NÚMERO 46

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Tarifa Postal Reducida Nº 1368 de Adpostal. Vence en diciembre de 2002
ISSN 0121-7828
· Licencia del Ministerio de Gobierno Resolución: 1237 de 1993
Corporación Revista Número según Resolución 023 del 19 de enero de 1995.

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MATRIMONIO HOMOSEXUAL EN ESPAÑA
ESTAMOS AMPLIANDO LAS POSIBILIDADES DE FELICIDAD

Madrid, 1° de julio del 2005

Estimados amigos:
El presidente del gobierno de España, José Luis Rodríguez Zapatero, presentó ayer en el pleno del Congreso la reforma del Código Civil que permitirá el matrimonio entre personas del mismo sexo. Como considero que es un paso trascendental para avanzar en la construcción de una sociedad más feliz e igualitaria, les envío el texto del presidente. Saludos desde este país que también puede dar buen ejemplo.
Gustavo Arias

Hoy mi gobierno somete definitivamente a la aprobación de la Cámara el proyecto de ley por la que se modifica el Código Civil en materia de derecho a contraer matrimonio, en estricto cumplimiento de un compromiso electoral ante la ciudadanía y ante esta Cámara.
Reconocemos hoy en España el derecho de las personas a contraer matrimonio con otras de su mismo sexo. Antes que nosotros lo hicieron Bélgica y Holanda, y antes de ayer lo reconoció Canadá. No hemos sido los primeros, pero tengo por seguro que no seremos los últimos. Detrás vendrán otros muchos países impulsados, señorías, por dos fuerzas imparables: la libertad y la igualdad.
Se trata de un pequeño cambio en el texto legal: se agrega apenas un escueto párrafo en el que se establece que el matrimonio tendrá los mismos requisitos y los mismos efectos cuando los contrayentes sean del mismo o de diferente sexo; un pequeño cambio en la letra que acarrea un cambio inmenso en las vidas de miles de compatriotas.
No estamos legislando, señorías, para gentes remotas y extrañas. Estamos ampliando las oportunidades de felicidad para nuestros vecinos, para nuestros compañeros de trabajo, para nuestros amigos y para nuestros familiares, y a la vez estamos construyendo un país más decente, porque una sociedad decente es aquella que no humilla a sus miembros.
En un poema titulado «La familia», nuestro Luis Cernuda se lamentaba: «Cómo se engaña el hombre y cuán en vano / Da reglas que prohíben y condenan».
Hoy la sociedad española da una respuesta a un grupo de personas que durante años han sido humilladas, cuyos derechos han sido ignorados, cuya dignidad ha sido ofendida, su identidad negada y su libertad reprimida. Hoy la sociedad española les devuelve el respeto que merecen, reconoce sus derechos, restaura su dignidad, afirma su identidad y restituye su libertad.
Es verdad que son tan sólo una minoría; pero su triunfo es el triunfo de todos. También aunque aún lo ignoren, es el triunfo de quienes se oponen a esta ley, porque es el triunfo de la libertad. Su victoria nos hace mejores a todos, hace mejor a nuestra sociedad.
Señorías:
No hay agresión ninguna al matrimonio ni a la familia en la posibilidad de que dos personas del mismo sexo se casen. Más bien al contrario, lo que hay es cauce para realizar la pretensión que tienen esas personas de ordenar sus vidas con arreglo a las normas y exigencias del matrimonio y de la familia. No hay una conculcación de la institución matrimonial, sino justamente lo opuesto: valoración y reconocimiento del matrimonio.
Soy consciente de que algunas personas e instituciones están en profundo desacuerdo con este cambio legal. Deseo expresarles que, como otras reformas que la precedieron, esta ley no engendrará ningún mal, que su única consecuencia será el ahorro de sufrimiento inútil de seres humanos. Y una sociedad que ahorra sufrimiento inútil a sus miembros es una sociedad mejor.
En todo caso, manifiesto mi profundo respeto a esas personas y a esas instituciones, y quiero pedir además a todos quienes apoyan esta ley ese mismo respeto. A los homosexuales, que han soportado en carne propia el escarnio y la afrenta durante años, les pido que al valor demostrado en la lucha por sus derechos sumen ahora el ejemplo de la generosidad y expresen su alegría con respeto a todas las creencias.
Con la aprobación de este proyecto de ley nuestro país da un paso más en el camino de libertad y tolerancia que inició en la transición democrática. Nuestros hijos nos mirarían con incredulidad si les relatamos que no hace tanto tiempo sus madres tenían menos derechos que sus padres y si les contamos que las personas debían seguir unidas en matrimonio, aun por encima de su voluntad, cuando ya no eran capaces de convivir. Hoy podemos ofrecerles una hermosa lección: cada derecho conquistado, cada libertad alcanzada ha sido el fruto del esfuerzo y del sacrificio de muchas personas que hoy debemos reconocer y enorgullecernos de ello.
Hoy demostramos con esta ley que las sociedades pueden hacerse mejores a sí mismas y que pueden ensanchar las fronteras de la tolerancia y hacer retroceder el espacio de la humillación y la infelicidad. Hoy, para muchos, llega aquel día que evocó Kavafis hace un siglo: «Más tarde en la sociedad más perfecta / algún otro, hecho como yo, / ciertamente surgirá y actuará libremente».

—José Luis Rodríguez Zapatero

SOBRE LA INVASIÓN A GUATEMALA

Nueva York, 19 de julio del 2005

Amigos de Número:
Me llegó la revista N° 45, como siempre bellísima e interesante. Leí el artículo del profesor Gerlein, «Invasión a Guatemala», y quiero comentarles mis discrepancias.
Ese episodio de la historia guatemalteca lo titulo en mi libro, Los amos de la guerra (pp. 106-110), «La gran farsa». En el artículo de Gerlein se ha debido poner la palabra invasión entre comillas, pues fue una total fabricación de Estados Unidos. Era el plan de John Foster Dulles, secretario de Estado, y de su hermano Allen, director de la CIA (gobierno de Eisenhower) —se llamó Operación Success (de la CIA)— para liquidar un gobierno que califican (sin serlo) de comunista. Analistas dijeron, y lo registré en mi libro, que Arbenz había sido la primera víctima de la guerra fría. Lo tumbaron porque no podían «tolerar» (ese término lo usa constantemente Washington para definir su política exterior) que se hubiera atrevido a expropiar tierras de la United Fruit Co. (UFCo), poderosa empresa frutera de su país. Antes de ocupar esas altas posiciones en el gobierno de Eisenhower, los Dulles eran abogados de una prestigiosa firma que se ocupaba de los asuntos de la compañía frutera. Allen Dulles no fue presidente de la United Fruit, como se dice en el artículo. Y no fueron 75.000 hectáreas —como también se señala en el artículo— las tierras que Arbenz expropió, sino 250 mil, de las 550 mil que tenía. La United Fruit Co. era el mayor terrateniente de ese país.
La CIA escoge a dedo al coronel Carlos Castillo Armas, militar mediocre, golpista y «manejable», para liderar la «invasión». La United Fruit Company no maquina la «invasión», pero le da pleno apoyo. Uno de la CIA, en ese entonces, comenta (también lo registré en mi libro) que sin la ayuda de la UFCo la «invasión» no habría sido posible.
Decir que lo que quería Estados Unidos en Guatemala era una «democracia a su estilo», no es correcto. Ese gobierno se caracterizó por su apoyo firme, amplio y abierto a las dictaduras del continente, porque eran anticomunistas y, además, eran mayoría: Pérez Jiménez, Odría, Rojas Pinilla, los sátrapas centroamericanos, los caribeños, Batista, Trujillo, Duvalier y demás. A varios los llevaron a Washington, los recibieron en el Congreso en pleno y los condecoraron con la más alta distinción militar. ¡Todos eran generales!
Otras discrepancias: Eisenhower no fue con Nixon a Antigua (?), Caracas y Lima. Al final de su mandato, hizo un viaje, sin razón alguna, a los países del cono sur. Quien lideró la delegación guatemalteca en la X Conferencia Interamericana en Caracas (1954) no fue Miguel Ángel Asturias, un intelectual de calibre firmemente en contra de las satrapías guatemaltecas, sino Guillermo Torriello, canciller de Arbenz, quien pronuncia en esa ocasión un discurso magistral y vota en contra de la Declaración de Caracas, un engendro anticomunista. Argentina, bajo Perón, también vota en contra. Spruille Braden fue embajador en Argentina, Cuba y también en Colombia. Ha debido decirlo. En mi libro señalo que Braden era «bien conocido por su largo y desafortunado historial intervencionista en esos países».
Un abrazo

—Clara Nieto de Ponce de León

CUANDO LAS PALABRAS SE QUEDAN
Buenos Aires, Argentina, 3 de junio del 2005

Llegó a mis manos la revista del primer trimestre de este año (Número 44) y me encontré con el artículo de Saramago acerca de su último trabajo. En relación con eso les comparto una anécdota que viví el año pasado.
John Cárdenas.
P.D. Gracias por seguir intentando, por continuar abriendo espacios, por perseverar, por creer, por trabajar con calidad.

Faltaba una cuadra para llegar al teatro Cervantes de Buenos Aires. Alcanzaba a ver la cantidad de personas agolpadas en la entrada. Seis de la tarde. La cita era a las siete.
Había cuatro extensas filas: unos con papelitos amarillos, otros con azul, otros con tarjeta y los demás sólo teníamos un rostro esperanzador hacia los porteros para poder ingresar.
A las 7 y 30 ingresamos todos... Cuando llegué al palco del último piso, donde podía tener una vista panorámica del recinto, estaba copado en ambos sentidos: no había una sola silla, ni una sola escala disponible, y en el otro sentido, todos muy a gusto, todos expectantes a escuchar palabras en español y felices de ver y escuchar en persona al personaje (en Argentina se usa copado para nominar algo que te encanta, que te sobrepasa para bien).
Fue una entrevista-charla acerca de su última publicación, Ensayo sobre la lucidez.
Algunas máximas de esa noche fueron:
«Sin democracia no hay derechos humanos, pero de igual forma se puede decir que sin derechos humanos no hay democracia».
«Una mentira dicha cien veces pasa a ser una verdad».
«Hay tres momentos ante una información, una situación, algo. El primero es donde se ve —lo visto—. El segundo es donde se atiende, se mira, y el tercero es donde se repara, donde se concentra en lo que se vio».
«Hay tres preguntas que se deben plantear cuando se piensa acerca de estar en este mundo: ¿por qué? ¿Para qué? Y la más importante, ¿para quién? Y tratando de responder esas inquietudes, a lo mejor ese quién no seamos nosotros».
El autor se refería a los que dirigen el mundo apoyados en la democracia, que determina la dirección y el camino que hay que seguir.
«Muchas veces me han dicho pesimista: yo no soy pesimista, lo que pasa es que el mundo es pésimo».
Y nos habló de una conversación con su colega Umberto Eco:
«Estábamos charlando en un café y de un momento a otro, y sin lugar a lo que se hablaba, dijo: “Tengo mucho miedo del futuro de mi nieto”».
El entrevistador le preguntó a Saramago por las utopías: «¿Faltan utopías hoy?».
«Es que ha habido muchas. Si yo pudiera, quitaría esa palabra. La utopía no se sabe dónde está, no se sabe cuándo se llega a ella ni cómo se llega a ella. Yo diría que la única utopía realizable es el día de mañana. No hablemos de utopías, hablemos del trabajo y eso condiciona el día de mañana».
«A lo único que no tenemos derecho es a resignarnos. Yo sólo invito a inquietar. En medio de todo, lo que queda es pensar; eso somos, para eso estamos en este mundo, para pensar. Y yo quiero despertar la inquietud a ver si en medio de todo no nos resignamos».
Refiriéndose luego a la tendencia que existe al autoritarismo, dijo:
«Hay cosas que no son democráticas, pero se hacen democráticamente».
Diez y treinta. Nadie se quería ir. Todos «copados». Los aplausos se escucharon por más de cinco minutos, recibió unas rosas, se las llevó al pecho, se acercó lo más que pudo al público, nos saludaba con la mano y su sonrisa.
Podría decir que esa noche nos sentimos felices de poder escuchar, de poder hablar, de poder confirmar que somos seres de palabras.
Todos fuimos saliendo en orden, las expresiones eran similares a las que se generan después de una buena cena, de un buen encuentro, en últimas, de placer, ese que nos hace buscar la vida en medio del mundo que nos tocó vivir.
Todos empezaron a tomar el taxi, el auto, el bus...
No sé José Saramago en qué se transportó, pero me atrevo a afirmar que independientemente del medio, las palabras lo fueron llevando hasta Rosario a participar en el Congreso Mundial de la Lengua Española, y a muchos de nosotros la inquietud que dejan palabras certeras, nos llevó a casa.


PALABRAS DE FERNANDO DE SZYSZLO

Lima, 22 de julio del 2005

Quiero compartir las bellas palabras del maestro Fernando de Szyszlo, uno de los artistas plásticos más importantes de América Latina, durante el homenaje que le ofreció la Pontificia Universidad Católica.
Saludos

—María Eugenia Niño.

Permítanme que comience tratando de describir para ustedes el escenario que me condujo a la Universidad Católica.
A mediados de 1944 yo cursaba estudios en la Escuela de Ingenieros, hoy Universidad Nacional de Ingeniería, con miras a convertirme en arquitecto. Desde mis primeros intentos de copiar, como se exigía, los órdenes clásicos de la arquitectura, descubrí que mi dibujo era frío, duro, carente de espontaneidad. Simultáneamente, a raíz de una casual lectura de un libro sobre Gauguin y una película basada en una historia de Somerset Maugham, La Luna y seis peniques, en que un personaje de ficción repite la historia de Gauguin en las islas del Pacífico, comenzamos con dos amigos —Jorge Piqueras, que parecía haber nacido con un don natural para el dibujo, y José Bresciani— a hacer unas acuarelas que, por lo menos en mi caso, querían ser gauguinescas. Mi interés por la literatura, que es anterior a todos estos devaneos, me había puesto en contacto con la obra de Vallejo —vinculada más bien por inclinaciones políticas— y con las búsquedas de los indigenistas, especialmente de Sabogal y Julia Codesido.
A mediados de 1944 decidí mejorar mi dibujo y, llevados por Jorge Piqueras, fuimos a matricularnos en un curso nocturno de dibujo en lo que entonces era la Academia de Arte, patrocinada por la Universidad Católica. Más tarde sería la Escuela de Artes Plásticas y finalmente hoy la Facultad de Arte. Llegamos, pues, a la plaza Francia, al segundo piso de un vetusto pero atractivo edificio republicano frente a la sede de la universidad. Encontramos a Adolfo Winternitz por primera vez. Al segundo día de dibujar torpemente al carbón me di cuenta de que no quería hacer otra cosa en mi vida, fue mi camino a Damasco. Ese juego, esa vocación clandestina que había practicado en acuarelas se convirtió en el centro de mi vida.
Seguramente aprendí de Winternitz las bases fundamentales de la pintura, pero lo que le agradezco a él más profundamente es el haberme mostrado cuál era el tipo del compromiso de un artista creador. Lo que aprendimos, desgraciadamente, no figura ya en los currículos de la enseñanza actual; aprendimos que el arte no es una profesión sino una manera de vivir, que la meta del pintor no es el cuadro, ni menos la exposición, que el cuadro es solamente el testimonio, el despojo que queda en la batalla por expresarse, por comunicar, por tratar de alcanzar en pintura ese encuentro visible de lo sagrado con la materia. Pero este compromiso del artista nunca lo comprendí, como que abarcaba solamente a la pintura, sino que incluía un compromiso también con el grupo humano del que el artista provenía. Siempre cité a Ortega, «Yo soy yo y mi circunstancia», era evidente para mí que uno tenía que participar, que tratar de contribuir a ver más claro en la confusión de un país del tercer mundo.
Decía Camus que cada generación se siente nacida, destinada a recrear el mundo. Y añadía: «Si la nuestra ya sabe que no podrá hacerlo, tiene, sin embargo, una tarea que quizás es más importante: tratar de impedir que nuestro mundo se deshaga». Palabras que no parecen salidas de un premio Nobel francés sino de un habitante de nuestras regiones.
Todos sabemos lo que representa vivir en este país, todo lo que hay que entregar cada día de fe, de coraje, de amor, de optimismo y de confianza en que de alguna manera comenzaremos a enderezar esta anarquía. Lo que más inquieta es la falta de escala de valores. Se toleran, como prácticas aceptadas, la zancadilla, el privilegio. Se propone a nuestra admiración al que salta la regla, al que no hace la cola, al vivo, al que consigue las cosas sin trabajar, y nuestra lástima y desprecio por el tonto que espera la luz verde en el semáforo, que paga sus cuentas, que se conduce por las reglas. A veces parece que hubiéramos institucionalizado la trampa, la mentira, el disfraz. Malraux dijo alguna vez que «toda cultura es plutarquiana», en el sentido de que propone modos de conducta ejemplares. Ello nos hace a todos responsables frente a los demás por la escala de valores que evidencia nuestra manera de actuar.
Es cierto que nuestra economía ha mejorado, pero tampoco nadie debe engañarse. Es imposible hablar del desarrollo de un país tomando solamente en cuenta indicadores económicos. A los farragosos sociólogos de la época de Velasco los han sucedido los economistas. Sería absurdo negar la importancia que tiene la economía en el desarrollo de un país, pero sería igualmente absurdo pensar que el dinero es la llave que abre todas las puertas.
No se puede hablar en verdad de desarrollo si éste no incluye un desarrollo cultural, y si es verdad que estamos dando los primeros pasos hacia un desarrollo económico es preciso llamar la atención de que en materia de cultura estamos retrocediendo. Basten, como ejemplo, las banales dificultades puestas por la municipalidad de Barranco al tratar de utilizar políticamente el hecho, dificultar o hasta intentar impedir la construcción de un Museo de Arte Contemporáneo en ese distrito.
Pero insisto en afirmar que conservo una terca, y aparentemente inexplicable, esperanza.

—Fernando de Szyszlo.

LA HORA DEL LOBO
México, D.F., 11 de julio del 2005

«No hay que quejarse de la vida
When I get older losing my hair
many years from now…».
—John Lennon, Paul McCartney
When I’m Sixty Four, 1967

Que la vida corre más rápido a partir de los 60 años es algo que les sucede a unos sexagenarios y a otros no. Todo depende, como en muchos casos, de la subjetividad del tiempo, de la manera en que uno lo vive o lo desvive. Prueba de esta subjetividad del tiempo (que por lo mismo es relativo o tal vez un invento de la criatura humana, siempre vulnerable y atónita ante la vida) es la rapidez con que se le viene a uno toda la historia de su vida cuando se encuentra en un momento crucial, ahogándose, por ejemplo, en una playa de cabo San Lucas. Como que en esas circunstancias empieza a correr la película desde el principio, en un plan de recuento autobiográfico a la velocidad de la luz, porque cree uno que está al borde de su último suspiro. Aunque después no suceda nada malo y uno se siga contando entre los terrícolas (que somos más de seis mil millones, dicho sea de paso).
Otra constancia de esta relatividad del tiempo está en la experiencia de una persona que sufre un ataque de diabetes y queda tendida en el jardín unos minutos mientras ella, en el fondo de su ser, siente que fueron años.
La memoria está llena de equívocos porque el cerebro tiende a recordar lo esencial de las cosas, no los detalles. Uno se inventa a sí mismo en su autobiografía y, por sincero y honesto que quiera ser, siempre dejará cosas afuera, insinuará el todo por una o varias de las partes. ¿Quién soy yo para mí mismo? ¿Cómo me veo ahora a los 64? ¿Ya se nos acaba la película?
Ese tiempo cambiante con la edad del que lo padece no puede medirse como el tiempo objetivo, es decir, con los relojes de casa. El tiempo realmente vivido y experimentado discurre lento cuando nos aburrimos o estamos en pena o enfermos, pero se escurre y se desvanece de modo más rápido cuando la estamos pasando bomba. Tiempo lento en el sufrimiento. Tiempo rápido en la alegría.
El holandés Douwe Draaisma, historiador de la psicología en la Universidad de Groninga, se ha metido a fondo en estas reflexiones que comparte en su libro Por qué la vida se acelera al envejecer. No es pura literatura, como se acusa ahora a los neurólogos o a cualquiera que escribe sobre el funcionamiento del cerebro. No: Draaisma posee una metodología cuantificadora y, según sus encuestas, por ejemplo, tiene establecido que hacia la sexta década nuestras asociaciones se clavan predominantemente en la juventud. Cree que a lo largo del tiempo nuestra memoria modifica nuestro pasado, con lo cual su pensamiento embona con la creencia de que toda biografía es una ficción y más lo es una autobiografía. ¿No será que, como el sueño, la vida también es una ficción?
Douwe Draaisma también es autor de Las metáforas de la memoria (una historia de la mente), que el lector curioso puede encontrar en Alianza Editorial (Madrid, 1998). Hace ahí la historia de las teorías que los hombres se van formulando acerca de la memoria a lo largo de las épocas. Un año se piensa una cosa: unas décadas después, otra. Y así evolucionan las ideas.
Mientras vamos dejando de ser jóvenes, el tiempo se condensa, se acelera, nos elude. Recordamos mejor las cosas lejanas y más remotas, las de la infancia más temprana, por ejemplo, que las que sucedieron ayer, en una suerte de presbicia de la memoria, por usar una metáfora oftalmológica.
Y así va palpitando nuestra memoria autobiográfica, pintando y despintando nuestras figuras más queridas, coloreándolas con el afecto caprichoso y discriminatorio al urdir la crónica de nuestros días.
Pero la memoria autobiográfica tiene sus leyes y va arreglando el pasado. Nada de lo que nos sucedió antes de los tres años lo recordamos. ¿Por qué? ¿Por qué las humillaciones sí tardan en olvidarse? Se recuerdan muchísimos años y de pronto un día el perdón de la memoria las evapora.
«Los estoicos enseñan que no debemos quejarnos de la vida, la puerta de la cárcel está abierta», escribe Borges en uno de sus postreros cuentos, el primero que aparece en La memoria de Shakespeare. Y es que si todavía vale la metáfora del viaje como representante de la vida, o de la vida como viaje, hay que reconocer que la cosa va de más a menos, inevitablemente, por mucho que cuidemos de que sea muy largo nuestro camino. El viaje que podamos hacer todavía nunca tendrá la misma luminosidad del que hicimos a Sicilia a los 20 años, lo cual es biológicamente normal.
No hay ya el mismo asombro ni las noches reverberan como antes. Pero, volviendo a los estoicos, hay que estar más bien agradecido. Tal vez no nos merecíamos tanto y nos tocó una etapa sensacional, a veces divertida, con grandes logros y catastróficos fracasos. No nos fue mal y hasta vemos como un milagro del azar llegar a los 64. Hay que estar más bien agradecido y, si es posible, de buen humor.

—Federico Campbell

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