Cuento
INFORME DISCIPLINARIO


POR JUAN SEBASTIÁN CÁRDENAS
Ilustraciones de Ángel Rodríguez

JUAN SEBASTIÁN CÁRDENAS. Escritor y traductor colombiano radicado en Madrid. Colaborador de revistas españolas como

Artecontexto y Letras Libres.

 


    Popayán, 28 de agosto de 1964
Estimados señores de la junta directiva y de la asociación de padres de familia del colegio Santa Agripina del Sepulcro:
Considerando que no sólo es mi deber sino que además me compete como director de este reputado centro de conocimiento e inveterada cantera de las mentes más sobresalientes de nuestra patria chica, me propongo ofrecer a continuación un informe pormenorizado de los penosos acontecimientos que con tanta virulencia nos han azotado recientemente. Para llevar a cabo esta tarea, tendré que remontarme a los días previos al inicio del brote epidémico.
    Tras una ardua investigación emprendida por el excelentísimo consejo de maestros, se llegó a la conclusión de que todo habría empezado en la nefasta mañana en que se procedió al castigo del alumno Epifanio Rengifo (232XX). Según algunas de nuestras fuentes de información entre el alumnado, este último, conocido por sus constantes sanciones disciplinarias y sus múltiples crímenes contra el bienestar de la comunidad estudiantil en general —y cuyo carnet (232XX) ya ostentaba hasta cinco perforaciones, las cuales sólo se practican en el Documento de Identificación Interno (DII) cuando el alumno comete una falta grave o muy grave—, se trabó en una riña feroz con el alumno Teoclistides Chaux por la propiedad de una empanada de carne y un estilógrafo Parker en la mañana del 18 de abril, durante el segundo descanso. Todo apunta a que los mencionados objetos le pertenecían al alumno Chaux, quien, después de agotar todos los medios para reclamar lo que por derecho era suyo y en vista de que Rengifo cuenta con la inestimable complicidad de un grupo de badulaques incorregibles a la hora de cometer sus horrores, prefirió caballerosamente —haciendo honor a su insigne tradición familiar de grandes señores, todos ellos egresados y generosos mecenas de esta magnánima institución— recurrir a sus formidables conocimientos en materia pugilística. No bien había comenzado el intercambio de golpes cuando la noticia llegó a mis oídos.     De inmediato tomé cartas en el asunto: me dirigí raudo al lugar de los acontecimientos y separé a los dos alumnos sin mucho esfuerzo. Siempre apelando a la ecuanimidad que ha caracterizado mis acciones durante mi etapa como director del centro y siguiendo fielmente los estatutos del Reglamento Interno, procedí al castigo salomónico de los implicados. El alumno Teoclistides Chaux recibió una punición de doce vueltas a la cancha de fútbol; Epifanio Rengifo (232XX), por su parte, fue conducido a la rectoría, donde además de ocho fuetazos en las posaderas, sostuvo una charla con Félix Jaramillo, S.J., confesor y psicólogo del colegio, cuyo informe fue supremamente desfavorable. Según su veredicto técnico, el alumno Rengifo (232XX) muestra una conducta agresiva y fomenta con su actitud la desobediencia y el irrespeto a la autoridad.
    Puedo jurar que en mi larga trayectoria, primero como maestro de biología y luego como director de varios centros educativos, jamás me las había visto con un individuo con un perfil tan marcadamente antisocial como el de Epifanio Rengifo (232XX). Su expulsión, qué duda cabe, estaba completamente justificada. No sólo por cuestiones puramente reglamentarias —dado que su carnet ya sumaba la sexta perforación, lo cual es motivo inmediato de expulsión—, sino ya por el ensañamiento, por la clara vocación facinerosa que mostraba en cada acción, en cada gesto. Era un elemento incorregible y ya se sabe que una manzana podrida suele contagiar sus miasmas por toda la cesta.

    Quién nos iba a decir que tan sólo un día después de aquel incidente veríamos los primeros síntomas de la peor calamidad de que se tenga memoria en estos vetustos muros...
    Hacia el final de la tarde del 19 de abril la profesora de prekínder, Nelly Viveros, acudió a mi despacho para informarme que en su clase (prekínder A) había surgido inesperadamente un brote de piojos. Una noticia tan habitual no tenía por qué causar ningún revuelo, ya que casi todos los años tenemos un brote de estas características. En consecuencia, le ordené a la señorita Viveros que siguiera el procedimiento habitual: informar a los padres, promover la limpieza con vinagre y el despioje exhaustivo de los niños en sus respectivas casas.
    Pero una semana después, los piojos ya habían invadido las cabezas de todos los alumnos de prekínder A, B y C, y se rumoreaba que en otros cursos de la sección primaria ya habían aparecido algunos casos. Aun así, nada que no pudiera tratarse con una buen campaña de limpieza dentro y fuera del colegio. Dediqué toda esa semana a llamar personalmente a los padres de los alumnos afectados, muchos de los cuales, a su vez, me reprocharon y tácitamente responsabilizaron a la institución por el brote de piojos, poniendo en duda el aseo de nuestras pulcrísimas instalaciones.

    Preocupado, empecé a interrogar a los propios alumnos de prekínder y nada de lo que pude sonsacarles me hizo pensar que en sus casas se faltara al santo mandamiento de la limpieza y la salubridad. El mal, concluí, tenía que haber sido inoculado dentro del colegio y sólo una mente perversa podía haber hecho semejante cosa. Tardé todo un día en adelantar mi primera hipótesis y, pese a mis reticencias iniciales, finalmente quedé persuadido de que el culpable no era otro que un resentido Epifanio Rengifo (232XX). Llamé a su casa y tuve la desgracia de hablar con su progenitor, un hombre sórdido y miserable, entregado al alcohol tras la desdichada muerte de su esposa. Le comuniqué lo sucedido y no pareció importarle en lo más mínimo. Incluso tuvo la osadía de colgarme el teléfono, cosa por demás nada sorprendente, pues ya se sabe que de tal palo...
    Detalles aparte, la epidemia prosiguió su inexorable avance y en cuestión de días se había propagado por las clases 1A, 1B, 1C, 2A, 2B, 3A, 3B, 4A, 4B, 4C y 5C. Tres semanas después aparecieron los piojos en 2C, 3C, 5A y 5B, con lo que podía decirse que toda la sección primaria estaba invadida de piojos.
    Mi reacción, entonces, consistió en aislar la zona de bachillerato para interrumpir el avance y así generar una semicuarentena en la sección afectada. Dicho aislamiento consistió en cubrir los pasillos comunicantes con sendas lonas untadas de un vinagre que ningún piojo habría podido soportar.
    Pero de nuevo mis disposiciones no lograron detener a las furibundas alimañas que, dicho sea de paso, mostraban un comportamiento sumamente inteligente. Pronto hubo cabezas mugrosas entre 6B y 6C. Me pregunté entonces cómo habían sorteado el fétido obstáculo que yo había interpuesto entre ellas y las bachilleres cabelleras. ¿Acaso habían descubierto una ruta alternativa? Ya podía ver en mis imaginaciones preocupadas al infame del Epifanio Rengifo vertiendo un frasco de piojos en la clase de prekínder. No podía ser otro. Nadie tenía tantos móviles y a la vez tanta ruindad en el alma como para perpetrar acción tan nefanda. Perentoriamente me propuse localizar al malhechor para darle el castigo merecido y ponerlo a disposición judicial, cosa que logré sin mayores esfuerzos (gracias a mis informes y diversas gestiones, Epifanio Rengifo se encuentra recluido actualmente en la Escuela Correccional para Menores Toribio Maya).
    Sin embargo, como nos ha sido dado comprobar en carne propia, la suerte de esta institución estaba más que echada. En cosa de cuatro o cinco días ya estaban afectadas las clases 6C, 7A, 7B, 7C, 8A, 8B, 8C, 9A, 9B y 9C. La situación era ya desesperada. Dos días después las alimañas habían invadido el resto del bachillerato. Todo el colegio estaba contagiado. Era irreversible.
    Y he aquí que, en el momento más álgido, cuando ya todo parecía perdido, tomé la decisión que me valió la condecoración que me impusieron las autoridades locales: yo mismo, en persona, llegué hasta las enormes puertas del colegio y las cerré con cuádruple pestillo. Se trataba de una heroica cuarentena total.
    Al día siguiente los piojos se habían adueñado de todas las cabezas, tanto del profesorado como del alumnado, exceptuando la del conserje Moreno Yonibí y la mía propia, ambos amparados en nuestra rotunda calvicie. Sólo entonces, viendo cómo ilustres pedagogos y profesionales se reunían por los patios y corredores con los alumnos para despiojarse entre sí como improvisados homínidos, tuve un momento de vacilación y creí haber cometido un error garrafal al declarar el hermético encierro. Por lo demás, ni siquiera las insistentes y casi enloquecidas llamadas de las histéricas madres de los infantes lograron doblegar mi férrea voluntad de llegar hasta el fondo de este angustioso torbellino. Cualquier otro, al ver ese espectáculo de saltos, quejidos, rasguños desesperados, manos que arrancan mechones con frenetismo —o esa imagen dantesca del profesor Arévalo, eminente matemático, corriendo despavorido por todos los salones y dándose cabezazos contra las paredes—, cualquier otro, digo, habría perdido no ya el control sino además el juicio. Yo no. Mi carácter estoico se impuso nuevamente y entre el conserje Moreno Yonibí y yo empezamos la esforzada labor de rapar, una por una, las cabezas de todos los que allí se encontraban sufriendo las horrorosas torturas de aquellos bichitos inmundos. Y digo que la labor era esforzada porque costaba reducir al afectado, obligarlo a estarse quieto, doblegar su histeria mientras lo rapábamos. Después de pasar un día entero inmersos en esa tarea, Yonibí y yo calculamos que tardaríamos al menos un mes en raparlos a todos. Semejantes previsiones eran desalentadoras, pero no nos quedaba más remedio que seguir adelante. El trabajo fue intenso, arduo, hasta el punto de parecer eterno. Los días con sus noches pasaron lenta, trabajosamente.
    Una noche de aquéllas, aprovechando que uno de los alumnos de 6A, Palmiro Cabrera (434XC), dormía por fin plácidamente, me acerqué a él para raparlo. Cuando me disponía a repasar la máquina de afeitar por su cabeza minúscula y plagada de lunares, creí ver entre la congregación masiva de piojos nada más ni nada menos que una pulga. Este hecho me produjo un sobresalto del que pude recobrarme a medias sólo cuando logré corroborar el hecho ayudándome con una linterna. Había, en efecto, una pulga, gorda, marrón, revuelta con los piojos. O quizá no estaba revuelta, sino como en una actitud preponderante, de mando. Entonces advertí la curiosa disposición de los piojos: estaban todos reunidos, como en actitud expectante, alrededor de la pulga, que daba pequeños saltos y hacía curiosos movimientos con las patas delanteras.     En ese momento habría dado mi vida y todo cuanto tengo por hacerme con el mítico anillo de Salomón –aquel que le permitía al rey judío comprender el lenguaje de los animales-, pues a todas luces aquello no era otra cosa que una convención, un mitin. Revisé unas cuantas cabezas más y en todas ellas se repetía, con mínimas variaciones, la misma escena: piojos en masa reunidos alrededor de una o dos pulgas gordas.
    Me reuní de emergencia con el bueno de Yonibí y después de ponerlo al tanto del fenómeno nos dedicamos a deducir, que es lo que cabe en estos casos. Al calor de un café y unos cigarrillos, y apenas iluminados en mi gabinete, concluimos que las pulgas, que debían ser muchas menos que los piojos, seguramente habían pertenecido al Circo de Pulgas que se presentara con tanto éxito en la feria popular del mes de enero; prueba de ello eran sus habilidades, su pericia, su fuerza y su impresionante capacidad de persuasión. En aquel circo debían recibir muy malos tratos por parte de sus entrenadores —teniendo siempre que arrastrar carretas, salir disparadas por cañones o ser obligadas a caminar por un alambre—, lo que podría constituir el móvil para que actuasen con esa imparable sed de venganza. Los piojos, asistiendo como de costumbre a su cita anual con nuestro colegio, habrían recibido adiestramiento por parte de las pulgas, haciendo que esta vez el exterminio por los métodos habituales resultara prácticamente imposible. Pero para que las pulgas pudieran realizar esa labor se necesitaba alguien que las introdujese al centro escolar y ese no había sido otro que el diabólico —qué otro adjetivo aplicarle— de Epifanio Rengifo.
    Contentos con los resultados de nuestras elucubraciones, pues conociendo la causa se puede atacar directamente el problema, el fiel conserje Yonibí y un servidor nos fuimos a dormir con la satisfacción del deber cumplido.
Al día siguiente empezamos a matar sólo a las pulgas, sin perder el tiempo en los piojos. Esto provocaba gran revuelo, terror entre los indefensos y la dispersión efectiva de la masa. Había conatos de resistencia, pero la eliminación de las pulgas se demostró como un método de extrema eficacia. Aterrados, los piojos saltaban de las cabezas como de un buque en llamas.     El solo aroma del vinagre los ponía como locos, se alborotaban, corrían sin rumbo, daban grandes saltos y desaparecían.
    Exactamente tres semanas y media después logramos controlar la plaga y levantar la cuarentena. Los padres pudieron entrar al colegio para ver a sus niños, para fundirse con ellos en el tibio abrazo del reencuentro. Allí entraron en juego las campañas de salubridad. A partir de entonces la población de alimañas trazó una pendiente en el plano cartesiano y por allí se fue rodando la plaga con la misma celeridad con que nos había golpeado.
    Y heme aquí, grato servidor de esta ciudad ilustre, cuna de protohombres y santos varones, dispuesto a cumplir con mi deber un año más y aún más lleno de orgullo al portar en el pecho de mi chaqueta, desde hoy y para siempre, la insignia que me impuso el magnánimo gobernador del departamento, don Aurelio Ignacio Chaux García, egresado de esta casa y de cuyos hijos esperamos que, aprovechando las enseñanzas que sabiamente impartimos día tras día en nuestras aulas, consigan los mismos egregios resultados en todos los terrenos de la vida pública.

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