Noticias de un
narrador
Ursúa
William Ospina
Bogotá, Alfaguara, 2005 (450 pp.)
«CINCUENTA
AÑOS DE VIDA EN ESTAS TIERRAS llenaron mi cabeza de historias.
Yo podría contar cada noche una historia distinta, y no habré terminado
cuando suene la hora de mi muerte. Muchos saben relatos fingidos
y aventuras soñadas, pero las que yo sé son historias
reales. Mi vida es como el hilo que va enlazando perlas, como el
indio que veo animando el metal en ranas y libélulas, en collares
de pájaros, en grillos y murciélagos dorados. Tengo
historias de perlas y de esmeraldas. Se cómo perdió su
ojo Diego de Almagro en la desembocadura del San Juan y cómo
perdió el suyo fray Gaspar de Carvajal junto a las playas
del gran río. (…)».
Así empieza la primera novela del poeta y ensayista William
Ospina, titulada Ursúa, que es a la vez el primer libro de una
trilogía sin nombre, cuyos otros dos títulos son El país
de la canela y La serpiente sin ojos.
Ursúa, a secas, es Pedro de Ursúa, navarro, hijo del
País Vasco, quien partió hacia el nuevo mundo en 1534,
siendo aún muy joven, «soñando con los tesoros
fabulosos del Perú», y desde allí se embarcó hacia
Cartagena de Indias, en 1545, y fue gobernador de Santafé de
Bogotá, y fundador de Pamplona, y pacificador de los panches
y de los muzos y de los chitareros y de los tayronas y de los esclavos
negros de Panamá, y tiempo después, en 1561, murió asesinado
por sus propios hombres, en una conspiración liderada por Lope
de Aguirre y Fernando de Guzmán, mientras comandaba una expedición
por el río Marañón, en busca de Amagua y El Dorado.
Ésta es, pues, la historia de Pedro de Ursúa, desde los
tiempos en que «no había cumplido diecisiete años,
y era fuerte y hermoso» y no había partido aún
de la casa paterna, hasta el momento en que se encuentra, en Panamá,
con el narrador de este libro, al que no conoce pero de quien ha oído
hablar por haber sido uno de los sobrevivientes de la primera expedición
que viajó por el río de las Amazonas al mando de Orellana,
y de quien poco o casi nada sabemos nosotros los lectores.
La clara voz que se oye desde la primera línea del libro, el
yo que habla sin cesar durante toda la novela, el ser que narra las
muchas historias que entreteje la historia de Ursúa, el cronista
que quiere contar sólo una: «La historia de aquel hombre
que libró cinco guerras antes de cumplir los treinta años,
y de la hermosa mestiza que hizo palidecer de amor a un ejército»,
es, para decirlo de manera franca y elogiosa, una de las más
bellas creaciones de William Ospina en esta novela, porque él,
el narrador, es el lenguaje mismo de la obra, y su verbo, su pródiga
manera de contar, es la única materia que lo constituye en ser
para nosotros, y es a la vez el aliento que da vida a la vida de Ursúa.
Nada sabemos del narrador al empezar el libro, y al final ni siquiera
nos habremos enterado de su nombre, pero confiamos de inmediato en
lo que dice por la propiedad con que nos va contando la historia. El
dominio que tiene el narrador sobre cada uno de los pormenores de la
tumultuosa y sangrienta vida de Ursúa proviene, es curioso,
del propio Ursúa, quien le ha abierto el libro de su vida, y
por eso hay una suerte de doble magia en lo que vamos oyendo, puesto
que hay un narrador anterior al narrador y es el propio Ursúa.
«Al final no triunfamos los humanos, al final sólo triunfa
el relato, que nos recoge a todos y a todos nos levanta en su vuelo,
para después brindarnos un pasto tan amargo, que recibimos como
una limosna final la declinación y la muerte. Veo mi isla perdida
como una ostra abierta en el mar; veo el Perú de juesos incas
y de piel cristiana que visité en mi adolescencia; veo los bosques
de caneleros que al tocarlos eran de viento; veo el río que
nos llevó en su lomo como a una hoja seca arrancada del árbol;
veo los muelles de Sevilla llenos de lágrimas y los palacios
de Roma llenos de favoritos; veo los cuerpos podridos goteando en las
ruedas de Flandes y veo las mezquitas blancas detrás de las
aguas azules de Argel; veo los galeones altísimos, los frágiles
palacios flotantes con pendones de Cristo y mascarones en forma de
arcángeles; y en los barrizales de Panamá veo a Ursúa
como lo vi por primera vez, los cabellos dorados y la barba rizada,
el rostro ya feroz iluminado por una sonrisa desafiante, a la luz de
las velas en la casa de un cirujano, en una noche de hace más
de quince años, la noche en que recibí al mismo tiempo
un doble don de tiniebla y de luz, una herida en el vientre que pudo
ser mortal, y una amistad que desde entonces llenó mis años»:
así, de manera oblicua y sabia, con finas y esporádicas
pinceladas, el narrador nos da vislumbres de su propia vida, como lo
hace al nombrar lo que vio en tan variados lugares, y rememora a vuelo
de pájaro a Santo Domingo, la isla que añora y de la
cual proviene, y deja entrever que fue testigo del poder en la lejana
Europa, y que fue arrastrado por la aventura desde muy joven, y conoció las
guerras de aquí y allá, y el horror y las atrocidades
y la belleza y la gracia y la amistad, pero lo que nos cuenta se deslíe
como la arena y preserva en el misterio su personalidad.
Más en la medida en que el narrador nos relata las peripecias
de la vida de Ursúa, y hace crecer ante nosotros la desmesura
de su valor y de su crueldad probadas a sangre y fuego en alucinantes
gestas de guerra, y nos cuenta de las tareas que le fueron encomendadas
por su tío y protector, el juez de Indias Miguel Díaz
de Armendáriz, tareas todas suicidas, pues consistían
en ir con un puñado de hombres a darse con el alma contra miles
de indios feroces en tierras desconocidas, para pacificarlos, lo que
la mayor parte de las veces traducía arrasarlos (panches en
el Tolima y en el Huila, motilones en las selvas del Carare y en el
Catatumbo, muzos en las estribaciones del altiplano boyacense, tayronas
en la Sierra Nevada de Santa Marta), y nos habla de los sueños
que alimentaba de armar su propia expedición en busca del tesoro
de Tisquesusa, del que estaba prendido, y de sus amores con una belleza
nativa y luego con una dama española, sobrina de María
de Carvajal, va contando en paralelo las atrocidades que iban sembrando
sus otros pares en otras regiones del Nuevo Reino de Granada y del
país de los incas, los hermanos Pizarro en el Perú, Belalcázar
en tierras del Cauca y del Valle, el mariscal Robledo por el cañón
del Cauca, Heredia por los valles del Sinú, y así asistimos,
seducidos por esa voz, a los muchos horrores que cometieron estos conquistadores,
convertidos en bestias sangrientas enfebrecidas y ciegas por el oro
que hallaban por doquier, hasta tintineando y pendiendo de los árboles,
y del que nunca se hartaban y del que querían más y por
el cual estaban dispuestos a ir hasta el infierno e, incluso, a devorarse
a sus amigos.
Ursúa, parece, en la novela, condenado a realizar las hazañas
de un Hércules vestido de hierro sobre un caballo de hierro
luchando contra el calor, el frío, el hambre, el cansancio,
la selva, las fieras, las plagas, los mosquitos, «borracho de
peligro», blandiendo la espada a diestra y siniestra, hundiéndola
con saña en los cuerpos de los indios que se le atravesaban,
ya fuera de frente en la batalla o a traición, azuzando a los
perros para que desgarraran en lo más tierno de los nativos
y contribuyeran al exterminio, antes de que se le permitiera lanzarse
a abrazar el destino de riqueza y gloria que él consideraba
le pertenecía por derecho propio, y mientras las realiza victorioso
va descubriendo su condición de nada, la desmesura de su fracaso: «En
un vaivén de abatimiento y de entusiasmo pasó ante el
golfo donde cuarenta años atrás otros viajeros fundaron
a Santa Marta la Antigua, y pensó que esa ciudad, tan joven
y ya invadida por la selva, estrangulada de serpientes y sepultada
bajo gritos de guacamayas era como su espíritu, donde todo parecía
terminado cuando apenas acababa de comenzar».
Y si nos aterra la crónica de la vida de Ursúa y de los
hechos espantosos que cometían estos hombres en el nuevo mundo
contada de manera tan vivaz, nos conmueve al mismo tiempo la manera
como la insólita geografía y la desmesurada naturaleza
van adquiriendo relieve y esplendor en el relato, pues están
vistos y narrados con ojos nuevos: «Y así se fue alejando
de la tierra donde había sido gobernador en su adolescencia,
viendo la confusión en las nubes de su futuro, y dejando atrás
para siempre los alcaravanes del Cauca sobre el cráneo de Jorge
Robledo, los cormoranes de la Hoya del Gato, los lagartos de la Barranca
de Malambo, las iguanas de Tenerife que ven pasar canoas silenciosas,
los tigres de Tamalameque, que vuelven feroces a las selvas, los monos
diminutos del Carare, las ranas cantoras del Catatumbo, resplandecientes
bajo un sol perenne, los azulejos del Guarinó, que no están
nunca solos, los sinsontes del Gualí, que a esta hora cantan
por las colinas, las garzas grises de Mompox que lo vieron caminar
con Teresa junto al río dichoso de aguas pardas, los periquitos
de Cantagallo, que vuelven verde el cielo, las urracas del Opón,
que ensordecen los hondos cañones, los armadillos de Buriticá que
se ovillan ante el peligro, y las águilas tijeretas del Cocuy,
de las que salieron los pueblos de la Sierra Nevada, y las iguanas
de Magangué, en las que se demora la tarde, y los gatos salvajes
de Porce, y los bagres grandes del Yarí, que suben en legión
por los ríos, y las comadrejas de Gaurumo, y más allá,
decreciendo en el fondo de su memoria, las ranas bermejas de Nóvita,
los zancudos sonoros de Zapayán, las salamandras de Yondó,
que corren sobre el agua, y los venados ariscos de Bogotá, que
no volverían nunca, y las babillas fieras del Nare, quietas
en el légamo oscuro, y los guatinajos moteados de Guayacanal,
y los caimanes dormidos de Ambalema, en cuyas fauces abiertas vuelan
alegremente las mariposas».
William Ospina logra en su novela que el siglo XVI, el primero de nuestra
historia americana, se yerga ante nosotros con todo su horrible esplendor,
y nos lleva de la mano a sumergirnos en un gran fresco donde sentimos
de manera palpable el espíritu de la época, gracias a
la soberbia del lenguaje que nombra y pinta con amplitud y minucia
los innumerables detalles y singularidades que conforman a estos hombres —conquistadores,
guerreros, nativos, príncipes, indígenas de las muchas
etnias que poblaban los numerosos reinos que había en la Nueva
Granada, cronistas, aventureros, criminales—, y a estos paisajes,
así como a una naturaleza mágica y hechiza («yo
he podido advertir que cuando un indio acaricia los musgos en la base
de los grandes árboles, es frecuente que en lo alto comiencen
a sonar las chicharras, como si hubiera una continuidad sensitiva entre
el tronco y sus huéspedes. Del mismo modo los pájaros
en nido sienten lo que ocurre en el árbol»), y lo hace
con tal desenvoltura y elegancia que sólo puede ser fruto de
lo mucho que sabe por haber investigado con paciencia de relojero y
gran sensibilidad innumerables libros y documentos a lo largo de más
de ocho años.
La novela, «esta historia verdadera» como él mismo
lo dice en la nota que cierra este primer libro de su trilogía,
no habría podido contarla «sin la ayuda de muchos cronistas
e historiadores y sin el diálogo con muchos amigos. Sin los
poemas de Juan de Castellanos, compañero entrañable de
Ursúa; sin las crónicas de fray Pedro Simón, de
Lucas Fernández de Piedrahíta, de Gonzalo Fernández
de Oviedo, de Pedro Cieza de León; sin el aplicado libro Pedro
de Ursúa, conquistador español del siglo XVI, de Luis
del Campo, el mayor homenaje de sus paisanos a Ursúa; sin algunas
novelas históricas sobre la época; sin la Historia de
la conquista del Perú, de Prescott; sin el libro de Karl Brandi
sobre Carlos V, sin los libros de Henri Kamen y de Hugh Thomas sobre
la época imperial; sin las conjeturas de Raúl Aguilar
sobre la muerte de Robledo; sin las biografías de Soledad Acosta
de Samper y sin la Historia de la Nueva Granada, de su padre, el general
Joaquín Acosta».
Tendría que agregar a esta lista que Ursúa, la novela,
no habría sido posible si tantos textos y crónicas y
documentos no hubieran sido trasmutados por el aliento de un poeta
como lo es el narrador de este libro, William Ospina.
—ALBERTO QUIROGA