Se llaman Edmundo Valadés y Emanuel Carballo.
El primero fue narrador, editor y periodista. El segundo es crítico,
editor, periodista y académico. Juntos tuvieron un vínculo
directo con Colombia: participaron como colaboradores de esa gran revista
que está en el centro de la literatura colombiana del siglo XX
y que mantuvo el puente con la literatura mexicana: Mito. A Valadés
y Carballo los une la experiencia profesional como editores, así
como su pasión por las revistas literarias, pero, sobre todo,
el interés tan intenso que mostraron hacia la literatura colombiana.
Hay escritores que ayudan a abrirles el campo
a otros escritores, más aún si provienen de otro país.
La obra de Marco Tulio Aguilera Garramuño, primero, y de Eduardo
García Aguilar, después, pudieron despegar con cierta
fuerza por la generosidad literaria de Edmundo Valadés. Hoy me
pregunto qué habría sido de Bomba camará, famoso
libro de cuentos de Umberto Valverde, sin esa primera edición
mexicana que Emanuel Carballo supo hacer a través de la Editorial
Diógenes, por allá en el año 1972. Debo confesar
que al llegar a México, en 1980, este libro de cuentos era muy
apreciado por quienes estudiaban conmigo en la Universidad Nacional
Autónoma de México (Unam).
Los escritores colombianos van a México
tras la amistad de los escritores mexicanos y en pos de los editores.
Amistad y búsqueda inquirida por los libros, que converge en
la complicidad literaria. En la complicidad siempre hay un mediador.
Intuyo que Álvaro Mutis presentó a Valverde ante Carballo.
Casi daría por hecho que Mutis contribuyó a afianzar la
amistad entre Valadés y Garramuño y García Aguilar.
Valadés dirigía la sección cultural de Excélsior,
puerta de entrada de Garramuño y de García Aguilar en
el cultivo de la columna periodística. Otros también pasamos
por allí, aunque sólo como un tránsito, con el
espaldarazo de Valadés, a quien guardábamos gratitud,
desde antes de conocerlo en México, por esa presencia que tenía
en nosotros a través de la revista El Cuento.
En el campo de la literatura y de las artes,
uno puede escoger: o la literatura y las artes en la academia universitaria,
o como una actividad totalmente independiente, más allá
de las ligaduras de la formación académica; sin ser excluyentes,
estos dos ámbitos determinan perfiles singulares. Carballo mantuvo
los nexos entre las dos experiencias: como académico y como crítico
literario independiente. Nadie como Carballo conoce de manera tan profunda
la historia de la narrativa mexicana. Su libro La narrativa mexicana
de 1910 a 1979 constituye el mejor signo de su compromiso con la academia,
pero también el compromiso con los escritores de su país.
Varios colombianos disfrutamos de sus juicios críticos en la
Unam, frente a una narrativa que, como la mexicana, fue determinante
para el despegue de la narrativa colombiana en la segunda mitad del
siglo XX.
Así como Valadés ofrecía
a los escritores colombianos las páginas de Excélsior
a su cargo, Carballo puso a disposición el semanario Punto, que
dirigió durante una década. Éste era un semanario
de tamaño tabloide en el que los jóvenes escritores, mexicanos
y de otros países, exponían sus ideas. Comentarios sobre
libros, entrevistas, reseñas cinematográficas y de teatro,
además de las reflexiones políticas, tan cercanas a Carballo,
constituían el cuerpo de Punto.
Ambos escritores aparecían en las conversaciones
que algunas veces sostuvimos con Álvaro Mutis y con García
Márquez. Además de las afinidades literarias, la cercanía
de Carballo con García Márquez estaba mediada por las
simpatías explícitas hacia Cuba. Valadés, si bien
simpatizaba con Cuba, era más moderado en asuntos de política
y, de algún modo, la amistad y el contacto continuo con Rulfo,
como editores que fueron de la revista El Cuento, nos hacía sentir
el reposo de la idea y la disposición a escuchar más que
a hablar. Carballo ha sido más conversador y más polémico,
más beligerante, puede decirse, y en esto sentimos algo de colombianidad
en él.
En el año 1985, al celebrarse 30 años
de la revista Mito, un grupo de colombianos que habíamos conformado
el taller literario Porfirio Barba-Jacob en México decidimos
realizar un simposio en homenaje a la revista. Carballo, Valadés,
Mutis y García Márquez respaldaron la idea. Yo me propuse
realizar unas entrevistas a los escritores mexicanos que habían
tenido algún vínculo con Mito. Carballo —aunque
no publicó en Mito pero la apoyó a través de la
Revista Mexicana de Literatura— y Valadés fueron los primeros
entrevistados, luego siguieron Cardoza y Aragón y Jaime García
Terrés. Mutis me había proporcionado el teléfono
de Octavio Paz y al llamarlo comenzó a interrogarme por quiénes
más había entrevistado; al nombrarlos, me dijo que nadie
como él había conocido en México a Jorge Gaitán
Durán y que ninguno de los nombrados había tenido algo
que ver con Mito. «Yo fui el único mexicano que participé
en Mito», me dijo, y me colgó el teléfono. Por entonces,
Octavio Paz había radicalizado sus puntos de vista en contra
de Cuba y parece que le disgustaba escuchar nombres como los de Carballo,
Valadés y Cardoza y Aragón.
También, me parece, le molestó
que hubiera nombrado a García Márquez, amigo cercano de
Fidel Castro. Cuando le conté a él lo sucedido soltó
la carcajada y yo supuse que él estaba poniendo a prueba algunas
intuiciones que tenía sobre la personalidad de Octavio Paz. De
mi parte, pude constatar la vanidad de un escritor mexicano que supo
moverse muy bien en la izquierda, primero, y en el otro lado, después,
de lo cual dan constancia esas dos grandes revistas que dirigió:
Plural y Vuelta, cada una con un ideario totalmente opuesto, medios
en los que los escritores colombianos se entrecruzaban con los escritores
mexicanos.