A
mi modo de ver, Colombia no ha vivido un genocidio ni vive una situación
marcada por el terrorismo de Estado. Considero que el país vive
desde hace un buen tiempo lo que llamaría un democidio; esto
es, una hecatombe humanitaria provocada por múltiples autores
estatales y no estatales (antiestatales y proestatales), sin propósito
expreso documentado ni responsabilidad unívoca en un contexto
democrático formal.
Evaluar y comparar estos tres casos —el armenio, el argentino
y el colombiano— nos mostraría hasta qué punto convergen
o no los colombianos en el diagnóstico de la actual violencia
y en qué medida es posible delinear un sendero para alcanzar
una solución política negociada al conflicto armado.
El segundo argumento es sobre el papel de los
intelectuales. En los ejemplos del genocidio armenio y del terrorismo
de Estado argentino, los intelectuales fueron tanto víctimas
directas de esas formas de violencia organizada como importantes referentes
a la hora de estimular una innegable verdad, una mínima reconciliación
y una cierta reparación.
El caso armenio, iniciado el 24 de abril de
1915, comenzó con la masacre de los principales líderes
intelectuales y políticos de la comunidad armenia en el imperio
otomano. El genocidio empezó con la decapitación de la
intelectualidad para descabezar el liderazgo de la comunidad armenia
y continuar con el asesinato a mansalva de niños, mujeres y varones.
Hoy, después de 89 años, por primera vez un sociólogo
e historiador turco, Taner Akcam, profesor actualmente en la Universidad
de Minnesota, ha dicho que lo que les aconteció con los armenios
fue un genocidio. Nadie en Turquía pudo admitir públicamente
por más de ocho décadas que lo que se había cometido
contra los armenios era un genocidio. Fue un intelectual turco quien,
cargando de manera dramática sobre sí el rechazo de su
comunidad en Turquía, expresó con elocuencia un hecho
que ya no se puede refutar: los armenios fueron víctimas de un
genocidio, del primer gran genocidio del violento siglo XX.
En el caso argentino, entre los primeros eliminados,
los primeros desaparecidos, los primeros expulsados, estuvieron los
intelectuales. Pero también fueron ellos los que procuraron la
verdad de lo acontecido y el reencuentro después de tanto horror.
Juristas como Carlos Santiago Niño, escritores como Ernesto Sábato,
entre otros, fueron artífices de que la sociedad afrontara francamente
esos oscuros años de terror. En breve, en los dos ejemplos expuestos,
los intelectuales fueron objeto directo de la violencia y sujetos activos
para procurar la verdad.
Temo que debido a la difícil situación
por la que ha atravesado la intelectualidad colombiana como víctima
usual y recurrente de las acciones de violencia de diferentes grupos
armados y desde el Estado, existe un exceso justificado de cautela por
parte de los intelectuales en medio de un conflicto prolongado e infame.
Pero quizás sólo los intelectuales puedan abrir el sendero
a la verdad, la reconciliación y la reparación. Lamentablemente
el presidente Uribe, que tuvo la oportunidad histórica de invertir
parte de su gran popularidad en pugnar contra la desmemoria y la injusticia,
optó por una negociación con los paramilitares en la que
prevalecieran la amnesia y la impunidad. La ley de alternatividad penal,
en su versión original de 2003, fue una prueba evidente de que
la verdad, la justicia y la reparación estaban lejos de ser las
metas del ejecutivo.
Es tremendo ver cómo en ese contexto
no hay, en la clase política, en el establishment económico
y en la industria mediática, miles, centenas o apenas decenas
de voces más firmes y categóricas para exigir verdad,
justicia y preparación. Por eso creo que hacia el futuro se les
presentan colosales desafíos a los intelectuales colombianos,
tanto a los que están adentro como a los que estamos en la diáspora.
Diría, para terminar, que son tres los
retos. El primero, no inhibir la posibilidad de una incidencia internacional
decidida en Colombia en materia de derechos humanos. Gracias a los gestos
de la Unión Europea, por ejemplo, al decirle al gobierno de Turquía
que si no acepta que cometió un genocidio contra los armenios,
no será miembro pleno de dicha unión, el genocidio a los
armenios aún existe para la humanidad y su reconocimiento sigue
siendo una causa legítima para los armenios. Si en Argentina
se hubiera dejado prosperar la idea, tentadora para la mayoría
de la derecha y para una parte de la izquierda, de que cuando venían
las misiones a evaluar la situación de los derechos humanos en
Argentina era legítimo llenar las calles con el graffiti de que
«Los argentinos somos derechos y humanos», nunca se habría
avanzado en materia de denuncia de la escabrosa condición de
los derechos humanos en el país. Por eso hago un llamado a la
intelectualidad colombiana para que acepte con menos inhibiciones un
papel más activo de la comunidad internacional en materia de
derechos humanos en Colombia. La sobriedad con que algunos aceptan la
intervención militar de Estados Unidos en el país es sorprendente,
al tiempo que criticar la terrible situación de los derechos
humanos en Colombia es visto, por muchos, como una forma indebida de
intromisión en los asuntos internos.
Lo segundo es que cuando sigo las noticias vía
internet, vía contactos, vía adquisición de libros
y publicaciones —sobre todo esta semana que he estado en Colombia—,
lo que más me asombra es la repetición de la idea de que
el país va a encontrar una «solución a la colombiana»
a su situación de violencia. Y lo que entiendo es que se va a
estar más lejos de la verdad y más lejos de la justicia.
Si la «solución a la colombiana» es alejarse de la
verdad y la justicia mediante un oscuro acuerdo con el paramilitarismo,
entonces resulta imperativo elevar una voz crítica. Ese tipo
de «solución a la colombiana» será, necesariamente,
«anticolombiana» a largo plazo, pues pospone la resolución
de los problemas sociopolíticos del país, recrudece los
rencores acumulados en la población civil y conduce al desquiciamiento
del Estado de derecho.
Y lo tercero es que ojalá los intelectuales
sean, cada vez más —como algunos ya lo son—, la voz
de las víctimas. Los poderosos y los victimarios ya tienen muchos
defensores e interlocutores dentro y fuera del país. Es hora
de que desde un lugar mucho más ético, los intelectuales
continúen proveyendo de voz a los maltratados, a los damnificados,
a los olvidados. Cualquiera que sea el rumbo final que adquieran la
actual transacción con los paramilitares y la eventual negociación
futura con las Farc y el ELN, sería fundamental que los intelectuales
miraran y defendieran más esos procesos desde el lado de las
víctimas.