Separata especial de revista Número

 

LA INCÓGNITA SIN RESOLVER


Por Óscar Collazos

 

Óscar Collazos (Bahía Solano, 1942). Narrador, ensayista y periodista de opinión, es autor de una veintena de obras de diversos géneros. Entre sus novelas se destacan Crónicas de un tiempo muerto, Todo o nada, Jóvenes, pobres amantes, Fugas, Las trampas del exilio, Adiós a la virgen, Morir con papá y Adiós Europa, adiós. En la actualidad reside en Cartagena y es columnista del diario El Tiempo.

 


     Llegué por primera vez a México en 1969, de tránsito hacia La Habana. De la mano del poeta Efraín Huerta, me asomé a la inmensidad del D.F. De esa visita quedaron imágenes del caos, a manera de relámpagos: una extenuante y reveladora visita al Museo Antropológico, encuentro con amigos de amigos: Emilio Carballido, Emanuel Carballo, José Emilio Pacheco, el joven David Huerta, Thelma Nava, el estudio atiborrado de cuadros de Manuel Felguérez, la épica visual del muralismo. Tlatelolco era una herida sin restañar en la conciencia de los mexicanos que me abrieron sus puertas.
    Regresé en 1976, que era como regresar a las pocas imágenes del primer viaje, alimentadas por la gran literatura de un inmenso país de inmensos escritores: Martín Luis Guzmán, Octavio Paz, Juan Rulfo, José Revueltas, Carlos Fuentes, Fernando Benítez, Carlos Monsiváis, José Carlos Becerra, Fernando del Paso. Acababa de leer Muerte sin fin, de José Gorostiza, que equivalía a leer a López Velarde. Y mis contemporáneos de «la onda»: José Agustín y Gustavo Sainz. Si la imagen moderna del México que conocía empezaba en la Revolución y pasaba por «la raza cósmica» de Vasconcelos, tronco de donde parece desprenderse la curiosidad enciclopédica del polígrafo Alfonso Reyes, la imagen contemporánea de ese país de incógnitas sin resolver parecía devolverme a Malcolm Lowry y al monólogo de Artemio Cruz, donde la revolución es mirada hacia atrás por la conciencia desgraciada de una frustración. Conocido como épica, México podía ahora ser reconocido como comedia a través de las novelas de Jorge Ibargüengoitia.
    En aquel año de gracia, en viaje de novios con Nuria Amat, que con los años se convertiría en una gran novelista española, pude penetrar en el México rural: Chiapas y la península de Yucatán. Otro México, legendario y remoto, se abría a los ojos del visitante. Como se abrió, en la lejanía, la silueta del volcán entrevista desde una plaza de Cuaunáuac. Empezaba a sospechar que, hasta para los mexicanos, México es una incógnita. No se conoce del todo. Una nueva respuesta abre el camino a nuevas preguntas. Su identidad es inasible o es la suma de rasgos superpuestos a otros rasgos. Histórico y literario, México no deja de sorprendernos. Mítico y babélico, es laberinto de soledades. En esas soledades debió de extraviarse para convertirse en leyenda Ambroise Bierce, el «gringo viejo» de Fuentes.
    Pero México era también la iconografía de infancia y adolescencia, alimentadas por el cine más popular de los iletrados de América. Hollywood renacía en los estudios Churubusco del D.F. Y hablaba mexicano, como Ignacio López Tarso y Pedro Armendáriz, María Félix y Silvia Pinal. Ningún país de la América hispana había estado más cerca del imaginario colectivo de mis contemporáneos: era rancho y barriada, «Las aguas bajan turbias» y «Quinto Patio».
    Cuando trato de dibujar el mapa de México, no encuentro geografía sino libros, cuadros, películas, piezas musicales. Escucho a Aaron Copland y a Chavela Vargas. Los mariachis de la Plaza Garibaldi —me dicen que ya no están donde siempre estuvieron— cantan para la memoria y de la memoria surge una antigua película de don Luis Buñuel. Tal vez se trate de Los olvidados. El mapa no puede dibujarse, al puzzle le faltan demasiadas piezas.
    Nuevos viajes no acaban de resolver el misterio. La antropología, en Fernando Benítez, acerca a la certeza. La literatura, en Fuentes o en Paz, se hace conjetura. Fernando del Paso deshace la grandeza del imperio. Fuentes desmonta el entramado de la posrevolución. Monsiváis no deja de recordarnos que la cultura popular y urbana es una pieza añadida al puzzle que dejó incompleto «El llano en llamas» de Rulfo. En su condición de país inagotable, México abre una nueva realidad, épica o cotidiana, que nunca será la realidad que cierre el dibujo de su identidad.

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