Separata especial de revista Número

MÉXICO LINDO Y QUERIDO


Por Patricia Castaño

Patricia Castaño. Estudió en Inglaterra cine y televisión con la BBC y la Open University. Fundó Citurna Producciones con Doris Eder de Zambrano y Adelaida Trujillo, con quien ha codirigido varias producciones documentales, entre ellas, La ley del monte, Seguimos adelante, Las otras guerras de la coca, El mundo rotundo de Fernando Botero, La Constituyente y Alto riesgo, todas galardonadas con importantes premios internacionales. En sus ratos de ocio, combina sus actividades de Citurna e Imaginario con la Asociación de Amigos de la Biblored del Distrito Capital.

 


    Debo reconocer que México me tomó por sorpresa. Claro que sabía muchas cosas sobre la historia de las culturas precolombinas, sobre la importancia y la riqueza de la Nueva España, sobre el significado de la primera revolución del siglo XX; pero ¿sobre el México de hoy? Las rancheras, que me parecían horribles… y no tenía muy claro en qué quedaba la revolución cuando el gobierno estaba en manos de un partido llamado «revolucionario institucional», lo cual ya sonaba a contrasentido.
    Llegué por primera vez por ahí en 1976; entonces era una ejecutiva joven que recorría Latinoamérica y que disfrutaba mucho la fotografía. Andaba con una cámara Canon, equipada con lentes de todas clases y hasta con un trípode. Llegué al D.F. a un hotel en la Reforma; ¡desde mi ventana podía ver y fotografiar al Ángel refulgente y dorado!
    La avenida Reforma y el Ángel se dicen fácil, pero en los años setenta, cuando mi trabajo me llevaba al resto de ciudades latinoamericanas, la primera impresión del D.F. fue la de una gran ciudad, elegante y bien trazada. Más impactante aún fue conocer el Zócalo, que indicaba la escala de Tenochtitlán e imaginar la calle recta y eterna por donde entró Cortés.
    Luego me impresionaron Chapultepec y el Museo de Antropología. Tal vez ningún museo en el mundo me ha impactado tanto: el edificio en sí ya era una maravilla, y sigue siéndolo, con su columna de agua sosteniendo el resto de su estructura; pero era además la grandeza de lo que contenía: no podía creer lo que encontraba en cada sala: las cabezas olmecas, las pinturas murales, las terribles deidades y el calendario aztecas y los códices mayas.
    Un sábado entero me dediqué a fotografiar todo lo que me parecía interesante; recuerdo estar casi tirada en el suelo tomando la maqueta del mercado de Tenochtitlán, donde se observan en detalle las tortillas, los chiles, los tomates que se vendían desde entonces. Luego esas fotos tuvieron una curiosa evolución mágica: del D.F. me fui a Antigua Guatemala, donde acababa de ocurrir un terremoto; allí fotografié a los refugiados viviendo en carpas y a campesinos deambulando por la ciudad. Al revelarlas en Bogotá, descubrí que había tomado el mismo rollo superponiendo las fotos de Antigua sobre las del museo; pero parecía un montaje intencional: de la maqueta del mercado de Tenochtitlán salía una indígena quiche, con su vestido típico y una gran canasta llena de verduras en la cabeza; otra mujer lucía como un delantal el gran calendario azteca. Unos campesinos, apoyados en las ruinas de la catedral, se integraban a la reconstrucción de las paredes de algún templo de Monte Albán. Para mí era la evidencia de que el espíritu de esos pueblos seguía vivo y no sólo en México.
    El sentimiento de que ese tesoro, esa historia, no les pertenecía sólo a los mexicanos sino a toda la América descubierta por Colón, me sobrecogió, por lo que me dediqué a tratar de conocer México. Afortunadamente recorrí muchas veces México y Centroamérica por razones de trabajo: uno de esos viajes me llevaba a Villa Hermosa, en el sur, a visitar un ejido. Al mirar el mapa vi que quedaba cerca de Palenque y pensé que sería fácil tener la reunión con el experto en investigación sobre banano durante la mañana y viajar a Palenque en la tarde, pero no contaba con la pereza o lasitud que produce el trópico. En primer lugar, el ejido quedaba mucho más lejos y en dirección contraria a Palenque. En segundo término, a pesar de mi madrugón, cuando llegamos, mi entrevistado estaba desayunando y no se apuró por mi llegada. Luego entramos a su oficina y comenzó una entrevista que se iba volviendo cada vez más aburrida y lenta: a mi interlocutor no parecía interesarle mi visita y yo veía alejarse cada vez más la posibilidad de conocer Palenque, una de las ciudades mayas más interesantes y mágicas. En un momento de desesperación, como para ratificar la imposibilidad del viaje, interrumpí la entrevista y le pregunté qué tan viable era regresar a Villa Hermosa y encontrar un vehículo que me llevara a Palenque; mi aburrido interlocutor se quedó mirándome en silencio y súbitamente tomó unas llaves, se levantó de su escritorio y me dijo, uniendo la acción a la palabra: «La única forma es que yo la lleve en mi carro y continuemos la entrevista durante el viaje. Eso hicimos. El personaje se tornó interesante y entusiasta, ya que era un gran conocedor de la cultura maya; nuestra llegada fue antes del mediodía, cuando la niebla apenas se levantaba sobre ruinas, y después de una corta y fuerte lluvia sobre la selva húmeda, que tumbó un gran árbol con un fuerte estruendo de ramas y hojas. Es un recuerdo mágico e imborrable.
    También lo es mi primer viaje a Copán, hoy cerca de la frontera entre Guatemala y Honduras, otro hito de la cultura maya, tan mexicana como centroamericana. Recorrí seis horas de ida y seis de regreso, el mismo día, en un viaje absurdo desde Ciudad de Guatemala (en una buseta con una familia de mormones que creen que los mayas son una de las tribus perdidas de Israel) porque era mi única opción de conocer las ruinas y de seguir el camino descrito magistralmente por J.L. Stephens, un excéntrico neoyorquino, y dibujado por Mr. Catherwood, a falta de cámaras portátiles a mediados del siglo XIX.
    Cuando fui a México por primera ocasión, ya había vivido dos veces durante un par de años en Europa, había tenido un hijo en un kibbutz y conocía Egipto, Grecia e Italia. Me prometí que mis hijos irían a México antes de viajar a Europa y de conocer cualquier otra cultura antigua. ¡Aún hoy estoy convencida de que nuestro Grand Tour debería ser a México y a Perú!
    Y así fue. Cuando mis hijos tenían once y nueve años recorrimos Yucatán, Guatemala, el D.F. y ciudades aledañas; culminamos el viaje en el Museo de Antropología. Debo confesar mi emoción cuando los vi relacionar los lugares que habíamos visitado con lo que veíamos en el museo. Descubrir la simetría en los diseños, la posibilidad de hacer música con piedras huecas —y así entender el origen de instrumentos como la marimba—, la interpretación de los astros y la definición de calendarios, la capacidad de contar historias en las pinturas murales y en los glifos, las técnicas textiles. En fin, habían descubierto que nuestra cultura indígena había logrado un avance importante y que la ciencia no se había desarrollado tan sólo en las mentes de los europeos. Las culturas prehispánicas nos pertenecen a todos en Hispanoamérica y yo les estaba entregando ese acervo cultural común. Estoy convencida de que ese viaje los marcó: en la percepción de su propio mundo, en la estética, en el orgullo de formar parte de un mundo rico en cultura.
    Mi relación amorosa con México continuó. Luego vino la gente: la empatía con el pueblo y con el humor mexicanos. Mis amigos mexicanos, que son muchos, todos se caracterizan por producirme una permanente hilaridad. Tienen un sesgo cínico y de humor negro muy particular, que casi siempre me toma por sorpresa pero me divierte muchísimo: la demistificación de la muerte, por ejemplo, muy difícil de entender para los españoles y europeos en general. Hace un par de años, haciendo la curaduría para una sesión de programas de televisión pública, escogí tres cortos relacionados con la muerte, tratada en forma irrespetuosa e hilarante. ¡Se necesitó una clase de antropología para que la audiencia entendiera el contexto!
    La generosidad de los mexicanos es tal que llegan a ofrecer, como de uno, la casa de ellos: «Lo invito al matrimonio de mi hija: será en la casa de usted». En los años noventa fuimos huéspedes durante una semana en casa de Berta Navarro, una productora de cine documental. Entre su madre y su cocinera se dedicaron a preparar en cada desayuno diferentes clases de tamales, moles y panes. Debo decir que no terminábamos de desayunar antes de las once de la mañana, y quedábamos sentados como marmotas el resto del día. La comida mexicana trasciende todos los gustos, sabores y conocimientos previos: allá se comen los hongos negros del maíz, las flores de la calabaza, se beben los tragos con gusano y se producen los más maravillosos moles con chocolate y mil especias; llegan incluso a preparar platos con los colores de la bandera, para la fiesta patria del grito de Dolores.
    Ni qué decir sobre la música: hoy me encantan hasta las rancheras desde cuando, en mi primer viaje, en la plaza Garibaldi, presencié el llanto de un teniente, con botas y todo, con su botella de tequila en una mano y abrazado y cantando a dúo con el director de un mariachi, ¡por la traidora que lo abandonó! Me gustan, en especial, el danzón maravilloso y los boleros; en cada viaje trato de aprender en los grandes salones atemporales, donde la gente va exclusivamente a bailar danzón y no a ligar, como uno supondría. Y los boleros, que son sin duda el pasaporte de los latinoamericanos. Allá se produjeron la poesía de Agustín Lara y las mejores intérpretes féminas como Elvira Ríos, Amparo Montes y Paquita la del barrio. Todos aparecen en esa increíble colección de la Hora Azul.
    México tiene una vitalidad que «le sale del alma: un alma auténtica, mestiza, profunda y creativa. Sólo tiene un problema: está «tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos». Ojalá ese problema que, salvo por la proximidad, lo padecemos también los demás países, lo podamos resolver los latinoamericanos, de alguna manera, ¡todos juntos!

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