Cada
uno hace su propio camino afuera. Yo he combatido la nostalgia leyendo
endiabladamente literatura y escribiendo unas veces de política
y otras de ficción, buscando amigos para tomar vino o whisky
o de vez en cuando un ron o un aguardiente de la tierra, y para hablar
en privado del país y de sus alegrías y tristezas. Quizás
suena un poco frívolo, quizás hay maneras más abnegadas
de vivir el destierro, pero debo confesar que también me he gozado
la lejanía y la fiesta me ha permitido conjurar mil veces algún
resentimiento que quiere asomar en medio del frío estacionario,
en ese norte oscuro de las navidades perdidas.
Me ha resultado casi imposible hablar en público
del país en el exterior porque, siento un pudor extraño,
no soy capaz de contar lo que ocurre aquí. Alguna vez lo intenté
y no me salió bien. Era ante un público francés.
En esos días habían aparecido varios artículos
en los principales diarios en los que se hablaba de la guerra en Colombia.
Decían más o menos que éste era un país
de locos, de gente sin ninguna motivación política, que
mataban sin razón alguna. Y yo pensé, y lo dije, que una
interpretación así apuntaba más a prolongar el
sufrimiento que a solucionarlo. Pensé, y lo dije, que cuando
no hay razones para la guerra no hay razones para la paz. Pensé,
y lo dije, que si en una guerra las partes no encuentran en sus contrarios
intereses verdaderos y motivaciones ciertas, no pueden hallar tampoco
el camino para disolver o negociar el conflicto. Pensé, y lo
dije, que cuando una parte en un conflicto no reconoce en el otro un
tris de dignidad, está horadando la dignidad propia.
Entonces tuve que aclarar una y otra vez que
ya no estaba en la guerra, que no sólo me había salido
de ella por mi voluntad sino que ahora repudiaba como nadie la violencia.
Tuve que aclarar una y otra vez que no formaba parte de ninguno de los
bandos en conflicto, pero decir también que en esa guerra que
ya no era la mía, esa guerra en la que ya no estaba, hay razones
insoslayables en todos los lados, hay motivaciones que son a la vez
la fuente del conflicto y la posibilidad de la solución. Las
instituciones legales, decía, tienen su legitimidad en la renovación
periódica de su respaldo electoral y en la lucha por mejorar
la democracia y resolver problemas de la sociedad, pero en los últimos
cincuenta años han marginado a una parte minoritaria de la sociedad
que ha tomado el atajo de la violencia una y otra vez para buscar su
inclusión.
Con toda seguridad esta parte minoritaria de
la nación colombiana, compuesta ahora por campesinos cocaleros,
por colonos de fronteras inaccesibles, por jóvenes de los suburbios
de las ciudades que no están ni en las estructuras del empleo,
ni en los sistemas de salud o educación, lanzados muchos a la
delincuencia, compuesta, claro está, por las guerrillas o los
paramilitares, alimentadas también por gente establecida que
los utiliza para su propio beneficio, esta parte de la sociedad, habría
podido tomar otro camino para tramitar su vindicación, pero escogió
la violencia política porque ésta, sin duda alguna, subyace
en la dura epidermis de nuestra nacionalidad. Nada nos ganamos ahora
con banalizar la historia, nada ganamos con declarar una enfermedad
mental generalizada como causa de nuestra aguerrida violencia.
Pero mis interlocutores en el salón de
un París que poseía un invierno neblinoso y pesado acometían
contra mi argumentación vehemente señalando que era difícil
no calificar de actos demenciales los ataques indiscriminados a civiles,
los secuestros, las muertes de niños y mujeres, las vejaciones
múltiples que se producían mil veces en la guerra colombiana.
Tuve la tentación de hablar de sus guerras pasadas para decirles
que las contiendas acaecidas en su territorio en el siglo XIX o las
libradas en el siglo XX no habían sido avaras en estos episodios
y su historia las figuraba cargadas de razones y enaltecidas por el
brillo del propósito político. Pero callé, porque
no se trataba de tapar nuestras vergüenzas actuales lanzando vergüenzas
remotas sobre la cara de mis contradictores.
Sin embargo, su argumentación no era
del todo desdeñable y en este último año, cuando
estuve recorriendo el sur del continente latinoamericano, me di cuenta
de que a pesar de las razones históricas que tiene nuestra guerra,
a pesar de las motivaciones políticas que asoman en su discurso,
algo había de extravío mental, algo de oscura irracionalidad,
algo de triste sinrazón. Me di cuenta de esto al mirar cómo
en Brasil, en Argentina, en Chile y en Uruguay, la atención principal
de la sociedad está puesta en problemas del presente, en angustias
del hoy; digo algunas: encontrar un nuevo modelo de industrialización,
buscar una integración más equitativa y justa con las
economías del norte, resolver acuciantes problemas sociales,
encontrar caminos para la unidad de los pueblos latinoamericanos. También,
claro está, se preocupan por sanar las heridas que dejaron dictaduras
militares no lejanas, pero esto ocupa un lugar secundario.
En cambio, nuestra atención principal
está puesta en el pasado, en un conflicto armado que se remonta
a los años sesenta, en una exclusión política que
se fraguó en el Frente Nacional y no se ha podido superar a pesar
de los esfuerzos de reformadores como los de la Constitución
de 1991, en una marginación social que hunde sus raíces
en la incapacidad para hacer la reforma agraria que exigían los
años setenta. Me percaté de que una de las características
de la demencia es la desconexión con el aquí y el ahora.
Que el orate deambula vociferando palabras incomprensibles que aluden
a dichas o a tristezas remotas. Noté, no sin angustia, que tanto
en el discurso de nuestros gobernantes como en el de quienes los desafían
a mano armada son audibles palabras enrevesadas que bien se pueden atribuir
a rasgos de demencia. La racionalidad de nuestro conflicto se cifra
en los intereses y pasiones que alientan a las partes, pero el pucho
de demencia se denota en la ceguera ante los retos del presente.
No me ha sido fácil hablar de nuestro
país en el exterior, pero me ha resultado imposible dejar de
pensar un día en él, porque llevo esta tierra tatuada
en el corazón y porque siento que si nos dispusiéramos
a resolver mediante la conciliación y de manera rápida
los viejos problemas, tendríamos una energía inconmensurable
para ayudar al resto de los países latinoamericanos a encontrar
un camino para resolver los duros problemas que nos plantea el presente.