MATRIMONIO
HOMOSEXUAL EN ESPAÑA
ESTAMOS AMPLIANDO LAS POSIBILIDADES DE FELICIDAD
Madrid,
1° de julio del 2005
Estimados
amigos:
El presidente del gobierno de España, José Luis Rodríguez
Zapatero, presentó ayer en el pleno del Congreso la reforma
del Código Civil que permitirá el matrimonio entre personas
del mismo sexo. Como considero que es un paso trascendental para avanzar
en la construcción de una sociedad más feliz e igualitaria,
les envío el texto del presidente. Saludos desde este país
que también puede dar buen ejemplo.
Gustavo Arias
Hoy
mi gobierno somete definitivamente a la aprobación de la Cámara
el proyecto de ley por la que se modifica el Código Civil
en materia de derecho a contraer matrimonio, en estricto cumplimiento
de un compromiso electoral ante la ciudadanía y ante esta
Cámara.
Reconocemos hoy en España el derecho de las personas a contraer
matrimonio con otras de su mismo sexo. Antes que nosotros lo hicieron
Bélgica y Holanda, y antes de ayer lo reconoció Canadá.
No hemos sido los primeros, pero tengo por seguro que no seremos los últimos.
Detrás vendrán otros muchos países impulsados,
señorías, por dos fuerzas imparables: la libertad y la
igualdad.
Se trata de un pequeño cambio en el texto legal: se agrega apenas
un escueto párrafo en el que se establece que el matrimonio
tendrá los mismos requisitos y los mismos efectos cuando los
contrayentes sean del mismo o de diferente sexo; un pequeño
cambio en la letra que acarrea un cambio inmenso en las vidas de miles
de compatriotas.
No estamos legislando, señorías, para gentes remotas
y extrañas. Estamos ampliando las oportunidades de felicidad
para nuestros vecinos, para nuestros compañeros de trabajo,
para nuestros amigos y para nuestros familiares, y a la vez estamos
construyendo un país más decente, porque una sociedad
decente es aquella que no humilla a sus miembros.
En un poema titulado «La familia», nuestro Luis Cernuda
se lamentaba: «Cómo se engaña el hombre y cuán
en vano / Da reglas que prohíben y condenan».
Hoy la sociedad española da una respuesta a un grupo de personas
que durante años han sido humilladas, cuyos derechos han sido
ignorados, cuya dignidad ha sido ofendida, su identidad negada y su
libertad reprimida. Hoy la sociedad española les devuelve el
respeto que merecen, reconoce sus derechos, restaura su dignidad, afirma
su identidad y restituye su libertad.
Es verdad que son tan sólo una minoría; pero su triunfo
es el triunfo de todos. También aunque aún lo ignoren,
es el triunfo de quienes se oponen a esta ley, porque es el triunfo
de la libertad. Su victoria nos hace mejores a todos, hace mejor a
nuestra sociedad.
Señorías:
No hay agresión ninguna al matrimonio ni a la familia en la
posibilidad de que dos personas del mismo sexo se casen. Más
bien al contrario, lo que hay es cauce para realizar la pretensión
que tienen esas personas de ordenar sus vidas con arreglo a las normas
y exigencias del matrimonio y de la familia. No hay una conculcación
de la institución matrimonial, sino justamente lo opuesto: valoración
y reconocimiento del matrimonio.
Soy consciente de que algunas personas e instituciones están
en profundo desacuerdo con este cambio legal. Deseo expresarles que,
como otras reformas que la precedieron, esta ley no engendrará ningún
mal, que su única consecuencia será el ahorro de sufrimiento
inútil de seres humanos. Y una sociedad que ahorra sufrimiento
inútil a sus miembros es una sociedad mejor.
En todo caso, manifiesto mi profundo respeto a esas personas y a esas
instituciones, y quiero pedir además a todos quienes apoyan
esta ley ese mismo respeto. A los homosexuales, que han soportado en
carne propia el escarnio y la afrenta durante años, les pido
que al valor demostrado en la lucha por sus derechos sumen ahora el
ejemplo de la generosidad y expresen su alegría con respeto
a todas las creencias.
Con la aprobación de este proyecto de ley nuestro país
da un paso más en el camino de libertad y tolerancia que inició en
la transición democrática. Nuestros hijos nos mirarían
con incredulidad si les relatamos que no hace tanto tiempo sus madres
tenían menos derechos que sus padres y si les contamos que las
personas debían seguir unidas en matrimonio, aun por encima
de su voluntad, cuando ya no eran capaces de convivir. Hoy podemos
ofrecerles una hermosa lección: cada derecho conquistado, cada
libertad alcanzada ha sido el fruto del esfuerzo y del sacrificio de
muchas personas que hoy debemos reconocer y enorgullecernos de ello.
Hoy demostramos con esta ley que las sociedades pueden hacerse mejores
a sí mismas y que pueden ensanchar las fronteras de la tolerancia
y hacer retroceder el espacio de la humillación y la infelicidad.
Hoy, para muchos, llega aquel día que evocó Kavafis hace
un siglo: «Más tarde en la sociedad más perfecta
/ algún otro, hecho como yo, / ciertamente surgirá y
actuará libremente».
—José Luis
Rodríguez Zapatero
SOBRE
LA INVASIÓN A GUATEMALA
Nueva
York, 19 de julio del 2005
Amigos
de Número:
Me llegó la revista N° 45, como siempre bellísima
e interesante. Leí el artículo del profesor Gerlein, «Invasión
a Guatemala», y quiero comentarles mis discrepancias.
Ese episodio de la historia guatemalteca lo titulo en mi libro, Los
amos de la guerra (pp. 106-110), «La gran farsa». En el
artículo de Gerlein se ha debido poner la palabra invasión
entre comillas, pues fue una total fabricación de Estados Unidos.
Era el plan de John Foster Dulles, secretario de Estado, y de su hermano
Allen, director de la CIA (gobierno de Eisenhower) —se llamó Operación
Success (de la CIA)— para liquidar un gobierno que califican
(sin serlo) de comunista. Analistas dijeron, y lo registré en
mi libro, que Arbenz había sido la primera víctima de
la guerra fría. Lo tumbaron porque no podían «tolerar» (ese
término lo usa constantemente Washington para definir su política
exterior) que se hubiera atrevido a expropiar tierras de la United
Fruit Co. (UFCo), poderosa empresa frutera de su país. Antes
de ocupar esas altas posiciones en el gobierno de Eisenhower, los Dulles
eran abogados de una prestigiosa firma que se ocupaba de los asuntos
de la compañía frutera. Allen Dulles no fue presidente
de la United Fruit, como se dice en el artículo. Y no fueron
75.000 hectáreas —como también se señala
en el artículo— las tierras que Arbenz expropió,
sino 250 mil, de las 550 mil que tenía. La United Fruit Co.
era el mayor terrateniente de ese país.
La CIA escoge a dedo al coronel Carlos Castillo Armas, militar mediocre,
golpista y «manejable», para liderar la «invasión».
La United Fruit Company no maquina la «invasión»,
pero le da pleno apoyo. Uno de la CIA, en ese entonces, comenta (también
lo registré en mi libro) que sin la ayuda de la UFCo la «invasión» no
habría sido posible.
Decir que lo que quería Estados Unidos en Guatemala era una «democracia
a su estilo», no es correcto. Ese gobierno se caracterizó por
su apoyo firme, amplio y abierto a las dictaduras del continente, porque
eran anticomunistas y, además, eran mayoría: Pérez
Jiménez, Odría, Rojas Pinilla, los sátrapas centroamericanos,
los caribeños, Batista, Trujillo, Duvalier y demás. A
varios los llevaron a Washington, los recibieron en el Congreso en
pleno y los condecoraron con la más alta distinción militar. ¡Todos
eran generales!
Otras discrepancias: Eisenhower no fue con Nixon a Antigua (?), Caracas
y Lima. Al final de su mandato, hizo un viaje, sin razón alguna,
a los países del cono sur. Quien lideró la delegación
guatemalteca en la X Conferencia Interamericana en Caracas (1954) no
fue Miguel Ángel Asturias, un intelectual de calibre firmemente
en contra de las satrapías guatemaltecas, sino Guillermo Torriello,
canciller de Arbenz, quien pronuncia en esa ocasión un discurso
magistral y vota en contra de la Declaración de Caracas, un
engendro anticomunista. Argentina, bajo Perón, también
vota en contra. Spruille Braden fue embajador en Argentina, Cuba y
también en Colombia. Ha debido decirlo. En mi libro señalo
que Braden era «bien conocido por su largo y desafortunado historial
intervencionista en esos países».
Un abrazo
—Clara
Nieto de Ponce de León
CUANDO
LAS PALABRAS SE QUEDAN
Buenos Aires, Argentina, 3 de junio del 2005
Llegó a
mis manos la revista del primer trimestre de este año (Número
44) y me encontré con el artículo de Saramago acerca
de su último trabajo. En relación con eso les comparto
una anécdota que viví el año pasado.
John Cárdenas.
P.D. Gracias por seguir intentando, por continuar abriendo espacios,
por perseverar, por creer, por trabajar con calidad.
Faltaba una cuadra para llegar al teatro Cervantes de Buenos Aires.
Alcanzaba a ver la cantidad de personas agolpadas en la entrada. Seis
de la tarde. La cita era a las siete.
Había cuatro extensas filas: unos con papelitos amarillos, otros
con azul, otros con tarjeta y los demás sólo teníamos
un rostro esperanzador hacia los porteros para poder ingresar.
A las 7 y 30 ingresamos todos... Cuando llegué al palco del último
piso, donde podía tener una vista panorámica del recinto,
estaba copado en ambos sentidos: no había una sola silla, ni
una sola escala disponible, y en el otro sentido, todos muy a gusto,
todos expectantes a escuchar palabras en español y felices de
ver y escuchar en persona al personaje (en Argentina se usa copado
para nominar algo que te encanta, que te sobrepasa para bien).
Fue una entrevista-charla acerca de su última publicación,
Ensayo sobre la lucidez.
Algunas máximas de esa noche fueron:
«Sin democracia no hay derechos humanos, pero de igual forma se
puede decir que sin derechos humanos no hay democracia».
«Una mentira dicha cien veces pasa a ser una verdad».
«Hay tres momentos ante una información, una situación,
algo. El primero es donde se ve —lo visto—. El segundo es
donde se atiende, se mira, y el tercero es donde se repara, donde se
concentra en lo que se vio».
«Hay tres preguntas que se deben plantear cuando se piensa acerca
de estar en este mundo: ¿por qué? ¿Para qué?
Y la más importante, ¿para quién? Y tratando de
responder esas inquietudes, a lo mejor ese quién no seamos nosotros».
El autor se refería a los que dirigen el mundo apoyados en la
democracia, que determina la dirección y el camino que hay que
seguir.
«Muchas veces me han dicho pesimista: yo no soy pesimista, lo que
pasa es que el mundo es pésimo».
Y nos habló de una conversación con su colega Umberto
Eco:
«Estábamos charlando en un café y de un momento a
otro, y sin lugar a lo que se hablaba, dijo: “Tengo mucho miedo
del futuro de mi nieto”».
El entrevistador le preguntó a Saramago por las utopías: «¿Faltan
utopías hoy?».
«Es que ha habido muchas. Si yo pudiera, quitaría esa palabra.
La utopía no se sabe dónde está, no se sabe cuándo
se llega a ella ni cómo se llega a ella. Yo diría que la única
utopía realizable es el día de mañana. No hablemos
de utopías, hablemos del trabajo y eso condiciona el día
de mañana».
«A lo único que no tenemos derecho es a resignarnos. Yo
sólo invito a inquietar. En medio de todo, lo que queda es pensar;
eso somos, para eso estamos en este mundo, para pensar. Y yo quiero despertar
la inquietud a ver si en medio de todo no nos resignamos».
Refiriéndose luego a la tendencia que existe al autoritarismo,
dijo:
«Hay cosas que no son democráticas, pero se hacen democráticamente».
Diez y treinta. Nadie se quería ir. Todos «copados».
Los aplausos se escucharon por más de cinco minutos, recibió unas
rosas, se las llevó al pecho, se acercó lo más
que pudo al público, nos saludaba con la mano y su sonrisa.
Podría decir que esa noche nos sentimos felices de poder escuchar,
de poder hablar, de poder confirmar que somos seres de palabras.
Todos fuimos saliendo en orden, las expresiones eran similares a las
que se generan después de una buena cena, de un buen encuentro,
en últimas, de placer, ese que nos hace buscar la vida en medio
del mundo que nos tocó vivir.
Todos empezaron a tomar el taxi, el auto, el bus...
No sé José Saramago en qué se transportó,
pero me atrevo a afirmar que independientemente del medio, las palabras
lo fueron llevando hasta Rosario a participar en el Congreso Mundial
de la Lengua Española, y a muchos de nosotros la inquietud que
dejan palabras certeras, nos llevó a casa.
PALABRAS
DE FERNANDO DE SZYSZLO
Lima,
22 de julio del 2005
Quiero
compartir las bellas palabras del maestro Fernando de Szyszlo,
uno de los artistas plásticos más importantes de
América Latina, durante el homenaje que le ofreció la
Pontificia Universidad Católica.
Saludos
—María
Eugenia Niño.
Permítanme
que comience tratando de describir para ustedes el escenario que
me condujo a la Universidad Católica.
A mediados de 1944 yo cursaba estudios en la Escuela de Ingenieros,
hoy Universidad Nacional de Ingeniería, con miras a convertirme
en arquitecto. Desde mis primeros intentos de copiar, como se exigía,
los órdenes clásicos de la arquitectura, descubrí que
mi dibujo era frío, duro, carente de espontaneidad. Simultáneamente,
a raíz de una casual lectura de un libro sobre Gauguin y una
película basada en una historia de Somerset Maugham, La Luna
y seis peniques, en que un personaje de ficción repite la historia
de Gauguin en las islas del Pacífico, comenzamos con dos amigos —Jorge
Piqueras, que parecía haber nacido con un don natural para el
dibujo, y José Bresciani— a hacer unas acuarelas que,
por lo menos en mi caso, querían ser gauguinescas. Mi interés
por la literatura, que es anterior a todos estos devaneos, me había
puesto en contacto con la obra de Vallejo —vinculada más
bien por inclinaciones políticas— y con las búsquedas
de los indigenistas, especialmente de Sabogal y Julia Codesido.
A mediados de 1944 decidí mejorar mi dibujo y, llevados por
Jorge Piqueras, fuimos a matricularnos en un curso nocturno de dibujo
en lo que entonces era la Academia de Arte, patrocinada por la Universidad
Católica. Más tarde sería la Escuela de Artes
Plásticas y finalmente hoy la Facultad de Arte. Llegamos, pues,
a la plaza Francia, al segundo piso de un vetusto pero atractivo edificio
republicano frente a la sede de la universidad. Encontramos a Adolfo
Winternitz por primera vez. Al segundo día de dibujar torpemente
al carbón me di cuenta de que no quería hacer otra cosa
en mi vida, fue mi camino a Damasco. Ese juego, esa vocación
clandestina que había practicado en acuarelas se convirtió en
el centro de mi vida.
Seguramente aprendí de Winternitz las bases fundamentales de
la pintura, pero lo que le agradezco a él más profundamente
es el haberme mostrado cuál era el tipo del compromiso de un
artista creador. Lo que aprendimos, desgraciadamente, no figura ya
en los currículos de la enseñanza actual; aprendimos
que el arte no es una profesión sino una manera de vivir, que
la meta del pintor no es el cuadro, ni menos la exposición,
que el cuadro es solamente el testimonio, el despojo que queda en la
batalla por expresarse, por comunicar, por tratar de alcanzar en pintura
ese encuentro visible de lo sagrado con la materia. Pero este compromiso
del artista nunca lo comprendí, como que abarcaba solamente
a la pintura, sino que incluía un compromiso también
con el grupo humano del que el artista provenía. Siempre cité a
Ortega, «Yo soy yo y mi circunstancia», era evidente para
mí que uno tenía que participar, que tratar de contribuir
a ver más claro en la confusión de un país del
tercer mundo.
Decía Camus que cada generación se siente nacida, destinada
a recrear el mundo. Y añadía: «Si la nuestra ya
sabe que no podrá hacerlo, tiene, sin embargo, una tarea que
quizás es más importante: tratar de impedir que nuestro
mundo se deshaga». Palabras que no parecen salidas de un premio
Nobel francés sino de un habitante de nuestras regiones.
Todos sabemos lo que representa vivir en este país, todo lo
que hay que entregar cada día de fe, de coraje, de amor, de
optimismo y de confianza en que de alguna manera comenzaremos a enderezar
esta anarquía. Lo que más inquieta es la falta de escala
de valores. Se toleran, como prácticas aceptadas, la zancadilla,
el privilegio. Se propone a nuestra admiración al que salta
la regla, al que no hace la cola, al vivo, al que consigue las cosas
sin trabajar, y nuestra lástima y desprecio por el tonto que
espera la luz verde en el semáforo, que paga sus cuentas, que
se conduce por las reglas. A veces parece que hubiéramos institucionalizado
la trampa, la mentira, el disfraz. Malraux dijo alguna vez que «toda
cultura es plutarquiana», en el sentido de que propone modos
de conducta ejemplares. Ello nos hace a todos responsables frente a
los demás por la escala de valores que evidencia nuestra manera
de actuar.
Es cierto que nuestra economía ha mejorado, pero tampoco nadie
debe engañarse. Es imposible hablar del desarrollo de un país
tomando solamente en cuenta indicadores económicos. A los farragosos
sociólogos de la época de Velasco los han sucedido los
economistas. Sería absurdo negar la importancia que tiene la
economía en el desarrollo de un país, pero sería
igualmente absurdo pensar que el dinero es la llave que abre todas
las puertas.
No se puede hablar en verdad de desarrollo si éste no incluye
un desarrollo cultural, y si es verdad que estamos dando los primeros
pasos hacia un desarrollo económico es preciso llamar la atención
de que en materia de cultura estamos retrocediendo. Basten, como ejemplo,
las banales dificultades puestas por la municipalidad de Barranco al
tratar de utilizar políticamente el hecho, dificultar o hasta
intentar impedir la construcción de un Museo de Arte Contemporáneo
en ese distrito.
Pero insisto en afirmar que conservo una terca, y aparentemente inexplicable,
esperanza.
—Fernando
de Szyszlo.
LA
HORA DEL LOBO
México,
D.F., 11 de julio del 2005
«No
hay que quejarse de la vida
When I get older losing my hair
many years from now…».
—John Lennon, Paul McCartney
When I’m Sixty Four, 1967
Que
la vida corre más rápido a partir de los 60 años
es algo que les sucede a unos sexagenarios y a otros no. Todo depende,
como en muchos casos, de la subjetividad del tiempo, de la manera
en que uno lo vive o lo desvive. Prueba de esta subjetividad del
tiempo (que por lo mismo es relativo o tal vez un invento de la
criatura humana, siempre vulnerable y atónita ante la vida)
es la rapidez con que se le viene a uno toda la historia de su
vida cuando se encuentra en un momento crucial, ahogándose,
por ejemplo, en una playa de cabo San Lucas. Como que en esas circunstancias
empieza a correr la película desde el principio, en un plan
de recuento autobiográfico a la velocidad de la luz, porque
cree uno que está al borde de su último suspiro.
Aunque después no suceda nada malo y uno se siga contando
entre los terrícolas (que somos más de seis mil millones,
dicho sea de paso).
Otra constancia de esta relatividad del tiempo está en la experiencia
de una persona que sufre un ataque de diabetes y queda tendida en el
jardín unos minutos mientras ella, en el fondo de su ser, siente
que fueron años.
La memoria está llena de equívocos porque el cerebro
tiende a recordar lo esencial de las cosas, no los detalles. Uno se
inventa a sí mismo en su autobiografía y, por sincero
y honesto que quiera ser, siempre dejará cosas afuera, insinuará el
todo por una o varias de las partes. ¿Quién soy yo para
mí mismo? ¿Cómo me veo ahora a los 64? ¿Ya
se nos acaba la película?
Ese tiempo cambiante con la edad del que lo padece no puede medirse
como el tiempo objetivo, es decir, con los relojes de casa. El tiempo
realmente vivido y experimentado discurre lento cuando nos aburrimos
o estamos en pena o enfermos, pero se escurre y se desvanece de modo
más rápido cuando la estamos pasando bomba. Tiempo lento
en el sufrimiento. Tiempo rápido en la alegría.
El holandés Douwe Draaisma, historiador de la psicología
en la Universidad de Groninga, se ha metido a fondo en estas reflexiones
que comparte en su libro Por qué la vida se acelera al envejecer.
No es pura literatura, como se acusa ahora a los neurólogos
o a cualquiera que escribe sobre el funcionamiento del cerebro. No:
Draaisma posee una metodología cuantificadora y, según
sus encuestas, por ejemplo, tiene establecido que hacia la sexta década
nuestras asociaciones se clavan predominantemente en la juventud. Cree
que a lo largo del tiempo nuestra memoria modifica nuestro pasado,
con lo cual su pensamiento embona con la creencia de que toda biografía
es una ficción y más lo es una autobiografía. ¿No
será que, como el sueño, la vida también es una
ficción?
Douwe Draaisma también es autor de Las metáforas de la
memoria (una historia de la mente), que el lector curioso puede encontrar
en Alianza Editorial (Madrid, 1998). Hace ahí la historia de
las teorías que los hombres se van formulando acerca de la memoria
a lo largo de las épocas. Un año se piensa una cosa:
unas décadas después, otra. Y así evolucionan
las ideas.
Mientras vamos dejando de ser jóvenes, el tiempo se condensa,
se acelera, nos elude. Recordamos mejor las cosas lejanas y más
remotas, las de la infancia más temprana, por ejemplo, que las
que sucedieron ayer, en una suerte de presbicia de la memoria, por
usar una metáfora oftalmológica.
Y así va palpitando nuestra memoria autobiográfica, pintando
y despintando nuestras figuras más queridas, coloreándolas
con el afecto caprichoso y discriminatorio al urdir la crónica
de nuestros días.
Pero la memoria autobiográfica tiene sus leyes y va arreglando
el pasado. Nada de lo que nos sucedió antes de los tres años
lo recordamos. ¿Por qué? ¿Por qué las humillaciones
sí tardan en olvidarse? Se recuerdan muchísimos años
y de pronto un día el perdón de la memoria las evapora.
«Los estoicos enseñan que no debemos quejarnos de la vida,
la puerta de la cárcel está abierta», escribe Borges
en uno de sus postreros cuentos, el primero que aparece en La memoria
de Shakespeare. Y es que si todavía vale la metáfora
del viaje como representante de la vida, o de la vida como viaje, hay
que reconocer que la cosa va de más a menos, inevitablemente,
por mucho que cuidemos de que sea muy largo nuestro camino. El viaje
que podamos hacer todavía nunca tendrá la misma luminosidad
del que hicimos a Sicilia a los 20 años, lo cual es biológicamente
normal.
No hay ya el mismo asombro ni las noches reverberan como antes. Pero,
volviendo a los estoicos, hay que estar más bien agradecido.
Tal vez no nos merecíamos tanto y nos tocó una etapa
sensacional, a veces divertida, con grandes logros y catastróficos
fracasos. No nos fue mal y hasta vemos como un milagro del azar llegar
a los 64. Hay que estar más bien agradecido y, si es posible,
de buen humor.
—Federico
Campbell