Decir México es tanto como sumergirse
en una sinfonía de sensaciones. Pasión, insurgencia, canto,
pero también tragedia, dolor, muerte. El país de la exótica
equis en el corazón es el mismo del misterio milenario, de las
preguntas sin respuesta, del vocabulario infinito. Si sientes el cenzontle,
el aire se convierte en una coral de dulces enigmas, como el iris de
las tapatías cuando se enamoran. Si escuchas la palabra agave,
la garganta se te incendia con el espíritu del tequila y entonces
todos los fantasmas de Jalisco cantan en los oídos del muerto.
Las palabras son un desfile de incitaciones:
cielos de Anáhuac, pencas de maguey, presos de Cananea. El aliento
precursor de Bernardo de Balbuena lo dijo en Grandeza mexicana:
Florece
aquí el laurel, sombra y reparos
Del celestial rigor, grave corona
De doctas sienes y poetas raros.
Y el presuroso almendro, que pregona
Las nuevas del verano, y por traerlas
Sus flores pone a riesgo y su persona... |
Aquí todas las noches son regiomontanas y todas las mujeres huelen
a marea baja y a plenilunio. Y antes de las despedidas, el cuate sólo
te impone un rito: platicar la copa. Y las horas acosan al forastero
y se llaman como uno quiere. Y por eso ahora yo quiero decir danzón
y San Juan de Ulúa y Veracruz.
Porque Veracruz es un puerto acariciado por
el sol de Caribe, pero también es un estado del alma. Y es memoria.
Cuando uno dice Veracruz dice México, y esta palabra arrastra
otras como nostalgia y naves quemadas y nombres como Cortés y
La Malinche. Dice historia, pero también dice amor y mezcla de
sangres y linajes y sobre todo lengua. La lengua de las fundaciones.
Porque en Veracruz comenzó todo lo que quienes habitamos Tierra
Firme somos desde el día del desembarco. Ese Viernes Santo de
1519 el conquistador quiso honrar la verdadera cruz y desde entonces
hasta ahora ese es nuestro origen y nuestro destino. Fue un Viernes
de Pasión: la pasión de quienes llegaron del otro lado
del mar para no regresar jamás y nos inculcaron sus creencias
y nos enseñaron a conjugar los verbos de la árida Castilla.
Y lo hicieron en medio del trópico, entre la Isla de los Sacrificios
y la fortaleza de San Juan de Ulúa, donde la pasión se
hizo prisión, tortura y muerte.
En el comienzo fueron Cortés y La Malinche:
pasión y sangre y lengua nueva. Los mexicas le hablaban a Maninalli
Tenepalt —La Malinche para unos, Doña Marina para otros—
en náhuatl, ella trasvasaba lo oído a Jerónimo
de Aguilar en maya y éste le transmitía el mensaje final
a Cortés en recio y altanero castellano. Dicen que La Malinche
era hermosa, inteligente y diestra en las lenguas popoloca, náhuatl
y maya-chontal. Y en honor de estos preludios, quienes dispongan de
algún tiempo pueden desplazarse hasta La Antigua, tercer asiento
de Veracruz, levantada en la orilla izquierda del río Huitzilapan
—o de los colibríes—, y adentrarse en lo que una
vez fue la primera casa de Cortés y su amante, donde los brazos
estranguladores de una enorme ceiba salen por las ventanas como los
reclamos de amor de la pareja mestiza. Ese primer coito y esos gemidos
fueron nuestros padres o, como quien dice, el origen de nuestros dolorosos
ancestros. Bajo los portales de la Plaza de Armas, los ojos ávidos
de la mujer le imponen a su amante un dulce imperativo, ¡Chíngame!,
y las almas jarochas se funden en una sola, como sucedió esa
madrugada en que La Malinche conminó al intruso español
a fundar un linaje.
En una esquina del Zócalo, las parejas
bailan al ritmo de la danzonera Alma de Sotavento. La música
también es hija del mestizaje: nació de la contradanza
francesa y se hizo danzón en Cuba y atravesó el mar y
se instaló en Veracruz. Y ahora el forastero se regocija al oírla,
en medio de las confidencias que intercambian las parejas en el Gran
Café de la Parroquia. Esos hombres y mujeres delatan en su semblante
el cruce de varias razas, atentos a la música de las marimbas
o al vuelo lejano de las gaviotas en el puerto, acosados por la bullanguera
oferta de los vendedores de azar o los niños que ofrecen volovanes
de jaiba y piña.
Todo huele a sal en Veracruz. Y a sangre y llanto
en San Juan de Ulúa. El dolor es aquí sinónimo
de oficio de piratas y de los juicios de la Inquisición y de
los años desdichados de los asesinos por amor que purgaron sus
excesos o sufrieron la injusticia en las mazmorras de la fortaleza.
Allí todo huele a México y a América y a sombrías
historias de supervivencia. Con la imagen de la Catedral en la retina,
con su cúpula revestida de azulejos poblanos, el forastero pasea
por el malecón y se embarca luego en el Albatros, bordea la isla
de los Sacrificios y pone pie en San Juan de Ulúa, donde el horror
tiene forma de piedra y moho y estalactitas. Por esos oscuros laberintos
pasó la historia de México: en sus insalubres vericuetos
sobrevivieron la pluma de fray Servando Teresa de Mier y las ideas revolucionarias
de Benito Juárez. El novelista Federico Gamboa escribió
allí La llaga y el poeta Salvador Díaz Mirón pergeñó
«La oración del preso», la súplica del descreído,
que no tiene más remedio que creer para sobrevivir ante los horrores
que padece:
Señor, tenme piedad, aunque a ti clame
sin fe. ¡Perdona que te niegue o riña
y al ara tienda con bochorno infame...!
La Cuatro Veces Heroica Ciudad y Puerto de Veracruz
es el libro abierto que un día comenzó a escribir el primer
conquistador que pisó tierra continental y quemó sus barcos.
Pero Veracruz también es el nombre de un concurrido cabaret de
Guadalajara y de una película en la que la ciudad adquiere el
rostro y el perturbador cuerpo de Sarita Montiel. Los intereses del
emperador Maximiliano se confunden con los de Gary Cooper y Burt Lancaster,
dos aventureros gringos que solucionan en duelo singular, en medio de
esa Veracruz mestiza en la que la presencia de Sarita Montiel nos hace
recordar la brava fragancia de La Malinche. El libro crece y sus páginas
recogen desde las canciones de Toña la Negra y los versos de
Agustín Lara hasta las rocambolescas aventuras de Jesús
Arriaga, mejor conocido en la memoria popular como el Bandido Generoso
o «Chucho el Roto», cuya celda es todavía hoy motivo
de peregrinación en la fortaleza de San Juan de Ulúa.
Pero, ¿murió realmente «Chucho el Roto»? ¿Por
qué su ataúd, al ser abierto, puso al descubierto un montón
de piedras? Como un montón de piedras se derrumbó Pedro
Páramo. Y dicen que Pedro Infante no murió en un accidente
de aviación sino que está vivo y que cada día canta
mejor. La muerte no es en México el acto de un solo personaje
sino un rito colectivo, una liturgia, una comunión con los antepasados.
Y esto lo resume en su nombre Veracruz: la verdadera cruz o, también,
a la vera de la cruz.
En cualquier caso, la cruz no es sólo
el símbolo que entronizó la Conquista en nombre de una
fe extraña sino también el destino de un pueblo, un país,
una cultura que creyó en la pasión para que se cumplieran
las escrituras. Y la memoria que es escritura había señalado
que un día, desde el otro lado del mar, volvería Quetzalcóatl.
Y cuando El Esperado llegó a las playas de Chalchihuecan —que
quiere decir Diosa con las faldas color esmeralda—, en lo que
hoy es Veracruz, se le ofrecieron ricos presentes y atractivas mujeres
para que engendrara un linaje. Y así sucedió. Y aquí
estamos, con los barcos incendiados en el puerto, sin posibilidad de
regreso. Pero con el comienzo de una canción en los labios. Las
noches de Veracruz son el alba del habla que precede al sol de la nueva
raza mestiza en los dominios de la Tierra Firme de Indias.