Separata especial de revista Número


CHINA, EL GIGANTE QUE DESPIERTA

    China es un enigma para los no orientales. Su particular sistema de organización política: ¿socialismo? ¿Capitalismo salvaje? ¿Autoritarismo? ¿O una mezcla de muchas cosas que configuran un sistema propio que no sabemos leer? Su antiquísima cultura, que comprende entre otras cosas las medicinas tradicionales, su cocina, sus usos y costumbres, su manejo del tiempo y de la mente. China es un enigma y una atracción. China es el país que ha tenido el mayor y más estable crecimiento económico en los últimos años. China es el país más poblado del planeta, con cerca de 1.300 millones de habitantes. El mandarín, idioma mayoritario en China, es el más hablado en el mundo. Entre las importaciones que hace Colombia, China ocupa el tercer lugar. El año pasado, fue el país que fabricó más objetos de navidad… para exportar, pues allí no la celebran al modo occidental. China se prepara desde ahora para los Juegos Olímpicos del 2008, que serán su lanzamiento formal como potencia planetaria: están diseñando piscinas transparentes de clavados, para que el público pueda observar qué pasa allí adentro después de los saltos. Son apenas datos sueltos; sobran las razones para buscar profundizar en la China.
    

Ilustraciones de Dioscórides Pérez —

INDICE

Otro tiempo, otra medicina, otra vida. II
Fernando González Uribe
La pintura china: una metáfora de la V
humedad y el aliento
Dioscórides Pérez
Apuntes para una exposición X
Humberto Dorado
China crece, es cierto, pero ¿qué hacemos XIV
nosotros frente a ese crecimiento?
Enrique Posada Cano


 

OTRO TIEMPO, OTRA MEDICINA, OTRA VIDA

Por Fernando González Uribe

    EL GIGANTE QUE SE LEVANTA, el dragón que despierta, nos llama la atención por su vertiginoso desarrollo y las grandes diferencias culturales que caracterizan a esta nación, cultivadas por más de 6.000 años de historia continua. China influye decisivamente, y cada vez más, en este planeta, del cual tiene casi la cuarta parte de la población.
    Hace 35 años estudiaba segundo año de medicina y era miembro de un movimiento estudiantil muy vigoroso en todo el país, con influencias importantes de las corrientes políticas revolucionarias de ese momento, especialmente Cuba, la Unión Soviética y China. Me interesó este último por el proceso político que, liderado por Mao Tsē-Tung, lo llevó a dar un gran salto social, económico y mundial. En esos años, la insistencia de todas las publicaciones chinas —que se distribuían gratuitamente a lo largo y ancho del planeta— en las maravillas que se logran con su antigua medicina me decidió a empezar a estudiarla y a soñar con vivir allá algún día y verificar si era cierta tanta belleza o si era tan sólo «cuento chino», como se dice en el argot popular colombiano. Vivo muy agradecido con China y con su pueblo por la oportunidad que me brindaron y su calurosa acogida.
    Mirando a China con mis ojos de occidental, pensándola con esta mente tan distinta, reflexiono sobre lo que viví allá hace 20 años.

    EL RITMO CHINO
    Mi primera impresión sobre tan distinta cultura fue el manman, un ritmo distinto que influenciaba toda la vida. El fonema man significa «lento» y manman quiere decir «lentamente»: todas las cosas importantes en la vida, desde las más sencillas y tal vez sobre todo éstas, deben hacerse a ese ritmo. Eso explica el porqué los autobuses públicos transitan a menos de 30 kilómetros por hora y las bicicletas marchan a una velocidad lenta pero constante. Los empleados en distintos oficios se toman un tiempo que, para el gusto de los occidentales, parece excesivo.
    La cortesía china está impregnada de esa idea: cuando se quiere desear a una persona buen provecho en la comida, se le dice manmanchi… «coma lentamente» (comer se pronuncia chi); al despedirse de alguien, si se quiere expresar que le vaya bien, se dice manmanzuo… «váyase despacio» (zuo es irse).
    Conocer que hay personas que deciden dedicar toda su vida a tallar una pieza de marfil, conscientes de que muy posiblemente no la terminarán y que sus descendientes tal vez seguirán esa tarea, nos hace reflexionar sobre algo más que el ritmo lento que influencia fuertemente dicha cultura. Hay una filosofía distinta, una actitud diferente ante la vida y la muerte. Un gozar el momento, no quedarse en el pasado ni ser esclavo del futuro.
    Algo similar encontré allí en la práctica de la medicina tradicional china, cuando los médicos y las personas que ellos atienden comprenden que muchos de los procesos de recuperación de la salud tienen un ritmo lento, comparado con los deseos de inmediata curación de los occidentales y que obliga a hacer gala de paciencia para disminuir el sufrimiento que en muchos casos se produce.
    Algunos dirán que China ha cambiado mucho. No lo niego. La modernización del país y la apertura al extranjero han producido grandes transformaciones, pero la esencia del ser chino se mantiene, pese a la globalización y a la capacidad corruptora de la sociedad de consumo. De los 1.300 millones de chinos, ni siquiera una cuarta parte está en las grandes ciudades, lo que a pesar del avance de los medios de comunicación hace que esa modernización sea menor en el campo. Unos pocos dirigentes, deslumbrados por Occidente, han intentado generar cambios bruscos en cosas tan esenciales como la forma de comer de los chinos y han fracasado estruendosamente; tal es el caso de Hu Yao Bang, que en 1985 afirmó que los palitos para comer eran antihigiénicos y que China debía adoptar los cubiertos de Occidente. Sucede igual que aquí, donde muchos dirigentes se avergüenzan de lo propio y sólo valoran lo de las grandes potencias.

    LA SALUD Y LA MEDICINA EN CHINA
    Encontré en China una cultura de la salud como nunca la imaginé: la constante y destacada importancia que se le da al ejercicio físico como pilar fundamental de la salud no la he visto en ningún otro país. La conocida frase de mente sana en cuerpo sano, también construida al revés, es una de las máximas diarias para dicha nación. Es fascinante ver desde las cinco de la mañana a millones de chinos que salen a practicar taichichuan, qicong y muchos otros ejercicios. Eso se repite en los intermedios de las jornadas de trabajo y de estudio, y al final de las tardes… por algo la tendencia a la longevidad y a no desarrollar enfermedades degenerativas. Esa misma insistencia por cuidar de la salud se encuentra en los textos de la medicina tradicional china desde la antigüedad, llevando una vida armónica en todos los aspectos, es decir, sin excesos; recomendaciones del alimenticias, de recreación, de descanso y ocio, sobre la sexualidad, las relaciones interpersonales y muchos otros aspectos de la vida, eran temas de todos los días y de todas las personas, que señalan el camino del justo medio como el ideal que se debe seguir. Estas son enseñanzas del taoísmo, la filosofía más antigua e importante de dicha cultura. Tao significa «camino» y sus enseñanzas señalan que debemos empeñarnos en buscar la armonía en todos los aspectos de la vida.
    Cuando viajaba en bicicleta hacia el hospital en Beijing, por las mañanas, observaba a la entrada de los jardines de preescolar a niños de cuatro o cinco años aprendiendo a hacerse masajes en los puntos de acupuntura que mejoran la memoria, la concentración, la visión y, en general, todos los sentidos. También observé cómo a los niños, desde que empezaban a caminar, les ponían pantalones abiertos en la entrepierna para que pudieran, con plena libertad, realizar sus necesidades fisiológicas sin depender para ello de los adultos y no correr el peligro o tener la dificultad de una cremallera o unos botones.
    Con la medicina tradicional china comprobé nuevamente lo que ya había observado desde Colombia: muchas enfermedades y síntomas que no tienen remedio o alivio con la medicina occidental, se resuelven con esa antigua medicina.
    Para Occidente, aquello que en nuestra racionalidad no tiene una explicación lógica lo asimilamos a actos de magia, milagros o curaciones espontáneas. Es interminable la lista de problemas de salud que encuentran una mejor opción en esta medicina, sin pretender que sea una panacea que soluciona todo. Los cólicos menstruales, la miomatosis uterina, las jaquecas o migrañas y los diversos tipos de dolores de cabeza, las dolencias del cuello, la espalda y la cintura, el túnel del carpo y diversas tendinitis, la depresión, la angustia y el insomnio, las diarreas, el estreñimiento, las hemorroides, el asma, las rinitis, las alergias, el reflujo gastroesofágico, las artritis, la neuralgia posherpética y el herpes zoster y genital, son tan sólo algunas de tantas enfermedades posibles de tratar exitosamente con las disciplinas derivadas de esta medicina, como la acupuntura, la moxibustión, las plantas e insectos medicinales, los masajes y la digitopresión, el taichichuan y el qicong.
    Pero si nos atrevemos a romper la gran muralla de prejuicios, de linealidad cartesiana y positivista de causa-efecto que habita y bloquea nuestras mentes, y osamos saltar a un mundo distinto y casi mágico para nuestra racionalidad, nos empezaremos a deleitar con las maravillosas interpretaciones de la realidad basadas en el yin, el yang y sus interrelaciones. Disfrutaremos el reconocer en nuestro cuerpo las vías preferenciales de circulación de la energía vital, que constituyen la red de canales o meridianos de la acupuntura, y los colaterales o puentes de unión entre ellos que los integran y contribuyen a garantizar todas las funciones físicas y mentales.
    Así, comunicados con los órganos internos, dichos trayectos virtuales para la circulación energética expresan cómo lo que ocurre en cada parte del cuerpo está integrado al todo y cómo desde esa misma parte se puede actuar sobre la totalidad. Cada uno de los puntos de acupuntura contiene una información que puede activarse por la punción de una aguja de acupuntura, por un masaje, un imán o un rayo láser blando.
    Sin embargo, algo más lindo y revolucionario es descubrir que para esa antigua mentalidad china la casualidad es más importante que la causalidad. Al respecto, el psicólogo Carl Gustav Jung postuló desde hace casi un siglo lo que escribió posteriormente como parte de su prólogo para el I Ching (Libro de las mutaciones): «La mente china, tal como yo la veo obrar en el I Ching, parece preocuparse por el aspecto casual de los acontecimientos. Lo que nosotros llamamos coincidencia parece constituir el interés principal de esta mente peculiar, y aquello que reverenciamos como causalidad no se toma en cuenta… Las consideraciones teóricas sobre causa y efecto a menudo resultan desvaídas e imprecisas en comparación con los resultados prácticos del azar». A esto lo denomino sincronicidad, entendiéndola como el conjunto de sucesos fortuitos y significativos, no causales, que en determinado momento se reúnen y producen un cambio.
    Aplicada esa sincronicidad a la medicina tradicional china, entendemos que los factores que llevan a producir síntomas o enfermedades se reúnen en un determinado momento y en una persona, en forma casual. Así confluyen aspectos genéticos o hereditarios con determinado momento de la vida de la persona y la exposición a diversos factores patógenos que van desde lo emocional hasta lo ambiental y nutricional. Si somos más fieles a la cosmovisión de la medicina tradicional china, encontraremos allí aspectos ambientales y cósmicos que repercuten en cada ser, por la relación macrocosmos-microcosmos que se produce en cada persona como un microcosmos, con su medio ambiente social, económico, político y planetario como macrocosmos.
    No existe división en esa medicina entre el cuerpo y la mente: todos somos psicosomáticos 24 horas al día.
    Al respecto encontramos en esa antigua medicina la teoría de las cinco fases, elementos o movimientos, que resume en cinco circuitos energéticos —denominado cada uno por el nombre de un elemento de la naturaleza— las relaciones entre los diversos órganos y canales, que se producen en forma analógica con las existentes entre la tierra (bazo, estómago), el metal (pulmón e intestino grueso), el agua (riñón, vejiga), la madera (hígado y vesícula biliar) y el fuego (corazón e intestino delgado), que son los cinco elementos básicos de la naturaleza.

    EL SER CHINO
    Zhonguoren es la palabra que en ese idioma significa «chino». Zhonguo es «China» y ren, «persona». Zhong significa «centro» y su ideograma lo representa como un cuadrado atravesado por una línea vertical, y guo es «país». O sea que Zhongguo es «el país del centro».
    Esa construcción lingüística se corresponde con una idea muy afianzada en ese pueblo: ellos son el centro del mundo y todo el mundo gira en torno a ellos. El mapamundi lo construyen de acuerdo con esa idea: a un lado sitúan América y al otro, Europa y África. Pero además el hecho de sentirse chinos los lleva a decir que en cualquier parte del planeta ellos son chinos y nunca son extranjeros.
    La palabra extranjero se pronuncia waiguoren, donde wai es «externo», o sea personas de países extranjeros. Si aquí entre nosotros estuviese un chino, él diría «Estamos reunidos 200 extranjeros y un chino». En este caso, además de la lingüística, la historia impregna este sentir, especialmente por lo que han sufrido por las invasiones de diversas potencias, que los ha llevado en momentos a hablar, con mucha razón, de los demonios extranjeros.

    EL MAOÍSMO
    Fue curioso el mirar la cara de sorpresa y hasta de burla de los chinos cuando les decíamos que éramos maoístas o que admirábamos al camarada Mao. Así como en Colombia tendemos a ser más papistas que el papa, en aquella época algunos éramos más maoístas que Mao y llegamos sin conocer el contexto de quienes gobernaban en ese momento: la dinastía Deng Xiaoping estaba haciendo todo lo posible por acabar con el legado de Mao, es decir, con las semillas de socialismo que intentaron nacer, y pretendían afianzar una vía nueva al capitalismo, disfrazado de socialismo. En muchas instituciones encontramos las estatuas gigantescas de Mao derribadas y por todas partes escuchamos las historias de los terribles actos de vandalismo, sobre todo contra la ciencia y el arte, que se cometieron en la época de la revolución cultural y que a mi modo de ver, en forma injusta, se le atribuían a Mao, desconociendo el papel determinante que en ese proceso cumplieron Chan Chin y la Banda de los Cuatro, posiblemente a espaldas de Mao.
    El terror que sufrieron los chinos durante esa llamada revolución cultural, que más bien se debió llamar contra la cultura, permanece latente en muchos de ellos, quienes no se atreven a hablar abiertamente con extranjeros sobre sus creencias o experiencias, pensando que tal vez en un mañana ese extranjero, sin desear hacerle daño, puede contar, así sea en este país antípoda de China, lo que algún día un chino le confió y esto pueda llevarlo a ser objeto de represión política.

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LA PINTURA CHINA:
UNA METÁFORA DE LA HUMEDAD Y EL ALIENTO



Por Dioscórides Pérez

    NO SOY HISTORIADOR NI TEÓRICO de los quehaceres artísticos, así que haría pésimos malabares si quisiera saltar sobre los palacios de todas las dinastías chinas intentando un resumen cronológico de cinco mil años de creatividad en escasos 20 minutos de discurso. Para cumplir con esta cita, asalto mi memoria sobre los mil días que permanecí en la tierra de los dragones. Pero, en situación tan comprometedora, donde el olvido ataca o enreda los recuerdos, sería un riesgo avanzar sin antes consultar al oráculo. Lanzadas las tres monedas chinas de cobre al aire, éstas caen indicando el hexagrama 10, Lu, La Pisada —arriba el cielo, abajo el lago—, líneas que advierten que para enfrentar lo fuerte se debe proceder con alegre serenidad y ninguna arrogancia; sólo así se podrá pisar la cola de un tigre sin irritarlo.
    Confiando en la sincronicidad del oráculo, he decidido usar más la imaginación que la razón para bocetar algunas imágenes. Dado mi interés por los mitos, los ritos y las metáforas, trataré de tomar algunas de ellas, no para abordar la pintura y el grabado como lenguaje, sino para que ilustren la idea que tengo de su húmedo funcionamiento.
    En consecuencia, quiero nombrar tres imágenes sobre las que escribiré mis propias palabras y las que he traído prestadas. Les pido que imaginen en la primera un inmenso huevo; para la segunda, estén atentos al trazo invisible del carácter zhong; y en la tercera, que visualicen un oso panda con los ojos maquillados al estilo de los cantantes de rock.
    Empecemos con el huevo. La mención de un gigante que despierta invoca de inmediato la imagen de Pan Gu, demiurgo chino de cuyo cuerpo se originó el universo. Para narrar la historia utilizaré las hilachas de recuerdo que conservo sobre los antiguos mitos vueltos a contar por el escritor chino Zhou Shuren, quien se hacía llamar Lu Xun.
    Si la memoria no me engaña, dice así:
    En un principio, el universo era un inmenso huevo rodeado de negrura y la Tierra y el cielo no se diferenciaban. En medio de esa profunda oscuridad dormía Pan Gu, un gigante armado con una filosa hacha, quien después de un encierro de 18 mil años despertó malhumorado y sintiéndose estrecho, tomó su hacha y partió transversalmente el huevo, creando un cataclismo: las materias más sutiles se elevaron y así surgió el cielo, las más pesadas descendieron y formaron la Tierra.
    Entonces, Pan Gu se colocó entre el cielo y la Tierra como una gran columna para impedir que éstos volvieran a juntarse. Pasaron otros 18 mil años, durante los cuales su cuerpo fue mutando: las barbas y los cabellos se transformaron en las constelaciones, los ojos en el Sol y la Luna, el aliento en las nubes y los vientos, la voz fue el trueno; de los músculos salieron las tierras fértiles y las cinco montañas sagradas, los huesos y la médula se transformaron en el precioso jade y las brillantes perlas, los vellos se convirtieron en las hierbas y los árboles, las venas fueron los ríos, y el sudor se convirtió en la lluvia y el rocío.
    Sin embargo, este mundo que había creado Pan Gu estaba deshabitado; entonces la diosa Niu Wa, muy excitada, se puso en la tarea de amasar arcilla y modelar pequeños cuerpos con forma humana a quienes daba vida con su aliento. Ellos sonreían y de inmediato se ponían a jugar. Los pedazos que sobraban se iban convirtiendo en animales de todo tipo que rápidamente se ocultaban en el bosque. Después de hacer gente, Niu Wa quedó muy cansada y se durmió entre ramas de pino y flores de glicina.
    Pasaron muchísimos siglos, hasta que un día dos titanes entablaron una pelea por el reino. El derrotado quebró con su cabeza la columna que mantenía separados el cielo y la tierra, ocasionando otro cataclismo. El cielo se rompió y se inclinó sobre la tierra, ladeándola: los mares quedaron vacíos y las tierras fértiles se inundaron. Lluvia de fuego caía desde el cielo y los volcanes de la tierra vomitaban lava. La mayoría de los hombres y de las bestias perecieron. Los sobrevivientes hacían ritos y ofrendas pidiendo la ayuda de Niu Wa, quien despertó alarmada viendo cómo los pequeños hombres que ella había creado estaban ahora uniformados con curiosas vestimentas, emitían extraños sonidos por la boca y hacían gestos y reverencias.
    Niu Wa, compadecida, tomó una tortuga gigante, le quitó las patas y las instaló en las cuatro esquinas de la Tierra para sostener y equilibrar el cielo. En seguida, armó una hoguera y cocinó piedras de jade y turquesa, arreglando con la mezcla el cielo roto. Agrupó a los sobrevivientes y los colocó sobre el caparazón de las tortugas, encargando que los llevaran hasta donde encontraran tierra firme. Niu Wa descansó sobre el pantano y su cuerpo se transformó fertilizando la tierra. En su estómago se asentaron posteriormente los hombres que nombrarían las arcillosas tierras del río Amarillo como reino del centro.
    Fue precisamente uno de estos hombres, Sang Chie, quien trazó los primeros signos escritos a partir de las figuras mágicas y adivinatorias con que los dioses respondían en el oráculo. Ese día, los dioses del cielo y de la Tierra desencadenaron su ira: arrojaron fuego, rompieron las montañas y desbordaron los ríos, al enterarse de que los hombres habían robado la palabra, inventando el sentido de los signos aparecidos en el caparazón de las tortugas. Antiguos mitos cuentan que a partir de entonces los hombres se comunicaban con los dioses untándose sangre animal en los labios para vociferar palabras de solicitud y reverencia. Pero para comunicarse con los demonios acudían a signos escritos sobre huesos y tablillas que eran enterrados junto a los muertos. Por eso los jiagu wen —escritura en concha de tortuga— se han encontrado en las tumbas, mientras que las palabras pronunciadas reverberan todavía en los confines del cielo.
Después de graficar sobre los omoplatos de cerdo y las conchas de tortuga, los chinos empezaron a trazar ideogramas sobre arcilla o tablillas de bambú y a tallarlos sobre madera y piedra; posteriormente fundieron signos e imágenes en los metales. A partir de los ideogramas adivinatorios, los chinos dieron los primeros pasos en la abstracción del pensamiento y a lo largo de los siglos desarrollaron varios estilos de caligrafía, cuyas reglas de escritura y principios estéticos resultaron siendo los mismos para la representación de imágenes y contagiaron además todas sus expresiones culturales.
    Desde que inventaron el papel, el pincel y la tinta, llamados los tesoros del arte chino, la caligrafía y las imágenes se trazan sobre papel de arroz o seda, usando agua y tinta china. Mi maestro, Yang laoshi, me hizo entender cómo a la pintura china la rigen la humedad y el aliento, por naturaleza y como concepto. El más antiguo grabado en madera, el Sutra de Diamante, impreso durante la dinastía Tang en el siglo IX, fue hecho en China utilizando tinta negra y agua.
Los frotados, para obtener copias de las caligrafías talladas en las estelas de piedra, se realizaban adhiriendo a la superficie un papel humedecido con una sustancia viscosa de origen animal que permitía que éste penetrara en los bajorrelieves; al secar, el papel quedaba como una piel templada, sobre la cual, con pomos humedecidos en tinta, se iniciaba la magia de hacer aparecer los caracteres y las imágenes, cuyos trazos blancos se destacaban sobre el ennegrecido fondo. El toque secreto de esta técnica sólo podía entregarse de maestro a discípulo.
    Los textos y dibujos de las matrices en madera, que permitían millones de copias, se tallaban tradicionalmente sobre la fina textura de la leña del peral; su superficie debía humedecerse apropiadamente con agua y untada de tinta hábilmente, para proceder a recuperar, con pacientes caricias, las imágenes sobre el delicado papel de arroz.
La infinita posibilidad de matices que se podían obtener con la tinta negra y la versatilidad que alcanzaron los pintores para representar el universo con un solo tono impusieron lo monocromático como lenguaje, pero si se deseaba color, se usaban especialmente el turquesa y el cinabrio de la acuarela.
    Se dice que lo más importante en el arte chino son el pincel y la tinta, y por medio de ellos, como método, el trazo. El que domine los trazos con armonía y proporción en la caligrafía será también un buen pintor, ya que «un carácter es una abstracción pictórica, en tanto que una imagen pictórica se hace con las mismas leyes de un ideograma». Pero es hora de mencionar también el aliento. El control del pincel se logra después de dominar la respiración y equilibrar el qi en el cuerpo. La posición vertical del pincel, uniendo el cielo y la Tierra —tal como la columna vertebral en la práctica del taiji—, permite que la energía circule por el cuerpo del artista y se manifiesta a través del brazo, la mano y el pincel, dejando sobre el papel la huella oscura del luminoso aliento. El aliento es espíritu. Una caligrafía sin qi es un grupo de espinas o huesos muertos, una imagen falta de aliento es sólo una oscura mancha.
    A pesar de que los caracteres llevan el espíritu y la emoción del calígrafo y los trazos expresan su personalidad, éstos no deben perder las leyes de la simetría, el equilibrio y las proporciones adecuadas que permitan entender su sentido semántico. «Las mismas leyes rigen para la pintura, más si se tiene en cuenta que aquí la representación debe tener tal equilibrio entre figura y fondo que evidencie la relación de la imagen con el microcosmos que se representa». Siguiendo estas leyes y usando el impulso del aliento vital, «en un trozo de papel se puede pintar el infinito». Las instrucciones de la estética china para dibujar una piedra, la caña y las hojas del bambú sopladas por el viento, un hombre que duerme, un caballo al galope, una delicada peonía, el grillo sobre una berenjena, el loto abriéndose y la carpa nadando en su estanque, son similares a las que se emplean para escribir sus nombres: los trazos son iguales, sólo que unos desencadenan la palabra sonora y los otros abren el papel a la dimensión de las formas.
    Una imagen es también una abstracción de lo real, pero gracias a la energía qi que la inunda posee un poder de atrapamiento que invita al observador a penetrar en ella. El papel se convierte, por arte de la húmeda sangre del dragón, en un microcosmos, organizado de tal manera por la imaginación del artista que podemos entrar en la pintura, tal como hizo el viejo pintor Wang Fo, quien escapó de las manos asesinas del emperador en una barca pintada por él mismo. Pero igualmente las formas pueden saltar desde el papel, como lo hicieron los dragones voladores que un artista había pintado sobre un muro. Habiéndolos dibujado intencionalmente sin ojos, aceptó la exigencia del emperador para que se los colocara; pero le advirtió que, de hacerlo, los animales escaparían; y así fue: cuando dio la última pincelada a las pupilas de los dragones, éstos destrozaron el muro y volaron al cielo.
    El agua, que proporciona la humedad esencial al arte chino, se origina simbólicamente en el cielo. En las nubes habita el dragón, mítico animal que cuando se enfurece echa rayos y centellas y se abalanza como lluvia sobre la montaña; toma cuerpo de cascada para bajar serpenteando entre las rocas y los pinos, llega al lago donde descansa, luego avanza por el río hasta arribar al mar, donde se encrespa y se eleva nuevamente al cielo.
    En la antigüedad, e incluso hoy día, dominar la fuerza del dragón sobre la Tierra ha sido una preocupación constante del pueblo chino. Un hombre que dominara las inundaciones era elevado al trono del dragón y llamado hijo del cielo. Los tratados de estética mencionan que «la tinta es capaz de inundar la tierra y se debe controlar con una montaña de pinceles».
La barra de tinta es como la vena del dragón, su esencia es yang, pero cuando el agua la disuelve y cae al tintero, se vuelve yin por virtud de las mutaciones. En la acción pictórica el yang es el pincel y el yin sería el papel. Pero como nada está quieto, cuando la vena del dragón cae sobre el inmaculado papel y lo inunda, la tinta es nuevamente yang, esencia húmeda que va gestando las formas sobre el blanco vacío del papel de arroz.
    Así, la relación entre la tinta y el pincel es tanto cosmológica como técnica y sus mutaciones son constantes y sutiles. La acción en la caligrafía y la pintura es una hermosa danza del yin- yang.
    El papel era altamente valorado pues representaba el vacío, sitio donde habitan los diez mil seres. Desde siempre los signos trazados sobre el papel se consideraron algo sagrado, y se tenían funcionarios y sitios especiales para quemar los papeles que se encontraran abandonados en el piso. En las lamaserías budistas, los devotos queman grabados de sutras e imágenes para que los textos y los mandalas, convertidos en humo, hablen e intercedan por ellos ante los dioses. Los médicos tradicionales recetaban imágenes xilográficas que el enfermo debía ingerir para que monstruos y guerreros espantaran el espíritu de la enfermedad. Los pinceles se fabrican con todo tipo de pelos de bestias y de plumas, mientras que los tinteros se tallan en finas piedras adornándolos con relieves de tigres, dragones, aves fénix y unicornios.
    Ahora viene la segunda imagen: el carácter zhong: compuesto por un rectángulo horizontal y un trazo vertical que lo parte en dos; éste significa centro o medio. Es el primer carácter de la palabra que da el nombre a China: Zhong Guo, país del centro.
Allí, cuando dos personas no se ponen de acuerdo en el sentido de la palabra pronunciada, lo aclaran dibujando el carácter correspondiente con el índice izquierdo sobre la palma derecha.
    El pincel y el trazo son las claves del arte y la caligrafía. Antiguos tratados llegaron a mencionar 32 trazos para un carácter, lo cual era también un amplio abanico de posibilidades técnicas para representar a todos los seres en la pintura. Siete trazos para el carácter que significa yo, 11 para usted, 19 para café, 4 para corazón, 2 para el número siete, 13 para la figura de un gallo espolón, 8 trazos diluidos para un pez, 8 manchas superpuestas y 10 trazos delgados para una langosta, 999 trazos de escama y espina para un pino, ninguno para la nube y la neblina en la pintura, pero varios cortes en espiral cuando se talla la madera; acuarela esfumada y suaves frotados, repetidos 36 veces, para hacer una copia xilográfica del cielo azul de la primavera, y apenas un ligero toque de rosa en los pétalos de la flor de loto que se abre en el estanque.
    El trazo del pincel seco es una de las técnicas más difíciles de lograr, ya que su expresión es rota, rasgada, de espíritu excitante. La mancha requiere el control supremo del aliento para evitar la inundación indeseada. Una mancha puede tener infinitas gradaciones tonales gracias al misterioso juego entre el agua y la sangre del dragón.
    Existen varias especialidades de la pintura tradicional china: montaña y agua, pájaros y flores, y personajes. Debemos agregar también la caligrafía, los sellos, la xilografía y los frotados. Sus motivos son la naturaleza y sus mutaciones, todos los animales del aire, la tierra y el agua, las bestias míticas y los hombres, los espíritus, los demonios y los dioses.
    La pintura de montaña y agua es la más apreciada por los chinos, que saben ver en ella la calidad del trazo, la composición y el manejo de la vena del dragón, pero especialmente su energía y el poder de la reticencia: el blanco del papel, que como invisible neblina oculta la montaña, el vacío que representa la nieve, la nada del viento que sostiene el vuelo de la grulla, una sutil aguada que no deja morir al pez, la rabia que brota de los ojos y las barbas del guerrero, el aliento detenido en el rostro plácido del Buda, la constelación trazada en el cielo o la delicada flor del durazno brotando de la rama que marcan el ritmo de las estaciones.
    En la pintura china, imagen y texto conviven en un mismo espacio y son un reflejo de la otra estructurando un hermoso juego especular. De una hermosa forma, los pintores mezclan sobre el vacío los trazos de la palabra poética y la imagen de las formas en una sola composición, expresando, gracias al ritmo y al equilibrio de ambas, el sonido de la palabra y el aliento de vida de la imagen. Los caracteres de un poema flotan como nubes en el cielo, cabalgan como potros salvajes sobre los riscos de la montaña o se abren como follaje de bejucos para dejar pasar al enfurecido tigre que avanza. Terminada la obra, el artista toma un sello de piedra o de metal y estampa su nombre en color rojo sobre la arrugada superficie que todavía suda vida, acaricia el pliego con la mano y lo enrolla cuidadosamente.
    Todo esto sucede en el papel, puesto siempre en posición horizontal sobre un fieltro y gracias al equilibrio del pintor entre su aliento y la vertical del cuerpo, que del ombligo hacia arriba está clasificado como yang-cielo y hacia abajo como yin-tierra. Es oportuno mencionar ahora tres cosas fundamentales para el espíritu, que en la práctica del arte chino deben percibirse e instalarse en el cuerpo: 1) experimentar el vacío; 2) sembrar bambú en el corazón; 3) atender la resonancia. Ninguna de ellas se puede realizar sin llevar la respiración al «mar del qi», un punto situado un poco más abajo del ombligo.
    Para la primera, se debe aprender a escuchar los sonidos del silencio y a sentir cómo desde el vacío de la naturaleza y del papel emergen todas las cosas. Basta con hacer que el qi individual entre en armonía con el silencioso vacío, para que se pueda escuchar lo inaudible y las formas, que están ansiosas por surgir, aparezcan. Aquí, «cada quien sueña lo que se merece», no hay suerte ni azar, opera la ley de la sincronicidad.
    La segunda incita a sembrar bambú en el corazón; se trata de hacer empatía con la naturaleza, de tal manera que «las formas penetren en nosotros, inundándonos de su significado secreto». Este ejercicio de meditación requiere un estado espiritual llamado «corazón vacío» para que los retoños del bambú puedan echar raíces sin impedimento. El bambú crece cañuto por cañuto, a buen ritmo, pero tarda muchos años en florecer. Atención, aliento y mucha paciencia son necesarios.
    La tercera recomendación es estar atento a la resonancia, que se manifiesta como una especie de gong o de campana. Cuando éste suena, se produce un ligero temblor en todo el cuerpo; empieza por los miembros inferiores, pasa a la cadera, explota desde el estómago hasta el corazón y se irradia desde allí hasta los miembros superiores, bajando por los brazos hasta la mano. Cabe anotar que la ruta de la resonancia, mencionada por la estética taoísta, es la misma de la energía qi que circula por el cuerpo durante los ejercicios de taiji. La resonancia convierte la mano del artista en una especie de aguja de sismógrafo que va trazando las vibraciones interiores, y las imágenes surgidas desde el corazón son entonces la huella de su aliento.
   Han Yu (768-824), en su texto La misión de la literatura, nos explica que, paradójicamente, los hombres y las cosas resuenan cuando se rompe su equilibrio. «Los árboles y las hierbas son silenciosos: el viento los agita y resuenan. El agua está callada: el aire la mueve y resuena; las olas mugen: algo las oprime; la cascada se precipita: le falta suelo; el lago hierve: algo lo calienta. Son mudos los metales y las piedras, pero si algo los golpea, resuenan. Así es el hombre. Si habla, es que no puede contenerse; si se emociona, canta; si sufre, se lamenta».
    Se debe estar siempre preparado: el cuerpo dispuesto, el aliento profundo, el papel, la tinta y los pinceles listos para cuando la resonancia nos inunde. Dicen los tratados que la mano también debe estar vacía, esperando la explosión del corazón, pero que es la mente la que conduce finalmente el pincel.
    Para cambiar de tiempo y situarme en el ahora, les pido que imaginen para la tercera imagen a un osito panda de cara blanca, con los ojos maquillados de negro al estilo de un rockero del grupo Kiss; esta imagen, que no resulta para nada estrambótica en la China actual, me sirve para contar que las técnicas y los motivos de la pintura tradicional están profundamente arraigados en la cultura china y que su estética no cambiará fácilmente, a pesar del caleidoscopio de imágenes que forman los grandes pasos de cristal y acero que da el gigante que despierta. El maquillaje que adoptan ciertas formas de expresión es producto de la imitación exigida por el mercado extranjero. A los turistas les encanta la novedad, y hay un mercado de imágenes producidas exclusivamente para ellos; especies de espejos donde ven reflejada su propia imagen y pagan bien por el exotismo de nombrarla en la lengua más extraña de la Tierra.
    Desde hace muchos años, las técnicas del arte occidental son ampliamente conocidas y practicadas por los artistas; el dibujo, el óleo, el acrílico, la serigrafía, la litografía, las diferentes posibilidades del grabado en metal se trabajan profusamente en todas las academias. Pero al mismo tiempo siguen trabajando y exportando, cada día con mayor alcance, su arte tradicional, difícil de imitar en Occidente, pues ya vimos que se basa en la caligrafía, en refinados y esotéricos principios estéticos, en el conocimiento del idioma y en la práctica de las artes respiratorias y de movimiento corporal, como el taiji.
    Entre las piernas del gigante, algunos artistas se atreven a representar el mundo con imágenes y formas tradicionales mutadas oníricamente o tomadas de la cultura occidental, pero el grado de tolerancia es reducido y el Estado mantiene el control para que la expresión artística acate sus directrices. En mi época de estudiante en Beijing, la consigna para los artistas chinos era exaltar los valores del pueblo y la identidad de sus gentes; cualquier imagen que se apartara de este principio era considerada negativa y censurada por el Estado, pues «dañaba el ojo del pueblo introduciendo en su mente perturbaciones que lo desviaban del propósito común», que era trabajar por el desarrollo y proteger la seguridad nacional. Pero, por otro lado, también exaltaba grandemente el valor personal y la obra de los viejos pintores y calígrafos, impulsaba la expresión tradicional en las escuelas de arte y era muy celoso con los secretos de los oficios. Algunas técnicas de cerámica, de anestesia acupuntural y de artes respiratorias se consideraban patrimonio nacional y no debían enseñarse a los extranjeros.
    En el año 1990 existió, en las afueras de Beijing, un barrio de jóvenes artistas que hacían pintura, fotografía, video, performance e instalaciones inspirados en tendencias conceptuales del arte occidental, gracias a la anuencia del Estado, pero éste se disolvió. El arte conceptual y los performances, inspirados desde hace más de 25 años por los collages de Rauschenberg, exhibidos en el Palacio de las Artes, y las obras de teatro extranjero que llegaban a la capital, siguen siendo juegos experimentales importantes en las academias, pero fuera de ellas se miran como una forma muy dudosa de representar el sentimiento del pueblo. Aun así, los jóvenes artistas continúan trabajando en ello, usando variadísimas y originales formas de expresión y palabras en inglés, con tanta pasión por la libertad de expresarse con otros signos, como la que aplicamos nosotros para hacer empatía con sus delicadas manchas y gestuales trazos y con la belleza de sus caracteres.
    Algunas pinturas, performances e instalaciones, que usan la memoria histórica en forma crítica, urdida con mitos e iconos extranjeros, se exponen en galerías de Hong Kong y en la Bienal de Shanghai, mostrando el grado de tolerancia y autocrítica del Estado, pero además porque este tipo de arte constituye el rostro mutante del arte chino, producto del nutrido intercambio económico y cultural con Occidente, y porque es también una buena fuente de divisas.
    Por otro lado, así como el país es capaz de fabricar cualquier producto en la cantidad que se requiera, existen millones de excelentes artistas de la imagen y los volúmenes que pueden producir o reproducir cualquier obra de arte tradicional chino o de la pinacoteca occidental, en cualquier técnica y material, con una calidad que se sitúa en la excelencia.
    Además, están avanzando también con pasos de gigante en las técnicas del arte digital. En China hoy día hay unos diez millones de computadores, cifra que aumentará de modo vertiginoso. El programa de animación Flash se ha convertido en una herramienta con la que la imaginación de más de 20 millones de internautas está trabajando febrilmente, aprovechando la libertad que brinda el territorio oculto del laberinto de la red. En una década, apoyados en nuevas tecnologías, de seguro habrán sobrepasado, por imitación o resonancia, las propuestas de videoarte occidental en que se inspiran, y creado formas de ver y de sentir que nos impondrán otra manera de percibir el mundo. Hoy día, las manos de millones de obreros chinos visten al mundo y lo están poblando en forma contundente con objetos y aparatos de todo tipo, los mercaderes multiplican y expanden las modernas rutas de la seda, sus artes respiratorias nos invitan a encontrar la armonía con sus ejercicios de movimientos lentos y su medicina tradicional ofrece curarnos con su terapia de agujas y rejuvenecer con su té verde. Además, resulta inevitable, que sus jóvenes internautas nos internen en el laberinto virtual, donde todos empezaremos a conocer el significado de sus caracteres, la estética de sus imágenes y el sentido de su palabra poética, gracias al ojo rectangular de un computador. Pero estoy seguro de que el delicado papel de arroz, la tinta con su olor a pantano y el pincel de cerda y bambú se seguirán utilizando en China para imprimir las imágenes que espantan los demonios cuando llega la primavera, escribir las palabras que propician prosperidad y larga vida y pintar sobre el vacío el infinito.

    Notas
•Las palabras escritas en pinyin pueden llevar algunos de los cuatro acentos de la lengua Hanyu. Es necesario identificarlos para su correcta pronunciación. Si el lector desea arriesgarse puede consultar en www. practicepinyin.com.
•Chi es el pinyin más conocido para referirse a la energía vital de la naturaleza china, pero realmente debe escribirse Qi (qi de qi gong). Para taichi el sonido correcto indica transcribir taiji.

    Bibliografía
Breve diccionario chino-español, Beijing, Editora Comercial, 1983.
Cheng, François, Vacío y plenitud, el lenguaje en la pintura china, Venezuela, Monte Ávila Editores, 1985.
Correcciones de pinyin, Yuan laoshi, Bogotá, Centro de Recursos Alex, Universidad Nacional.
El taijiquan, una forma del Kunfu, Beijing, edición de China Reconstruye, 1966.
Los clásicos de la literatura, SEP, México, Fernández Editores, S.A., 1978.
Maillard, Chantal, La sabiduría como estética china: confucianismo, taoísmo y budismo, Madrid, Ediciones Akal, S.A., 1995.
Manual elemental de chino moderno, Beijing, Ediciones en Lenguas Extranjeras, 1981.
New Practical Chinese Reader, Project NOTCFL of the People’s Republic of China.
Ocampo, Estela, El infinito en una hoja de papel, Barcelona, Icaria Editorial, S.A., 1989.
Racionero, Luis, Textos de estética taoísta, Barcelona, Barral Editores, 1975.
Revista El Paseante, «Número triple sobre taoísmo y arte chino», N°s 20-22, España, Ediciones Siruela, S.A., 1993.
Wang Jia Nan, Cai Xiaoli, Curso de pintura china, Londres, Quantum Publishing, 2004.
Wilhelm Richard, I Ching, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1996.
Xun lu, Mitos chinos vueltos a contar, Beijing, Editorial de Lenguas Extranjeras, 1980.

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APUNTES PARA UNA EXPOSICIÓN

 

Por Humberto Dorado

    «Quisiera ir a la China para orientarme un poco».
Blas de Otero

En la primavera de 1983 hice un viaje a China, cuando el gigante estaba apenas despertando y el terremoto de Popayán todavía no había ocurrido, con el raro privilegio de estar allí con la triple condición de invitado político, artístico y técnico, lo cual me dio la posibilidad de mirar un poco más allá de las fachadas, la vida y la cultura del país. Enmarco y resumo algunos de los que los brasileños llamarían dicas y que en los computadores aparecen como tips para viajeros candorosos, dispuestos al asombro de una experiencia única. En realidad, deben considerarse sólo como apuntes para una exposición.

    1
    Hay experiencias imposibles de transmitir fiel y cabalmente. Ni la escala, ni el idioma, ni la cultura, ni siquiera los gestos, nada siento que en el caso de China pueda dar una idea de la realidad. Parafraseando a Alessandro Baricco en su novela Océano mar, de la vivencia de China lo más claro que puedo decir es que «Es una cosa grande».
Viajé dentro de la gira de un grupo de teatro de una clara confesión maoísta —por lo cual lo invitaron— y que como tarea montó una obra musical, Los andariegos, de Jairo Aníbal Niño, y un programa doble cuya primera parte consistía en una muestra de danzas colombianas ejecutadas por los mismos actores y coreografiadas por Álvaro Camacho, y cuya segunda parte era un concierto de salsa con el Son del Pueblo. Aparte de actuar y de bailar, fui asignado como jefe técnico, encargado de coordinar el montaje y la iluminación de los espectáculos. Esto me permitió tener una que otra ventaja libertaria dentro de las estrictas pautas de turismo exclusivamente estatal que el gobierno chino promovía por entonces con gran éxito. De hecho viajamos en un Jumbo 747, de Pan Am, Los Ángeles -Tokio- Beijing, repleto de turistas gringos con T-shirts negras que en letras amarillas decían «Nasty»; al menos 250, según pude calcular días más tarde en la Ciudad Prohibida. Los minuciosos funcionarios chinos no olvidaron preparar una atractiva agenda cultural para nuestro grupo. De modo que además de mi triple condición, pude disfrutar de una cuarta, ésta, la de los nasty: la de turista.

    2
  Lo que más me impresionó fue la escritura. La escritura mediante ideogramas. De la representación gráfica de un concepto, un trazo de un hombrecito con las piernas y los brazos abiertos como el hombre de Vetrubio que propusiera Leonardo da Vinci siglos más tarde de la invención de la escritura como modelo de proporciones armónicas, por ejemplo, surge, rodeado también por un círculo pero que en este caso representa el mundo, el carácter «China»; China es el centro del mundo. Ya lo había experimentado Marco Polo cuando tomó posesión de la China en nombre de la Serenísima República Independiente de Venecia y el emperador le mandó la cuenta a la Serenísima por sus siglos de impuestos pendientes. Por eso un chino —como concepto— no se siente extranjero en ninguna parte del mundo, ya que el mundo es parte de la China y no al revés. No me extraña que el signo que representa China sea la expresión más simple del ego del gigante que estaba despertando.

    3
    La escritura es, además, un ejercicio pictórico. Los caracteres de la escritura dibujados con tinta y pincel son el primer ejercicio de expresión, después del habla; éste es definitivo, especialmente para los pintores y, desde luego, para los calígrafos. Y como cada ideograma tiene un significado y representa un concepto, tiene también su etimología, su contenido y su historia. Escribir es, pues, un acto simultáneo de belleza y de sabiduría. Un poema chino tiene un diseño sólido —como la medida, los acentos y la rima del soneto entre nosotros—, pero visual. Con un componente adicional que me pareció maravilloso. Nuestro viaje de más de 1.200 kilómetros desde Beijing y Jinan, cruzando el Hoang-Ho, el río Amarillo, hasta Nankín, la antigua capital imperial, luego la ciudad universitaria y tecnológica de Hefei, y finalizando en la descomunal Shanghai, al lado de las bocas del Yang-Tsê, el río Azul, de norte a sur por el centro de la zona poblada del este, que es relativamente pequeña en relación con la superficie de más de tres millones y medio de kilómetros cuadrados y a los por entonces 1.200 millones de habitantes, quienes hablan más de cincuenta y pico de dialectos, entendiendo por dialecto el habla que ya no se comprende de una provincia a otra. Son lenguas distintas que se escriben o, mejor, se dibujan igual. Un poema es como un mapa en el cual los trazos son convencionales. Pero cada región es diferente. Y un chino entiende y aprecia los caracteres de un poema. Aunque en cada dialecto se pronuncie distinto, «significa» lo mismo. Un elemento importante de la belleza de un poema es su forma visual.

    4
    El aprendizaje por medio de la escritura es primordialmente acumulativo, como la ciencia. A medida que se va aprendiendo a dibujar caracteres, se van acumulando conceptos. No es posible dibujar un carácter si no se conoce el concepto que expresa. Por eso la sabiduría se mide por la cantidad de caracteres que una persona pueda escribir o manejar. Nosotros, con las letras del alfabeto, tenemos la posibilidad de escribir palabras cuyo significado no conocemos. Hay muchas cosas de las cuales podemos escribir el nombre, pero no sabemos con exactitud a qué corresponde. Para nuestro espectáculo llevábamos unos tubos fluorescentes de luz violeta que en aquel tiempo se denominaban en las discotecas «luz negra», que solamente los técnicos de Shanghai que habían viajado al extranjero conocían, pero no así los de Beijing. Al contraponer los caracteres «luz» y «oscuridad», se creó una enorme confusión por la contradicción semántica; el intérprete lo declaró francamente explicándome sobre un papelito en el que había dibujado los dos caracteres contrapuestos: «Luz negra no existe». En efecto, las interrelaciones de los caracteres hacían que éstos se anularan entre sí. Las propiedades de conmutatividad y transitividad funcionaban también para la lógica de la escritura. La única prueba que aceptaron, pues la discusión resultó estéril, fue cuando después de desmontar una lámpara fluorescente del hotel e instalarla en el escenario, el ejército de asistentes de luz y tramoya empezó a mirarse en la oscuridad los dientes refulgentes y brillantes, como si flotaran en la nada. Y comenzaron a reírse a carcajadas. El intérprete se me acercó y me dijo, con tono contrito: «El carácter “luz negra” es el que no existe, porque no lo conocíamos». Y mientras lo decía me miró los dientes sonrientes y también soltó la carcajada. Después me contó que había reportado el caso a un departamento estatal de lingüística que se encarga de estudiar nuevos caracteres. En todo caso, al final de la gira dejamos un tubo de luz negra de regalo. Por si acaso.

    5
    La Ópera de Beijing es una escuela que se encuentra en todo el país. Aun en algunas ciudades pequeñas hay «ópera de Beijing». Cuando recibí las instrucciones para la representación de nuestra obra, no tenía la menor idea de cómo iba a entender el público una obra de teatro cantada y hablada en español; sin embargo, el traductor aclaró que eso no tenía problema y mencionó que íbamos a trabajar con el «mismo sistema» que se usaba en la ópera. Con un proyector de diapositivas sencillo, se proyectaban en un lateral del teatro los caracteres dibujados, con el texto de la obra. Digamos que unos subtítulos como los del cine, pero verticales. Pregunté para qué lo hacían en la ópera y obtuve dos explicaciones: la primera es que el público estaba compuesto también por representantes de las minorías, que no entendían el texto hablado o cantado pero sí el texto escrito. La otra, que me sorprendió, es que en muchos casos el público local tampoco entiende, ya la «letra» de muchos pasajes o ya parte de las palabras, por las dificultades para articular el canto del sistema musical pentatónico y además porque muchos de los textos de la ópera tradicional no están en chino. Y mencionaron casos de óperas que están escritas originalmente en sánscrito y latín, o que incluyen palabras en estas lenguas. Si bien la ópera es un género relativamente moderno, pues surgió a finales del siglo XVIII y comienzos del XIX, utilizó historias mucho más antiguas que dejó en su idioma original. De modo que el público estaba acostumbrado a oír espectáculos en lenguas que le eran extrañas. Y a leer los subtítulos, tal como lo comprobé en la función que presencié en la capital. Las cabezas del público chino se alternaban entre mirar de frente al escenario y hacia la izquierda, donde aparecían los subtítulos, como viendo un partido lento de ping-pong. Un detalle que me llamó la atención y que no puedo dejar de mencionar es que la gente fumaba libremente y escupía en todo Beijing, incluso en la platea del teatro de la ópera.

    6
    La Ópera de Beijing, una de las cerca de 300 escuelas o estilos de ópera que existen en China y sin duda la más conocida, es una combinación de danza, canto y artes marciales con acompañamiento musical en vivo, que exige un endemoniado entrenamiento que empieza desde la infancia, tal como aparece en la película Adiós a mi concubina. Dirigida por Chen Kaige, basada en la novela de Lilian Lee y con guión de ella misma, en colaboración con el guionista Li Wei, la película se filmó en 1993, diez años después de mi visita. Esta escuela, de dura y prolongada disciplina, forma artistas de unas dimensiones extraordinarias de expresión y habilidad.
En los años veinte y treinta, el nombre del actor Mei Langfang era admirado por críticos y profanos en sus papeles femeninos y adquirió celebridad mundial. Quienes lo vieron y dieron testimonio afirman que a través de sus delicados, refinados y bien controlados movimientos transmitía con insospechada profundidad y vitalidad los sentimientos femeninos, con una elegancia y grandeza que sobrepasaban el asombro.
Hablando de Mei Langfang, en un encuentro con un elenco de la Ópera de Beijing de otra ciudad pude oír de viva voz —traductor mediante, por supuesto— un testimonio que revela la enorme diferencia entre nuestra mentalidad y la del artista chino. En la obra que vimos, una representación de un héroe que salva a una aldea de la amenaza de una fiera, una historia muy sencilla pero ejecutada con una asombrosa destreza en la cual aparecía un personaje enano, o mejor, un ser bajito, como prefería mi amigo Guri-Guri que le dijera, el actor, de estatura normal, se amarraba los pies con una cuerda de una manera particular y, en una limitación extrema —el amarre era cubierto con el faldón que constituía su vestuario—, se movía con una enorme naturalidad y ejecutaba pasos de danza y de combate casi inverosímiles. Él nos contó que ese era el único papel que representaría en su vida. Y su principal estímulo era la búsqueda de la perfección. Nada más.

    7
    Durante la revolución cultural, la Universidad de Beijing fue cerrada varios años. Al revisar las carreras que se interrumpieron, no figura arquitectura. Ya un arquitecto colombiano me había advertido de este punto. Cuando llegamos a Beijing, una ciudad gris-parda que parecía estar cubierta de un polvo perenne, resultaba deslumbrante la arquitectura monumental antigua, pero no así su parte moderna, dominada por los edificios de clara e inhóspita des-inspiración de la última arquitectura soviética; tal cual era nuestro «moderno» hotel, que parecía desapacible desde su estreno y rodeado de barrios con viviendas de apabullante simplicidad. Las necesidades y características de la casa china ya estaban resueltas, los monumentos se hacían por maestros constructores con patrones tradicionales o con modelos y planos rusos. Entonces, ¿para qué la carrera de arquitecto? Con el programa de promoción del turismo, decidieron hacer un hotel en un lugar que adoran los pequineses (hoy, «¿beijinenses?»): la «colina perfumada», una montaña sembrada de jengibres y de otros árboles de aromas. Para esto repatriaron ni más ni menos que al arquitecto cantonés, nacionalizado estadounidense, Ieoh Ming Pei, quien seis años más tarde construiría la pirámide del Louvre en París. Al ver las imágenes de la China de hoy, es claro que la arquitectura del gigante se despertó y de una se puso de pie, pues los bosques de rascacielos en las grandes ciudades y la belleza de sus construcciones en general son de una elegancia tan imponente, que ha transformado totalmente el paisaje urbano.

    8
    Estuvimos en dos monumentos funerarios y en la parte abierta al público de la Ciudad Prohibida, en las inmediaciones de la plaza mayor, la no siempre bien recordada pero sí bien conocida Tiananmen. En China no se usa la llamada proporción áurea, que se aplica con tanta frecuencia y asiduidad en Occidente y que permite al ojo tener al rompe una idea de los tamaños y sus relaciones. En China puede ocurrir que nada es lo que parece. Y esto desconcierta en no poca medida. Es curioso que los efectos ópticos produzcan percepciones equívocas. En el Templo del Cielo, por ejemplo, si uno se para debajo de la cúpula, en el interior, tiene la sensación de estar bajo un enorme firmamento, ni más ni menos; si lo compara en alturas, es una cúpula de tamaño corriente, si esto quiere decir algo. Y al contrario, la plaza Tiananmen es mucho más grande de lo que parece. Es enorme. Los adultos elevan cometas multicolores de dimensiones heroicas, que se ven pequeñitas en el espacio gigantesco de la plaza (a propósito, en la famosa imagen del joven que se enfrenta a un tanque de guerra, nunca se ve la plaza; mis amigos locales me contaron que la tristemente célebre matanza de Tiananmen no fue en la plaza sino en las calles de acceso; lo único que reconocí en las imágenes fue, justamente, algunos ángulos de la avenida Changan, que es, perdón, como nuestra carrera séptima. Esa famosa escena del David contra el gigante fue captada por el camarógrafo de Televisión Española, agencia noticiosa que en la época dirigía nuestro compatriota Juan Restrepo).

    9
    La Ciudad Prohibida es un conjunto arquitectónico hecho en múltiplos de nueve. Cuenta con 9.999 recintos, y cada patio, puente o terraza tiene diferencias de nueve escalones. Esta ciudadela fue palacio imperial de las dos últimas dinastías y la sede principal del gobierno desde 1949. El múltiplo nueve podría parecer una clave cabalística o numerológica, o quizás ocultar un enorme secreto, pero no es así. La explicación «de guía» fue muy elemental: el emperador era hijo del cielo y no podía poner los pies en la Tierra, de modo que una escalera de más de nueve gradas daba el ángulo máximo al que podía inclinarse el trono móvil, pues de lo contrario el emperador podría rodarse. A partir de esa condición, se construyó el palacio más grande del mundo. China no puede ser un país. Todo lo tiene de imperio. Digo yo. Las imágenes de la Ciudad Prohibida fueron magistralmente fotografiadas por Vittorio Storaro para la película El último emperador, de Bernardo Bertolucci, basada en la autobiografía, efectivamente, del último emperador, Puyi; la cinta se estrenaría en 1987, cuatro años después de mi visita. Dos décadas antes, de 1959 a 1963, el emperador trabajó en el Jardín Botánico de Beijing.

    10
    Es casi obligatorio tomar la sinuosa carretera de 70 kilómetros para visitar Badaling, en la Gran Muralla, una de las maravillas del mundo. Esta defensa militar, a decir de Borges «casi infinita», es la única construcción humana que puede verse desde el espacio exterior, y de hecho cosmonautas circunviajantes la han fotografiado. Si bien la parte reconstruida donde estuvo el presidente Nixon data de la penúltima dinastía, los Ming, en el debate acerca del culto a la personalidad se le restó importancia, hasta el punto de aparecer apenas en la información turística sobre la Muralla el nombre del emperador She Huang-ti, escrito también Qin Shi Huangdi, su artífice. En la historia, en resumidas cuentas este rey de Tsin trabajó para el futuro, reduciendo bajo su acción a los Seis Reinos y ejecutando el primer y más radical intento de borrar el sistema feudal en su propio meollo: quemó todos los libros que «la oposición invocaba para alabar a los emperadores anteriores», así como los manuscritos de Confucio y otros libros sagrados. Su manera de aniquilar a la oposición fue imponer, por eliminación, la idea de que la historia empezaba con él. No nos extrañe el tema adánico. Pero también, como todo gobernante que cumple su deber, inició esta obra que uno no puede creer. Quizá desde el espacio no se vea el viejo camello peludo que, como los caballitos pintos disecados de nuestros parques, posa para que los turistas se trepen en su doble joroba y se tomen la foto de rigor. El camello peludo, funcionario público, cambiaba por cansancio su peso de una pata trasera a la otra. Como una modelo. O como alguien que aquí hace una cola casi socialista para pagar un impuesto nacional, un servicio privatizado o una diligencia bancaria.
Una de las muchas obras de gobierno de Qin Shi Huangdi es su gran monumento funerario, que en 1983 todavía no estaba abierto en su totalidad puesto que se hallaba en etapa de excavaciones desde mediados de los años setenta. En realidad es un palacio subterráneo y oculto, en cuya construcción dicen que trabajaron durante 34 años cerca de 700 mil hombres. Y es una réplica a escala de todo el reino Qin (Chi’ín), con ciudades a escala, techos decorados con joyas, la tumba del emperador con sus concubinas y los 7.000 guerreros de tamaño natural en terracota que llenarían de pasmo al mundo años después, cuando algunos de ellos recorrieron los principales museos.

    11
    La historia insoslayable de la Gran Muralla es que cuando Richard Nixon visitó a la China, como el primer presidente estadounidense en hacerlo (no había sido hace mucho, pero tampoco habían ocurrido los episodios de Watergate con su obligada y patética resignación, en el sentido más nuestro de la palabra), había caído una fuerte tormenta de nieve, y el excitante punto culminante de la agenda se puso en duda. Mao lo propuso como un desafío —y le explicó a Nixon que era una gran oportunidad para mostrarle la capacidad del pueblo como tal— y toda la noche, los ciudadanos de Pekín (era Pekín entonces, recordémoslo) prendieron fuegos y dieron pica. Estaban dando pica y con las hogueras encendidas para derretir la nieve todavía cuando los dos jefes del mundo pasaron. La carretera (que guardé en mi libreta como referencia con la nota «es como ir dos veces a Choachí») estaba no sólo cómodamente transitable sino bordeada de una multitud que sonreía y saludaba el paso de la comitiva agitando banderas de los dos países. Mao le hizo una demostración viva no sólo de para qué sirve el poder sino del vigoroso y abnegado espíritu colectivo del pueblo chino. La Muralla, llamada también «el gran muro de los diez mil li», se construyó a lo largo de unos 1.500 años y tres dinastías, a partir del año 221 antes de nuestra era. Hay un proverbio chino que dice: «Un viaje de 10.000 li comienza con un paso».

    12
    Un compañero de viaje señalaba, exagerando un poco, claro está, que en contraste con sus enormes inquietudes políticas, científicas, culturales y sus altas controversias ideológicas, los únicos intereses materiales perceptibles en esa Primavera del 83 que tenía el pueblo chino eran su bicicleta y la comida. En el vestir, todos llevaban su vestido gris azuloso y sus zapatillas negras de suela de tela. Su concepto de hábitat estaba resuelto: todos trabajaban para el Estado. Su relación de familia se encontraba normatizada y era aceptada. Bebían relativamente poco. Pero la comida sí es su pasión. Y es comprensible. La gastronomía china es, aparte de una tradición milenaria, un culto individual, un arte. Desde los banquetes palaciegos de la capital, que incluyen hasta las cepas del té que se cultivan y se conservan en el jardín desde hace siglos y que se reservan para homenajear a invitados especiales, hasta un plato local exquisito, de remota tradición, compleja elaboración o que tuvo una historia significativa para su región, ofrecido en el poblado más insignificante. En todo caso, una delicia.

    13
    Por una invitación oficial del viceministro de Educación chino, probamos el famoso pato laqueado de Beijing. Cuentan que en una de las tantas conquistas, ires y venires, un emperador que tomó victorioso a Beijing conservó al cocinero del emperador derrotado, que tenía fama de ser un gran artista, con la condición de que creara un nuevo plato imperial antes de tres años si quería conservar la vida. El cocinero, que ya había creado la lista interminable de platos que ofrecía en palacio, se vio en un aprieto. Intentó miles de variables pero no lograba dar con un plato verdaderamente nuevo. Desolado, el primer año salió un día a caminar, rumiando su triste destino, bajo la estrecha vigilancia de algunos guardias del palacio que no se le despintaban y se sentó a meditar mirando el cielo. De pronto vio una bandada de enormes patos migratorios que volaban hacia el sur en busca de calor. El cocinero imperial notó con desaliento que en la desolada pradera que rodeaba la ciudad no había atractivo alguno para que los patos hicieran al menos una escala técnica en su viaje. Intentó poner distintos tipos de atractivos alimenticios, pero pronto se acabó la ola migratoria y los patos ni miraron sus señuelos. Preparó todo el segundo año una nueva trampa con otro menú para patos extranjeros, y cuando empezó el frío del invierno norte, lo intentó toda la temporada, pero los patos pasaron otra vez de largo. Al tercer año, el último, puso a trabajar a sus guardias y preparó un depósito de agua dulce cerca de unos árboles, agregó granos y sal y esperaron agazapados con paciencia. Un buen día, algunos patos cedieron a la tentación y bajaron por primera vez a la llanura pequinesa. Según cuenta la historia, lo que les fascinó no fue ninguno de los manjares para aves que les había puesto el cocinero, sino unas hierbas silvestres que crecían alrededor de aquellos árboles aledaños al abrevadero. El cocinero y sus guardias se abalanzaron sobre los patos e inmovilizaron a varios de ellos con no pocos trabajos, pues son enormes. El cocinero preparó por primera vez el delicioso manjar y con ello salvó el pellejo. El emperador quedó más que encantado y lo instauró como plato estrella de la corte.
    El cocinero tuvo que resolver entonces el problema de criar los patos. Pero resulta que esta especie es la de un pato libertario que no se reproduce en cautiverio. Pasaron varios años antes de que lograra ingeniarse un estilo especial de crianza, basado en una rigurosa dieta: apenas el patito sale del huevo, es alimentado con una hierba dietética que le rebaja la grasa de sus plumas y que al patito no le gusta para nada, de modo que lo tienen que alimentar a pico. El patito, que se cree libre, al lanzarse al estanque del criadero, se hunde. Por eso los estanques son pandos. Y los patos caminan. Cuando su instinto en una siguiente etapa lo va a incitar a volar, ya le han embutido un alimento alto en contenido graso que el organismo del animal asimila muy rápidamente, de modo que cuando va a intentar su primer vuelo el gordo no logra despegar. Pero se sigue creyendo libre. Y cuando ya sabe que se va a quedar en el criadero, pues no vuela, cree que nada pero en realidad camina, y ante la imposibilidad de volarse a pie, el animal acepta alimentarse como cautivo privilegiado con las hierbas aromáticas que le darán su delicioso sabor en la mesa. Esta historia, en una versión más o menos detallada, la cuentan en los restaurantes Donglaishun y Fangshang, que tienen alrededor de siglo y medio de tradición y donde asan el pato con la madera de un árbol especial que le da el toque final. Por la especie —que no es originaria de Beijing—, por el peculiar estilo de crianza y por el tipo de madera con que lo asan, considero que es muy difícil degustar el pato laqueado de Beijing en otro lugar del mundo que no sea allí. Así lo ofrezcan en todas partes. Por si acaso, el restaurante Fangshang queda en el parque Beihai, distrito de Xicheng, y hasta anoto el teléfono: 64042573. Repito, por si acaso. ¿Qué tal?

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CHINA CRECE, ES CIERTO, PERO ¿QUÉ HACEMOS NOSOTROS FRENTE A ESE CRECIMIENTO?

 

Por Enrique Posada Cano

    EL CRECIMIENTO DE CHINA, de 9,3% como promedio anual durante dos décadas, no tiene parangón con ningún otro país desde el fin de la segunda guerra mundial. Sus solas exportaciones —del orden de los US$450.000 millones— representan aproximadamente 40% de su producto interno bruto, calculado en cerca de US$2 billones para el año pasado y según proyecciones económicas, en el 2020 éste se duplicará.
    De 1978 a 2004, las inversiones extranjeras registradas por el Buró de Estadísticas de China suman cerca de US$550.000 millones, en tanto que anualmente las mismas se sitúan en US$57.000 millones.
Algo todavía más gráfico e impactante es que el ingreso por habitante de los chinos se incrementó de US$370 en los años ochenta a US$1.200 hoy en día, esto es, se ha triplicado con creces. Cuadruplicarlo, la meta trazada para el año 2010 por el gran dirigente de las reformas, Deng Xiaoping, empieza a cumplirse.
    La mayor competitividad de la economía china radica en más de 712 millones de trabajadores, que cobran unos 60 centavos de dólar por hora cada uno, mientras que los mexicanos, más del triple, dos dólares por hora.
De ahí procede la socorrida leyenda de la «amenaza amarilla». Pero en el corazón de esa amenaza anidan las oportunidades, como las que representan unas compras al resto del mundo por más de US$450.000 millones.
El nivel del intercambio comercial colombo-chino es todavía muy pequeño, dada la escala de un mercado de 1.300 millones de habitantes como el que ostenta China y unas potencialidades económicas como las de Colombia. Según fuentes del comercio exterior colombiano, las ventas de Colombia a China apenas superan los US$90 millones, mientras que las del gigante asiático a nuestro país se acercan ya a los US$900 millones. Esta última cifra pone en evidencia que China constituye ya el tercer país en ventas a Colombia.
    No se contabilizan en esas cifras las del contrabando, que entra principalmente a través de Panamá y que se eliminaría si se llegara a un tratado de libre comercio con China, como el que ésta acaba de suscribir con Chile.
Podemos aspirar a la inserción de Colombia en sectores del mercado chino que correspondan a nuestra oferta exportable y que no estén dentro del marco de industrias manufactureras, sino en sectores primarios: minerales, alimentos, derivados del petróleo, esmeraldas, cereales, banano, cacao, frutas exóticas, cueros de animales y otros. Para ello habría que cruzar la oferta exportable colombiana con la demanda china de importaciones y estudiar los beneficios del mercado ampliado.
En el caso de China, se deben observar los enormes déficit que ésta afrontará hacia el siglo XXI en productos energéticos, materias primas y alimentos, en particular, como consecuencia de su proceso industrial.
    Es increíble que todavía hoy un ministro de Comercio reaccione como recientemente lo hizo Jorge Humberto Botero al quejarse del déficit que Colombia presenta frente a China en su intercambio comercial, si todo el mundo sabe que eso depende de dos factores: uno, la agenda que se plantee en la Comisión Mixta, que es bianual y de la cual van siete reuniones, y dos, la oferta exportable colombiana, pues como dice un empresario colombiano, «los chinos no nos van a comprar lo que nos sobre (¡olvidémonos de ese cuento de que si los 1.300 millones de chinos tomasen una tacita de tinto diario la economía colombiana estaría salvada!) sino lo que ellos necesiten o deseen adquirir».
    Cada vez que se mencionan las posibilidades de la penetración del mercado chino, reaccionamos con el argumento de las cantidades astronómicas de cualquier producto requeridas por ese país. Pero recordemos el reciente caso de la chatarra de hierro, cobre, ferroníquel, en que barcos mercantes chinos fueron de puerto en puerto sumando porciones.
¡Quién lo creyera! En el rubro de cueros crudos de cerdo, a pesar de que China es el primer productor porcícola del mundo, su floreciente industria de calzado requiere tal cantidad de materia prima que Colombia hace rato está beneficiándose de sus ventas a ese país-continente.
    Es más, miremos a esos consumidores chinos de altos estratos (se habla de varios cientos de miles de multimillonarios de las nuevas generaciones), cuyos patrones de consumo sólo podrán ser satisfechos por productos de refinado gusto como frutas exóticas, alta costura, artículos de cuero terminados, acabados de alta calidad para la industria de la construcción en cerámicas, madera, fórmica, PVC. Al respecto, recordemos la lección dada por Italia, que cuando le quedó imposible competir con los precios de los zapatos chinos, se puso las pilas en la superación de su tecnología con el fin de satisfacer la demanda de los estratos altos en el resto del mundo y en la propia China.
    Ahora bien, en el combate contra la pobreza, el Banco Mundial señaló recientemente que en las últimas dos décadas China logró disminuir el porcentaje de pobres de 63,8 a 16,6, es decir, 137 millones de personas.

    RELACIONES ENTRE COLOMBIA Y CHINA
    De acuerdo con informaciones de la Consejería Comercial de la embajada de China en Bogotá, actualmente llegan a 20 las empresas colombianas instaladas en el país asiático.
El valor total de las inversiones directas de dichas empresas es del orden de US$16 millones, y 84% de ellas se ubican en los sectores del comercio y los servicios.
Por su parte, en Colombia se hallan radicadas siete empresas chinas, con unas inversiones que llegan a los US$6 millones; su radio de acción se enfoca hasta hoy en las telecomunicaciones y el ensamblaje de motocicletas.
Otras inversiones chinas directas en Colombia que aún se hallan en la etapa de estudio se orientan a los hidrocarburos y textiles.
    En cuanto al comercio bilateral, las cifras que la referida agencia diplomática maneja en Colombia arrojan un intercambio global de cerca de US$800 millones anuales, con un aporte de las exportaciones colombianas a China de US$175 millones, en tanto que las ventas chinas a nuestro país llegaron el año pasado a los US$629 millones.
    Las anteriores cifras del comercio exterior de dos vías corresponden al año 2004 y representan un aumento de 58% de las exportaciones chinas a Colombia y del 190% de las ventas colombianas a la República Popular China.
    En lo que se refiere a la composición por productos del referido intercambio, la señora Shao Yngjun, consejera comercial de la embajada de China en Colombia mencionó, por parte de su país, maquinaria y equipos, materiales químicos, textiles, materias primas farmacéuticas, y por el lado de Colombia, ferroníquel, cueros, café, confecciones, plásticos y químicos.

    HUMILLADA EN EL PASADO, ERGUIDA HOY
    China fue grande en el pasado; lo es ahora, y más grande aún será en el futuro.
    Marco Polo, viajero veneciano que se ganó el corazón de Kublai Khan, en 1275 descubrió para el mundo a China. Pero el esplendor de Zhong Guo (en chino, Reino Central, su verdadero nombre hasta hoy) comienza mucho antes, en el siglo VII de nuestra era, cuando su dominio se extendía a Vietnam, Corea, Tíbet, Filipinas, Japón.
    Un eunuco, Zhen He (1371-1445), investido por el emperador con el grado de almirante, capitaneó la potente flota china hasta el estrecho de Ormuz. En todo el Asia septentrional hay vestigios testimoniales de su paso por allí.
La decadencia del imperio está marcada por el derrumbe de la dinastía Ming (1368-1644), siglos después de su parábola de ascenso, la mayor conocida en todos los tiempos por una nación asiática. El opio y la corrupción interna, dinamizada por la incursión de ocho potencias, llevaron a la China expansionista a sucesivas derrotas.
    Hacia el Siglo de las Luces europeo se solía decir que el viejo continente «se graduaba en China». Sus intelectuales bebían con avidez del pensamiento confuciano. Descubrieron en el yin y el yang, presente ya en el I Ching, que data de 3.000 años antes de nuestra era, la génesis de la teoría de la oposición y lucha de los contrarios.
Hasta el primer tercio del siglo XIX, China, al igual que Japón, era para los insaciables conquistadores ingleses como una perla lejana e inalcanzable.
    «China es un dragón dormido...», le dijo en 1793 Napoleón a lord McCartney, primer enviado plenipotenciario de Jorge III de Inglaterra a ese país. Al arribar McCartney a las costas de la provincia de Guangdong, su gobernador lo recibió como «emisario del reino tributario de Inglaterra», que era así, además de bárbaros, como China consideraba a todos aquellos estados de su entorno terráqueo.
    Sólo Gran Bretaña, convertida en la mayor potencia mundial en el siglo XIX, pudo derribar el mito de la inviolabilidad de China, y el instrumento fue el tráfico de opio.
    Cuando todos los estratos sociales chinos se habían vuelto opiómanos, en 1839 el emperador decidió enfrentar a los narcotraficantes con una orden de decomiso e incineración de sus cargamentos. Una vez hecho esto, Londres le declaró la guerra a China, la cual se conoció como guerra del Opio (1840-1842), cuya derrota le costó a China la entrega de Hong Kong a Gran Bretaña como posesión colonial. Ésta sólo se la devolvió 155 años después, en julio de 1997.
    En 1854 vendría una segunda guerra del Opio, con una nueva derrota de China y la entrega de otros cinco puertos al comercio con Londres, y para finalizar el siglo XIX, la guerra de los Bóxers, cuando ocho potencias (siete occidentales y Japón) se confabularon para someter a China a otra cadena de tratados desiguales. China sería la gran vencida del siglo XIX. En adelante, los chinos fueron denigrados por los occidentales con el epíteto de «los enfermos de Asia».
    Carcomida por su propia corrupción, la dinastía Qing o manchú cayó en 1911, marcando así el fin del imperio y la instauración de la república, que sólo duró un año. Se abrió un período de 22 años de guerras civiles, interpuestas por la invasión japonesa en el curso de la segunda guerra mundial.
    Chiang Kai-shek, líder del partido Guomindang, pronorteamericano, fue vencido por los ejércitos de Mao en 1949.
    El solemne pronunciamiento de Mao Tsē-tung, hecho el 1º de octubre de 1949 desde la tribuna de la Plaza de la Paz Celestial: «¡El pueblo chino se ha puesto en pie!», puede entenderse sólo como el principio del fin de una centuria de heridas y humillaciones.
    El nuevo proceso, llamado de reforma y apertura, puesto en marcha en China desde comienzos de la década de los ochenta, después de 30 años de fundado el poder comunista, implicó el rompimiento total con el movimiento que lo precedió: la revolución cultural. El timonazo hacia la economía de mercado y la inversión extranjera es inevitable resultado, a su vez, de esa revolución cultural, en que la malla de la sociedad china se tensionó al extremo. Sin ese cambio de dirección, China, encerrada cada vez más en su propia caparazón, se habría visto abocada a la parálisis total, a un proceso de hambre de más de mil millones de seres, arrastrando con ello a una crisis mundial.
    El período que va de la fundación de la República Popular (1949) al fallecimiento de Mao Tsē-tung y la conclusión de la revolución cultural (1976), es algo así como un «ensayo general». Un ensayo costoso, pues los errores condujeron a épocas de devastación y hambrunas.
    Sin embargo, los últimos 25 años (desde 1980 hasta hoy) han transcurrido bajo el signo de un pensamiento pragmático, el de Deng Xiaoping, quien con sus teorías de «socialismo de mercado con características chinas» y «un país, dos sistemas», ha insertado a China en la economía mundial y la ha puesto en el plano de potencia económica y política, tendiente a ocupar el primer lugar en los próximos decenios.

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