|
|
|
Estaba
lavando los platos cuando sonó el timbre. Apenas lo alcancé
a oír debido al volumen de la música. Escuchaba Clásicos
de siempre en Radio Capital mientras jabonaba los vasos que heredé
de mamá. Son dos docenas, todos iguales. Un poco molesta por
la interrupción, me sequé las manos y bajé el volumen.
|
En
todo esto pensaba mientras Neto y Norma entraban a mi casa. Pasaron sin
saludar y mientras nos dirigíamos hacia la sala, caí en
la cuenta de que Neto hablaba conmigo. —Nancy: tenemos malas noticias y qué pena ser nosotros los que debamos darlas. —¿Qué pasa? —pregunté. Neto se puso a llorar como el día en que murió su mamá. Era una situación incómoda. Yo pensaba en mis vasos. Estaban ya jabonados, mientras esa pareja lloraba en mi sala. Para entonces, Norma lo abrazaba y también se había puesto a llorar. Yo fui a traer un paquete de kleenex que tenía en mi bolso. Raúl y yo llevábamos tres años juntos. Él se había separado de su mujer y a los pocos meses empezamos a salir y a compartir nuestros amigos. Nunca nos fuimos a vivir juntos. De tener hijos ni hablar. Él tenía ya uno. Decía que era demasiado para un solo hombre. Yo no tengo ninguno, pero no me hacen falta para nada. Por eso tal vez nunca nos casamos. Por eso, y porque él jamás se divorció. Su esposa no quería darle el divorcio. Total, yo con recuperar mi Ulises daría por saldada esta etapa de mi vida. Entre mocos, hipos y «páseme otro kleenex», me enteré de que en la subida al páramo Raúl se estrelló de frente contra una volqueta. No hubo sobrevivientes. No sé qué cara puse, pero a juzgar por la de ellos me imagino que fue la adecuada, o al menos la que ellos esperaban porque se levantaron y me abrazaron. Yo correspondí. Me dijeron que yo era la verdadera viuda, aunque la esposa de Raúl ya estaba de viaje a Latacunga con su abogado. Iban para el levantamiento del cadáver y para iniciar los trámites de sucesión. Supe también que venían a llevarme a casa de Raúl, donde se estaban reuniendo los amigos y parientes. Traté de explicarles que primero quería terminar de lavar los platos. Sonrieron amablemente y Norma se ofreció a hacerlo mientras yo me cambiaba de ropa. Debía ponerme ropa negra. Sin mucha gana, acepté. Me preocupaba que fuera a romper los vasos de mamá. Dos docenas de vasos, todos iguales, era una maravilla que debía cuidar para poder servir en vasos idénticos, en las raras ocasiones en que invito amigos. Me fui a mi habitación un poco aturdida, pero cuando salí, vestida de viuda, me di cuenta de que los vasos seguían en el mismo estado en que los había dejado y eso me tranquilizó. Cuando llegamos a casa de Raúl, todos los presentes se acercaron a abrazarme. Escuché las frases de siempre y respondí con las palabras correctas. Me senté en un sillón y miré al piso porque no encontraba nada más que mirar. La gente se turnaba sentándose a mi lado y dándome palmadas en la espalda. Las mujeres me besaban las mejillas y los hombres, la mano. No sé cuánto tiempo pasó hasta que llegó Julia, la hija de Raúl, y no sé por qué me levanté para saludarla y ella aceleró el paso para abrazarme, soltando un lamento muy ruidoso para mi oído y muy húmedo para mi hombro. Yo alcé los ojos y todos me sonrieron complacidos. En los velorios es así, cualquier cosa hace sonreír a la gente. A mí nada me causaba gracia en ese momento. Yo había dejado los platos a medio jabonar en mi casa, y las cosas estaban sucediendo de tal manera que sospechaba que todo esto tomaría demasiado tiempo. De pronto recordé el Ulises. Sabía el lugar exacto donde estaba. Sólo tenía que llegar hasta allí y tomarlo. Cuando Julia se calmó un poco, nos sentamos juntas. No pude controlar mi ansiedad y le pedí que me dejara pasar al estudio por última vez. Ella dijo que claro y me dio un beso. Esto también provocó muchas sonrisas entre los presentes y hasta emotivas lágrimas. Yo sentí un gran alivio.
|
Una
amiga se ofreció para acompañarme pero yo me negué:
—Es algo que tengo que hacer sola —le expliqué. Ella sonrió benevolente y todos estuvieron de acuerdo. Subí. Entré. Traté de cerrar la puerta pero crujía mucho. Me senté en el sillón por si acaso alguien me había seguido. Espié por la rendija pero no vi a nadie, así que busqué con la mirada el Ulises y en seguida lo encontré. Lo tomé, lo metí rápidamente en mi bolso y volví a sentarme. Recorrí mecánicamente con la mirada las estanterías. Encontré dos libros más que Raúl se había llevado y también los guardé. Volví a sentarme. El sol entraba directo hasta el sillón donde me había acomodado. Pensaba descansar un poco del ruido de la gente, pero el calor era peor. Decidí regresar. Al salir, tomé un retrato mío que Raúl tenía sobre el escritorio. Era una foto que me había hecho él mismo cuando nos queríamos mucho. Tomé también otra foto donde estábamos los dos sentados en un jardín. No sé qué jardín sería, pero la foto era bonita. Hasta me veía flaca. Y con esas dos fotos en la mano, bajé las gradas. No sé cuánto tiempo estuve arriba pero había llegado más gente y otra vez empezaron los abrazos, los sollozos, las frases memorizadas desde siempre. Las fotos en mi mano debieron causar buena impresión porque todos querían verlas. Yo las enseñé mientras apretaba fuertemente el bolso con el Ulises dentro de él. Ya podía volver tranquila a lavar mis vasos. Sólo era cuestión de esperar unas pocas horas. |
Esto y mucho más encontrará en NÚMERO
Regresar
a la Página Principal
Artículos en Internet |
Suscripciones | Editorial
| Número Ediciones | Números
Anteriores
Revista Número.
Carrera 21 Nº85-40 . Telefax: [571] 635-8012¬ 635-8013
Bogotá, Colombia
numero@elsitio.net.co