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| Cuento |
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INFORME
DISCIPLINARIO
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POR JUAN SEBASTIÁN CÁRDENAS
Ilustraciones de Ángel Rodríguez
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JUAN SEBASTIÁN CÁRDENAS. Escritor y traductor colombiano radicado en Madrid. Colaborador de revistas españolas como Artecontexto y Letras Libres. |
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Quién
nos iba a decir que tan sólo un día después de
aquel incidente veríamos los primeros síntomas de la peor
calamidad de que se tenga memoria en estos vetustos muros... |
Preocupado,
empecé a interrogar a los propios alumnos de prekínder y
nada de lo que pude sonsacarles me hizo pensar que en sus casas se faltara
al santo mandamiento de la limpieza y la salubridad. El mal, concluí,
tenía que haber sido inoculado dentro del colegio y sólo
una mente perversa podía haber hecho semejante cosa. Tardé
todo un día en adelantar mi primera hipótesis y, pese a
mis reticencias iniciales, finalmente quedé persuadido de que el
culpable no era otro que un resentido Epifanio Rengifo (232XX). Llamé
a su casa y tuve la desgracia de hablar con su progenitor, un hombre sórdido
y miserable, entregado al alcohol tras la desdichada muerte de su esposa.
Le comuniqué lo sucedido y no pareció importarle en lo más
mínimo. Incluso tuvo la osadía de colgarme el teléfono,
cosa por demás nada sorprendente, pues ya se sabe que de tal palo... Detalles aparte, la epidemia prosiguió su inexorable avance y en cuestión de días se había propagado por las clases 1A, 1B, 1C, 2A, 2B, 3A, 3B, 4A, 4B, 4C y 5C. Tres semanas después aparecieron los piojos en 2C, 3C, 5A y 5B, con lo que podía decirse que toda la sección primaria estaba invadida de piojos. Mi reacción, entonces, consistió en aislar la zona de bachillerato para interrumpir el avance y así generar una semicuarentena en la sección afectada. Dicho aislamiento consistió en cubrir los pasillos comunicantes con sendas lonas untadas de un vinagre que ningún piojo habría podido soportar. Pero de nuevo mis disposiciones no lograron detener a las furibundas alimañas que, dicho sea de paso, mostraban un comportamiento sumamente inteligente. Pronto hubo cabezas mugrosas entre 6B y 6C. Me pregunté entonces cómo habían sorteado el fétido obstáculo que yo había interpuesto entre ellas y las bachilleres cabelleras. ¿Acaso habían descubierto una ruta alternativa? Ya podía ver en mis imaginaciones preocupadas al infame del Epifanio Rengifo vertiendo un frasco de piojos en la clase de prekínder. No podía ser otro. Nadie tenía tantos móviles y a la vez tanta ruindad en el alma como para perpetrar acción tan nefanda. Perentoriamente me propuse localizar al malhechor para darle el castigo merecido y ponerlo a disposición judicial, cosa que logré sin mayores esfuerzos (gracias a mis informes y diversas gestiones, Epifanio Rengifo se encuentra recluido actualmente en la Escuela Correccional para Menores Toribio Maya). Sin embargo, como nos ha sido dado comprobar en carne propia, la suerte de esta institución estaba más que echada. En cosa de cuatro o cinco días ya estaban afectadas las clases 6C, 7A, 7B, 7C, 8A, 8B, 8C, 9A, 9B y 9C. La situación era ya desesperada. Dos días después las alimañas habían invadido el resto del bachillerato. Todo el colegio estaba contagiado. Era irreversible. Y he aquí que, en el momento más álgido, cuando ya todo parecía perdido, tomé la decisión que me valió la condecoración que me impusieron las autoridades locales: yo mismo, en persona, llegué hasta las enormes puertas del colegio y las cerré con cuádruple pestillo. Se trataba de una heroica cuarentena total. Al día siguiente los piojos se habían adueñado de todas las cabezas, tanto del profesorado como del alumnado, exceptuando la del conserje Moreno Yonibí y la mía propia, ambos amparados en nuestra rotunda calvicie. Sólo entonces, viendo cómo ilustres pedagogos y profesionales se reunían por los patios y corredores con los alumnos para despiojarse entre sí como improvisados homínidos, tuve un momento de vacilación y creí haber cometido un error garrafal al declarar el hermético encierro. Por lo demás, ni siquiera las insistentes y casi enloquecidas llamadas de las histéricas madres de los infantes lograron doblegar mi férrea voluntad de llegar hasta el fondo de este angustioso torbellino. Cualquier otro, al ver ese espectáculo de saltos, quejidos, rasguños desesperados, manos que arrancan mechones con frenetismo —o esa imagen dantesca del profesor Arévalo, eminente matemático, corriendo despavorido por todos los salones y dándose cabezazos contra las paredes—, cualquier otro, digo, habría perdido no ya el control sino además el juicio. Yo no. Mi carácter estoico se impuso nuevamente y entre el conserje Moreno Yonibí y yo empezamos la esforzada labor de rapar, una por una, las cabezas de todos los que allí se encontraban sufriendo las horrorosas torturas de aquellos bichitos inmundos. Y digo que la labor era esforzada porque costaba reducir al afectado, obligarlo a estarse quieto, doblegar su histeria mientras lo rapábamos. Después de pasar un día entero inmersos en esa tarea, Yonibí y yo calculamos que tardaríamos al menos un mes en raparlos a todos. Semejantes previsiones eran desalentadoras, pero no nos quedaba más remedio que seguir adelante. El trabajo fue intenso, arduo, hasta el punto de parecer eterno. Los días con sus noches pasaron lenta, trabajosamente. |
Una
noche de aquéllas, aprovechando que uno de los alumnos de 6A, Palmiro
Cabrera (434XC), dormía por fin plácidamente, me acerqué
a él para raparlo. Cuando me disponía a repasar la máquina
de afeitar por su cabeza minúscula y plagada de lunares, creí
ver entre la congregación masiva de piojos nada más ni nada
menos que una pulga. Este hecho me produjo un sobresalto del que pude
recobrarme a medias sólo cuando logré corroborar el hecho
ayudándome con una linterna. Había, en efecto, una pulga,
gorda, marrón, revuelta con los piojos. O quizá no estaba
revuelta, sino como en una actitud preponderante, de mando. Entonces advertí
la curiosa disposición de los piojos: estaban todos reunidos, como
en actitud expectante, alrededor de la pulga, que daba pequeños
saltos y hacía curiosos movimientos con las patas delanteras. En
ese momento habría dado mi vida y todo cuanto tengo por hacerme
con el mítico anillo de Salomón –aquel que le permitía
al rey judío comprender el lenguaje de los animales-, pues a todas
luces aquello no era otra cosa que una convención, un mitin. Revisé
unas cuantas cabezas más y en todas ellas se repetía, con
mínimas variaciones, la misma escena: piojos en masa reunidos alrededor
de una o dos pulgas gordas. Me reuní de emergencia con el bueno de Yonibí y después de ponerlo al tanto del fenómeno nos dedicamos a deducir, que es lo que cabe en estos casos. Al calor de un café y unos cigarrillos, y apenas iluminados en mi gabinete, concluimos que las pulgas, que debían ser muchas menos que los piojos, seguramente habían pertenecido al Circo de Pulgas que se presentara con tanto éxito en la feria popular del mes de enero; prueba de ello eran sus habilidades, su pericia, su fuerza y su impresionante capacidad de persuasión. En aquel circo debían recibir muy malos tratos por parte de sus entrenadores —teniendo siempre que arrastrar carretas, salir disparadas por cañones o ser obligadas a caminar por un alambre—, lo que podría constituir el móvil para que actuasen con esa imparable sed de venganza. Los piojos, asistiendo como de costumbre a su cita anual con nuestro colegio, habrían recibido adiestramiento por parte de las pulgas, haciendo que esta vez el exterminio por los métodos habituales resultara prácticamente imposible. Pero para que las pulgas pudieran realizar esa labor se necesitaba alguien que las introdujese al centro escolar y ese no había sido otro que el diabólico —qué otro adjetivo aplicarle— de Epifanio Rengifo. Contentos con los resultados de nuestras elucubraciones, pues conociendo la causa se puede atacar directamente el problema, el fiel conserje Yonibí y un servidor nos fuimos a dormir con la satisfacción del deber cumplido. Al día siguiente empezamos a matar sólo a las pulgas, sin perder el tiempo en los piojos. Esto provocaba gran revuelo, terror entre los indefensos y la dispersión efectiva de la masa. Había conatos de resistencia, pero la eliminación de las pulgas se demostró como un método de extrema eficacia. Aterrados, los piojos saltaban de las cabezas como de un buque en llamas. El solo aroma del vinagre los ponía como locos, se alborotaban, corrían sin rumbo, daban grandes saltos y desaparecían. Exactamente tres semanas y media después logramos controlar la plaga y levantar la cuarentena. Los padres pudieron entrar al colegio para ver a sus niños, para fundirse con ellos en el tibio abrazo del reencuentro. Allí entraron en juego las campañas de salubridad. A partir de entonces la población de alimañas trazó una pendiente en el plano cartesiano y por allí se fue rodando la plaga con la misma celeridad con que nos había golpeado. Y heme aquí, grato servidor de esta ciudad ilustre, cuna de protohombres y santos varones, dispuesto a cumplir con mi deber un año más y aún más lleno de orgullo al portar en el pecho de mi chaqueta, desde hoy y para siempre, la insignia que me impuso el magnánimo gobernador del departamento, don Aurelio Ignacio Chaux García, egresado de esta casa y de cuyos hijos esperamos que, aprovechando las enseñanzas que sabiamente impartimos día tras día en nuestras aulas, consigan los mismos egregios resultados en todos los terrenos de la vida pública. |
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