El premio nobel José Saramago en Bogotá
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Ilustraciones de Giovanni Clavijo
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Durante su reciente visita a Colombia el premio Nobel de literatura 1998, José Saramago, habló en la Biblioteca Luis Ángel Arango de Bogotá sobre su más reciente novela, Ensayo sobre la lucidez. Jorge Orlando Melo, director de la Biblioteca, hizo la presentación y conversó con el autor. Revista Número presenta el texto de este encuentro. |
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José Saramago La única respuesta que honestamente se puede dar a la pregunta
es que no se sabe qué pasaría un día si en una
ciudad 83% de los votos introducidos en las urnas fueran votos en blanco.
Como no ocurrió, no sabemos qué sucedería. |
J.O.M.: Uno de los temas del libro tiene que ver con la manipulación, la mentira, la capacidad de transformar un hecho en otro por parte de los medios de comunicación. La democracia mantiene rasgos de buena salud, pero en realidad padece de grandes males, uno de los cuales parece ser la calidad de la información y la capacidad de manipular y de engañar. J.S.: Bueno, yo soy un poquito más radical,
para mí no tenemos democracia. Se me puede objetar que sí la
tenemos porque somos ciudadanos electores, porque las instituciones funcionan,
pero ¿qué es lo que está funcionando? El gobierno
está ahí porque la voluntad popular lo ha querido. Tiene
una fisonomía y una composición porque la mayoría
lo ha querido así. Pero, ¿de qué está hecha
la voluntad popular? Los conceptos son muy fáciles cuando uno
los manipula, los comunica, como una especie de moneda de cambio, pero
mientras no se investigue qué es lo que eso significa, qué es
lo que ha pasado allí para que esa supuesta voluntad popular se
haya expresado, seguiremos sabiendo muy poco. Sin embargo, esto no acaba
aquí porque el problema central, el problema fundamental es que
por encima de lo que llamamos el poder político hay otro poder
no democrático, el económico, que desde arriba le determina
toda la vida a un poder que está por debajo. Pienso que no se
puede decir, con toda la ligereza del mundo, que vivimos en democracia
cuando esa democracia no dispone de medios ni de ningún instrumento
para controlar o para impedir los abusos del poder económico.
Y es que todo el poder abusa, o por lo menos lo intenta, sea el poder
político, sea el poder económico, cualquiera, no sólo
corrompe sino que es corruptor, pero sobre todo tiende a abusar de su
propia fuerza. El poder económico no es una excepción,
en especial cuando sabemos que, salvo una excepción particular,
el poder político en cada país no aspira, no tiene en principio
sueños imperialistas; no es que no haya una excepción,
y la conocemos todos, pero antes que se inventara la net, ya
se había inventado la red, compuesta por las conexiones del poder
industrial y financiero que, como en una especie de Olimpo, determina
y decide nuestras vidas. Por ejemplo, un organismo que tiene una importancia
fundamental en la economía mundial, como prácticamente
todos los países lo saben, en algunos casos con mucho dolor y
mucho sacrificio, es el Fondo Monetario Internacional (FMI), el cual,
paradójicamente, no es democrático. Por un lado, las Naciones
Unidas tienen una cosa un poco extraña que es el Consejo de Seguridad,
que en el fondo funciona como el Fondo Monetario Internacional en todo
lo relacionado con el dinero. El FMI lo manejan representantes de las
cinco grandes potencias del mundo. Por eso los otros países no
tienen nada que hacer: se someten, aceptan las condiciones, o de lo contrario
se les cierra el grifo. |
J.O.M.: Esa frase la dice el comisario, y dice también otra cosa que me llamó la atención: que él había leído esa frase hace mucho en un libro que ya olvidó. Voy a tomar esa alusión para preguntar algo en relación con el libro, con la cultura, con la literatura: hasta dónde hoy, con la estructura cada vez más comercial del mundo de la cultura, el libro, las bibliotecas, las demás experiencias culturales, etcétera, pueden ayudar algo a que se produzcan revelaciones como la que tiene el comisario, que descubre de pronto, recordando una frase que ha leído una vez, que él tiene una conciencia moral a la que ha de responder y que debe actuar con lucidez yclaridad. J.S.: Bueno, es cierto que el comisario, para no pasar
por vanidoso, por soberbio, dice que la ha leído en un libro y
que se olvidó del nombre y del autor. No, no la ha leído,
esto es lo que está diciendo él; el narrador inventó esta
frase para ponerla en la boca del comisario, pues lógicamente él
no podía decirla: hay muchas cosas que aparentemente nosotros
no podríamos ni decir, ni hacer, y de repente las decimos y las
hacemos, y este es el caso. Yo creo que sí, que el libro ha sido
eso, un espacio, un lugar, unas hojas de papel donde unas cuantas personas
han puesto y siguen poniendo ideas, opiniones, sentimientos; todo está ahí.
Y nos alimentamos todos de eso, es decir, los que lo dicen, los que lo
reciben, esa especie de intercambio constante que en el fondo, aunque
no sea muy visible, existe entre autores y lectores. Pero se necesita
algo más. Cuando alguien me decía que una de mis obras
le había cambiado la vida, yo al principio le preguntaba cómo,
pero después me pareció estúpido porque en el fondo
no se puede esperar que una novela cambie la vida de una persona; puede
modificar una percepción determinada de esto o de aquello, pero
cambiar la vida no, no puede. Lo que sí se puede hacer para cambiar
la vida es que cada uno de nosotros ponga su parte, no su grano de arena,
sino su parte de lo que llevamos dentro de la cabeza, para hacer un debate.
Ahora mismo en todo el mundo se están reuniendo miles de congresos,
miles de mesas redondas, miles de simposios, y puedo asegurar, sin temor
a equivocarme, que hay una sola cosa que no se está discutiendo:
la democracia. Es como si fuera un dato descubierto de una vez por todas
y para siempre, y por tanto sobre él no vale la pena hablar y
yo digo que, al contrario, sí vale la pena, hablar interminablemente,
pensar, reflexionar, discutir con nuestros seres más cercanos,
aclarar cosas. J.O.M.: Desde el siglo XIX existía la visión de que la política era fundamentalmente una estructura manipulada y dominada por el poder económico. El problema es cuál es la lógica para enfrentarlo, de dónde puede surgir algo diferente. En la novela hay una clara metáfora, no sé si la interpreto bien, en la medida en que todo esto pasa sin que nadie lo mueva, sin que haya un promotor, una persona que lo propone y convence a los demás. En la vida real probablemente sea diferente, alguien tiene que proponer algo para que ocurra mañana, pero en esta novela nunca se sabe qué pasa, quién actúa, todos y nadie, una frase que evoca el viejo drama de Fuenteovejuna. Y esto parece estar en la misma perspectiva de Marx, cuando nos decía que el poder económico se expresaba en el poder político y lo controlaba. La rebelión podía darse sólo por la solidaridad de todos, pero él lo planteaba en términos de la organización de la clase social, los sindicatos, etcétera. Tal vez hoy no lo plantearíamos igual, pero yo veo en la novela, de todas maneras, la reiteración de que no hay salida, sino salidas de solidaridad y salidas de todos. J.S.: Bueno, sí, pero volvemos a lo mismo. Nosotros
vivimos hoy en un mundo que Marx no conoció, vivimos en un mundo
vigilado, somos vigilados. Se acabó la privacidad. Si la vida
privada se acabó en alguna forma, la conciencia privada, por usar
el mismo término, ha sufrido un atentado similar. La libertad,
y ahora hablo de la libertad de conciencia, a veces se arriesga a convertirse
en algo utópico, con muy poco contenido. |
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