Separata especial de revista Número

MÉXICO:
UNA SENSIBILIDAD


Por Alberto Casas Santamaría

Alberto Casas Santamaría. Ha sido embajador de Colombia en Venezuela y en México, ministro de Comunicaciones y de Cultura, y miembro de la Comisión Negociadora Colombo-Venezolana. Director de Revista Diners y de la galería Diners. En la actualidad forma parte del equipo de La W FM.

 

    Conocí México de la mano de García Márquez y de Álvaro Mutis. Mutis radicado desde los años cincuenta y Gabo desde principios de los sesenta. Ambos llegaron sin saber por qué, ni cómo, ni hasta cuándo. Lo cierto es que los dos sembraron árboles en Chapultepec y desde allí encontraron la gloria.
    Largos recorridos por el centro del Distrito Federal con el regente de la época, don Manuel Camacho Solís. Y con don Carlos Payán, hombre polémico de bigote muy grande, director entonces del periódico La Jornada, quien me permitió conocer de los expertos —en cada una de las materias— el encanto de los sitios prehispánicos y arquitectónicos de la metrópoli.
    Recuerdo el tumulto que se armó en la calle con los admiradores de Gabo que solicitaban fotografías y autógrafos. Hubo que interrumpir el periplo de la muestra maravillosa del barroco del siglo XVIII, en la Casa de los Azulejos. Allí funciona una de las cafeterías Sanborns que atiende a los visitantes. Durante el recorrido se les prometió que el escritor firmaría libros al finalizar el trayecto. Gabo entró a la sala en medio de una ovación que no dejaba duda del entusiasmo que despierta nuestro Nobel entre los mexicanos. Les parece un chingón.
    Antes habíamos almorzado en La Ópera, un restaurante calcado de Francia. De la época de don Porfirio, con muebles perfectos y músicos que interpretaban valses antiguos con violines y acordeón. Nos sentaron a la mesa famosa desde la cual don Pancho Villa disparó al techo, dejando la huella que todavía se conserva para la delicia y el interés de los numerosos visitantes de todas partes del mundo. García Márquez asegura que el gran espejo con marco de madera oscura, colgado en una de las paredes centrales, perteneció a doña Fermina Daza, la de El amor en los tiempos del cólera.
    Mutis domina los secretos de la historia, de la gastronomía, del tequila, de la sociología. Sabe de todo. Su voz fuerte y prodigiosa, de poeta coronado por los dioses, está sintonizada con la intelectualidad mexicana.
    A diferencia de mis ilustres amigos, me desplacé a lo que quedó del imperio mesoamericano, en 1992; a sabiendas del porqué y del cómo, llegué en compañía de mi inolvidable Ellen y de mis hijas, Inés Elvira y Catalina. Un completo archivo fotográfico da fe de nuestra experiencia plácida y enriquecedora, lo mismo que del apego por el arte y la arquitectura mexicanos. Entrar a Dupuis del Pedregal, una de las tiendas más acogedoras del mundo, por concentrar en ella los objetos que ofrece el gusto mexicano, se volvió una adicción. Su dueña, muestra ambulante del almacén, es un portento de ingenio y de belleza.
    Conocer, y sobre todo entender a México, es un asunto complicado por la riqueza de su enigmática civilización antigua y por la vitalidad de sus intelectuales, que han forjado una nación poderosa en medio de los terremotos físicos y políticos que han afectado a la nación. El enfrentamiento del imperio mexica con la nueva España, el encuentro violento con Estados Unidos. La suspicacia y la desconfianza, las enfermedades colectivas. El trauma histórico enterrado en las profundidades del pasado. Ruptura y reunión.
    Viajar por Chiapas en helicóptero resultó alucinante. Mágico. Escondida en la maleza, surge majestuosa la ciudad maya: Toniná, el último descubrimiento importante de los investigadores.
    De las entrañas de la grandiosa edificación, situada en la parte más alta de las terrazas, aparece una poderosa serpiente que nos deja petrificados y que es símbolo de la deidad antigua. Juan Yadeum, el joven y sabio arqueólogo, descubridor del palacio en el valle Ocosingo y su mujer, tan perspicaz como bella, nos advierten que no debemos movernos hasta que el reptil nos dé su aprobación y abandone voluntariamente el escenario. El susto se apoderó del cuerpo. El silencio ocupó el espacio. La piel sudorosa reclamó un amplio buche de tequila que los organizadores habían llevado para mitigar los sobresaltos del viaje aéreo. Hoy, la serpiente de la región se llama el subcomandante Marcos.
    Oaxaca es cosa diferente. Iglesias coloniales «horrorosamente bellas». Preciosos conventos que fueron más tarde cuarteles y hoy acogedores hoteles de cinco estrellas. El museo precolombino de Tamayo, apretada síntesis de la historia milenaria de la civilización antigua.
    En Tanguis se consigue el famoso queso oaxaqueño, una pelota blanca que se despelleja en tiras deliciosas hasta su consumación.
    Arriba —hacia el cielo—, la ciudad antigua: Monte Albán. ¡Qué impacto! Sublime. Su geometría, su astronomía, su inteligencia.
    Un fin de semana con García Márquez en Cuernavaca o con Mutis en San Miguel de Allende es equiparable a un semestre en El Colegio de México o en la Universidad Nacional Autónoma de México (Unam).
    Aprendí que la política en México, y en todas partes, es como su geografía: escarpada y de difícil acceso, pero eso sí, con valles amplios y de variados climas. No es imposible, en distancias relativamente cortas, pasar del frío al calor. Del Partido Revolucionario Institucional (PRI) al Partido de Acción Nacional (PAN). Del Partido de la Revolución Democrática (PRD) al Partido Verde Ecologista de México (PVEM).
    Aprendí que todo lo que vuele o se mueva se lo comen con chiles muy picantes.
    Aprendí que el culto a los muertos es una forma anticipada de resistir al tiempo. Una manera de seguir viviendo.
    Quedan el monumento, el verso, la melodía, la pintura. En una palabra: la poesía. Eso es México: historia, color, vida. Como diría Octavio Paz: una sensibilidad.

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