A mis amigos mexicanos les he dicho, medio en
broma y medio en serio, que yo tengo más raíces en su
país que ellos mismos, a lo cual me responden con una mirada
de soslayo. Pero, de alguna manera, es verdad. Mi pierna izquierda está
enterrada en suelo mexicano, pues me la amputaron en un hospital del
D.F. (México, Distrito Federal).
La verdad es que los mexicanos ayudaron literalmente a salvar mi vida
en esos días para mí turbulentos. Cuando en representación
de la entonces organización guerrillera colombiana M-19 encabecé
una delegación que buscaba una negociación de paz con
el gobierno del presidente Belisario Betancur en 1985, sufrí
un atentado con una granada en la ciudad de Cali que me dejó
al borde de la muerte. Por generosa gestión de Gabriel García
Márquez ante el gobierno mexicano, me llevaron a la ciudad de
México en estado casi agónico y me internaron en el Hospital
Mocel, donde un médico cuya familia había llegado a ese
país huyendo de la dictadura del general Franco en España,
el doctor Vicente Rojo, tomó la decisión de amputarme
la pierna. El traslado al país azteca y el corte de mi extremidad
inferior me salvaron la vida, como seguramente también el asilo
que le brindaron a la familia Rojo los salvó de un destino terrible
en su madre patria. Fue un encuentro de sobrevivientes gracias a México.
En mi estancia posterior en dicho país,
esas raíces se fortalecieron y enriquecieron. Aprendí
a comer picoso hasta el extremo de usar el chile casi como adicción.
Viajé por el país y su historia se me fue haciendo la
propia. Conocí gentes desde el norte alegre hasta el sur profundo.
Me deleité con amigos de la intelectualidad mexicana, cultos
y profundos como pocos de nuestro continente. Me emborraché con
tequila y sangrita. Tuve una novia tapatía que todavía
añoro. Dónde andarás, Marcela linda. Grité
a pulmón herido en el estadio Azteca a favor del América.
Visité como propios los muertos en su día. Siempre me
impresionaron las visitas escolares al Museo de las Intervenciones en
Coyoacán. Leía Excélsior todos los días,
de cabo a rabo. Me enfrenté en alguna ocasión a los chavos
banda en una colonia popular. Compré una pistola calibre .45
en Tepito para mi propia defensa. Me deleité comiendo sopa de
tortillas en fondas populares. Me enamoré del mole poblano, los
tacos al pastor, las quesadillas de huitlacoche y los chiles en nogada.
Disfruté los libros de Martín Luis Guzmán sobre
la revolución mexicana, que me sirvieron para conocer a Pancho
Villa, a quien no dudo en catalogar como el más grande militar
latinoamericano del siglo XX, sólo comparable con Antonio José
de Sucre en el siglo XIX.
Un día, en Oaxaca, para escribirlo al
estilo mexicano, encontré la tumba de un héroe colombiano,
el general Melo, presidente de nuestro país en 1850, quien después
de ser derrocado por un golpe de Estado se vino a acompañar a
Benito Juárez en su lucha contra los franceses. Y ahí
está todavía, porque los vecinos no dejaron repatriarlo.
Lo consideran propio.
Con razón García Márquez
fijó su residencia en la calle Fuego, de la colonia del Pedregal.
Es que América Latina empieza y se resume en México. Por
eso nunca en los cuatro años en que viví allí pude
sentirme fuera de casa. Y nunca me siento extraño cuando vuelvo
a ese México de mis raíces.