Separata especial de revista Número

UN SILENCIO NEGRO


Por Alfredo Molano

Alfredo Molano. Escritor, investigador y sociólogo. Ha recorrido el país hablando con colombianos de los más remotos rincones, dando vida a libros que hablan como pocos de la realidad nacional. Ha sido director de varias series para televisión y ha obtenido el Premio de Periodismo Simón Bolívar, el Premio Nacional del Libro de Colcultura y el Premio a la Excelencia Nacional en Ciencias Humanas, de la Academia de Ciencias Geográficas, por una vida dedicada a la investigación y a la difusión de aspectos esenciales de la realidad colombiana. Vivió exiliado en Barcelona y en Stanford, donde fue profesor visitante.

 


    Como hay muchas personas aquí con las que tengo una vieja amistad, el compromiso es doble. Primero porque me conocen, y no puedo decir muchas mentiras. Y segundo porque es un reto hablar de este período, uno de los más dolorosos y difíciles de mi vida.
    Salí del país hace cinco años, después de recibir varias amenazas, algunas con nombre propio y otras anónimas. Estas últimas eran las más serias, las que más me angustiaban. Aunque uno nunca tiene una prueba objetiva de que la amenaza sea cierta, una prueba suficiente es de lo que se huye. El amenazado tiene la sensación de que hay algo subjetivo, algo fantasioso, algo vanidoso en la decisión de irse. Pero al mismo tiempo hay algo objetivo fundamental: el enrarecimiento del medio en que uno se mueve, las presiones familiares y las presiones de los amigos. Este conjunto es en definitiva el que decide el exilio.
    Voy a tratar de narrar mi experiencia, o mejor, un fragmento de ella, que retengo como el más duro. Y lo hago como escribo mis libros. Es decir, como parte de una historia de vida.
    La primera sensación del exilio la tuve en Barcelona cuando cerré la puerta del apartamento donde iba a vivir. Sentí el golpe como un rompimiento que tenía que afrontar, una especie de desmembramiento brutal donde nació un silencio largo, espeso, un silencio negro que nunca, durante los cinco años que estuve en el exilio, pude arrinconar, y mucho menos liquidar.
    Los primeros pasos los di como un animal enjaulado y no quise salir del apartamento hasta unos días después. Lo hice con miedo, y sólo para mirar alrededor del lugar donde vivía. Me daba miedo alejarme del sitio que ya comenzaba a colonizar, donde tenía mi cama, mi ropa, mis zapatos. Sentía que más allá de unas pocas cuadras caía en un mare ignotum; sentía como si una muralla me impidiera ir muy lejos. Sólo unos días después, cuando ya sabía dónde estaban el mercado, la lavandería, el bar, dónde vendían el periódico, me atreví a salir de ese primer círculo y pasear por las Ramblas, sentarme en un café, coger un bus, montar en metro. Quizás pude comenzar a conocer ese nuevo mundo cuando quise escribir sobre él para mis amigos.
    Los primeros meses me protegió y financió el Estado español. Pero poco a poco tuve que conseguir otros ingresos. Fue un período difícil. Una cosa es vivir una nueva realidad y otra buscarse la vida. Intenté en las universidades de Cataluña, pero aunque los catalanes son un pueblo democrático, un pueblo valeroso, un pueblo independiente que quiero mucho, tienen un grave problema: para entrar a una universidad como profesor, se debe hablar catalán. Una exigencia que siempre me mantuvo lejos de la academia. Fuera de la academia, soy sincero, no intenté buscar trabajo. Soy demasiado cobarde para volver a ser portero de un hotel.
    Dicté algunas conferencias en universidades catalanas y en otras universidades españolas. Sin embargo, me fue imprescindible especular sobre temas colombianos. Era un vínculo que no podía ni quería romper: Hablar sobre la guerra que nos mata, o sobre la paz que no nos permiten hacer, eran temas obligados que, a la larga, me resultaban un tanto redundantes y algo nostálgicos. Por lo menos así los sentía. Creo que a la gente le transmitía esa sensación de nostalgia, esa sensación de tristeza que uno va acumulando día tras día en el exilio; aunque debo decir también que el público demostró siempre una persistente atención sobre nuestros problemas. Era éste el único ángulo gratificante.
    Escribí en Barcelona dos libros, así como muchas columnas. Tuve que aprender a manejar el computador y dejé la escritura manual. Creo que fue una ganancia en la medida en que el computador me permitía borrar y borrar mucho más fácil y más a fondo que con un borrador. Y fue una ventaja para mi escritura porque, en el fondo, escribir es borrar, es sacrificar hasta encontrar el timbre que uno busca. También internet fue un gran descubrimiento. Tener acceso a la prensa mundial directamente o con ayuda del traductor fue entrar al siglo XXI. No obstante, nada me sacaba de esa sensación de abulia ni de tristeza que la condición de exilio produce.
    En los años 1999 y 2000 teníamos la esperanza de un arreglo negociado con las Farc y, desde luego, yo vivía pendiente de cada uno de los pasos que se daban en el Caguán. No solamente porque leía los periódicos sino porque llamaba dos o tres veces al día a Colombia para tratar de recuperar una sensación que en el exterior se pierde y que no sé cómo llamarla. Es un clima que se respira aquí y que le da color a la información, a la noticia. Es un producto colectivo que se vive sin saberlo y que no se puede transmitir. Es algo alquímico que generan la gente de la calle, los amigos, los familiares. Creo que es lo que le da color a la escritura.

    De alguna manera lo que alimenta mis columnas y mis libros no es la información que posea sobre lo que voy a escribir, sino la sensación que tengo de la gente. Yo necesito a la gente, la necesito ver, la necesito oler, la necesito tocar para poder escribir sobre ella, y creo que esa fue la gran ausencia que me arrinconó en Europa y Estados Unidos. Me hacía falta la gente con que conversaba aquí y que era la materia prima de mi trabajo. Su sensación, sus miradas, sus reproches, las discusiones y las polémicas que podía tener sobre la suerte del país, sobre la desgraciada condición de la guerra y la esperanza tenaz de una negociación profunda y con el país profundo, me eran indispensables para escribir con seguridad. Esa relación de escritura con el país era, y hoy lo reconozco más claramente, una obsesión. Era la única manera de no dejarme exiliar.
    Por circunstancias paradójicas, no fue Francia, donde terminé mis estudios de posgrado, sino Estados Unidos —el país donde no quise estudiar— el que me ofreció una alternativa, cuando ya en Barcelona se me cerraban todas las posibilidades económicas. La Universidad de Stanford me recibió, debo reconocerlo, con una generosa solidaridad. Sin ninguna condición durante el primer año, en la Escuela de Periodismo me dijeron: «Venga y escriba, trabaje en lo que usted quiera. Una generosidad que agradezco y que no había conocido en ningún ámbito académico. Después, el Centro de Estudios Latinoamericanos me ofreció una cátedra sobre historia del conflicto colombiano. El Plan Colombia estaba comenzando y los estudiantes querían entender cuál era el papel de Estados Unidos en nuestra guerra.
    Si tenía resuelto el problema financiero en Estados Unidos, no tenía resuelto el problema de la lengua y, por tanto, el ostracismo era mucho mayor que en España, donde mis recursos económicos eran escasos, pero hablaba español. En Estados Unidos no tenía la lengua, pero sí cómo vivir. Era una compensación. Pero la sensación de aislamiento, la sensación de que nuestra tragedia tenía una importancia marginal contrastaba con la angustia que me producían las noticias sobre la derechización del país, su tentación fascista. Sentirme en la entraña del monstruo sin que nuestra tragedia le hiciera siquiera cosquillas, me resultaba desmoralizante.
    En ambas experiencias, tanto en España como en Estados Unidos, me pregunto hoy cuál es la enseñanza central que he sacado de esos viajes obligados e ingratos. Creo que fue una sola, nítida: la sensación de vivir donde existe un Estado que respeta los derechos de la gente, y los respeta por una razón —que es la que me parece recuperable—: porque la gente lucha por ellos. La gente conoce sus derechos y pelea por ellos. Eso hace del Estado una entidad distinta, fuerte. Miremos lo que pasó en España con el atentado criminal del 11 de marzo: la gente se sintió engañada con la guerra y la rechazó botando al gobierno derechista de Aznar. Nosotros en Colombia somos rebeldes y valientes, pero no conocemos nuestros derechos ni peleamos por ellos. Esa, para mí, fue la gran lección.

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