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En
la celebración
de mi nacionalidad colombiana |
Por Jesús Martín-Barbero
Fotografía de Alejandro Martín
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JESÚS MARTÍN-BARBERO (Ávila, España). Vive en Colombia entre 1963 y 1968. Obtiene el doctorado de filosofía en Lovaina y posdoctorado en semiótica y antropología en París. Regresa a Colombia en 1973. En julio de 1975 funda el Departamento de Ciencias de la Comunicación en la Universidad del Valle, donde se pensiona en diciembre de 1995. A partir de esa fecha asesora a instituciones como la OEI y el Convenio Andrés Bello, coordina investigaciones internacionales y dicta cursos en universidades de América Latina, Europa y Estados Unidos. Su trabajo se ha centrado en cultura, medios, comunicación y políticas culturales. Su libro De los medios a las mediaciones (Barcelona, G. Gili, 1987) se ha reeditado cinco veces y se ha traducido al inglés, francés y portugués. En los años ochenta coordinó la primera investigación sobre telenovela en cinco países de América Latina, y así mismo el libro Televisión y melodrama (Bogotá, Tercer Mundo, 1992). En 1999 escribe con Germán Rey Los ejercicios del ver (Barcelona, Gedisa). Y en el 2002 el Fondo de Cultura Económica publica su obra Oficio de cartógrafo: travesías latinoamericanas de la comunicación en la cultura. Actualmente es profesor investigador en la Universidad Javeriana y miembro del Consejo Nacional de Ciencias Sociales de Colciencias. |
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A finales
del año pasado el profesor Jesús Martín-Barbero obtuvo
la nacionalidad colombiana, más de 40 años después
de haber arribado al país por primera vez. Jesús, colaborador
habitual de revista Número, es uno de los pensadores más
importantes de América Latina en relación con el tema de
la cultura y los medios de comunicación. Publicamos sus palabras
en el acto protocolario, así como un poema que le escribió
Eduardo Carranza en 1968. |
Me
asomé por primera vez a este país el 15 de octubre de
1963, desde la ventanilla de un avión, en medio de un aguacero
que difuminaba el atardecer de la sabana y volvía imprecisos
los contornos de las edificaciones y el paisaje. De la travesía
por la ciudad hasta el hotel me queda sólo el recuerdo de las
fugaces imágenes de gente guareciéndose de la lluvia bajo
los aleros, la mayoría vestida con una prenda cuyo nombre aprendería
al día siguiente: ruana. Y al día siguiente, en la cafetería
del hotel, experimentaría también el primer extrañamiento
justo allí donde mejor creía reconocerme, en el idioma.
La chica que servía el desayuno me preguntó «¿Le
provoca un perico?», ante lo cual quedé físicamente
sin habla, pues «provocar» en mi castellano de la vieja
Castilla significaba «incitar a pelear» o —aún
peor— «dar náuseas», ¡y un perico era
un loro! O sea, que junto a los parecidos y las semejanzas de la gente
de acá con los de la madre patria, aprendí de una vez
lo hondas y significativas que eran las diferencias, las que sin embargo
no me impidieron sentir desde muy pronto una secreta empatía
por el país; mientras la mayoría de los españoles
que he conocido en Colombia se juntaban con mucha frecuencia entre ellos
para compartir su mundo, yo jamás he experimentado esa necesidad,
pues desde muy temprano me sentí en familia con los colombianos.
A lo largo de mis 21 años en Cali, cada vez que visitaba al cónsul
español para que me renovara el pasaporte, él me entregaba
el carnet del club español y me regañaba por no verme
nunca en él. Gracias. |
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