Separata especial de revista Número

SOY MEXICANO DE CORAZÓN


Por Antonio Montaña

Antonio Montaña. Licenciado en filosofía de la Universidad Nacional Autónoma de México y magíster en filosofía estética de la Universidad de Roma. Ha publicado libros de teatro, cuento, historia, análisis de arte y ensayo. Autor de una geografía integral de Colombia. Su novela Aguas bravías la publicará próximamente Villegas Editores. Ganó tres premios Novaro de cuento en México. El premio Nacional de Cine 1972 por el cortometraje Cuibas y el premio Nacional de Cine Cortometraje por Cosecha Indígena. Obtuvo también el premio Nacional de Teatro por La mandrágora en 1968.

 

    Condenado a siete años de trabajos forzados durante el gobierno de Rojas Pinilla por el delito de «impresión clandestina de propaganda subversiva», había eludido el rigor de la condena escapándome de un guardián y buscando asilo en la embajada de México. Esa fue mi primera relación con un país del que sabía muy poco: apenas conocía la generosidad con la que había abierto sus fronteras a los españoles republicanos. Debo confesar que no me gustaba su cine, no me había enamorado de María Félix y Jorge Negrete me entusiasmaba bien poco. Llegué a México en septiembre de 1954.
    Mi asilo en la casa de la embajada duró pocos días; quizás una semana. Una tarde llegó el embajador Alfonso Caballero con una sonrisa que iba de lado a lado de su cara: «Le tengo una buena noticia: usted fue amnistiado. Puede salir».En la puerta de la embajada me estaba esperando el Pontiac 1942 que me habían confiscado luego de la detención. Ya no llevaba en el baúl el mimeógrafo ni la papelería: eran piezas del proceso.
    Salí para mi casa, situada en el Camino de los Godos, un poco más al norte de La Uribe. Al paso por el segundo puente de la autopista del Norte, lo que creí voladores festejando alguna virgen, resultaron ser disparos de ametralladora. Todavía no entiendo cómo salí ileso. Atravesé la sabana a velocidad de liebre perseguida por los perros, huyendo de lo que yo creía era la suma de todas las fuerzas armadas. A la mañana siguiente, dentro del baúl de una yellow cab, regresé a la embajada. Me estaban persiguiendo, ya no por delitos políticos, sino aplicando la ley de fuga. El embajador me tomó del brazo y me dijo: «Si nos ponemos a seguir todos los trámites legales, usted va a pasar aquí media vida». Luego me condujo a su automóvil. «Esto es terreno mexicano y aquí usted está a salvo», señaló. Un par de horas después estábamos en el aeropuerto de Techo y al otro día en un barco de bandera mexicana anclado en Buenaventura. Dicho en otras palabras, el México que primero conocí fue el humanitario y generoso. Posteriormente conocería el país en el que iría a residir durante ocho años.
    Nunca nadie, para brindar hospitalidad o trabajo, reparó en mi condición de colombiano. Obtuve trabajo como traductor en la France Presse, gracias a la recomendación de alguien que conocía el país y estaba entroncado por lazos familiares con la familia de los Cano, dueños de El Espectador. Un tiempo después ingresaría a la redacción de la Revista de la Universidad Autónoma de México y, poco más tarde, a la Facultad de Filosofía. Mis papeles estaban en Colombia, pero la universidad me dio los plazos necesarios para regularizar la matrícula. Es más: solicitó al Ministerio de Educación de Colombia los certificados que por alguna razón, me figuro que política, parecían represados. Al año de mi ingreso al país ya no era un colombiano perdido en un territorio ajeno, sino un escritor enamorado de México, al que nadie preguntaba si tenía o no permiso de trabajo. Conocí el país intelectual de manos de Emanuel Carballo, quien estaba fundando con Carlos Fuentes la Revista Mexicana de Literatura. Conocí el país solidario, cuando Eduardo Nicol me abrió las puertas de su seminario y los poetas Garfias, Salinas, Bartra y Rius me guiaron por el mundo de la cultura mexicana. Con José de la Colina asistí a los desayunos que organizaba Luis Buñuel. Aprendí, gracias a él, los secretos del guión cinematográfico. Nunca me sentí en un país extraño; al contrario, comencé a entenderlo como la nueva patria. Me interné por su historia, aprendiéndola de los grandes maestros: los libros. En la librería de Polito los estudiantes teníamos permiso para leer los libros, cualquiera que fuesen, sin desembolsar un quinto; la única condición era encontrar, para sentarse, un peldaño en la escalera que conducía a las alturas y la promesa, tácita, de no llevarse ningún libro, aun cuando a veces para las urgencias los prestaba.
    Conocí la belleza colorida de los mercados; sus rincones, en donde se sirve comida maravillosa. El mexicano es fanático de la búsqueda del orden y la belleza. No es necesario llegar a los museos para encontrar el arte; ahí están, en cualquier parte, las delicadas muestras de la artesanía, imaginación y tradición unidas en singular alianza con el uso diario. No he hablado de los templos ni del majestuoso perfil de sus montañas, ni del opacado azul del aire de la que fue «la región más transparente».
    Si la patria es el lugar en donde viven los amigos y se generan los recuerdos y la nostalgia, México es la mía.
    Allí descubrí cómo la hospitalidad y la amistad, como en ningún otro país del mundo, salen del corazón de la gente. Aprendí los valores de la lealtad y los del verdadero patriotismo: el capaz de las críticas y de los análisis. Aprendí a entender su cine, así como los límites y la mecánica de una industria empeñada en comunicar la imagen de un país.
    Yo repito con frecuencia que soy mexicano de corazón. Que me nacionalizaron su riqueza cultural, su gente, su manera de mirar el mundo y de afirmar lo suyo. He regresado mil veces a México. Lo hago como un recurso y disciplina. Para volver a México no es requisito viajar. Lo revivo leyéndolo. Reconociendo en los acentos del lenguaje los colores de una patria lejana, mezclando con cautela aprendida el aroma de los chiles para, moliéndolos, hacer un mole. No he olvidado la carencia de ceremonias con la que en México se inicia una amistad. Allí, extranjero no es sinónimo de intruso. Lo sorprendente es que la recepción amigable, lo vería después, no había sido un incidente personal.
    Igual sucedió con Fernando Botero: sin reparos, críticos y público aceptaron su talento en la primera exposición que hizo de su obra en la galería Souza. Era un gran pintor, no un pintor extranjero, ni una curiosidad cultural. Admiraron sus colores, quizá puestos y elegidos del gran repertorio colorístico de un país que no les tiene miedo a rojos ni azules, ni a los fulgurantes amarillos. Álvaro Mutis llegó en condiciones difíciles, pero a los pocos meses, con su simpatía, su carcajada y su poesía, había ingresado a los más sofisticados salones de la cultura nacional. Tenía trabajo y era coate de Ño Raimundo y todo el mundo.
    Las distancias en México no se establecen por razones nacionales, el país adopta a quien se asoma a él si lo hace con admiración.
    Amar un país cálido, amistoso, amable, es fácil. Y ser mexicano allí es asunto apenas de agradecimiento, admiración y colegaje. Los que vivimos en México somos, como allí se diría, sus «imperecederos cuates».

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