Separata especial de revista Número

«UN VIAJE QUE
ME CONDUJO A MÍ MISMA»


Por María Eugenia Vásquez Perdomo

María Eugenia Vásquez. Nació en Cali, estudió antropología en la Universidad Nacional en los años setenta y formó parte de una de las primeras células urbanas del Movimiento 19 de Abril, M-19, donde militó durante más de dieciocho años y en el cual integró la dirección nacional. Se retiró voluntariamente cuando le pareció que el ejercicio de la política a través de las armas ya no convocaba al país. Por su libro Escrito para no morir, de corte autobiográfico, ganó el premio Testimonio, del Ministerio de Cultura, en 1998. De él se han publicado dos ediciones en castellano y este año la Universidad de Temple publica la traducción al inglés.

 


    Confieso que me sentí muy halagada con la invitación a participar en esta mesa de trabajo. Pero cuando me comentaron quiénes eran los contertulios, entré en pánico, pues me aterra hablar en público; soy la única mujer en esta mesa y estoy frente a personajes expertos en hilvanar realidades y palabras de la mejor manera. Vamos a ver cómo me va. Molano insiste en que hable y no lea, pero soy incapaz de hacerlo.
    Me invitaron para compartir con ustedes algunas vivencias sobre lo que significó vivir fuera del país. Me llamó la atención que no se mencionara el exilio, pero la palabra salta a la mesa, forma parte del tema. Está medio escondida, hace su aparición por momentos, como si se avergonzara de salir para recordar que muchos y muchas de quienes vivimos fuera del país, nos fuimos porque nos tocó y porque nos ganaron las ganas de vivir.
    No hablaré del exilio. Hablaré de un viaje obligado, fuera del país, que me condujo a mí misma. Todo viaje repentino produce un cierto caos en la vida, el que se experimenta cuando esa parte del destino que está en nuestras manos se sale de control. Entonces, sobreviene un extravío transitorio; el brusco movimiento que nos aleja del territorio, también puede propiciar una distancia para mirar la panorámica de la propia existencia y, si nos place, aprovechar la oportunidad para introducir otras perspectivas, cambiar rutinas o variar el rumbo.
    Mientras milité en el M-19, nunca pensé en dejar el país. El trabajo me llevó por trochas y carreteras hasta ciudades, pueblos y veredas perdidos en el mapa nacional. Me fui enamorando de gentes y paisajes, de los sabores y los aromas que vuelven única cada receta de cocina regional, de los festejos pueblerinos y de los rincones de las casas donde nos escondimos, de la complicidad de los árboles y el silencio de los perros.
    Me sentía bien en mi país. Todavía tenía fresca la consigna que acuñó El Flaco —Jaime Bateman— en los primeros meses de 1979, después del robo de armas al ejército en el Cantón Norte, cuando casi la mitad de nuestra militancia cayó presa y algunos buscaron asilo en embajadas o salieron del país para librarse de las torturas en las caballerizas de Usaquén. En esa ocasión, El Flaco dijo: «El M-19 ni se asila, ni se rinde», y yo lo tomé en serio.
    En mayo de 1985, una primera explosión indujo al caos. Estábamos en plena tregua pactada con el gobierno de Belisario Betancur y empezábamos a creer en una solución negociada. Me ilusionaba esa idea. Por eso decidí tener un segundo hijo, con la confianza de criarlo en un país en paz. Quizá, también, con el secreto deseo de repoblar mi mundo, que soportaba el vacío de tantos amigos perdidos en esos años de lucha. En eso andaba, cuando la explosión de una granada me devolvió a la realidad. En un instante, el mundo dio una vuelta en mi cerebro y todo se llenó de humo. Fue el atentado en el que Antonio Navarro perdió una pierna y los demás perdimos la poca confianza que teníamos en el establecimiento. De nuevo la lógica de la guerra nos retornó al punto de partida.
    Todavía convaleciente, acepté viajar a México con Antonio Navarro y Carlos Alonso Lucio, los más afectados por la explosión, porque tenía la esperanza de que mi embarazo pudiera continuar y porque, en ese momento, nadie se hacía responsable de nuestra seguridad. Por fortuna, gente amiga había hecho gestiones para que México nos acogiera por razones humanitarias.

    El lapso que transcurrió entre el estallido de la granada y nuestro aterrizaje en Ciudad de México fue, para la organización, un tiempo de incertidumbre política, en el que debía definir si sostenía la tregua a pesar de todo, o daba por terminada la búsqueda de los acuerdos de paz. También fue una etapa especialmente difícil para mí. Había quedado a medio camino entre el deseo de criar a mi segundo hijo y la certeza de que el oficio de la guerra no era compatible con el de la maternidad.
    Tengo imágenes fraccionadas de nuestra llegada a Ciudad de México. Una algarabía de los periodistas que trataban de abrirse paso, entre los agentes de seguridad, para obtener algunas declaraciones. Y nosotros, un trío de convalecientes sin ganas de nada. Voces nos advertían: «Prohibido dar declaraciones». Una furgoneta oscura, vueltas por la ciudad hasta dejarnos en diferentes sitios de alojamiento. Puertas que se cerraban, abrazos. Infinidad de exámenes médicos. La pierna amputada de Antonio, Carlos Alonso inmovilizado por el yeso, el ritual diario para curar mis heridas. La barriga que crecía y sueño, mucho sueño. Monotonía. Visitas de los compañeros para hablar de la situación del país, una vez rota la tregua. Y de vuelta a una rutina holgazana. Así pasó el primer mes.
    Cuando nos dijeron que no nos extenderían el permiso ni un día más, después de los cuarenta iniciales, pudo más mi deseo de conocer la ciudad que todas las recomendaciones para que no saliera sola. Coja y sin guía. En compañía de dos niñas me dediqué, los últimos diez días, a conocer museos, plazas artesanales y librerías. Visité Xochimilco, la plaza Garibaldi y la casa azul de Frida Kahlo, en Coyoacán, a donde volví varias veces. Con el colorido, la música, el olor a tortilla recién hecha que sale de todas las cocinas mexicanas, la provocativa oferta de frutas en los mercados, la frescura del agua de Jamaica, el aroma de los chiles y el gusto del mole, volví a experimentar que la vida se amañaba en mi cuerpo. Quizá por eso mi hijo se dejó sentir y aleteó en mi vientre el día en que visité Teotihuacán.
    Allí, en medio de un silencio con eco que se prolonga sin tiempo por la planicie, entendí que, a diferencia de ese amor que me llevaba a extraviarme en otros cuerpos, el amor por mi hijo me exigía mirar hacia adentro y tomar conciencia de mi propio cuerpo, tal como lo sugieren las pinturas de Frida Kahlo. Ir hasta el interior y comenzar a preguntarme sobre aquellas cosas que se dejan de lado cuando la vida está tan acompañada o tan invadida por un colectivo como el que, hasta ese momento, era mi grupo de referencia. Preguntas que no era posible esquivar más. Todas ellas encaminadas a restablecer una conexión con la vaguedad del deseo interior.
    De Ciudad de México llegamos a La Habana gracias a una invitación para participar en una reunión continental sobre la deuda externa, a la que asistían intelectuales y políticos colombianos. Todavía nuestra salud era precaria y fue allí donde realmente nos recuperamos. Más allá del tiempo que demandaba la atención en salud, la nuestra era una cotidianidad ociosa que pronto llenamos como espectadores del mundo del arte y la cultura: conciertos, ballet, exposiciones de pintura, tertulias, conversatorios.
    Todavía extraño la sensualidad que despierta recorrer el malecón cuando la brisa de la tarde pasa de prisa por la superficie de un cielo de color voluble, y respirar el mar atomizado en diminutas gotitas hasta sentir que uno puede diluirse como un turrón de azúcar en los labios de un transeúnte.
    No hubo un tiempo más propicio para la felicidad y, sin embargo, la muerte de mi gente en el país me espantaba el sueño y me dejaba una sensación de soledad que, gradualmente, ganaba espacio en mi vida. La culpa que acompaña a quien sobrevive a sus muertos ganó el forcejeo interior y, en ese momento, volví a perderme a mí misma. Optar por el bienestar personal me avergonzaba. Entregué, otra vez, el control de mi vida a la organización. Acepté nuevas tareas. Es más fácil dejar la responsabilidad de la propia vida a otros. La autonomía conlleva el riesgo de tomar decisiones y de asumirlas en completa soledad, sin tener el pretexto de culpar a nadie.
    Partí para una misión en la que me esperaba un giro decisivo. Mi existencia se montó en el vértigo de un carrusel de paisajes y gentes desconocidas.
    En 1987 pasé por Nicaragua. Managua era una ciudad dispersa, como un rompecabezas que no acababa de armarse. Aunque la situación económica no mostraba avances sustanciales, a los nicas todavía les alcanzaban la paciencia y la esperanza para creer en las transformaciones que lograría el sandinismo en el poder. La gente tenía algo diferente en su actitud, que yo identificaba como la fuerza de la dignidad.
    En Managua, el entusiasmo por la naciente revolución nos contagió a todos. La euforia es como un narcótico que embota los sentidos. No volví a mirar hacia adentro, me entretuve con lo que iba conociendo.
    Visité Praga en primavera. Un sol tibio hacía brillar las hojas de los árboles y las flores amarillas en un paisaje grisáceo. Ningún bullicio en el parque, ni en la calle, ni en el edificio donde me alojé. Con la certeza de que mi espera en esa ciudad podía prolongarse más de lo previsto, me lancé a recorrer los lugares que figuraban en una guía de turismo. Nunca necesité los idiomas para caminar por las calles, tomar el transporte, comer algo o hacer compras. Me valía de gestos y ademanes amistosos para crear una corriente de entendimiento con la gente, más efectiva que mi diccionario de viaje, español-inglés.
    Embolaté los días de espera por el permiso de viaje a Trípoli, en un constante ir y venir conociendo las rutas de los trenes, paseando por la ciudad, deslumbrada por las construcciones de piedra, los puentes y las historias que creía adivinar en los museos. Cansada, me sentaba en cualquier parque a tomar una merienda y pasaba horas tratando de interpretar aquel mundo y de ampliar el horizonte visual, intelectual, vivencial. Completamente asombrada.
    Praga fue un paréntesis en la ruta. Y, simultáneamente, en un inevitable movimiento pendular comparaba lo que empezaba a conocer con la realidad de mi país. La Europa de los libros cobraba vida. Una cosa es enterarse, a través de la lectura, de la historia y la situación en cifras de cada lugar y, otra muy distinta, cotejarla en los rostros, las dinámicas, la estructura y la estética de una ciudad.
    Llegamos a Trípoli en el mes del ramadán. La ciudad parecía vacía. Era un tiempo de ayuno y oración para el mundo islámico. Al paso del carro, el paisaje quedaba cubierto por una fina película de polvo y arena. Avenidas, cintas de asfalto que ondeaban en el aire, alternaban con callejuelas. En los patios, viejos olivos frondosos estiraban su sombra para refrescar el ambiente. De alguna casa llegaba el aroma de café con cardamomo. Los niños correteaban. Y, a lo lejos, la silueta de una mezquita se alzaba sobre la arena. Los jardines estaban florecidos y por la calle un anciano conducía su rebaño.
    Un pasado pastoril hace que sea frecuente ver ovejas en los patios y antejardines de las casas e, incluso, en los separadores de las calles. La primera vez que vi uno de estos animales en el asiento trasero de un Mazda último modelo creí que el calor me había trastornado. Su carne es tan apetecida como la del camello y por eso no es raro usar un Mercedes Benz o un Mazda para transportarlos. Es llevar el mercado a casa, pero vivo.
    La estadía en Trípoli se cocinó a una temperatura de más de 40 °C y en una inactividad que me impusieron las costumbres del país por mi condición de mujer. Aunque mi rango dentro de la estructura organizativa era superior al de mi compañero, para los libios yo era simplemente la esposa del representante político de nuestra organización.
    Me aburría en casa. La mayor parte del tiempo leía, pero pronto se agotó la reserva de libros en español. Casi siempre sola, exploré ese universo cultural. Me despertaba a las cuatro de la mañana, cuando el imán entonaba la alabanza a Alá desde la torre de la mezquita, para atisbar, por la ventana, los movimientos de las casas vecinas. Asistí a bautizos y matrimonios. Compartí con las mujeres la intimidad de sus cocinas. Ninguna de las que conocí hablaba un idioma diferente del árabe, así hubieran vivido fuera del país. En cambio, la mayoría de los hombres se expresaban también en inglés y en italiano. Para entenderme con ellas bastaba la sonrisa. Durante las visitas salían a recibirme, me tomaban de la mano y me llevaban a recorrer sus espacios. Las habitaciones, los huertos, la cocina en donde la comida se ofrecía generosa, olorosa a especias, dulce, jugosa, abundante. Tal como ellas.
    No soportaba el encierro. Me cocinaba a fuego lento. Entonces, salía sola a pesar de todas las recomendaciones. Caminaba un poco y comenzaba a sentir que el mundo se derretía. El sol bebía mis líquidos antes de que llegaran a la superficie de la piel. No sudaba, me deshidrataba desde adentro. Sentada en un café, veía pasar hombres y mujeres envueltos en telas blancas. Metros y metros de tela blanca. Ellos cubiertos y yo queriendo andar desnuda en una bañera con rodachines. Sus telas no dejan que el calor los beba. Yo no podía relacionar telas y frescura. Me devolvía a casa y me metía en una bañera con hielo. Esperaba hasta las cuatro de la tarde, hora en que el viento soplaba con mayor intensidad, para caminar por las calles que iban hacia el puerto bordeando el mar.
    Extraño país aquél. De mujeres como frutas de oasis, de hombres altivos, de servidumbre extranjera. El país de la revolución de Gaddafi, del Corán y el islamismo. Allí, por primera vez, me sentí distinta. Como una gata verde que no sabe maullar. Una lógica diferente guiaba su política. Una cortesía que no entendía hacía que en la vida social me sintiera inexistente, o peor, que existiera sólo cuando un hombre me representaba.
    Los días transcurrían con muy escasas variaciones, cuando la rueda del destino se detuvo en seco. La noticia de la muerte de mi hijo mayor, en Colombia, fue como si una explosión sucedida en mis entrañas me dispersara por todo el universo. De pronto, quedé parada en la mitad del mundo sin más referencia que mi propio dolor. Prefiero no hablar de la sensación de esos días porque nunca será un recuerdo. Así el tiempo desdibuje las imágenes como en las viejas fotografías, esa sensación de soledad que me vaciaba el alma revive cuando la nombro.
    Otra vez me sentí empujada hacia mi centro vital. Las preguntas cayeron sobre mí como una avalancha, sin la menor piedad. Ya no pude evadirme. La existencia entera exigía ser examinada, revisada, escudriñada en busca de una conexión coherente entre el adentro y el afuera. Afuera el mundo y aquí yo sin saber qué hacer. Extranjera dentro de mí.
    En las noches salía a la terraza para contemplar el cielo, y mirando la bóveda llena de estrellas medía la distancia que me separaba del país y de los míos. Aquella segunda explosión, que me rompió en partículas desde adentro y luego me ancló en el dolor, cerró el ciclo y me obligó a volver. Quería recorrer lo vivido a la inversa. En ese intento, mi país era de nuevo mi punto de partida y de llegada a lo que soy.
    Regresé al país y comencé una vuelta reflexiva al pasado, al rumbo de mi vida y de mi quehacer político reinterpretando mi memoria a través de la escritura. En verdad, escribí para no morir.

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