La trágica saga de la Flor de Escorpión


Serie de fotografías: Retratos de Dráculas
Texto y fotografías de Jorge Mario Múnera

Uno de los más importantes fotógrafos colombianos, presenta en blanco y negro una serie de imágenes de orquídeas, que hace alusión a la trágica saga de esta flor, símbolo del amor apasionado y de la perfección estética, y de quienes cayeron en su irresistible y letal atracción.

 

 

    Casi nadie sabe que en la historia de las maravillosas orquídeas existe un capítulo fatal de terribles tragedias de carne y hueso. Desde un principio, en la mitología griega, Orchis se encuentra en el bosque con el cortejo de Dioniso y pierde la cabeza por una de las mujeres que lo acompañan, intenta poseerla por la fuerza y ella, para defenderse, le ordena a las fieras del monte que lo maten; sin embargo, al ver el hermoso cadáver, ella se arrepiente de su orden y les implora a los dioses que le devuelvan la vida. Éstos, conmovidos con su súplica, lo reviven transformándolo en orquídeas.
    Así mismo en otras culturas la aparición de esta flor, símbolo del amor apasionado y de la perfección estética, está ligada a sucesos sangrientos y brutales: en el sur de Asia son sus pétalos el ajado vestido de una diosa vapuleada; en las pinturas de la antigua China las orquídeas, junto a los ciruelos, los crisantemos y el bambú, contemplan, desde serenas pinceladas, el transcurrir de milenios de despiadadas guerras. En las culturas precolombinas, su preciado uso alimenticio, medicinal y religioso las convierten, junto con otras especias, en acicate de la devastadora horda española. Pero es a partir del siglo XIX cuando su fatalidad se manifiesta con feroz intensidad. La voracidad que se desata en la Europa victoriana por esta flor acarreará una interminable cadena de muertes, empezando por la de millones de ejemplares de orquídeas muy diversas que perecieron por las tétricas condiciones de los viajes rumbo al exilio. Es inimaginable la desaparición de tantas especies en medio de huracanes terribles y naufragios, en un drama paralelo al del comercio de los esclavos que surcaron las mismas aguas, todos presas de ese cruel mercado.
    Mientras tanto, se saqueaban los bosques para saciar la fiebre de la exquisita afición. Se derribaron selvas enteras para apoderarse de las orquídeas que habitaban sus galerías y sus copas, y otro tanto lo depredó este nuevo género de cazadores para que sus competidores no pudieran conseguir determinadas especies preciosas y quedaran únicamente en poder de alguno de ellos. En una extraña venganza, muchos de esos hombres pagaron con sus vidas la osadía de ese rapto masivo, sin discernir si su propósito eran científico, comercial o tan sólo un irrefrenable capricho. Casi todos ellos, caídos en las redes de la irresistible y letal atracción, terminaron muertos entre orquídeas, en medio de estas exuberantes selvas que siguen siendo destruidas en forma encarnizada y sistemática por la tala, la ganadería, la fumigación química indiscriminada y los bombardeos de extensas áreas que son nicho de especies endémicas.
Colombia, país que tiene la fama de ser el más rico en especies de orquídeas en el mundo, abunda también en casos de muertes surgidas en la persecución de esta bella flor.
    Grandes personajes de la historia de la botánica y anónimos recolectores llegaron a estas selvas, como hipnotizados, dando los pasos de un fatídico ritual. Pasaron por aquí Aimé Bonpland, quien terminó su vida de buscador de orquídeas en los límites de Uruguay y Brasil, muriendo dos veces seguidas: la primera en forma natural y la otra, de varias puñaladas. William Arnold, comerciante victoriano desaparecido en los estruendosos raudales del Orinoco. Falkenberg, consumido por las fiebres y el delirio en las selvas de Panamá. David Bowman, víctima de una imparable disentería en Bogotá. Friederich Carl Lehmann, minero y orquideólogo, fue durante muchos años el cónsul de Alemania en Popayán, donde vivió buena parte de su vida hasta cuando lo asesinaron mientras recorría el río Timbiquí. Albert Millican, recolector, pintor, fotógrafo y autor del libro Travels and Adventures of an Orchids Hunter, cuyos huesos reposan desde 1899 en el cementerio de Victoria (Caldas) después de una feroz cuchillada. El renombrado Gustavo Wallis pereció de fiebre amarilla y malaria entre las brumas de las cimas andinas. Enders, uno de los más grandes recolectores, murió tiroteado en una calle de Riohacha.
    Y no sólo fueron ellos las víctimas de este sino mortal; también muchos de los herbarios que con gran esfuerzo colectaron, desaparecieron por la violencia de los conflictos locales y de las guerras europeas, empezando por el de José Celestino Mutis, sacado de afán de Bogotá, perdiéndose parte de su material en los recovecos de la huida. El fabuloso herbario de Reichenbach fue casi todo incinerado durante la primera guerra mundial, lo mismo que el gran herbario de Rudolf Schelchter, consumido por los bombardeos de 1943 en Alemania. También se perdieron, por la misma causa, una gran serie de láminas que José Celestino Mutis le regaló a Humboldt y éste donó a la ciudad de Berlín. La misma suerte corrieron muchos de los jardines botánicos de la Europa de ese entonces, donde previamente sus encargados habían cocinado centenares de miles de orquídeas, tratándolas de adaptar a invernaderos que tenían todas las características de las cámaras de gas.
    Hacia mediados del siglo XX las difíciles condiciones de orden público alejaron a los investigadores extranjeros de nuestras selvas, por lo que a partir de esa fecha la búsqueda de orquídeas quedó en manos de recolectores colombianos que, salvo contadas excepciones, han engrosado la lista de muertos en pos de la exótica flor: José María Guevara, José María Serna, Evelio Segura, Bernardo Tascón, son algunos nombres conocidos entre tantos desconocidos sacrificados en la trágica saga de la Flor de Escorpión.


 

 

 

 

 

 

 

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