Se
apostó en la puerta y esperó a que las estudiantes salieran,
a eso de las dos de la tarde. Eligió uno de los grupos y lo
siguió hasta una cafetería situada a dos cuadras, las
abordó, entabló conversación con ellas, pagó la
cuenta y les propuso el negocio. Todas se asustaron, pero antes que
se desbandaran les mencionó una cifra. «Aquí las
espero mañana», anticipó. Al día siguiente,
el Tanga encontró tumbadas de un solo disparo a dos pichonas,
de 17 y 14.
La primera vez que le pidieron dos llevó a un ama de casa, humilde
y limpia, que hizo constar oportunamente que lo hacía por sus
hijitos, y a un muchacho de no más de quince años, tal
cual se lo habían pedido, al que encontró junto a un cine.
Debió llevarlo a comer y luego lo metió a un hotel de tercera
para que se bañara. Salieron a comprar ropa. Llegó estrenando
chaqueta y jeans de marca, y ella con uno de esos opacos trajecitos con
apariencia de finos que utilizan las amas de casa para salir.
Mujeres desempleadas, costureras, amas de casa, estudiantes, actrices
de teatro, cabineras, señoras bien, modelos, chanceras, condujo
el Tanga hasta la cárcel. Los pedidos no perdonaban sábados
ni domingos, ni fiestas patrias, ni fiestas de guardar. Unas se demoraban
más, otras menos, pero todas salían con su paga. Con los
muchachos las cosas resultaron fastidiosamente fáciles. El Tanga
encontró que cientos de parceritos deambulaban sin Dios ni ley
por la calle, dispuestos a cualquier cosa por dinero. Ninguno de ellos
tenía problema en irse si el billete se veía y les dejaban
la ropa.
Los pedidos se suspendieron temporalmente, luego de un incidente con
un par de ojizarcos que el Tanga llevó un domingo. El Larva le
contó al Tanga lo que había pasado, mientras sorbían
cerveza en el Café del Capitán: «Esos dos se distinguían
y tenían algo pendiente, el patrón les ordenó que
lo hicieran pa’ él mirar, puso a uno de ellos de esclavo
y sin saber de dónde, en un solo viaje le cruzó el cuello
y la cara al otro con un chuzo que llevaba. Debieron sacarlo de urgencia
a la Policlínica; preguntaron que si era recluso, y que si no,
por qué estaba en el pabellón de seguridad; entonces el
patrón se emputó y dijo que para eso pagaba, que no iba
a aguantarse que hicieran las cosas mal».
El Tanga llegó medio borracho, pero con plata en el bolsillo,
la cerradura le dio trabajo, pero finalmente abrió y fue al baño,
donde se descalzó y se quitó los pantalones, se sentó y
estuvo ahí pensando un rato. Salió y fue a la habitación,
abrió la puerta y respiró con cierta gratitud el aroma
concentrado de la mujer. Se metió a la cama, la abrazó como
siempre, luego suspiró confiadamente y se quedó dormido.
Al día siguiente, cuando Audrey regresó de dejar a Noé en
el jardín, tuvieron una conversación en la que el Tanga
le habló del patrón, temporalmente detenido en la cárcel
local, del dinero que tenía y de lo bien y puntual que pagaba. «Te
salió trabajo», fue lo que le dijo para comenzar.
—No —le gritó Audrey—, estás loco si
crees que voy a ir a la cárcel a dejarme hacer cosas.
—¿Y si te digo cuánto te vas a ganar?
—¿Crees que el asco se me quita con la plata? ¿Acaso
soy como vos?
—No te pongás así, si no querés no vas, yo
no te obligaría... ¿cómo crees que haría
algo así?
—¿Cuánto?
—Un salario mínimo.
—¿Cuánto tiempo?
—Entre dos y tres horas, a lo más.
—¿Y cuánto te tengo que dar?
—Voluntario, mijita, voluntario; vos verás cuánto
se puede.
Por los días en que Audrey cumplió 25, el patrón
hizo que todo se arreglara y entonces las cosas volvieran a la normalidad.
El Larva llamó al Tanga una mañana para decirle que llevara
lo mejor que pudiera.
Iban en el auto sin decir nada. Él hacía comentarios optimistas
y estúpidos, ella se había puesto el mejor vestido. Tanga
le había dado plata para que fuera al salón de belleza.
Audrey no tenía una apariencia que delatara lo que era, no parecía
nada en particular, era muy joven para parecer una señora, pero
no tan joven como para pasar por una estudiante. Olía bien y el
Tanga no recordaba haberla visto tan buena. Lo único que no le
iba bien era el semblante crudamente sombrío de no haberse podido
negar porque hacía seis meses que no trabajaba y Noé necesitaba
el tratamiento para los dientes torcidos.
Cuando llegaron, faltaban unos minutos para las cinco. Él detuvo
el carro al otro lado de la calle y se quedaron esperando el cambio de
guardia. Cuando el hombre de confianza salió, la miró como
si estuviera desnuda, la tomó del brazo y sin decir nada se la
llevó. Audrey le echó una última mirada al Tanga
antes de perderse, en la que él alcanzó a percibir un inmenso
aire de desprotección, como si la hubiera ido a dejar a un orfanato.
El Tanga se quedó molesto por ese innecesario dramatismo con que
lo miró, le pareció que ese aire de desprotección
encubría un reproche que él no se merecía. Le había
prometido que ahí estaría para recogerla a cualquier hora.
Mientras ella trabajaba en el pabellón de seguridad, él
fue al Café del Capitán, se tomó cinco cervezas
con alguien conocido a quien le contó que toda la familia estaba
trabajando, como tenía que ser. A las siete pasadas regresó a
la cárcel. Ahí sentado en el auto estuvo esperando largo
rato, como en sus épocas de policía, aguardando a que apareciera,
pero dieron las nueve y no salió; entonces el Tanga se alarmó,
pero no se atrevió a preguntar porque no tenía nada que
ir a hacer a la garita; nunca le había importado a qué hora
salían los pichones, no era usual, al patrón no le gustaría,
pero habían pasado tres horas. El Tanga caminaba de arriba abajo
de la calle sin saber qué hacer, hasta que por fin se acercó a
donde estaban los vigilantes de turno, apostados a la entrada. «No,
hermano, esa hembra no ha salido», le dijo uno de ellos. Le preguntaron
si era el papá y se atrevieron a augurar que la hembra le «había
gustado demasiadamente» al patrón, y cuando eso pasa entonces
las deja hasta el otro día.
A las nueve y treinta salió Audrey como si no le hubieran puesto
un dedo encima: el vestido perfectamente puesto, el peinado intacto y
el maquillaje tal cual lo tenía cuando entró. Sin decir
nada fue directamente al carro, mientras el Tanga se quedó un
minuto más intercambiando insultos con los guardias.
—¿Por qué la demora, mijita?
—No me preguntés nada —dijo ella con un semblante
más duro y taciturno que con el que había llegado—.
No me preguntés —repitió mientras miraba hacia el
exterior a través de la ventanilla—.
Mientras avanzaban por la avenida en dirección a la casa, sacó un
sobre marrón y se lo puso a su lado.
—Ahí está todo.
—Decime, ¿por qué la demora? ¿Por qué?
—¿Querés saberlo?
—Sí —gritó él—, quiero saberlo.
—Dijo que le había gustado y que mañana volviera.
El Tanga frenó en seco y se ladeó para mirarla de frente.
—¿Mañana otra vez? ¿Y aceptaste?
—No me lo estaba preguntando...
El Tanga hizo sus cálculos, se sintió razonablemente optimista
y hasta le propuso que fueran a un restaurante a celebrar. Hacía
mucho tiempo no salían los dos por ahí a un lugar decente.
Sin embargo, Audrey no estaba de humor y le pidió que la llevara
a la casa; así que la dejó en la puerta y, sin mediar más,
siguió para el Café del Capitán. Cuando llegó a
la madrugada, la cerradura le dio más dificultad que lo habitual;
fue al baño, se quitó los pantalones, se sentó a
pensar, pero cuando intentó meterse a la cama, ella, que estaba
despierta, le pidió que fuera a dormir a la otra habitación.
—¿Qué pasa, mi gataparda? —preguntó él,
mientras terminaba de meterse.
—Pasa que no quiero dormir nunca más con vos.
—Ah, debés estar muy cansada, te debió haber dejado
muerta.
Como el Tanga rehusara abandonar la cama, ella se pasó a dormir
a la habitación de Noé, que la encontró ahí junto
a él cuando se despertó pasadas las seis.
—Mami, ¿dormiste aquí? —preguntó después
de levantarle uno de los párpados.
—Sí, anoche hacía tanto calor en la otra habitación
que me vine a dormir aquí.
Audrey estuvo en la cárcel tres veces
en un mes. Con el dinero que entró arreglaron el apartamento,
los daños que normalmente
siempre se quedan porque no hay cómo. Audrey se compró ropa,
llenaron la nevera, compraron algunos muebles nuevos y el Tanga se embolsilló el
resto, pues dijo que estaba ahorrando para meterse en algo por su cuenta.
Era su momento: tenía la pensión, la paga del contrato
de pichones y Audrey aportaba generosamente al presupuesto familiar.
Noé estaba feliz porque su habitación lucía llena
de juguetes y tenía ropa linda. «Una familia feliz siempre
es una familia productiva», decía el Tanga.
Habían quedado en que tomaría un taxi a la hora que terminara,
para que él no tuviera que estarse en la calle esperándola
hasta cualquier hora, y menos después del incidente con los guardias.
Además, porque cuando el patrón se encerraba con ella no
se sabía cuánto tiempo iba a querer dejarla. Una noche
la hizo quedar, amaneció en la cárcel por su cuenta. Cuando
salió, llevaba dos veces más dinero del que se había
ganado durante el último mes.
|