donde los partidos
políticos y la base social pierden toda visibilidad y legitimidad.
La democracia se convierte, así, en un asunto de sentimentalismo
y afinidades melodramáticas y se debilitan los escenarios para
la argumentación pública. De esta manera, Latinoamérica
está llegando a la política sin disenso y a la sociedad
de la política espectáculo, en la cual todos somos espectadores,
pero pocos somos responsables.
La gobernabilidad débil. Aunque en la actualidad baste con parecer
presidente, esto no significa que se esté gobernando. Los proyectos
a largo plazo pasan a segunda instancia. El hecho de que los presidentes
se mantengan en campaña obliga a que las grandes soluciones económicas,
sociales o políticas se aplacen para ganar el gobierno de lo mínimo.
El hecho de que un presidente gobierne vía encuestas de opinión
y credibilidades televisivas no agota la gobernabilidad. Ésta
se construye vía el disenso, los proyectos de nación y
las transformaciones del sistema social. En Latinoamérica hay
que volver a pensar sobre democracia y gobernabilidad, hay que renegociar
la democracia con la sociedad, hay que refundar los pactos políticos,
hay que construir las bases sociales y políticas de la democracia.
Comunicación política. Se requiere llevar la relación
de comunicación y política más allá de lo
instrumental. Esta relación es necesaria también en la
reconstrucción de lo público, en el empoderamiento de grupos
sociales y en la creación de espacios de decisión. Hay
que imaginar cómo los medios de comunicación se pueden
constituir en espacio de reconocimiento social y de nuevas formas para
que las ciudadanías surjan y actúen.
La imagen no lo es todo. Aunque se ha creado una nueva tendencia que
indica que los medios de comunicación más exitosos en términos
de rating y negocio son aquellos que se alinean con el presidente, sus
valores y su defensa de la patria. Parece que tener gobiernos exitosos
no siempre es una relación causal con lo mediático. Los
medios de comunicación no son tan todopoderosos, han dejado de
tener incidencia en la toma de decisiones políticas, como lo demuestran
los casos de Fujimori en Perú, Chávez en Venezuela, Gutiérrez
en Ecuador, Menem en Argentina y Bush en Estados Unidos. Si tuviesen
tanto poder, la legitimidad de estos mandatarios sería exitosa.
Estos mandatarios han tenido como seducidos más fuertes a los
medios de comunicación, pero su gobernabilidad no es extrema.
Intervención social. En tiempos de política sin partidos,
de sociedades en riesgo democrático, de un mundo convertido en
mercado. En tiempos en que el mercado dicta las leyes de la sociedad
y marca las pautas políticas. En tiempos en que el mercado ha
determinado que han fracasado los grandes discursos: cristianismo, marxismo,
estructuralismo, socialdemocracia (Aguirre, 2004: www.cromos.com.co #4531 – dic.
20/04 – p. 12). En estos tiempos en que en Latinoamérica
da lo mismo ser progresista (Kirchner en Argentina) que de derecha (Uribe
en Colombia), buscar legitimidad en lo transitorio (Meza en Bolivia)
que pertenecer al poder de siempre (Saca en El Salvador), practicar una
izquierda populista (Chávez en Venezuela) que una izquierda progresista
(Lula en Brasil). En estos tiempos en que todo da lo mismo, lo más
peligroso es que la democracia está en riesgo y la única
manera de conservarla, de no perder «popularidad», de mantenerse
en el poder es gobernando a través de los medios de comunicación
y para ellos. El resultado general de estas tendencias es que se está llevando
la política a su grado cero de significación y que la banalización
de los modos de gobierno está haciendo tambalear ya no a los presidentes,
sino a la democracia misma.
Ante esta situación han surgido dos tipos de reacciones: una,
la de figuras autoritarias como Uribe, Chávez o Gutiérrez
que intentan silenciar con leyes, amenazas y presiones a los periodistas;
dos, la preeminencia de los movimientos sociales y ONG, por encima de
los partidos políticos, en la reconstitución del papel
del Estado y de la esfera pública. Se debe trabajar desde la comunicación
en la politización de la sociedad, en volver a creer en el disenso
y los partidos políticos; por tanto, se hace urgente intervenir
políticamente la sociedad desde los medios de comunicación.
Sigue faltando la acción decidida de los partidos políticos
como mediadores que, desde un lenguaje progresista en los medios de comunicación,
puedan imaginar enlaces entre las narraciones de proceso macrosociales
y los relatos surgidos de las prácticas de todos los días. ¡Más
que comunicación, se requiere urgentemente la política!