Conocí
México de la mano de García Márquez y de Álvaro
Mutis. Mutis radicado desde los años cincuenta y Gabo desde principios
de los sesenta. Ambos llegaron sin saber por qué, ni cómo,
ni hasta cuándo. Lo cierto es que los dos sembraron árboles
en Chapultepec y desde allí encontraron la gloria.
Largos recorridos por el centro del Distrito Federal
con el regente de la época, don Manuel Camacho Solís.
Y con don Carlos Payán, hombre polémico de bigote muy
grande, director entonces del periódico La Jornada, quien me
permitió conocer de los expertos —en cada una de las materias—
el encanto de los sitios prehispánicos y arquitectónicos
de la metrópoli.
Recuerdo el tumulto que se armó en la
calle con los admiradores de Gabo que solicitaban fotografías
y autógrafos. Hubo que interrumpir el periplo de la muestra maravillosa
del barroco del siglo XVIII, en la Casa de los Azulejos. Allí
funciona una de las cafeterías Sanborns que atiende a los visitantes.
Durante el recorrido se les prometió que el escritor firmaría
libros al finalizar el trayecto. Gabo entró a la sala en medio
de una ovación que no dejaba duda del entusiasmo que despierta
nuestro Nobel entre los mexicanos. Les parece un chingón.
Antes habíamos almorzado en La Ópera,
un restaurante calcado de Francia. De la época de don Porfirio,
con muebles perfectos y músicos que interpretaban valses antiguos
con violines y acordeón. Nos sentaron a la mesa famosa desde
la cual don Pancho Villa disparó al techo, dejando la huella
que todavía se conserva para la delicia y el interés de
los numerosos visitantes de todas partes del mundo. García Márquez
asegura que el gran espejo con marco de madera oscura, colgado en una
de las paredes centrales, perteneció a doña Fermina Daza,
la de El amor en los tiempos del cólera.
Mutis domina los secretos de la historia, de
la gastronomía, del tequila, de la sociología. Sabe de
todo. Su voz fuerte y prodigiosa, de poeta coronado por los dioses,
está sintonizada con la intelectualidad mexicana.
A diferencia de mis ilustres amigos, me desplacé
a lo que quedó del imperio mesoamericano, en 1992; a sabiendas
del porqué y del cómo, llegué en compañía
de mi inolvidable Ellen y de mis hijas, Inés Elvira y Catalina.
Un completo archivo fotográfico da fe de nuestra experiencia
plácida y enriquecedora, lo mismo que del apego por el arte y
la arquitectura mexicanos. Entrar a Dupuis del Pedregal, una de las
tiendas más acogedoras del mundo, por concentrar en ella los
objetos que ofrece el gusto mexicano, se volvió una adicción.
Su dueña, muestra ambulante del almacén, es un portento
de ingenio y de belleza.
Conocer, y sobre todo entender a México,
es un asunto complicado por la riqueza de su enigmática civilización
antigua y por la vitalidad de sus intelectuales, que han forjado una
nación poderosa en medio de los terremotos físicos y políticos
que han afectado a la nación. El enfrentamiento del imperio mexica
con la nueva España, el encuentro violento con Estados Unidos.
La suspicacia y la desconfianza, las enfermedades colectivas. El trauma
histórico enterrado en las profundidades del pasado. Ruptura
y reunión.
Viajar por Chiapas en helicóptero resultó
alucinante. Mágico. Escondida en la maleza, surge majestuosa
la ciudad maya: Toniná, el último descubrimiento importante
de los investigadores.
De las entrañas de la grandiosa edificación,
situada en la parte más alta de las terrazas, aparece una poderosa
serpiente que nos deja petrificados y que es símbolo de la deidad
antigua. Juan Yadeum, el joven y sabio arqueólogo, descubridor
del palacio en el valle Ocosingo y su mujer, tan perspicaz como bella,
nos advierten que no debemos movernos hasta que el reptil nos dé
su aprobación y abandone voluntariamente el escenario. El susto
se apoderó del cuerpo. El silencio ocupó el espacio. La
piel sudorosa reclamó un amplio buche de tequila que los organizadores
habían llevado para mitigar los sobresaltos del viaje aéreo.
Hoy, la serpiente de la región se llama el subcomandante Marcos.
Oaxaca es cosa diferente. Iglesias coloniales
«horrorosamente bellas». Preciosos conventos que fueron
más tarde cuarteles y hoy acogedores hoteles de cinco estrellas.
El museo precolombino de Tamayo, apretada síntesis de la historia
milenaria de la civilización antigua.
En Tanguis se consigue el famoso queso oaxaqueño,
una pelota blanca que se despelleja en tiras deliciosas hasta su consumación.
Arriba —hacia el cielo—, la ciudad
antigua: Monte Albán. ¡Qué impacto! Sublime. Su
geometría, su astronomía, su inteligencia.
Un fin de semana con García Márquez
en Cuernavaca o con Mutis en San Miguel de Allende es equiparable a
un semestre en El Colegio de México o en la Universidad Nacional
Autónoma de México (Unam).
Aprendí que la política en México,
y en todas partes, es como su geografía: escarpada y de difícil
acceso, pero eso sí, con valles amplios y de variados climas.
No es imposible, en distancias relativamente cortas, pasar del frío
al calor. Del Partido Revolucionario Institucional (PRI) al Partido
de Acción Nacional (PAN). Del Partido de la Revolución
Democrática (PRD) al Partido Verde Ecologista de México
(PVEM).
Aprendí que todo lo que vuele o se mueva
se lo comen con chiles muy picantes.
Aprendí que el culto a los muertos es
una forma anticipada de resistir al tiempo. Una manera de seguir viviendo.
Quedan el monumento, el verso, la melodía,
la pintura. En una palabra: la poesía. Eso es México:
historia, color, vida. Como diría Octavio Paz: una sensibilidad.