Separata especial de revista Número

CON EL PAÍS
TATUADO EN EL CORAZÓN


Por León Valencia

León Valencia (Andes, Antioquia, 1955). Fue miembro del comando central del grupo guerrillero ELN en la década del ochenta. En 1994 participó en la firma de un acuerdo de paz con el gobierno nacional. Columnista de los diarios El Tiempo y El Colombiano y en revistas como Semana, Diners y Credencial. Ha publicado Adiós a la política, bienvenida la guerra y Miserias de la guerra, esperanza de la paz, ambos libros de carácter político. Con el pucho de la vida es su primera novela.


    No es fácil contar esto, no es fácil contar el desarraigo, así sea temporal, así sea un irse para volver pronto, así sea solamente cambiar de habitación mientras el pensamiento y el corazón siguen en el país de uno, en la ciudad de uno. Me he tenido que ir en dos ocasiones del país por amenazas. La primera vez fue en mayo de 1998. La segunda, mayo de 2003. Ahora me doy cuenta de que mayo no es un buen mes para mí.
    La segunda vez fue menos dramática, pero no menos triste. La primera vez tuve que partir apresuradamente. El acecho se hizo insoportable una noche y me tuve que ir a dormir a la embajada de Holanda. Gisbert Bos, el embajador, era mi amigo y me había dicho que en cualquier emergencia me fuera para su casa. En ese tiempo habían asesinado a Eduardo Umaña Mendoza, Jesús María Ovalle y al general Landazábal, el ambiente del país estaba crispado como nunca, tanto que el presidente Ernesto Samper, en una conversación que aún hoy me parece insólita, me dijo que quizás lo mejor era que me fuera por un tiempo al exterior. Dormí varias noches en la embajada con mi compañera mientras tramitábamos nuestro viaje a Holanda.
    La segunda vez, el año pasado, me di más tiempo, quizás porque las amenazas sonaban menos apremiantes o quizás porque el corazón se va cansando de huir y me resistía a salir. También en esta oportunidad hablé con el presidente Álvaro Uribe y recibí de él apoyo inmediato, pero igualmente me alarmó el hecho de sentir, al momento de visitarlo, que estaba al tanto de mis problemas míos y los de mis amigos y percibir que los tenía por muy preocupantes. Me fui más cerca, para el cono sur, con un propósito concreto: hacer un libro sobre América Latina, el momento y sus líderes. Aun así, no me sentí para nada bien.
    Cuando está en la guerra, uno piensa que la vida azarosa es esa y sueña que la vida civil es más tranquila y más predecible, que la paz se hace para poder tener una familia, para ver a sus amigos frecuentemente y saber que una casa con biblioteca conocida y perdurable lo acogerá a uno día tras día, pero se encuentra con un país en el que no hay menos sobresaltos para los que abandonamos las armas que para los que aún las sostienen en las manos de un lado o del otro. En la civilidad el peligro también acecha y se siente más en las calles abiertas, en las plazas, en las esquinas, en la fragilidad de quien está expósito.
    Uno piensa que el Estado puede protegerlo porque en un pacto de paz se ha puesto bajo su ala y cree que el Estado es grande y fuerte, pero se da cuenta de la vulnerabilidad de las instituciones colombianas y de la impotencia de sus gobernantes al poco tiempo de estar en la legalidad. Se da cuenta, no sin estupor, de esta realidad. Porque ha cambiado la clandestinidad, el caminar subrepticiamente por el mundo con varias cédulas, con varios pasaportes, con el sigilo de quien se sabe perseguido, por el gusto de estar dentro de la sociedad con unas reglas, con unos derechos y con unos deberes. Ha cambiado de vida con la certeza de amanecer una y otra vez bajo un mismo cielo, pero de un momento a otro siente un miedo tan agudo como el que alguna vez sintió en la guerrilla y se aterra y se va y advierte que la guerra no ha terminado aún.

    Cada uno hace su propio camino afuera. Yo he combatido la nostalgia leyendo endiabladamente literatura y escribiendo unas veces de política y otras de ficción, buscando amigos para tomar vino o whisky o de vez en cuando un ron o un aguardiente de la tierra, y para hablar en privado del país y de sus alegrías y tristezas. Quizás suena un poco frívolo, quizás hay maneras más abnegadas de vivir el destierro, pero debo confesar que también me he gozado la lejanía y la fiesta me ha permitido conjurar mil veces algún resentimiento que quiere asomar en medio del frío estacionario, en ese norte oscuro de las navidades perdidas.
    Me ha resultado casi imposible hablar en público del país en el exterior porque, siento un pudor extraño, no soy capaz de contar lo que ocurre aquí. Alguna vez lo intenté y no me salió bien. Era ante un público francés. En esos días habían aparecido varios artículos en los principales diarios en los que se hablaba de la guerra en Colombia. Decían más o menos que éste era un país de locos, de gente sin ninguna motivación política, que mataban sin razón alguna. Y yo pensé, y lo dije, que una interpretación así apuntaba más a prolongar el sufrimiento que a solucionarlo. Pensé, y lo dije, que cuando no hay razones para la guerra no hay razones para la paz. Pensé, y lo dije, que si en una guerra las partes no encuentran en sus contrarios intereses verdaderos y motivaciones ciertas, no pueden hallar tampoco el camino para disolver o negociar el conflicto. Pensé, y lo dije, que cuando una parte en un conflicto no reconoce en el otro un tris de dignidad, está horadando la dignidad propia.
    Entonces tuve que aclarar una y otra vez que ya no estaba en la guerra, que no sólo me había salido de ella por mi voluntad sino que ahora repudiaba como nadie la violencia. Tuve que aclarar una y otra vez que no formaba parte de ninguno de los bandos en conflicto, pero decir también que en esa guerra que ya no era la mía, esa guerra en la que ya no estaba, hay razones insoslayables en todos los lados, hay motivaciones que son a la vez la fuente del conflicto y la posibilidad de la solución. Las instituciones legales, decía, tienen su legitimidad en la renovación periódica de su respaldo electoral y en la lucha por mejorar la democracia y resolver problemas de la sociedad, pero en los últimos cincuenta años han marginado a una parte minoritaria de la sociedad que ha tomado el atajo de la violencia una y otra vez para buscar su inclusión.
    Con toda seguridad esta parte minoritaria de la nación colombiana, compuesta ahora por campesinos cocaleros, por colonos de fronteras inaccesibles, por jóvenes de los suburbios de las ciudades que no están ni en las estructuras del empleo, ni en los sistemas de salud o educación, lanzados muchos a la delincuencia, compuesta, claro está, por las guerrillas o los paramilitares, alimentadas también por gente establecida que los utiliza para su propio beneficio, esta parte de la sociedad, habría podido tomar otro camino para tramitar su vindicación, pero escogió la violencia política porque ésta, sin duda alguna, subyace en la dura epidermis de nuestra nacionalidad. Nada nos ganamos ahora con banalizar la historia, nada ganamos con declarar una enfermedad mental generalizada como causa de nuestra aguerrida violencia.
    Pero mis interlocutores en el salón de un París que poseía un invierno neblinoso y pesado acometían contra mi argumentación vehemente señalando que era difícil no calificar de actos demenciales los ataques indiscriminados a civiles, los secuestros, las muertes de niños y mujeres, las vejaciones múltiples que se producían mil veces en la guerra colombiana. Tuve la tentación de hablar de sus guerras pasadas para decirles que las contiendas acaecidas en su territorio en el siglo XIX o las libradas en el siglo XX no habían sido avaras en estos episodios y su historia las figuraba cargadas de razones y enaltecidas por el brillo del propósito político. Pero callé, porque no se trataba de tapar nuestras vergüenzas actuales lanzando vergüenzas remotas sobre la cara de mis contradictores.
    Sin embargo, su argumentación no era del todo desdeñable y en este último año, cuando estuve recorriendo el sur del continente latinoamericano, me di cuenta de que a pesar de las razones históricas que tiene nuestra guerra, a pesar de las motivaciones políticas que asoman en su discurso, algo había de extravío mental, algo de oscura irracionalidad, algo de triste sinrazón. Me di cuenta de esto al mirar cómo en Brasil, en Argentina, en Chile y en Uruguay, la atención principal de la sociedad está puesta en problemas del presente, en angustias del hoy; digo algunas: encontrar un nuevo modelo de industrialización, buscar una integración más equitativa y justa con las economías del norte, resolver acuciantes problemas sociales, encontrar caminos para la unidad de los pueblos latinoamericanos. También, claro está, se preocupan por sanar las heridas que dejaron dictaduras militares no lejanas, pero esto ocupa un lugar secundario.
    En cambio, nuestra atención principal está puesta en el pasado, en un conflicto armado que se remonta a los años sesenta, en una exclusión política que se fraguó en el Frente Nacional y no se ha podido superar a pesar de los esfuerzos de reformadores como los de la Constitución de 1991, en una marginación social que hunde sus raíces en la incapacidad para hacer la reforma agraria que exigían los años setenta. Me percaté de que una de las características de la demencia es la desconexión con el aquí y el ahora. Que el orate deambula vociferando palabras incomprensibles que aluden a dichas o a tristezas remotas. Noté, no sin angustia, que tanto en el discurso de nuestros gobernantes como en el de quienes los desafían a mano armada son audibles palabras enrevesadas que bien se pueden atribuir a rasgos de demencia. La racionalidad de nuestro conflicto se cifra en los intereses y pasiones que alientan a las partes, pero el pucho de demencia se denota en la ceguera ante los retos del presente.
    No me ha sido fácil hablar de nuestro país en el exterior, pero me ha resultado imposible dejar de pensar un día en él, porque llevo esta tierra tatuada en el corazón y porque siento que si nos dispusiéramos a resolver mediante la conciliación y de manera rápida los viejos problemas, tendríamos una energía inconmensurable para ayudar al resto de los países latinoamericanos a encontrar un camino para resolver los duros problemas que nos plantea el presente.

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