Separata especial de revista Número

PIRÁMIDE DE MUERTOS


Por Juan Gustavo Cobo Borda

 

Juan Gustavo Cobo Borda (Bogotá, 1948). Poeta y ensayista. Sus últimos libros son Mis pintores, Historia de la poesía colombiana. Siglo XX y Retratos de poetas. En su página web www.coboborda.org se encuentran mayores referencias.

 

    Juan Rulfo se reía despacio en la noche de Frankfurt, cuando salimos a caminar cerca de ese hotel entre bosques, que más bien parecía un pabellón de caza. Una luna absoluta hacía aún más visibles los cuerpos de los ahorcados en las guerras cristeras, que se balanceaban entre los árboles.
    Cuando nuestra guía germánica, rubia, sana y amorosa, quien adoraba a Rulfo, se despidió luego de visitarlo en México, él le entregó en el aeropuerto una bandeja metálica llena de huesos y calaveras de azúcar: azules, rosadas y verdes. Ella lloró las cuatro horas del viaje hacia Bogotá, sin saber qué hacer con ellas: si devorárselas o tirarlas en el baño.
    Cuando conocí a Rulfo, éste estaba furioso con Octavio Paz. En una cena en casa de Jaime García Terres, Octavio le había dicho: «Juan, tú podrás tener la lengua pero ya no tienes la palabra».
    El apartamento de Octavio Paz, en Reforma, era amplio y confortable. Pero todo estaba invadido, ese día, por los collages de Mari-Jose que desplegaban su sorpresivo encanto encima de la mesa del comedor; sobre las sillas, contra las paredes y en el piso. Los gatos, más de una docena, arañaban detrás del vidrio. Allí mismo, tiempo más tarde, Octavio, Álvaro Mutis, Vasko Popa y Pablo Antonio Cuadra, después de largas horas rememorando su trayectoria, reconocieron cómo la poesía los había salvado de la política y sus miserias sin cuento. Cuando se incendió el apartamento —telas tántricas, dedicatorias de André Breton— pensé al momento en los gatos, royendo los cables de la luz, jugueteando con los enchufes.
    Con Jaime García Terres estábamos en la Residencia de Estudiantes en Madrid. Alto, gordo, desgarbado y bonachón, con una feroz barba de explorador inglés en África, esgrimía pipa. Debíamos cambiar un cheque en un banco muy formal de la Castellana. Mientras esperábamos, no se nos ocurrió nada mejor que comenzar a deslizarnos, en sillas con ruedas, por esos amplios salones de mármol, como si fuéramos carros locos. Un cumplido subgerente nos reprochó nuestro comportamiento. Jaime, exembajador en Grecia, director del Fondo de Cultura Económica, se ruborizó hasta el tuétano. Pero siempre gozaba recordando el episodio.
    Marta Traba había invitado a Juan García Ponce, junto con Ángel Rama y Salvador Garmendia, a la Universidad Nacional de Colombia. Tenía Juan mechón rebelde y aires de existencialista francés, flaco y todo vestido de negro. Su primera novela, Figura de paja, apareció en 1964, y me la dedicó entonces con estas palabras: «Para Juan Gustavo Cobo Borda, con agradecimiento por su atención».
    Colaboró en Eco, me enviaba sus libros, y algo en esa prosa invasora y desbordante —cuento, novela, ensayo, teatro, crítica de arte— siempre me atrajo sin saber bien por qué. Aún recuerdo la sorpresa de mis colegas cuando, como jurado del premio Juan Rulfo, propuse su nombre en Guadalajara en el 2001. Al desconcierto inicial siguió la unanimidad absoluta.
    Ya con la arteriosclerosis invadiéndolo todo, e incapaz de hablar, su hermosa cabeza caída sonríe cuando al dirigirle algunas palabras comencé diciendo: «Con un estrecho abrazo de Alejandro Obregón…».
    Estábamos en el hotel Tequendama, con la incomodidad propia de esos encuentros de tímidos vanidosos, aguardando la llegada de un avión que venía de España. Traía sus deliciosos libros, publicados por Joaquín Mortiz, para que me los firmara. Me había reído como loco con La ley de Herodes y con Los relámpagos de agosto. Ni él, ni Manuel Scorza, ni Ángel, ni Marta llegaron, pero estoy seguro de que si releyera los libros de Ibargüengoitia volvería a reír encantado.
    Así son las cosas.

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