Condenado a siete años de trabajos forzados durante el gobierno
de Rojas Pinilla por el delito de «impresión clandestina
de propaganda subversiva», había eludido el rigor de la
condena escapándome de un guardián y buscando asilo en
la embajada de México. Esa fue mi primera relación con
un país del que sabía muy poco: apenas conocía
la generosidad con la que había abierto sus fronteras a los españoles
republicanos. Debo confesar que no me gustaba su cine, no me había
enamorado de María Félix y Jorge Negrete me entusiasmaba
bien poco. Llegué a México en septiembre de 1954.
Mi asilo en la casa de la embajada duró pocos
días; quizás una semana. Una tarde llegó el embajador
Alfonso Caballero con una sonrisa que iba de lado a lado de su cara:
«Le tengo una buena noticia: usted fue amnistiado. Puede salir».En
la puerta de la embajada me estaba esperando el Pontiac 1942 que me
habían confiscado luego de la detención. Ya no llevaba
en el baúl el mimeógrafo ni la papelería: eran
piezas del proceso.
Salí para mi casa, situada en el Camino
de los Godos, un poco más al norte de La Uribe. Al paso por el
segundo puente de la autopista del Norte, lo que creí voladores
festejando alguna virgen, resultaron ser disparos de ametralladora.
Todavía no entiendo cómo salí ileso. Atravesé
la sabana a velocidad de liebre perseguida por los perros, huyendo de
lo que yo creía era la suma de todas las fuerzas armadas. A la
mañana siguiente, dentro del baúl de una yellow cab, regresé
a la embajada. Me estaban persiguiendo, ya no por delitos políticos,
sino aplicando la ley de fuga. El embajador me tomó del brazo
y me dijo: «Si nos ponemos a seguir todos los trámites
legales, usted va a pasar aquí media vida». Luego me condujo
a su automóvil. «Esto es terreno mexicano y aquí
usted está a salvo», señaló. Un par de horas
después estábamos en el aeropuerto de Techo y al otro
día en un barco de bandera mexicana anclado en Buenaventura.
Dicho en otras palabras, el México que primero conocí
fue el humanitario y generoso. Posteriormente conocería el país
en el que iría a residir durante ocho años.
Nunca nadie, para brindar hospitalidad o trabajo,
reparó en mi condición de colombiano. Obtuve trabajo como
traductor en la France Presse, gracias a la recomendación de
alguien que conocía el país y estaba entroncado por lazos
familiares con la familia de los Cano, dueños de El Espectador.
Un tiempo después ingresaría a la redacción de
la Revista de la Universidad Autónoma de México y, poco
más tarde, a la Facultad de Filosofía. Mis papeles estaban
en Colombia, pero la universidad me dio los plazos necesarios para regularizar
la matrícula. Es más: solicitó al Ministerio de
Educación de Colombia los certificados que por alguna razón,
me figuro que política, parecían represados. Al año
de mi ingreso al país ya no era un colombiano perdido en un territorio
ajeno, sino un escritor enamorado de México, al que nadie preguntaba
si tenía o no permiso de trabajo. Conocí el país
intelectual de manos de Emanuel Carballo, quien estaba fundando con
Carlos Fuentes la Revista Mexicana de Literatura. Conocí el país
solidario, cuando Eduardo Nicol me abrió las puertas de su seminario
y los poetas Garfias, Salinas, Bartra y Rius me guiaron por el mundo
de la cultura mexicana. Con José de la Colina asistí a
los desayunos que organizaba Luis Buñuel. Aprendí, gracias
a él, los secretos del guión cinematográfico. Nunca
me sentí en un país extraño; al contrario, comencé
a entenderlo como la nueva patria. Me interné por su historia,
aprendiéndola de los grandes maestros: los libros. En la librería
de Polito los estudiantes teníamos permiso para leer los libros,
cualquiera que fuesen, sin desembolsar un quinto; la única condición
era encontrar, para sentarse, un peldaño en la escalera que conducía
a las alturas y la promesa, tácita, de no llevarse ningún
libro, aun cuando a veces para las urgencias los prestaba.
Conocí la belleza colorida de los mercados;
sus rincones, en donde se sirve comida maravillosa. El mexicano es fanático
de la búsqueda del orden y la belleza. No es necesario llegar
a los museos para encontrar el arte; ahí están, en cualquier
parte, las delicadas muestras de la artesanía, imaginación
y tradición unidas en singular alianza con el uso diario. No
he hablado de los templos ni del majestuoso perfil de sus montañas,
ni del opacado azul del aire de la que fue «la región más
transparente».
Si la patria es el lugar en donde viven los
amigos y se generan los recuerdos y la nostalgia, México es la
mía.
Allí descubrí cómo la hospitalidad
y la amistad, como en ningún otro país del mundo, salen
del corazón de la gente. Aprendí los valores de la lealtad
y los del verdadero patriotismo: el capaz de las críticas y de
los análisis. Aprendí a entender su cine, así como
los límites y la mecánica de una industria empeñada
en comunicar la imagen de un país.
Yo repito con frecuencia que soy mexicano de
corazón. Que me nacionalizaron su riqueza cultural, su gente,
su manera de mirar el mundo y de afirmar lo suyo. He regresado mil veces
a México. Lo hago como un recurso y disciplina. Para volver a
México no es requisito viajar. Lo revivo leyéndolo. Reconociendo
en los acentos del lenguaje los colores de una patria lejana, mezclando
con cautela aprendida el aroma de los chiles para, moliéndolos,
hacer un mole. No he olvidado la carencia de ceremonias con la que en
México se inicia una amistad. Allí, extranjero no es sinónimo
de intruso. Lo sorprendente es que la recepción amigable, lo
vería después, no había sido un incidente personal.
Igual sucedió con Fernando Botero: sin
reparos, críticos y público aceptaron su talento en la
primera exposición que hizo de su obra en la galería Souza.
Era un gran pintor, no un pintor extranjero, ni una curiosidad cultural.
Admiraron sus colores, quizá puestos y elegidos del gran repertorio
colorístico de un país que no les tiene miedo a rojos
ni azules, ni a los fulgurantes amarillos. Álvaro Mutis llegó
en condiciones difíciles, pero a los pocos meses, con su simpatía,
su carcajada y su poesía, había ingresado a los más
sofisticados salones de la cultura nacional. Tenía trabajo y
era coate de Ño Raimundo y todo el mundo.
Las distancias en México no se establecen
por razones nacionales, el país adopta a quien se asoma a él
si lo hace con admiración.
Amar un país cálido, amistoso,
amable, es fácil. Y ser mexicano allí es asunto apenas
de agradecimiento, admiración y colegaje. Los que vivimos en
México somos, como allí se diría, sus «imperecederos
cuates».