Casi
nadie sabe que en la historia de las maravillosas orquídeas existe
un capítulo fatal de terribles tragedias de carne y hueso. Desde
un principio, en la mitología griega, Orchis se encuentra en
el bosque con el cortejo de Dioniso y pierde la cabeza por una de las
mujeres que lo acompañan, intenta poseerla por la fuerza y ella,
para defenderse, le ordena a las fieras del monte que lo maten; sin
embargo, al ver el hermoso cadáver, ella se arrepiente de su
orden y les implora a los dioses que le devuelvan la vida. Éstos,
conmovidos con su súplica, lo reviven transformándolo
en orquídeas.
Así mismo en otras culturas la aparición
de esta flor, símbolo del amor apasionado y de la perfección
estética, está ligada a sucesos sangrientos y brutales:
en el sur de Asia son sus pétalos el ajado vestido de una diosa
vapuleada; en las pinturas de la antigua China las orquídeas,
junto a los ciruelos, los crisantemos y el bambú, contemplan,
desde serenas pinceladas, el transcurrir de milenios de despiadadas
guerras. En las culturas precolombinas, su preciado uso alimenticio,
medicinal y religioso las convierten, junto con otras especias, en acicate
de la devastadora horda española. Pero es a partir del siglo
XIX cuando su fatalidad se manifiesta con feroz intensidad. La voracidad
que se desata en la Europa victoriana por esta flor acarreará
una interminable cadena de muertes, empezando por la de millones de
ejemplares de orquídeas muy diversas que perecieron por las tétricas
condiciones de los viajes rumbo al exilio. Es inimaginable la desaparición
de tantas especies en medio de huracanes terribles y naufragios, en
un drama paralelo al del comercio de los esclavos que surcaron las mismas
aguas, todos presas de ese cruel mercado.
Mientras tanto, se saqueaban los bosques para
saciar la fiebre de la exquisita afición. Se derribaron selvas
enteras para apoderarse de las orquídeas que habitaban sus galerías
y sus copas, y otro tanto lo depredó este nuevo género
de cazadores para que sus competidores no pudieran conseguir determinadas
especies preciosas y quedaran únicamente en poder de alguno de
ellos. En una extraña venganza, muchos de esos hombres pagaron
con sus vidas la osadía de ese rapto masivo, sin discernir si
su propósito eran científico, comercial o tan sólo
un irrefrenable capricho. Casi todos ellos, caídos en las redes
de la irresistible y letal atracción, terminaron muertos entre
orquídeas, en medio de estas exuberantes selvas que siguen siendo
destruidas en forma encarnizada y sistemática por la tala, la
ganadería, la fumigación química indiscriminada
y los bombardeos de extensas áreas que son nicho de especies
endémicas.
Colombia, país que tiene la fama de ser el más rico en
especies de orquídeas en el mundo, abunda también en casos
de muertes surgidas en la persecución de esta bella flor.
Grandes personajes de la historia de la botánica
y anónimos recolectores llegaron a estas selvas, como hipnotizados,
dando los pasos de un fatídico ritual. Pasaron por aquí
Aimé Bonpland, quien terminó su vida de buscador de orquídeas
en los límites de Uruguay y Brasil, muriendo dos veces seguidas:
la primera en forma natural y la otra, de varias puñaladas. William
Arnold, comerciante victoriano desaparecido en los estruendosos raudales
del Orinoco. Falkenberg, consumido por las fiebres y el delirio en las
selvas de Panamá. David Bowman, víctima de una imparable
disentería en Bogotá. Friederich Carl Lehmann, minero
y orquideólogo, fue durante muchos años el cónsul
de Alemania en Popayán, donde vivió buena parte de su
vida hasta cuando lo asesinaron mientras recorría el río
Timbiquí. Albert Millican, recolector, pintor, fotógrafo
y autor del libro Travels and Adventures of an Orchids Hunter, cuyos
huesos reposan desde 1899 en el cementerio de Victoria (Caldas) después
de una feroz cuchillada. El renombrado Gustavo Wallis pereció
de fiebre amarilla y malaria entre las brumas de las cimas andinas.
Enders, uno de los más grandes recolectores, murió tiroteado
en una calle de Riohacha.
Y no sólo fueron ellos las víctimas
de este sino mortal; también muchos de los herbarios que con
gran esfuerzo colectaron, desaparecieron por la violencia de los conflictos
locales y de las guerras europeas, empezando por el de José Celestino
Mutis, sacado de afán de Bogotá, perdiéndose parte
de su material en los recovecos de la huida. El fabuloso herbario de
Reichenbach fue casi todo incinerado durante la primera guerra mundial,
lo mismo que el gran herbario de Rudolf Schelchter, consumido por los
bombardeos de 1943 en Alemania. También se perdieron, por la
misma causa, una gran serie de láminas que José Celestino
Mutis le regaló a Humboldt y éste donó a la ciudad
de Berlín. La misma suerte corrieron muchos de los jardines botánicos
de la Europa de ese entonces, donde previamente sus encargados habían
cocinado centenares de miles de orquídeas, tratándolas
de adaptar a invernaderos que tenían todas las características
de las cámaras de gas.
Hacia mediados del siglo XX las difíciles
condiciones de orden público alejaron a los investigadores extranjeros
de nuestras selvas, por lo que a partir de esa fecha la búsqueda
de orquídeas quedó en manos de recolectores colombianos
que, salvo contadas excepciones, han engrosado la lista de muertos en
pos de la exótica flor: José María Guevara, José
María Serna, Evelio Segura, Bernardo Tascón, son algunos
nombres conocidos entre tantos desconocidos sacrificados en la trágica
saga de la Flor de Escorpión.