Separata especial de revista Número

VERACRUZ


Por R.H. Moreno-Durán

R.H. Moreno-Durán. Escritor y ensayista. Autor de novelas como Fémina Suite, Los felinos del canciller, Mambrú y La conexión africana, y de ensayos como De la barbarie a la imaginación y Taberna y fábula. Recibió el Premio Nacional de Literatura y en enero del 2004 el premio Ciudad de San Sebastián, en España, país en el que vivió durante varios años.

 


    Decir México es tanto como sumergirse en una sinfonía de sensaciones. Pasión, insurgencia, canto, pero también tragedia, dolor, muerte. El país de la exótica equis en el corazón es el mismo del misterio milenario, de las preguntas sin respuesta, del vocabulario infinito. Si sientes el cenzontle, el aire se convierte en una coral de dulces enigmas, como el iris de las tapatías cuando se enamoran. Si escuchas la palabra agave, la garganta se te incendia con el espíritu del tequila y entonces todos los fantasmas de Jalisco cantan en los oídos del muerto.
    Las palabras son un desfile de incitaciones: cielos de Anáhuac, pencas de maguey, presos de Cananea. El aliento precursor de Bernardo de Balbuena lo dijo en Grandeza mexicana:

Florece aquí el laurel, sombra y reparos
Del celestial rigor, grave corona
De doctas sienes y poetas raros.
Y el presuroso almendro, que pregona
Las nuevas del verano, y por traerlas
Sus flores pone a riesgo y su persona...


Aquí todas las noches son regiomontanas y todas las mujeres huelen a marea baja y a plenilunio. Y antes de las despedidas, el cuate sólo te impone un rito: platicar la copa. Y las horas acosan al forastero y se llaman como uno quiere. Y por eso ahora yo quiero decir danzón y San Juan de Ulúa y Veracruz.
    Porque Veracruz es un puerto acariciado por el sol de Caribe, pero también es un estado del alma. Y es memoria. Cuando uno dice Veracruz dice México, y esta palabra arrastra otras como nostalgia y naves quemadas y nombres como Cortés y La Malinche. Dice historia, pero también dice amor y mezcla de sangres y linajes y sobre todo lengua. La lengua de las fundaciones. Porque en Veracruz comenzó todo lo que quienes habitamos Tierra Firme somos desde el día del desembarco. Ese Viernes Santo de 1519 el conquistador quiso honrar la verdadera cruz y desde entonces hasta ahora ese es nuestro origen y nuestro destino. Fue un Viernes de Pasión: la pasión de quienes llegaron del otro lado del mar para no regresar jamás y nos inculcaron sus creencias y nos enseñaron a conjugar los verbos de la árida Castilla. Y lo hicieron en medio del trópico, entre la Isla de los Sacrificios y la fortaleza de San Juan de Ulúa, donde la pasión se hizo prisión, tortura y muerte.
    En el comienzo fueron Cortés y La Malinche: pasión y sangre y lengua nueva. Los mexicas le hablaban a Maninalli Tenepalt —La Malinche para unos, Doña Marina para otros— en náhuatl, ella trasvasaba lo oído a Jerónimo de Aguilar en maya y éste le transmitía el mensaje final a Cortés en recio y altanero castellano. Dicen que La Malinche era hermosa, inteligente y diestra en las lenguas popoloca, náhuatl y maya-chontal. Y en honor de estos preludios, quienes dispongan de algún tiempo pueden desplazarse hasta La Antigua, tercer asiento de Veracruz, levantada en la orilla izquierda del río Huitzilapan —o de los colibríes—, y adentrarse en lo que una vez fue la primera casa de Cortés y su amante, donde los brazos estranguladores de una enorme ceiba salen por las ventanas como los reclamos de amor de la pareja mestiza. Ese primer coito y esos gemidos fueron nuestros padres o, como quien dice, el origen de nuestros dolorosos ancestros. Bajo los portales de la Plaza de Armas, los ojos ávidos de la mujer le imponen a su amante un dulce imperativo, ¡Chíngame!, y las almas jarochas se funden en una sola, como sucedió esa madrugada en que La Malinche conminó al intruso español a fundar un linaje.
    En una esquina del Zócalo, las parejas bailan al ritmo de la danzonera Alma de Sotavento. La música también es hija del mestizaje: nació de la contradanza francesa y se hizo danzón en Cuba y atravesó el mar y se instaló en Veracruz. Y ahora el forastero se regocija al oírla, en medio de las confidencias que intercambian las parejas en el Gran Café de la Parroquia. Esos hombres y mujeres delatan en su semblante el cruce de varias razas, atentos a la música de las marimbas o al vuelo lejano de las gaviotas en el puerto, acosados por la bullanguera oferta de los vendedores de azar o los niños que ofrecen volovanes de jaiba y piña.
    Todo huele a sal en Veracruz. Y a sangre y llanto en San Juan de Ulúa. El dolor es aquí sinónimo de oficio de piratas y de los juicios de la Inquisición y de los años desdichados de los asesinos por amor que purgaron sus excesos o sufrieron la injusticia en las mazmorras de la fortaleza. Allí todo huele a México y a América y a sombrías historias de supervivencia. Con la imagen de la Catedral en la retina, con su cúpula revestida de azulejos poblanos, el forastero pasea por el malecón y se embarca luego en el Albatros, bordea la isla de los Sacrificios y pone pie en San Juan de Ulúa, donde el horror tiene forma de piedra y moho y estalactitas. Por esos oscuros laberintos pasó la historia de México: en sus insalubres vericuetos sobrevivieron la pluma de fray Servando Teresa de Mier y las ideas revolucionarias de Benito Juárez. El novelista Federico Gamboa escribió allí La llaga y el poeta Salvador Díaz Mirón pergeñó «La oración del preso», la súplica del descreído, que no tiene más remedio que creer para sobrevivir ante los horrores que padece:
Señor, tenme piedad, aunque a ti clame
sin fe. ¡Perdona que te niegue o riña
y al ara tienda con bochorno infame...!

    La Cuatro Veces Heroica Ciudad y Puerto de Veracruz es el libro abierto que un día comenzó a escribir el primer conquistador que pisó tierra continental y quemó sus barcos. Pero Veracruz también es el nombre de un concurrido cabaret de Guadalajara y de una película en la que la ciudad adquiere el rostro y el perturbador cuerpo de Sarita Montiel. Los intereses del emperador Maximiliano se confunden con los de Gary Cooper y Burt Lancaster, dos aventureros gringos que solucionan en duelo singular, en medio de esa Veracruz mestiza en la que la presencia de Sarita Montiel nos hace recordar la brava fragancia de La Malinche. El libro crece y sus páginas recogen desde las canciones de Toña la Negra y los versos de Agustín Lara hasta las rocambolescas aventuras de Jesús Arriaga, mejor conocido en la memoria popular como el Bandido Generoso o «Chucho el Roto», cuya celda es todavía hoy motivo de peregrinación en la fortaleza de San Juan de Ulúa. Pero, ¿murió realmente «Chucho el Roto»? ¿Por qué su ataúd, al ser abierto, puso al descubierto un montón de piedras? Como un montón de piedras se derrumbó Pedro Páramo. Y dicen que Pedro Infante no murió en un accidente de aviación sino que está vivo y que cada día canta mejor. La muerte no es en México el acto de un solo personaje sino un rito colectivo, una liturgia, una comunión con los antepasados. Y esto lo resume en su nombre Veracruz: la verdadera cruz o, también, a la vera de la cruz.
    En cualquier caso, la cruz no es sólo el símbolo que entronizó la Conquista en nombre de una fe extraña sino también el destino de un pueblo, un país, una cultura que creyó en la pasión para que se cumplieran las escrituras. Y la memoria que es escritura había señalado que un día, desde el otro lado del mar, volvería Quetzalcóatl. Y cuando El Esperado llegó a las playas de Chalchihuecan —que quiere decir Diosa con las faldas color esmeralda—, en lo que hoy es Veracruz, se le ofrecieron ricos presentes y atractivas mujeres para que engendrara un linaje. Y así sucedió. Y aquí estamos, con los barcos incendiados en el puerto, sin posibilidad de regreso. Pero con el comienzo de una canción en los labios. Las noches de Veracruz son el alba del habla que precede al sol de la nueva raza mestiza en los dominios de la Tierra Firme de Indias.

Esto y mucho más encontrará en NÚMERO
Regresar a la Página Principal

Artículos en Internet
SuscripcionesEditorial  |  Número Ediciones  |  Números Anteriores

Revista Número. Carrera 21 Nº85-40 . Telefax: [571] 635-8012¬ 635-8013
Bogotá, Colombia
numero@elsitio.net.co