Desde el mismo momento en que tuve conciencia
durante la etapa de mi niñez, permanentemente oí en mi
casa las más excesivas ponderaciones sobre la idiosincrasia,
las costumbres y las tradiciones seculares de ese país. No en
balde mis ancestros habían vivido varios años en la capital
mexicana. ¡Que no hay mejor platillo que el mole de guajolote,
que los sarapes tienen los más variados y espectaculares colores,
que el Jarabe tapatío es la más alegre de las piezas musicales,
que las artesanías, las cerámicas, el trabajo en plata
y en madera son de lo mejor, que los bordados y los textiles... En fin,
que todo lo de México es excelente. Incluso llegué a sentir
antipatía y rechazo por la excesiva mención de las bondades
de ese país, pero años después, cuando se inauguró
el Museo de Antropología, junto con mi familia organizamos una
visita con el exclusivo fin de observar la singular arquitectura de
ese museo, así como las colecciones de arte prehispánico
de las culturas que ocuparon ese territorio antes del descubrimiento
de América.
El primer encuentro íntimo con México
me produjo un apetito insaciable de conocer más a profundidad
su particular historia, tanto la sangrienta conquista española,
como la colonial y republicana, salpicada esta última de tantos
incidentes dictatoriales, de asesinatos presidenciales y de conjuras
políticas, que la hacen fascinante. Además sus tradiciones
populares, y las diversas etnias que mantienen su propia idiosincrasia
y sus radicales diferencias culturales, hacen de México un lugar
sugestivo e inmensamente atractivo para el visitante.
La vida me ha proporcionado últimamente
la oportunidad de conocer, casi mejor que los propios mexicanos, varias
regiones de ese país, como Zacatecas, Oaxaca, la zona de Guanajuato,
San Miguel de Allende —con su bellísimo templo vecino en
Cocuilco, donde el cura Miguel Hidalgo inició su marcha independentista
hacia la ciudad capital—, Querétaro, Puebla, Mérida
y Campeche, estas últimas en la península de Yucatán.
Una de las experiencias más enriquecedoras
e interesantes que he tenido recientemente fue el viaje que realicé
partiendo del D.F. por automóvil hacia la península de
Yucatán, para recorrer los parques arqueológicos de la
cultura maya asentados en esa región. Después de catorce
horas de recorrido por excelentes carreteras se llega a Palenque, ciudad
incrustada en la húmeda y caliente selva tropical.
Las construcciones que conforman el conjunto
arqueológico de Palenque son extraordinarias por la amplitud
y funcionalidad de los espacios interiores, sin perder el sentido religioso
de los templos.
El edificio más importante de todo el
conjunto es el denominado El Palacio, construido alrededor de varios
patios interiores; éste incluye una singular torre de varios
pisos, la cual sirvió seguramente como reloj solar u observatorio
astronómico. Los varios templos que conforman El Palacio se levantan
sobre diversas alturas, y todos guardan el mismo estilo de crujías
paralelas, adornadas con altas cresterías de piedra profusamente
talladas. Las cámaras se comunican entre sí por arcos
tribulados, arcos falsos o los comúnmente llamados arcos mayas,
decorados por multicolores frescos y bajos relieves.
El templo más grande está edificado
sobre la pirámide más alta, llamada Pirámide de
las Inscripciones, una de las más importantes de la cultura maya
por tener un monumento funerario en su interior en perfecto estado de
conservación, a pesar de las condiciones adversas del ambiente;
a este monumento se asciende por una curiosa escalera abovedada hasta
encontrar al final la cripta más suntuosa de toda mesoamérica,
que guarda la tumba del rey Pacal.
Este rey realizó importantes tareas sociales
para su comunidad, inició la construcción del conjunto
arquitectónico con sus obras de arte y estas tareas realizadas
por él se reproducen en los frescos estucados, en los relieves
y textos que aparecen en los templos y en las construcciones de toda
la ciudad de Palenque. La figura del rey Pacal, con el cráneo
completamente deformado, adornado siempre con un enorme penacho de plumas
y con la protuberante y enorme nariz que lo caracterizaba, se reproduce
de manera constante en las pinturas murales, en los relieves y en las
esculturas del conjunto. Su tumba está cubierta por una inmensa
losa monolítica con inscripciones en las que se relata la vida
de este mítico personaje. El hijo de Pacal, Cham Bahlum, continuó
con la obra de su padre y logró concluir las obras de este excepcional
conjunto arquitectónico, tan poco conocido por el turismo colombiano.
El parque está rodeado de una compleja red de acueductos que
distribuía el agua a cada una de las frágiles y ya desaparecidas
viviendas y por la canalización del arroyo Otulum, que atraviesa
la ciudad, asegurando así el suministro de agua a las construcciones
y evitando los desbordamientos de los caudales en las épocas
de lluvia.
La anterior descripción parece corta
e incompleta ante la magnificencia de este lugar, el cual recomiendo
como uno de los lugares más interesantes de la cultura maya que
he conocido. Capítulo aparte merecerían los templos que
conforman la ruta Puuc, tan poco conocidos y visitados —lo que
le permite al turista tener un contacto más cercano con ellos—,
y que son de una belleza arquitectónica incomparable, ricamente
adornados por relieves, columnas y tallas, y cruzados por amplios caminos
que los conectan entre sí. Éstos son el Templo Edzná,
Sayil, Kabáh y Uxmal. Remata esta ruta el más conocido
de todos ellos: Chichén Itzá.
Finalizo esta rápida descripción
de una apasionante región de México formulando esta pregunta:
¿habrá algo más cálido, afectuoso y agradable
que el saludo de un mexicano?