Juan Rulfo se reía despacio en la noche de Frankfurt, cuando
salimos a caminar cerca de ese hotel entre bosques, que más bien
parecía un pabellón de caza. Una luna absoluta hacía
aún más visibles los cuerpos de los ahorcados en las guerras
cristeras, que se balanceaban entre los árboles.
Cuando nuestra guía germánica, rubia,
sana y amorosa, quien adoraba a Rulfo, se despidió luego de visitarlo
en México, él le entregó en el aeropuerto una bandeja
metálica llena de huesos y calaveras de azúcar: azules,
rosadas y verdes. Ella lloró las cuatro horas del viaje hacia
Bogotá, sin saber qué hacer con ellas: si devorárselas
o tirarlas en el baño.
Cuando conocí a Rulfo, éste estaba
furioso con Octavio Paz. En una cena en casa de Jaime García
Terres, Octavio le había dicho: «Juan, tú podrás
tener la lengua pero ya no tienes la palabra».
El apartamento de Octavio Paz, en Reforma, era
amplio y confortable. Pero todo estaba invadido, ese día, por
los collages de Mari-Jose que desplegaban su sorpresivo encanto encima
de la mesa del comedor; sobre las sillas, contra las paredes y en el
piso. Los gatos, más de una docena, arañaban detrás
del vidrio. Allí mismo, tiempo más tarde, Octavio, Álvaro
Mutis, Vasko Popa y Pablo Antonio Cuadra, después de largas horas
rememorando su trayectoria, reconocieron cómo la poesía
los había salvado de la política y sus miserias sin cuento.
Cuando se incendió el apartamento —telas tántricas,
dedicatorias de André Breton— pensé al momento en
los gatos, royendo los cables de la luz, jugueteando con los enchufes.
Con Jaime García Terres estábamos
en la Residencia de Estudiantes en Madrid. Alto, gordo, desgarbado y
bonachón, con una feroz barba de explorador inglés en
África, esgrimía pipa. Debíamos cambiar un cheque
en un banco muy formal de la Castellana. Mientras esperábamos,
no se nos ocurrió nada mejor que comenzar a deslizarnos, en sillas
con ruedas, por esos amplios salones de mármol, como si fuéramos
carros locos. Un cumplido subgerente nos reprochó nuestro comportamiento.
Jaime, exembajador en Grecia, director del Fondo de Cultura Económica,
se ruborizó hasta el tuétano. Pero siempre gozaba recordando
el episodio.
Marta Traba había invitado a Juan García
Ponce, junto con Ángel Rama y Salvador Garmendia, a la Universidad
Nacional de Colombia. Tenía Juan mechón rebelde y aires
de existencialista francés, flaco y todo vestido de negro. Su
primera novela, Figura de paja, apareció en 1964, y me la dedicó
entonces con estas palabras: «Para Juan Gustavo Cobo Borda, con
agradecimiento por su atención».
Colaboró en Eco, me enviaba sus libros,
y algo en esa prosa invasora y desbordante —cuento, novela, ensayo,
teatro, crítica de arte— siempre me atrajo sin saber bien
por qué. Aún recuerdo la sorpresa de mis colegas cuando,
como jurado del premio Juan Rulfo, propuse su nombre en Guadalajara
en el 2001. Al desconcierto inicial siguió la unanimidad absoluta.
Ya con la arteriosclerosis invadiéndolo
todo, e incapaz de hablar, su hermosa cabeza caída sonríe
cuando al dirigirle algunas palabras comencé diciendo: «Con
un estrecho abrazo de Alejandro Obregón…».
Estábamos en el hotel Tequendama, con
la incomodidad propia de esos encuentros de tímidos vanidosos,
aguardando la llegada de un avión que venía de España.
Traía sus deliciosos libros, publicados por Joaquín Mortiz,
para que me los firmara. Me había reído como loco con
La ley de Herodes y con Los relámpagos de agosto. Ni él,
ni Manuel Scorza, ni Ángel, ni Marta llegaron, pero estoy seguro
de que si releyera los libros de Ibargüengoitia volvería
a reír encantado.
Así son las cosas.