Como hay muchas personas aquí con las
que tengo una vieja amistad, el compromiso es doble. Primero porque
me conocen, y no puedo decir muchas mentiras. Y segundo porque es un
reto hablar de este período, uno de los más dolorosos
y difíciles de mi vida.
Salí del país hace cinco años,
después de recibir varias amenazas, algunas con nombre propio
y otras anónimas. Estas últimas eran las más serias,
las que más me angustiaban. Aunque uno nunca tiene una prueba
objetiva de que la amenaza sea cierta, una prueba suficiente es de lo
que se huye. El amenazado tiene la sensación de que hay algo
subjetivo, algo fantasioso, algo vanidoso en la decisión de irse.
Pero al mismo tiempo hay algo objetivo fundamental: el enrarecimiento
del medio en que uno se mueve, las presiones familiares y las presiones
de los amigos. Este conjunto es en definitiva el que decide el exilio.
Voy a tratar de narrar mi experiencia, o mejor,
un fragmento de ella, que retengo como el más duro. Y lo hago
como escribo mis libros. Es decir, como parte de una historia de vida.
La primera sensación del exilio la tuve
en Barcelona cuando cerré la puerta del apartamento donde iba
a vivir. Sentí el golpe como un rompimiento que tenía
que afrontar, una especie de desmembramiento brutal donde nació
un silencio largo, espeso, un silencio negro que nunca, durante los
cinco años que estuve en el exilio, pude arrinconar, y mucho
menos liquidar.
Los primeros pasos los di como un animal enjaulado
y no quise salir del apartamento hasta unos días después.
Lo hice con miedo, y sólo para mirar alrededor del lugar donde
vivía. Me daba miedo alejarme del sitio que ya comenzaba a colonizar,
donde tenía mi cama, mi ropa, mis zapatos. Sentía que
más allá de unas pocas cuadras caía en un mare
ignotum; sentía como si una muralla me impidiera ir muy lejos.
Sólo unos días después, cuando ya sabía
dónde estaban el mercado, la lavandería, el bar, dónde
vendían el periódico, me atreví a salir de ese
primer círculo y pasear por las Ramblas, sentarme en un café,
coger un bus, montar en metro. Quizás pude comenzar a conocer
ese nuevo mundo cuando quise escribir sobre él para mis amigos.
Los primeros meses me protegió y financió
el Estado español. Pero poco a poco tuve que conseguir otros
ingresos. Fue un período difícil. Una cosa es vivir una
nueva realidad y otra buscarse la vida. Intenté en las universidades
de Cataluña, pero aunque los catalanes son un pueblo democrático,
un pueblo valeroso, un pueblo independiente que quiero mucho, tienen
un grave problema: para entrar a una universidad como profesor, se debe
hablar catalán. Una exigencia que siempre me mantuvo lejos de
la academia. Fuera de la academia, soy sincero, no intenté buscar
trabajo. Soy demasiado cobarde para volver a ser portero de un hotel.
Dicté algunas conferencias en universidades
catalanas y en otras universidades españolas. Sin embargo, me
fue imprescindible especular sobre temas colombianos. Era un vínculo
que no podía ni quería romper: Hablar sobre la guerra
que nos mata, o sobre la paz que no nos permiten hacer, eran temas obligados
que, a la larga, me resultaban un tanto redundantes y algo nostálgicos.
Por lo menos así los sentía. Creo que a la gente le transmitía
esa sensación de nostalgia, esa sensación de tristeza
que uno va acumulando día tras día en el exilio; aunque
debo decir también que el público demostró siempre
una persistente atención sobre nuestros problemas. Era éste
el único ángulo gratificante.
Escribí en Barcelona dos libros, así
como muchas columnas. Tuve que aprender a manejar el computador y dejé
la escritura manual. Creo que fue una ganancia en la medida en que el
computador me permitía borrar y borrar mucho más fácil
y más a fondo que con un borrador. Y fue una ventaja para mi
escritura porque, en el fondo, escribir es borrar, es sacrificar hasta
encontrar el timbre que uno busca. También internet fue un gran
descubrimiento. Tener acceso a la prensa mundial directamente o con
ayuda del traductor fue entrar al siglo XXI. No obstante, nada me sacaba
de esa sensación de abulia ni de tristeza que la condición
de exilio produce.
En los años 1999 y 2000 teníamos
la esperanza de un arreglo negociado con las Farc y, desde luego, yo
vivía pendiente de cada uno de los pasos que se daban en el Caguán.
No solamente porque leía los periódicos sino porque llamaba
dos o tres veces al día a Colombia para tratar de recuperar una
sensación que en el exterior se pierde y que no sé cómo
llamarla. Es un clima que se respira aquí y que le da color a
la información, a la noticia. Es un producto colectivo que se
vive sin saberlo y que no se puede transmitir. Es algo alquímico
que generan la gente de la calle, los amigos, los familiares. Creo que
es lo que le da color a la escritura.