Separata especial de revista Número

EL NUEVO
DECAMERÓN


Por R.H. Moreno-Durán

R.H. Moreno-Durán. Escritor y ensayista. Autor de novelas como Fémina Suite, Los felinos del canciller, Mambrú y La conexión africana, y de ensayos como De la barbarie a la imaginación y Taberna y fábula. Recibió el Premio Nacional de Literatura y en enero del 2004 el premio Ciudad de San Sebastián, en España, país en el que vivió durante varios años.


    Quienes hablamos castellano nacimos con el estigma del destierro en la voz. Desde niños supimos que nuestro idioma cobró forma y se volvió clamor en medio de la decepción y la tristeza de quienes acompañaron a Rodrigo Díaz de Vivar en ese injusto y largo exilio que le impuso su rey. El primer Cantar de nuestra lengua tuvo como tema el destierro y mil años más tarde la historia se empeña en demostrarnos que nuestro destino es similar al que le dio vida a la epopeya de Mio Cid Campeador. Hoy como ayer, al hablar reivindicamos todas las inflexiones de exiliar, un verbo que, parodiando al poeta desterrado, se hace desgracia al andar.
    El exilio es, pues, un largo y penoso libro que se escribe paso a paso, párrafo a párrafo, durante esa lenta experiencia que va difuminando lo que quienes añoran el solar nativo suelen llamar patria. Ese libro, por lo general, lleva el título que le pone cada uno de sus protagonistas y, salvo la segunda parte del Pentateuco, el Éxodo, raras veces lleva un nombre colectivo. Sin embargo, en la reciente historia hispanoamericana el éxodo tuvo nombre propio gracias a una extraña casualidad que, de no ser por las dolorosas circunstancias vividas, sería motivo de regocijante y literario festejo. Pero, como diría un transterrado, hay que avanzar por partes.
    En el exilio se borran —o, por lo menos, se anulan pasajeramente— las nacionalidades: uno es de ninguna parte, así la nostalgia se empeñe en anclarnos en alguna geografía imprecisa. En el exilio sólo hay un tiempo: el presente de la supervivencia. Contra un ayer que nos lastima y un mañana que nos apesadumbra, el presente es el único asidero a la realidad. Para ese presente no valen el pasado ni el futuro, pues el primero está obnubilado por la ira o el resentimiento y el segundo por la esperanza. El exilio se nutre de otros exilios: el de mis compañeros que se ven reflejados en mi desgracia como yo en las de ellos. Por todo esto, tal vez la única virtud del exilio es descubrir la solidaridad, pues sólo la solidaridad nos une y gracias a esa camaradería de tránsfugas sobrevivimos en tierra de infieles. Mientras la soledad es un privilegio del artista en esas épocas bonancibles cuando uno tiene patria, en el exilio dicha soledad significa la muerte. Por eso, la solidaridad de los exiliados es la vida ante la soledad que es el lujo de quienes pueden vivir y morir en ese trozo de tierra que los vio nacer o que eligieron para habitar su tiempo. El exilio es un interludio contra la violencia que nos arrancó de ese dominio natal al que sólo evocamos cuando lo perdemos y nos envía a otro lugar, donde la violencia adquiere las formas de la discriminación o la indiferencia. Porque no hay violencia más cruel que la compasión o la falsa piedad de quienes, a regañadientes, nos abren sus puertas. Y aunque el exilio es un lastre del alma, tiene también su dignidad: no soporta la falsa misericordia ni tampoco se doblega ante la más desdichada de las imposiciones: guardar silencio en casa ajena. So pretexto de no herir la susceptibilidad del anfitrión, suele exigírsele al incómodo huésped callar ante lo que ve, así las cosas bordeen la ignominia.

    El exilio es para un escritor la más dolorosa de las condenas, pues se le impone la extraña decencia de callar ante lo que, en su país de origen, provocó el destierro y que en su lugar de adopción merecería una réplica o una declaración. El exilio cifra su máxima gravedad en un silencio que, aunque cortés, no deja de ser pusilánime. O cuando por desconocimiento de la lengua de su nueva casa, debe recitarse a diario el silabario natal para sobrevivir. Porque el silencio, para un hombre que escribe, es la muerte. A menudo, el exilio impone una servidumbre aberrante: permanecer impávido ante esa página en blanco que es la realidad y transigir ante las afrentas que vive o presencia en la patria adoptiva. El exilio se transforma entonces en suicidio o connivencia. Pero la palabra es proteica y en la clandestinidad del exilio toda auténtica escritura es subversiva. A pesar del silencio que se le exige, el escritor vuelve a ser libre gracias a la transgresión que pone en marcha su escritura.
    Pero la memoria me impone ahora un pronombre y un regressus, y por eso miro hacia atrás, sin ira. En la séptima década del convulsionado siglo XX, españoles e hispanoamericanos volvimos a encontrarnos por segunda vez como protagonistas del drama con que parece doblegarnos la lengua común desde sus orígenes, como lo confirma el ya mencionado precedente del Mio Cid Campeador, el primer gran desterrado de nuestra cultura. El primer encuentro tuvo lugar a partir del 1° de abril de 1939, cuando el éxodo recuperó su acepción bíblica y legiones enteras de españoles cruzaron las fronteras, sufrieron humillaciones sin nombre en campos de concentración como los de Argéles y Saint Ciprien, aunque luego pudieron atravesar el Atlántico en una nueva versión de la travesía de los galeones. Y una vez en América se reconciliaron con la lengua y, al hablarla, recuperaron los matices de esa sensibilidad que a todos, a uno y otro lado del océano, nos ha hecho tan felices y desgraciados al mismo tiempo. Pero lo más importante para los españoles de la diáspora fue descubrir que el Nuevo Mundo negaba la más grande paradoja del refranero, esa que afirma desde los tiempos del Cid y contra toda lógica que hay gente que no tiene dónde caerse muerta. Pero treinta años después miles de hispanoamericanos hicieron el viaje inverso, arrastrados por circunstancias tan aberrantes como las que motivaron el viaje de la España peregrina. Y también muchos de ellos —los que se salvaron de extraviarse entre las brumas de Escandinavia o el Báltico o del ghetto de alguna cultura exótica— desmintieron en la tierra de sus ancestros la ya citada conseja popular y tuvieron un lugar para ordenar, así fuera provisionalmente, los avíos de un exilio que, voluntario o impuesto, no dejaba de ser una desgracia.
    Y en España —que apenas era una mínima escala en el vasto mapa del desarraigo— algunos transterrados lograron encontrar espacios más o menos idóneos para ventilar sus historias. Bares, aulas universitarias o antesalas de las editoriales servían de improvisados foros para que los exiliados se reconciliaran con la idea de la supervivencia a toda prueba. Y uno de esos lugares fue «Boccaccio», una boîte de Barcelona donde solían concentrarse artistas, militantes de izquierda, intelectuales, en fin, la progresía que había crecido al amparo de las actitudes contestatarias que gestaron en el mundo entero las jornadas de mayo del 68. Allí, a pesar de la dictadura del general Francisco Franco, se discutía una y otra vez sobre las desgracias del pasado y las tribulaciones del porvenir. Pero se impone una pregunta: ¿a quién se le ocurrió darle el nombre de «Boccaccio» a un lugar que, en principio, era un punto de encuentro para espíritus despreocupados, ávidos de sensaciones y aventuras de todo tipo y donde el castellano común, al socaire de un catalán que pese a la represión lingüística ya se atrevía a salir a la calle, abría espacios para el intercambio de toda clase de historias? Historias que con el correr de los meses y los años, y ya bien entrado el decenio de los años setenta, eran una sola: la de las errancias y miserias, la de las nostalgias y esperanzas de los contertulios, que venían del otro lado del mar.
    «Boccaccio» había sido, en los años más felices de la Década Prodigiosa, un pretexto para la permisividad. Cuando la juventud del mundo reclamaba su derecho a la felicidad y coqueteaba con la transgresión, en la España amordazada por la censura fascista algunas almas bienpensantes se reunían en esa boîte de la zona alta barcelonesa —que luego hizo metástasis en otra, de Madrid— a conspirar, o simplemente a flirtear y beber. Eran los años de la Gauche Divine —que suena menos cursi que la Divina Izquierda—, y mientras los imperios totalitarios comenzaban a resquebrajarse, la monolítica España se empeñaba en permanecer en pie. Pero de pronto «Boccaccio» dejó de ser el nombre de un antro amable y licencioso, y se convirtió en memoria de una errancia colectiva; fue durante esos años en que exiliados de Argentina y Nicaragua, de Uruguay y Perú, de Chile y Paraguay, de Brasil y Colombia convirtieron sus mesas y reservados en largos fragmentos de esa enorme enciclopedia de la intolerancia y la persecución que fue la historia hispanoamericana de la época.
    Los contadores de historias ya no huían de la Florencia que en los albores del Renacimiento inspiró a Giovanni Boccaccio sino que la peste se llamaba ahora Videla y Bordaberry, Bánzer y Stroessner, Pinochet y Somoza. Y lo significativo es que la suma oral de los cuentos que cada uno narraba ya no tenía auditorio en los plácidos campos de la Toscana sino en un confortable cenáculo camuflado en el corazón mismo de la más incombustible de las dictaduras del pasado siglo. Y esas historias, que hablaban de vejámenes sin fin, aumentaban noche tras noche, convirtiéndose en una dolorosa antología de la memoria que, a diferencia del precedente florentino, ya no hablaba de galantería y sexo sino de tortura y muerte. El nuevo Decamerón adquirió forma merced a espeluznantes relatos como el del joven a quien, por pensar diferente, sus verdugos le aplicaban la picana en los testículos, o el de la muchacha que por llevar bajo el brazo un volumen titulado Eros y civilización se volvía sospechosa y era violada reiteradamente y a continuación, con un hierro al rojo vivo, le marcaban la svástica en los glúteos. Sin proponérselo, muchas voces anónimas escribieron en el «Boccaccio» el Decamerón del horror.
    Por sugerente casualidad, esa boîte unía en la nomenclatura de sus calles próximas nombres como el del cronista Ramón Muntaner, quien en el siglo XIV narró las errancias catalanas por el Oriente mientras Giovanni Boccaccio componía su libro, y el del argentino Bartolomé Mitre, quien, como Dante, cuya obra tradujo, también conoció el exilio. Los espectros ambulantes de Muntaner y Mitre escuchaban los capítulos de ese nuevo Decamerón que se escribía en la penumbra del «Boccaccio», donde la América transhumante ventilaba la miseria de sus experiencias y el provisional fracaso de sus sueños. Pero de alguna forma el nombre mismo de Boccaccio les insuflaba una tímida alegría a las expectativas de los narradores, aunque vale la pena considerar una curiosa salvedad: si los cien relatos del Decamerón se dejan oír lejos de Florencia, en el exilio voluntario de los narradores, ¿por qué noventa y nueve de ellos eluden el tema del exilio, que es lo que motiva la huida de la ciudad de quienes los cuentan? Sólo un relato tiene como asunto central el destierro y es el del conde Angers, en la historia octava de la Segunda Jornada, lo que parece demostrarnos que el verdadero drama no está en la reiteración sino en el sesgo o la elipsis. Lo que sí queda claro es que, como Scherezada en Las mil y una noches y las siete mujeres y los tres hombres en el Decamerón, todos cuentan para evitar la muerte: Scherezada para evadir el afán uxoricida de Schahriar, su marido, y los diez florentinos para escapar de la peste de 1348. Y en las largas veladas del «Boccaccio» barcelonés, el contar era un infinitivo que se hizo sustantivo —es decir, un relato hecho sujeto— que servía para buscar asilo en la solidaridad de otros que, como el narrador, también contaban.
    Al escribir en el exilio el nuevo Decamerón, América, a través del horror, insiste en la tradición clásica. Por eso no resulta extraño que Mefistófeles (el más universal de los desterrados) le recuerde a Fausto (el más grande y desdichado de los intelectuales) una verdad que puede servir de colofón a estas consideraciones y es que «sólo la eternidad es exilio». Y entonces, para seguir con la literatura de registro más alto, cabe reiterar una certeza: la de que como escritores nacimos y nos expresamos con una prosa sin patria, desarraigada, transhumante. ¿Acaso quienes hablamos castellano no comenzamos a hacerlo modulando las palabras del desplazamiento, palabras que se han repetido en nuestra tradición durante la ya larga travesía de nuestra cultura? ¿De qué puede extrañarse entonces un escritor que abandona España huyendo del fascismo en 1939 o un hispanoamericano que treinta años después se refugia en la España de sus mayores huyendo de las dictaduras de su continente, si ya el primer gran monumento de nuestra lengua común convierte el exilio no sólo en un pretexto épico sino en el destino mismo de nuestra propia condición vital?

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