Debo reconocer que México me tomó
por sorpresa. Claro que sabía muchas cosas sobre la historia
de las culturas precolombinas, sobre la importancia y la riqueza de
la Nueva España, sobre el significado de la primera revolución
del siglo XX; pero ¿sobre el México de hoy? Las rancheras,
que me parecían horribles… y no tenía muy claro
en qué quedaba la revolución cuando el gobierno estaba
en manos de un partido llamado «revolucionario institucional»,
lo cual ya sonaba a contrasentido.
Llegué por primera vez por ahí
en 1976; entonces era una ejecutiva joven que recorría Latinoamérica
y que disfrutaba mucho la fotografía. Andaba con una cámara
Canon, equipada con lentes de todas clases y hasta con un trípode.
Llegué al D.F. a un hotel en la Reforma; ¡desde mi ventana
podía ver y fotografiar al Ángel refulgente y dorado!
La avenida Reforma y el Ángel se dicen
fácil, pero en los años setenta, cuando mi trabajo me
llevaba al resto de ciudades latinoamericanas, la primera impresión
del D.F. fue la de una gran ciudad, elegante y bien trazada. Más
impactante aún fue conocer el Zócalo, que indicaba la
escala de Tenochtitlán e imaginar la calle recta y eterna por
donde entró Cortés.
Luego me impresionaron Chapultepec y el Museo
de Antropología. Tal vez ningún museo en el mundo me ha
impactado tanto: el edificio en sí ya era una maravilla, y sigue
siéndolo, con su columna de agua sosteniendo el resto de su estructura;
pero era además la grandeza de lo que contenía: no podía
creer lo que encontraba en cada sala: las cabezas olmecas, las pinturas
murales, las terribles deidades y el calendario aztecas y los códices
mayas.
Un sábado entero me dediqué a
fotografiar todo lo que me parecía interesante; recuerdo estar
casi tirada en el suelo tomando la maqueta del mercado de Tenochtitlán,
donde se observan en detalle las tortillas, los chiles, los tomates
que se vendían desde entonces. Luego esas fotos tuvieron una
curiosa evolución mágica: del D.F. me fui a Antigua Guatemala,
donde acababa de ocurrir un terremoto; allí fotografié
a los refugiados viviendo en carpas y a campesinos deambulando por la
ciudad. Al revelarlas en Bogotá, descubrí que había
tomado el mismo rollo superponiendo las fotos de Antigua sobre las del
museo; pero parecía un montaje intencional: de la maqueta del
mercado de Tenochtitlán salía una indígena quiche,
con su vestido típico y una gran canasta llena de verduras en
la cabeza; otra mujer lucía como un delantal el gran calendario
azteca. Unos campesinos, apoyados en las ruinas de la catedral, se integraban
a la reconstrucción de las paredes de algún templo de
Monte Albán. Para mí era la evidencia de que el espíritu
de esos pueblos seguía vivo y no sólo en México.
El sentimiento de que ese tesoro, esa historia,
no les pertenecía sólo a los mexicanos sino a toda la
América descubierta por Colón, me sobrecogió, por
lo que me dediqué a tratar de conocer México. Afortunadamente
recorrí muchas veces México y Centroamérica por
razones de trabajo: uno de esos viajes me llevaba a Villa Hermosa, en
el sur, a visitar un ejido. Al mirar el mapa vi que quedaba cerca de
Palenque y pensé que sería fácil tener la reunión
con el experto en investigación sobre banano durante la mañana
y viajar a Palenque en la tarde, pero no contaba con la pereza o lasitud
que produce el trópico. En primer lugar, el ejido quedaba mucho
más lejos y en dirección contraria a Palenque. En segundo
término, a pesar de mi madrugón, cuando llegamos, mi entrevistado
estaba desayunando y no se apuró por mi llegada. Luego entramos
a su oficina y comenzó una entrevista que se iba volviendo cada
vez más aburrida y lenta: a mi interlocutor no parecía
interesarle mi visita y yo veía alejarse cada vez más
la posibilidad de conocer Palenque, una de las ciudades mayas más
interesantes y mágicas. En un momento de desesperación,
como para ratificar la imposibilidad del viaje, interrumpí la
entrevista y le pregunté qué tan viable era regresar a
Villa Hermosa y encontrar un vehículo que me llevara a Palenque;
mi aburrido interlocutor se quedó mirándome en silencio
y súbitamente tomó unas llaves, se levantó de su
escritorio y me dijo, uniendo la acción a la palabra: «La
única forma es que yo la lleve en mi carro y continuemos la entrevista
durante el viaje. Eso hicimos. El personaje se tornó interesante
y entusiasta, ya que era un gran conocedor de la cultura maya; nuestra
llegada fue antes del mediodía, cuando la niebla apenas se levantaba
sobre ruinas, y después de una corta y fuerte lluvia sobre la
selva húmeda, que tumbó un gran árbol con un fuerte
estruendo de ramas y hojas. Es un recuerdo mágico e imborrable.
También lo es mi primer viaje a Copán,
hoy cerca de la frontera entre Guatemala y Honduras, otro hito de la
cultura maya, tan mexicana como centroamericana. Recorrí seis
horas de ida y seis de regreso, el mismo día, en un viaje absurdo
desde Ciudad de Guatemala (en una buseta con una familia de mormones
que creen que los mayas son una de las tribus perdidas de Israel) porque
era mi única opción de conocer las ruinas y de seguir
el camino descrito magistralmente por J.L. Stephens, un excéntrico
neoyorquino, y dibujado por Mr. Catherwood, a falta de cámaras
portátiles a mediados del siglo XIX.
Cuando fui a México por primera ocasión,
ya había vivido dos veces durante un par de años en Europa,
había tenido un hijo en un kibbutz y conocía Egipto, Grecia
e Italia. Me prometí que mis hijos irían a México
antes de viajar a Europa y de conocer cualquier otra cultura antigua.
¡Aún hoy estoy convencida de que nuestro Grand Tour debería
ser a México y a Perú!
Y así fue. Cuando mis hijos tenían
once y nueve años recorrimos Yucatán, Guatemala, el D.F.
y ciudades aledañas; culminamos el viaje en el Museo de Antropología.
Debo confesar mi emoción cuando los vi relacionar los lugares
que habíamos visitado con lo que veíamos en el museo.
Descubrir la simetría en los diseños, la posibilidad de
hacer música con piedras huecas —y así entender
el origen de instrumentos como la marimba—, la interpretación
de los astros y la definición de calendarios, la capacidad de
contar historias en las pinturas murales y en los glifos, las técnicas
textiles. En fin, habían descubierto que nuestra cultura indígena
había logrado un avance importante y que la ciencia no se había
desarrollado tan sólo en las mentes de los europeos. Las culturas
prehispánicas nos pertenecen a todos en Hispanoamérica
y yo les estaba entregando ese acervo cultural común. Estoy convencida
de que ese viaje los marcó: en la percepción de su propio
mundo, en la estética, en el orgullo de formar parte de un mundo
rico en cultura.
Mi relación amorosa con México
continuó. Luego vino la gente: la empatía con el pueblo
y con el humor mexicanos. Mis amigos mexicanos, que son muchos, todos
se caracterizan por producirme una permanente hilaridad. Tienen un sesgo
cínico y de humor negro muy particular, que casi siempre me toma
por sorpresa pero me divierte muchísimo: la demistificación
de la muerte, por ejemplo, muy difícil de entender para los españoles
y europeos en general. Hace un par de años, haciendo la curaduría
para una sesión de programas de televisión pública,
escogí tres cortos relacionados con la muerte, tratada en forma
irrespetuosa e hilarante. ¡Se necesitó una clase de antropología
para que la audiencia entendiera el contexto!
La generosidad de los mexicanos es tal que llegan
a ofrecer, como de uno, la casa de ellos: «Lo invito al matrimonio
de mi hija: será en la casa de usted». En los años
noventa fuimos huéspedes durante una semana en casa de Berta
Navarro, una productora de cine documental. Entre su madre y su cocinera
se dedicaron a preparar en cada desayuno diferentes clases de tamales,
moles y panes. Debo decir que no terminábamos de desayunar antes
de las once de la mañana, y quedábamos sentados como marmotas
el resto del día. La comida mexicana trasciende todos los gustos,
sabores y conocimientos previos: allá se comen los hongos negros
del maíz, las flores de la calabaza, se beben los tragos con
gusano y se producen los más maravillosos moles con chocolate
y mil especias; llegan incluso a preparar platos con los colores de
la bandera, para la fiesta patria del grito de Dolores.
Ni qué decir sobre la música:
hoy me encantan hasta las rancheras desde cuando, en mi primer viaje,
en la plaza Garibaldi, presencié el llanto de un teniente, con
botas y todo, con su botella de tequila en una mano y abrazado y cantando
a dúo con el director de un mariachi, ¡por la traidora
que lo abandonó! Me gustan, en especial, el danzón maravilloso
y los boleros; en cada viaje trato de aprender en los grandes salones
atemporales, donde la gente va exclusivamente a bailar danzón
y no a ligar, como uno supondría. Y los boleros, que son sin
duda el pasaporte de los latinoamericanos. Allá se produjeron
la poesía de Agustín Lara y las mejores intérpretes
féminas como Elvira Ríos, Amparo Montes y Paquita la del
barrio. Todos aparecen en esa increíble colección de la
Hora Azul.
México tiene una vitalidad que «le
sale del alma: un alma auténtica, mestiza, profunda y creativa.
Sólo tiene un problema: está «tan lejos de Dios
y tan cerca de Estados Unidos». Ojalá ese problema que,
salvo por la proximidad, lo padecemos también los demás
países, lo podamos resolver los latinoamericanos, de alguna manera,
¡todos juntos!