«¿ES DELITO ESTE AMOR?»

Por Alberto Rodríguez C.
Ilustraciones de Juan Manuel Ramírez

El Tanga llegó pasadas las dos de la madrugada a su casa, abrió la puerta con dificultad, entró tratando de no hacer ruido, fue al baño, se quitó los zapatos, los pantalones y se sentó a orinar como las mujeres. Acababa de cumplir los 54 años. Cuando salió fue a la habitación, percibió el olor cálido y conocido de la mujer, cerró la puerta, se acercó y se introdujo a la cama. Mientras le olía la nuca, le tomó las nalgas con ternura, aunque por un instante imaginó que estaba muerta.



    
    Tangarife Sandoval Naín es como lo llamaban en el ejército, de donde salió directo, luego de un accidentado servicio militar, a trabajar para la policía nacional, en la que terminó jubilándose después de 26 años de servicio, como suboficial. El Tanga le viene de una jubilosa borrachera de orilla, en otras épocas, cuando un guapo de barrio, alebrestado y retador, le imputó el apellido y lo conminó a que lo recortara, «para que no suene a tanganazo de matarife» le dijo.
    La pensión del Tanga es magra pero segura, tiene un apartamento modesto de dos habitaciones en un barrio de policías pensionados. Pero además de cubrir los gastos familiares, necesita algo extra en el bolsillo. No le gusta salir sintiendo que no lleva efectivo, cree que es algo inmoral y que de paso contribuye a la mala suerte. Cuando no hay nada que hacer, pasa enojosas temporadas encerrado, duerme hasta las diez de la mañana, se levanta, desayuna, ve la tele y a veces saca a Noé a dar un paseo. Mientras el niño juega por ahí, él se bebe una cerveza con alguien conocido, luego se lleva un par más para la casa y después otras de la tienda de enfrente, donde le fían porque lo conocen, como que fue de los primeros que se pasaron a vivir al barrio en la casa de la esquina, que el mismo presidente de la época le entregó hará 16 años.
    Audrey no ha vuelto a tener trabajo desde hace más de seis meses, cuando estuvo de despachadora en la agencia sur de Pollos Campeón. El Tanga le dice, mientras comen, que «es necesario encontrar un trabajo para que me ayudés, es lo que espero de vos; ¿positivo?». Después salió a hacer averiguaciones para ponerla a hacer algo. Pero no hay trabajo. Muchos negocios se han trasteado, la ley seca los obliga a cerrar a las dos de la mañana, zanahorias con dientes rondan los locales, en las madrugadas se volvieron costumbre las limpiezas repentinas, simplemente van por ahí disparando al que se cruce, como si todo el que a esa hora anduviera por la calle fuera un desechable. Todos los negocios se han resentido, circula menos billete, los capos terminaron en la cárcel, los más grandes extraditados, los pandilleros andan desocupados, ofreciéndose a matar por veinte mil y niñitas, miserables y hambrientas de once y doce años, se venden en las esquinas por cualquier cosa, por un rato en cualquier zaguán.
    No consiguió nada para ella, pero sí para él. Con su amigo el Ñeque se encargan ahora de cuidar a un matrimonio. Ismael, que tiene chocheras de 70 aunque apenas ha cumplido los 60, e Isaura, más joven pero llena de miedo. Adria, la única hija de ellos —un año mayor que Audrey—, abandonó la casa dejando un hijo de meses, a quien los abuelos llamaron León. Pasados casi seis años, los abuelos solicitaron a Bienestar Familiar que se les concediera la patria potestad del niño. Adria se fue con un escolta que trabajaba para uno de los duros que terminaron extraditados. Luego ella se enroló con los paramilitares y un buen día apareció para reclamar a León, como si no hubiera pasado más que una semana desde el día en que lo dejó tirado en la casa para irse detrás del lavaperros. Les dijo que si no le devuelven a León va a matarlos. El Tanga y el Ñeque están ahí, en turnos de doce horas cada uno, para evitar que algo les pase a los viejos. El Tanga pasa el tiempo tumbado en el sofá, viendo la televisión y embutiendo bocadillos que Isaura le trae de la cocina. Él le paga al vigilante de la cuadra para que le timbre en caso de que vea algo raro.
    El Ñeque por fin llegó. Tarde, pero llegó. Tanga está de mal humor, harto de estar tirado en ese sofá sin que nada pase. Lo único bueno es la comida. Antes de irse a casa, se pasó por el Café del Capitán para echarse un par de cervezas, necesita levantarse la moral —dice él— porque tiene el ánimo encabronado. En la barra se encontró con el Larva, todo un señor, que sin mayores rodeos le pinta un trabajo.
—Hay un duro en la cárcel local, que viene trasladado de una de seguridad, él quiere que todos los días le lleven hembritas o mancitos, limpios y sanos. Nada de putas ni de putos, el patrón no quiere basura.
—¿Cómo es la vuelta?
—Todos los días, al cambio de guardia de las cinco, hay un permiso para que ingresen uno o hasta dos pacientes, declarando servicios de asistencia social, ¿me entiende?
—¿Sólo conseguirlos y llevarlos a la cárcel?
—Es todo, ponerle los pichones allá.
—¿Cuánto paga?
—Veinticinco por cliente.
—¿Y cómo se sabe cuántos hay que llevar?
—Cuando los entregue, el tipo del patrón que se los recibe, por ahí derecho, le dice cuántos. ¿Pilla?
—¿Y el arreglo con los pacientes qué, cómo es?
—Usted nada que ver con eso, déjelos, allá se encargan. Entonces qué, papá, ¿a cazar pichones?
    El Tanga, por respeto a sí mismo, no tiene amigos. Apenas viejos conocidos, antiguos cómplices, informantes nuevos y soplones alternativos, en los que no confía por ese antiguo y crudo instinto de seguridad que lo ha hecho tan incrédulo, como los desconfiados que necesitan mantenerse convenientemente prevenidos porque nunca se sabe. Le pareció que todo era muy fácil, sospechó de la paga y de la gente envuelta en los negocios con la cárcel, pero aun así quedó de encontrarse con el Larva al otro día, a eso de la una, en el Café del Capitán. Después de un par de cervezas, se fue a buscar la mercancía para el primer pedido.
    Se apareció en la cárcel con una secretaria que conocía de los tiempos en que tenía vueltas en el juzgado once promiscuo, donde ella todavía trabaja. Durante los días siguientes y a medida que fue encontrando las mañas diarias para que cayeran los pichones, comenzó a sentirse mejor, más tranquilo, más en lo suyo. Una semana después, el Ñeque lo sorprendió con un auto; «no está nuevo, pero sirve pa’ que le rinda el tiempo», le dijo.

 

    Se apostó en la puerta y esperó a que las estudiantes salieran, a eso de las dos de la tarde. Eligió uno de los grupos y lo siguió hasta una cafetería situada a dos cuadras, las abordó, entabló conversación con ellas, pagó la cuenta y les propuso el negocio. Todas se asustaron, pero antes que se desbandaran les mencionó una cifra. «Aquí las espero mañana», anticipó. Al día siguiente, el Tanga encontró tumbadas de un solo disparo a dos pichonas, de 17 y 14.
    La primera vez que le pidieron dos llevó a un ama de casa, humilde y limpia, que hizo constar oportunamente que lo hacía por sus hijitos, y a un muchacho de no más de quince años, tal cual se lo habían pedido, al que encontró junto a un cine. Debió llevarlo a comer y luego lo metió a un hotel de tercera para que se bañara. Salieron a comprar ropa. Llegó estrenando chaqueta y jeans de marca, y ella con uno de esos opacos trajecitos con apariencia de finos que utilizan las amas de casa para salir.
    Mujeres desempleadas, costureras, amas de casa, estudiantes, actrices de teatro, cabineras, señoras bien, modelos, chanceras, condujo el Tanga hasta la cárcel. Los pedidos no perdonaban sábados ni domingos, ni fiestas patrias, ni fiestas de guardar. Unas se demoraban más, otras menos, pero todas salían con su paga. Con los muchachos las cosas resultaron fastidiosamente fáciles. El Tanga encontró que cientos de parceritos deambulaban sin Dios ni ley por la calle, dispuestos a cualquier cosa por dinero. Ninguno de ellos tenía problema en irse si el billete se veía y les dejaban la ropa.
    Los pedidos se suspendieron temporalmente, luego de un incidente con un par de ojizarcos que el Tanga llevó un domingo. El Larva le contó al Tanga lo que había pasado, mientras sorbían cerveza en el Café del Capitán: «Esos dos se distinguían y tenían algo pendiente, el patrón les ordenó que lo hicieran pa’ él mirar, puso a uno de ellos de esclavo y sin saber de dónde, en un solo viaje le cruzó el cuello y la cara al otro con un chuzo que llevaba. Debieron sacarlo de urgencia a la Policlínica; preguntaron que si era recluso, y que si no, por qué estaba en el pabellón de seguridad; entonces el patrón se emputó y dijo que para eso pagaba, que no iba a aguantarse que hicieran las cosas mal».
    El Tanga llegó medio borracho, pero con plata en el bolsillo, la cerradura le dio trabajo, pero finalmente abrió y fue al baño, donde se descalzó y se quitó los pantalones, se sentó y estuvo ahí pensando un rato. Salió y fue a la habitación, abrió la puerta y respiró con cierta gratitud el aroma concentrado de la mujer. Se metió a la cama, la abrazó como siempre, luego suspiró confiadamente y se quedó dormido.
    Al día siguiente, cuando Audrey regresó de dejar a Noé en el jardín, tuvieron una conversación en la que el Tanga le habló del patrón, temporalmente detenido en la cárcel local, del dinero que tenía y de lo bien y puntual que pagaba. «Te salió trabajo», fue lo que le dijo para comenzar.
—No —le gritó Audrey—, estás loco si crees que voy a ir a la cárcel a dejarme hacer cosas.
—¿Y si te digo cuánto te vas a ganar?
—¿Crees que el asco se me quita con la plata? ¿Acaso soy como vos?
—No te pongás así, si no querés no vas, yo no te obligaría... ¿cómo crees que haría algo así?
—¿Cuánto?
—Un salario mínimo.
—¿Cuánto tiempo?
—Entre dos y tres horas, a lo más.
—¿Y cuánto te tengo que dar?
—Voluntario, mijita, voluntario; vos verás cuánto se puede.
    Por los días en que Audrey cumplió 25, el patrón hizo que todo se arreglara y entonces las cosas volvieran a la normalidad. El Larva llamó al Tanga una mañana para decirle que llevara lo mejor que pudiera.
Iban en el auto sin decir nada. Él hacía comentarios optimistas y estúpidos, ella se había puesto el mejor vestido. Tanga le había dado plata para que fuera al salón de belleza. Audrey no tenía una apariencia que delatara lo que era, no parecía nada en particular, era muy joven para parecer una señora, pero no tan joven como para pasar por una estudiante. Olía bien y el Tanga no recordaba haberla visto tan buena. Lo único que no le iba bien era el semblante crudamente sombrío de no haberse podido negar porque hacía seis meses que no trabajaba y Noé necesitaba el tratamiento para los dientes torcidos.
   Cuando llegaron, faltaban unos minutos para las cinco. Él detuvo el carro al otro lado de la calle y se quedaron esperando el cambio de guardia. Cuando el hombre de confianza salió, la miró como si estuviera desnuda, la tomó del brazo y sin decir nada se la llevó. Audrey le echó una última mirada al Tanga antes de perderse, en la que él alcanzó a percibir un inmenso aire de desprotección, como si la hubiera ido a dejar a un orfanato.
    El Tanga se quedó molesto por ese innecesario dramatismo con que lo miró, le pareció que ese aire de desprotección encubría un reproche que él no se merecía. Le había prometido que ahí estaría para recogerla a cualquier hora. Mientras ella trabajaba en el pabellón de seguridad, él fue al Café del Capitán, se tomó cinco cervezas con alguien conocido a quien le contó que toda la familia estaba trabajando, como tenía que ser. A las siete pasadas regresó a la cárcel. Ahí sentado en el auto estuvo esperando largo rato, como en sus épocas de policía, aguardando a que apareciera, pero dieron las nueve y no salió; entonces el Tanga se alarmó, pero no se atrevió a preguntar porque no tenía nada que ir a hacer a la garita; nunca le había importado a qué hora salían los pichones, no era usual, al patrón no le gustaría, pero habían pasado tres horas. El Tanga caminaba de arriba abajo de la calle sin saber qué hacer, hasta que por fin se acercó a donde estaban los vigilantes de turno, apostados a la entrada. «No, hermano, esa hembra no ha salido», le dijo uno de ellos. Le preguntaron si era el papá y se atrevieron a augurar que la hembra le «había gustado demasiadamente» al patrón, y cuando eso pasa entonces las deja hasta el otro día.
    A las nueve y treinta salió Audrey como si no le hubieran puesto un dedo encima: el vestido perfectamente puesto, el peinado intacto y el maquillaje tal cual lo tenía cuando entró. Sin decir nada fue directamente al carro, mientras el Tanga se quedó un minuto más intercambiando insultos con los guardias.
—¿Por qué la demora, mijita?
—No me preguntés nada —dijo ella con un semblante más duro y taciturno que con el que había llegado—. No me preguntés —repitió mientras miraba hacia el exterior a través de la ventanilla—.
Mientras avanzaban por la avenida en dirección a la casa, sacó un sobre marrón y se lo puso a su lado.
—Ahí está todo.
—Decime, ¿por qué la demora? ¿Por qué?
—¿Querés saberlo?
—Sí —gritó él—, quiero saberlo.
—Dijo que le había gustado y que mañana volviera.
El Tanga frenó en seco y se ladeó para mirarla de frente.
—¿Mañana otra vez? ¿Y aceptaste?
—No me lo estaba preguntando...
    El Tanga hizo sus cálculos, se sintió razonablemente optimista y hasta le propuso que fueran a un restaurante a celebrar. Hacía mucho tiempo no salían los dos por ahí a un lugar decente. Sin embargo, Audrey no estaba de humor y le pidió que la llevara a la casa; así que la dejó en la puerta y, sin mediar más, siguió para el Café del Capitán. Cuando llegó a la madrugada, la cerradura le dio más dificultad que lo habitual; fue al baño, se quitó los pantalones, se sentó a pensar, pero cuando intentó meterse a la cama, ella, que estaba despierta, le pidió que fuera a dormir a la otra habitación.
—¿Qué pasa, mi gataparda? —preguntó él, mientras terminaba de meterse.
—Pasa que no quiero dormir nunca más con vos.
—Ah, debés estar muy cansada, te debió haber dejado muerta.
Como el Tanga rehusara abandonar la cama, ella se pasó a dormir a la habitación de Noé, que la encontró ahí junto a él cuando se despertó pasadas las seis.
—Mami, ¿dormiste aquí? —preguntó después de levantarle uno de los párpados.
—Sí, anoche hacía tanto calor en la otra habitación que me vine a dormir aquí.
    Audrey estuvo en la cárcel tres veces en un mes. Con el dinero que entró arreglaron el apartamento, los daños que normalmente siempre se quedan porque no hay cómo. Audrey se compró ropa, llenaron la nevera, compraron algunos muebles nuevos y el Tanga se embolsilló el resto, pues dijo que estaba ahorrando para meterse en algo por su cuenta. Era su momento: tenía la pensión, la paga del contrato de pichones y Audrey aportaba generosamente al presupuesto familiar. Noé estaba feliz porque su habitación lucía llena de juguetes y tenía ropa linda. «Una familia feliz siempre es una familia productiva», decía el Tanga.
    Habían quedado en que tomaría un taxi a la hora que terminara, para que él no tuviera que estarse en la calle esperándola hasta cualquier hora, y menos después del incidente con los guardias. Además, porque cuando el patrón se encerraba con ella no se sabía cuánto tiempo iba a querer dejarla. Una noche la hizo quedar, amaneció en la cárcel por su cuenta. Cuando salió, llevaba dos veces más dinero del que se había ganado durante el último mes.

 

    Una llamada telefónica, casi a las diez de la noche, interrumpió el juego que Noé y el Tanga tenían en la habitación del niño. Había quedado de esperarla hasta que llegara, para después salir y no dejar al niño solo. Cuando el Tanga reconoció la voz del Larva, le preguntó a qué coños llamaba.
—¡Venite ya, ya!
—¿A dónde? —indagó sobresaltado el Tanga.
—A la cárcel, venite como estés.
    Dejó a Noé encerrado y se montó en el auto.
    Cuando el Tanga llegó a la prisión, pasadas las diez y treinta de la noche, los hombres de confianza habían trasladado el cadáver al cuarto frío donde congelan cadáveres enteros de vaca, mientras hacían arreglos con la guardia para sacarla sin hacer ruido. El Larva consiguió que el hombre de confianza hablara con el Tanga. Éste simplemente le pidió que le entregaran el cadáver para enterrarlo, con discreción; al fin y al cabo, trabajaba para el mismo patrón. Ni siquiera se atrevió a preguntar qué había pasado, pues quería mostrar que era respetuoso de la privacidad.
—Dice el hombre que trae los pichones que él es el padre de la mujer y pide que le entreguen el cadáver.
—¿Es todo? —preguntó el patrón—. Que lo saque. Ustedes vayan con él, ocúpense de que tenga un entierro decente.
    El entierro se hizo en un jardín de paz, con funeraria de primera, carros negros, prados que parecían de golf. En vez de hoyos, lápidas. El parlamento mortuorio de un predicador afeminado los convocó a las once de la mañana. Por un lado, los hombres del patrón, cerciorándose de que quedara bien enterradita y de paso para echarles una mirada a los asistentes. Al otro lado el Tanga, el Larva, todo un señor, y el Ñeque. Adelante, junto a ellos, Noé, el nieto huérfano por cosas de la carne. La enterraron en el hoyo 16.
    Luego del entierro, los muchachos fueron detrás del Tanga; lo encontraron en la casa, y sin que mediara palabra alguna le propinaron una paliza memorable aunque benigna, tomando en cuenta que había pasado los cincuenta. Le dieron pata en las costillas, teniendo cuidado de no partírselas. Después le dijeron que el patrón le mandaba decir que no se vende a las hijas. Así que ahí quedó tirado, casi sin poder
respirar, junto a Noé, a quien le dijo que su mamita había tenido un accidente de trabajo.

    Noé y León corren en el jardín, juegan alegres a perseguirse con implacable destreza. Atrás, en el discreto banco de madera, bajo la sombra de un sicomoro, Isaura y el Tanga conversan; no parecen un par de viejos después de una convalecencia, son un par de viejos. Hacía sólo cinco meses que no se veían, ahora ambos están deteriorados y feos.
—Adria —contó ella— apareció un día y ametralló a Ismael, que quedó tirado en la calle. Por gracia de Dios no se pudo llevar al niño, que estaba conmigo en la tienda.
Luego el Tanga le contó sobre la muerte de su hija. Dijo que era todo lo que tenía en el mundo, que la amaba como a ninguna.
—No sabe usted cómo, era lo único que tenía. Era tan trabajadora. Murió en el cumplimiento del deber, en servicio, como decimos, prestando asistencia social como voluntaria a los presos de la cárcel. Se ocupaba de llevar un poco de alegría a esos hombres que la sociedad olvida. Hice por ella todo lo que como padre me correspondía, le di lo poco que pude, pero aun así creo que habría merecido un padre mejor.
—No diga usted eso, señor Tanga —interrumpió Isaura—; si Adria hubiera tenido un padre como usted, jamás habría pasado lo que pasó.
    León y Noé regresaron acezando al banco donde hablaban los dos viejos. Venían sudorosos y agitados, con heridas en los codos y la cara y con los pantalones sucios y rotos. Entonces los niños debieron explicarles a sus abuelos que habían estado jugando a matarse, pero ninguno había ganado.

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