El lapso que transcurrió entre el estallido
de la granada y nuestro aterrizaje en Ciudad de México fue, para
la organización, un tiempo de incertidumbre política,
en el que debía definir si sostenía la tregua a pesar
de todo, o daba por terminada la búsqueda de los acuerdos de
paz. También fue una etapa especialmente difícil para
mí. Había quedado a medio camino entre el deseo de criar
a mi segundo hijo y la certeza de que el oficio de la guerra no era
compatible con el de la maternidad.
Tengo imágenes fraccionadas de nuestra
llegada a Ciudad de México. Una algarabía de los periodistas
que trataban de abrirse paso, entre los agentes de seguridad, para obtener
algunas declaraciones. Y nosotros, un trío de convalecientes
sin ganas de nada. Voces nos advertían: «Prohibido dar
declaraciones». Una furgoneta oscura, vueltas por la ciudad hasta
dejarnos en diferentes sitios de alojamiento. Puertas que se cerraban,
abrazos. Infinidad de exámenes médicos. La pierna amputada
de Antonio, Carlos Alonso inmovilizado por el yeso, el ritual diario
para curar mis heridas. La barriga que crecía y sueño,
mucho sueño. Monotonía. Visitas de los compañeros
para hablar de la situación del país, una vez rota la
tregua. Y de vuelta a una rutina holgazana. Así pasó el
primer mes.
Cuando nos dijeron que no nos extenderían
el permiso ni un día más, después de los cuarenta
iniciales, pudo más mi deseo de conocer la ciudad que todas las
recomendaciones para que no saliera sola. Coja y sin guía. En
compañía de dos niñas me dediqué, los últimos
diez días, a conocer museos, plazas artesanales y librerías.
Visité Xochimilco, la plaza Garibaldi y la casa azul de Frida
Kahlo, en Coyoacán, a donde volví varias veces. Con el
colorido, la música, el olor a tortilla recién hecha que
sale de todas las cocinas mexicanas, la provocativa oferta de frutas
en los mercados, la frescura del agua de Jamaica, el aroma de los chiles
y el gusto del mole, volví a experimentar que la vida se amañaba
en mi cuerpo. Quizá por eso mi hijo se dejó sentir y aleteó
en mi vientre el día en que visité Teotihuacán.
Allí, en medio de un silencio con eco
que se prolonga sin tiempo por la planicie, entendí que, a diferencia
de ese amor que me llevaba a extraviarme en otros cuerpos, el amor por
mi hijo me exigía mirar hacia adentro y tomar conciencia de mi
propio cuerpo, tal como lo sugieren las pinturas de Frida Kahlo. Ir
hasta el interior y comenzar a preguntarme sobre aquellas cosas que
se dejan de lado cuando la vida está tan acompañada o
tan invadida por un colectivo como el que, hasta ese momento, era mi
grupo de referencia. Preguntas que no era posible esquivar más.
Todas ellas encaminadas a restablecer una conexión con la vaguedad
del deseo interior.
De Ciudad de México llegamos a La Habana
gracias a una invitación para participar en una reunión
continental sobre la deuda externa, a la que asistían intelectuales
y políticos colombianos. Todavía nuestra salud era precaria
y fue allí donde realmente nos recuperamos. Más allá
del tiempo que demandaba la atención en salud, la nuestra era
una cotidianidad ociosa que pronto llenamos como espectadores del mundo
del arte y la cultura: conciertos, ballet, exposiciones de pintura,
tertulias, conversatorios.
Todavía extraño la sensualidad
que despierta recorrer el malecón cuando la brisa de la tarde
pasa de prisa por la superficie de un cielo de color voluble, y respirar
el mar atomizado en diminutas gotitas hasta sentir que uno puede diluirse
como un turrón de azúcar en los labios de un transeúnte.
No hubo un tiempo más propicio para la
felicidad y, sin embargo, la muerte de mi gente en el país me
espantaba el sueño y me dejaba una sensación de soledad
que, gradualmente, ganaba espacio en mi vida. La culpa que acompaña
a quien sobrevive a sus muertos ganó el forcejeo interior y,
en ese momento, volví a perderme a mí misma. Optar por
el bienestar personal me avergonzaba. Entregué, otra vez, el
control de mi vida a la organización. Acepté nuevas tareas.
Es más fácil dejar la responsabilidad de la propia vida
a otros. La autonomía conlleva el riesgo de tomar decisiones
y de asumirlas en completa soledad, sin tener el pretexto de culpar
a nadie.
Partí para una misión en la que
me esperaba un giro decisivo. Mi existencia se montó en el vértigo
de un carrusel de paisajes y gentes desconocidas.
En 1987 pasé por Nicaragua. Managua era
una ciudad dispersa, como un rompecabezas que no acababa de armarse.
Aunque la situación económica no mostraba avances sustanciales,
a los nicas todavía les alcanzaban la paciencia y la esperanza
para creer en las transformaciones que lograría el sandinismo
en el poder. La gente tenía algo diferente en su actitud, que
yo identificaba como la fuerza de la dignidad.
En Managua, el entusiasmo por la naciente revolución
nos contagió a todos. La euforia es como un narcótico
que embota los sentidos. No volví a mirar hacia adentro, me entretuve
con lo que iba conociendo.
Visité Praga en primavera. Un sol tibio
hacía brillar las hojas de los árboles y las flores amarillas
en un paisaje grisáceo. Ningún bullicio en el parque,
ni en la calle, ni en el edificio donde me alojé. Con la certeza
de que mi espera en esa ciudad podía prolongarse más de
lo previsto, me lancé a recorrer los lugares que figuraban en
una guía de turismo. Nunca necesité los idiomas para caminar
por las calles, tomar el transporte, comer algo o hacer compras. Me
valía de gestos y ademanes amistosos para crear una corriente
de entendimiento con la gente, más efectiva que mi diccionario
de viaje, español-inglés.
Embolaté los días de espera por
el permiso de viaje a Trípoli, en un constante ir y venir conociendo
las rutas de los trenes, paseando por la ciudad, deslumbrada por las
construcciones de piedra, los puentes y las historias que creía
adivinar en los museos. Cansada, me sentaba en cualquier parque a tomar
una merienda y pasaba horas tratando de interpretar aquel mundo y de
ampliar el horizonte visual, intelectual, vivencial. Completamente asombrada.
Praga fue un paréntesis en la ruta. Y,
simultáneamente, en un inevitable movimiento pendular comparaba
lo que empezaba a conocer con la realidad de mi país. La Europa
de los libros cobraba vida. Una cosa es enterarse, a través de
la lectura, de la historia y la situación en cifras de cada lugar
y, otra muy distinta, cotejarla en los rostros, las dinámicas,
la estructura y la estética de una ciudad.
Llegamos a Trípoli en el mes del ramadán.
La ciudad parecía vacía. Era un tiempo de ayuno y oración
para el mundo islámico. Al paso del carro, el paisaje quedaba
cubierto por una fina película de polvo y arena. Avenidas, cintas
de asfalto que ondeaban en el aire, alternaban con callejuelas. En los
patios, viejos olivos frondosos estiraban su sombra para refrescar el
ambiente. De alguna casa llegaba el aroma de café con cardamomo.
Los niños correteaban. Y, a lo lejos, la silueta de una mezquita
se alzaba sobre la arena. Los jardines estaban florecidos y por la calle
un anciano conducía su rebaño.
Un pasado pastoril hace que sea frecuente ver
ovejas en los patios y antejardines de las casas e, incluso, en los
separadores de las calles. La primera vez que vi uno de estos animales
en el asiento trasero de un Mazda último modelo creí que
el calor me había trastornado. Su carne es tan apetecida como
la del camello y por eso no es raro usar un Mercedes Benz o un Mazda
para transportarlos. Es llevar el mercado a casa, pero vivo.
La estadía en Trípoli se cocinó
a una temperatura de más de 40 °C y en una inactividad que
me impusieron las costumbres del país por mi condición
de mujer. Aunque mi rango dentro de la estructura organizativa era superior
al de mi compañero, para los libios yo era simplemente la esposa
del representante político de nuestra organización.
Me aburría en casa. La mayor parte del
tiempo leía, pero pronto se agotó la reserva de libros
en español. Casi siempre sola, exploré ese universo cultural.
Me despertaba a las cuatro de la mañana, cuando el imán
entonaba la alabanza a Alá desde la torre de la mezquita, para
atisbar, por la ventana, los movimientos de las casas vecinas. Asistí
a bautizos y matrimonios. Compartí con las mujeres la intimidad
de sus cocinas. Ninguna de las que conocí hablaba un idioma diferente
del árabe, así hubieran vivido fuera del país.
En cambio, la mayoría de los hombres se expresaban también
en inglés y en italiano. Para entenderme con ellas bastaba la
sonrisa. Durante las visitas salían a recibirme, me tomaban de
la mano y me llevaban a recorrer sus espacios. Las habitaciones, los
huertos, la cocina en donde la comida se ofrecía generosa, olorosa
a especias, dulce, jugosa, abundante. Tal como ellas.
No soportaba el encierro. Me cocinaba a fuego
lento. Entonces, salía sola a pesar de todas las recomendaciones.
Caminaba un poco y comenzaba a sentir que el mundo se derretía.
El sol bebía mis líquidos antes de que llegaran a la superficie
de la piel. No sudaba, me deshidrataba desde adentro. Sentada en un
café, veía pasar hombres y mujeres envueltos en telas
blancas. Metros y metros de tela blanca. Ellos cubiertos y yo queriendo
andar desnuda en una bañera con rodachines. Sus telas no dejan
que el calor los beba. Yo no podía relacionar telas y frescura.
Me devolvía a casa y me metía en una bañera con
hielo. Esperaba hasta las cuatro de la tarde, hora en que el viento
soplaba con mayor intensidad, para caminar por las calles que iban hacia
el puerto bordeando el mar.
Extraño país aquél. De
mujeres como frutas de oasis, de hombres altivos, de servidumbre extranjera.
El país de la revolución de Gaddafi, del Corán
y el islamismo. Allí, por primera vez, me sentí distinta.
Como una gata verde que no sabe maullar. Una lógica diferente
guiaba su política. Una cortesía que no entendía
hacía que en la vida social me sintiera inexistente, o peor,
que existiera sólo cuando un hombre me representaba.
Los días transcurrían con muy
escasas variaciones, cuando la rueda del destino se detuvo en seco.
La noticia de la muerte de mi hijo mayor, en Colombia, fue como si una
explosión sucedida en mis entrañas me dispersara por todo
el universo. De pronto, quedé parada en la mitad del mundo sin
más referencia que mi propio dolor. Prefiero no hablar de la
sensación de esos días porque nunca será un recuerdo.
Así el tiempo desdibuje las imágenes como en las viejas
fotografías, esa sensación de soledad que me vaciaba el
alma revive cuando la nombro.
Otra vez me sentí empujada hacia mi centro
vital. Las preguntas cayeron sobre mí como una avalancha, sin
la menor piedad. Ya no pude evadirme. La existencia entera exigía
ser examinada, revisada, escudriñada en busca de una conexión
coherente entre el adentro y el afuera. Afuera el mundo y aquí
yo sin saber qué hacer. Extranjera dentro de mí.
En las noches salía a la terraza para
contemplar el cielo, y mirando la bóveda llena de estrellas medía
la distancia que me separaba del país y de los míos. Aquella
segunda explosión, que me rompió en partículas
desde adentro y luego me ancló en el dolor, cerró el ciclo
y me obligó a volver. Quería recorrer lo vivido a la inversa.
En ese intento, mi país era de nuevo mi punto de partida y de
llegada a lo que soy.
Regresé al país y comencé
una vuelta reflexiva al pasado, al rumbo de mi vida y de mi quehacer
político reinterpretando mi memoria a través de la escritura.
En verdad, escribí para no morir.